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Roncas fatal y te desvelas definitivamente cinco minutos antes de que el despertador comience a taladrar. Las piernas te pesan como troncos centenarios. Sientes dolor. Combates la oscuridad andando tímidamente, resbalando tus manos por las paredes.

El agua chorrea fría, y ya tiritas cuando reaccionas un segundo más tarde. Ponerte los pantalones es como levantar dos pedruscos que entorpecen tu camino. Y ya se te hace tarde cuando sólo nocturnan los solitarios.

Te insultas otra mañana más cuando la leche te quema la lengua, o si exageras con el Marcilla. Repasas distraído, inseguro, para que no te olvides nada y te alejas de tu casa que te despide con ronquidos.  

Recreas lo que aconteció ayer. El partido, por fin. Sonríes al vendedor de billetes para animarte. En el andén, sólo se escucha el aire de las caladas rápidas de los cigarros. El partido, por fin te sientes realizado. Juegas con el sueño en el tren que enfila directo la vía. Quieres que te lleve hasta el fin del mundo, pero fantaseas en que sólo acelera y acelera.

La gran urbe parpadea con energía, como si los centros de negocios no hubieran cerrado los dos días festivos. Andas como perdido, ausente. Quiero un café. Necesito un café. Y adelantas precipitadamente el desayuno matutino. Pero te invade la terrible sensación de que cuanta más cafeína te inyectes, más se achinan las ojeras. Tu cabeza levita, triste, pesada, nublosa. Los ruidos del estómago marcan el paso lento de las horas.

Andas rocoso y melancólico hacia los fogones. Huyes de las reflexiones nihilistas, y rescatas el ayer. Un pase milimétrico, con el exterior del empeine. ¿Quién lo vio? No importa, sólo el placer furtivo de entregar, como la sonrisa que esboza el cartero cuando da a una joven enamorada la carta de su hombre, combatiente en las trincheras.

Engañas al apetito con pasta mediocre. Tumbado en el sofá, el café soluble marca barata pasa poderoso por tus tripas. Fumas dos rubios para desvelarte. Un sorbo de paz entre el hedor de esta cárcel. Y reescribes tus paso hacia el ordenador, las llamadas en espera y otras situaciones que marean.

Las siete de la tarde y el cansancio asesina la alegría. Robotizado, deambulas hacia el piso. Flirteas con el partido de ayer, otro ratito más. Poco a poco, los recuerdos golpean el dolor del cuerpo, sufrimiento de exiliado de guerra. Y se anestesia el horror.

Pegado al lado de un semáforo en rojo, cosquilleas ahora el dedo pulgar del pie derecho porque ayer el balón fue hacia él, como un imán, y de primeras, descubrió una grieta entre la defensa para colar la pelota, donde la zanjó el compañero y votando la reventó por la escuadra. El partido, por fin te sientes realizado.

Movimientos ágiles, carreras eléctricas, controles limpios, pases certeros, seguros o creativos a veces, gritos de ánimo sin cesar. Y celebración de cuatro goles. Goleada jugando en la belleza. Una delicia. Una borrachera de paz. ¿Cuánto tiempo hacía? Olvidamos la aridez y el desencanto por unos instantes, cuando la vida fue bella dentro de un campo de fútbol.

Sin embargo empezaron mañana los peros. Se rompió el encanto somnoliento. Lunes, martes y miércoles. Dolor del cuerpo, purificación del alma. Vivir como un ausente, un vagabundo de otra época. La culpa fue del partido que nos hizo creen en la felicidad eterna y ahora, sufres las malas noches abrigado en la amargura de tu cuerpo, que te clama por qué lo castigas lunes, martes y miércoles a cambio de dos horas en un paraíso extraño, donde a veces te dejan ser ángel como el cartero que reparte la carta a la enamorada, o convertirte en la misma pluma del amado, rey de una historia de amor en la trinchera cuando exclama gol.   

DESESPERANZAS

25Feb08

Una jornada más de decepción. La derrota que te amarga los domingos. La vida es bella, pero no tanto en la derrota. Sin embargo, el hincha fiel aún confía en el milagro. Le sueltan estadísticas, promedios goleadores y de puntos, el siglo de la ciencia llevado al fútbol. Él escucha tranquilo, paciente, incluso da la sensación de que, cuando menos, concede el beneficio de la duda. Y a solas, digiere tanta cifra.
 
Sí, es cierto. La meta queda lejos y da la sensación de que el tramo resulta ya insalvable. Una inclinación desmesurada. Una rampa de esas que queman los embragues. Pero queda y quedará la fe. Algo que no entra en los registros. El hincha vuelve a sonreír. Un nuevo sueño. El domingo expiamos la derrota.
 
Y allí está de nuevo. Una tarde más. Las gradas solitarias que reflejan, vacías, el desencanto de los que no son como niños, de los carentes de ilusión, de los amargados que no aplauden en el circo, de los aburridos que se duermen en el cine, de los inapetentes que no besan a sus novias, de los soporíferos que le bostezan a la suerte.
 
No queda nadie. Poco más de seis mil personas sobre un total de treinta y dos mil. Silencio en una fiesta fallida. Entonces, el hincha piensa y se cabrea. Cuando vengan tiempos buenos, ellos seguirán allí, al lado de muchos otros que sólo cogen la ola cuando está arriba. La resaca entre la arena resulta siempre desagradable. ¡Qué asco! Mejor cantar que pensar: “Ondiñas veñen, ondiñas veñen, ondiñas veñen e van. Non te vaias rianxeira que te vas a marear”.  

Hubo un tiempo en que fuimos los mejores. Ahora somos un puente mohíno y abandonado, que une el olvido de un pasado con las sombras de un futuro. Hubo un tiempo en que el mundo nos obedecía, sumiso, a nuestros designios. Ahora ese mundo venera otras leyes.

Hubo un tiempo en que éramos héroes de la alegría. Hubo un tiempo en que el balón jugaba con nosotros. Hubo un tiempo en que fuimos reyes del país de las maravillas. Hubo un tiempo, ya pasado, olvidado, perdido y hasta denostado en que fuimos los mejores.

El mundo nos amaba y nosotros nos dejábamos amar. Ahora, el mundo ha cambiado sus intereses. Nos gira la espalda, nos ignora y, con elegancia, sufrimos por ello. Este mundo camina irremediablemente sobre su propia trampa. Cansado de nuestro triunfo, la victoria de la hermosura, nos traicionó en manos del resultadismo más mediocre, del aburrimiento de los fotogramas a color, repetitivos de orden y mediocridad. O quizá es que pereció el talento con nosotros. O quizá no, pero este mundo no se ha empeñado en buscarlo cuidadosamente.

Hubo un tiempo en que fuimos los mejores. Y lo sabíamos. Y lo disfrutábamos generosamente. Hubo un tiempo en que sellamos nuestra supervivencia en los museos de nuestra hinchada para las generaciones venideras. Nos ganamos a pulso ser conocidos, estudiados y admirados hasta el Apocalipsis.

Hubo un tiempo en que los niños querían ser como nosotros. Hubo un tiempo en que las niñas soñaban con conquistarnos, pues nos veían como la belleza suprema. Y lo que hacíamos era patear el balón con dulzura. Ahora, sin embargo, vagabundeamos invisibles por las calles.

Hubo un tiempo en que jamás pensamos que viviríamos este aciago presente. Hubo un tiempo en que los fotogramas eran en blanco y negro, y nosotros inventábamos paraísos con naranjas, balones de estropajos o mikasas de triángulos negros más duros que una roca. 

Hubo un tiempo que lo que hacíamos era jugar y no trabajar, como comentan impunemente ahora. Hubo un tiempo en que los micrófonos y las plumas sólo nos seguían en el campo. Y podíamos dormir en paz. Hubo un tiempo en que los porteros eran títeres que recibían palos por todos lados. No permitíamos que bostezaran un solo instante.

Quizá jamás movimos tanto dinero. Quizá jamás interesamos a tanto mundo y quizá jamás fuimos mecha de discusiones vanidosas entre tantas parejas como ahora. Pero os lo juro que hubo un tiempo en que los que jugábamos, sabíamos que era eso del fútbol.  

EL NÚMERO 23

12Feb08

Decía Javier Aguirre que al final lo único que queda en esto del fútbol son los números. El resto, por desgracia, no pasan de meras percepciones individuales. “Tú te sientas en un fondo del Calderón; yo lo hago en el otro. Cuando acaba el partido, uno ha disfrutado y el otro siente que ha sido aburridísimo. ¿Qué queda entonces? La estadística”. El Vasco, con su viejo acento de chicano, algo debe de saber de todo esto. Hasta la fecha, sólo conozco a un hombre en todo el mundo capaz de sumar 68 puntos con Osasuna: Javier Aguirre. Pero este no es el tema que nos ocupa. Ése pasa por Raúl y Guti. Guti y Raúl. Ya saben, tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.
 
Respeto la decisión de Luis de no convocarlos. Vaya eso por delante. Ahora bien, quizás debería dar alguna explicación convincente o, si no, tal y como él dice, obrar con justicia. No creo que una selección que vive de recuerdos del pasado en blanco y negro pueda permitirse prescindir de dos futbolistas espléndidos.
 
Desde que debutó con aquella cara de adolescente barbilampiño, Raúl no se ha cansado de meter goles de todos los colores y registros. 198 en Liga. Casi 60 en Champions. Este año lleva once y tres en ambos torneos. Guti, por su parte, se limita a la asistencia. A esa magia indescifrable de hacer feliz a los demás. Es como si el rubio desgarbado dijese a cada instante: “Para ti la gloria efímera del gol; yo prefiero el embrujo continuo de acercarlos”. Maduro o inmaduro, diez asistencias en el campeonato.
 
Y así podríamos seguir, pero temo importunar con la estadística. Sólo un último dato: entre la lista y la Eurocopa se cuela un número, el 23. Casi dos docenas. ¿No tienen cabido ahí Guti y Raúl, los dos pulmones de un líder implacable? Bojan, Güiza, Luis García, Albelda, Marcos Senna o incluso Bruno. Todos parecen contar. Menos Guti y Raúl. Raúl y Guti. Geniales hasta cuando no están.  

Les propongo un juego. Entrecrucen sus manos por la espalda, imitando la típica pose en la foto de graduación del colegio. Ahora, empiecen a andar… uno, dos, tres pasos, cincuenta… ¿Hasta aquí fácil, no? Vamos a darle emoción.

Procuren hacer vida normal así. Intenten trabajar con las manos en la espalda, vístanse, escriban en esta postura, envíen mensajes de móvil a sus amigos, saluden a sus conocidos por la calle, y ¿por qué no?, hagan caso al médico y prueben de jugar al fútbol.

¿Les resulta más difícil, verdad?… ¿imposible acaso?

Javier Hernández juega a eso cada segundo de su vida. Y suele vencer con mucha facilidad, y encima, se lo pasa pipa. Nació sin brazos, y ha aprendido a vivir como si fuera un maniquí con alma. Se escabulle de cualquier problema con picardía porque su ambición camina hacia la meta en la que cosas que no puede hacer sean las menos posibles. Y por eso es tan autónomo como usted o como yo. Trabaja de periodista y es, por encima de todo, un joven feliz.

Vive en el campo de entrenamiento del Zaragoza, sus manos queridas. El sabe, sentado en la gradería de cemento solitario, que las mañanas grises de conos, petos, charlas tácticas y estiramientos serán la gloria del domingo. Y luego llega a la redacción, llena de libros con información, donde escribe sobre ello. Y se siente privilegiado, porque hace lo que le gusta, y sus colegas de profesión babean cuando hablan de él.

Y se pasea por ahí solo, hablando con unos y con otros. Esos millonarios del balón aprenden con él que no compensa ser mercenario. Y por eso los jugadores lo quieren, y lo buscan y se ríen con él. Pero él está currando, que diríamos. Y sus pies empiezan a teclear las letras a todo trapo. Escribe la noticia del día del Real Zaragoza S.A.D con una agilidad y una gracia propia de los hermanos Marx. Los dedos de los pies van regateando teclas, se tensan, piensan, sopesan, hasta que teclean la letra exacta. 

Acude al cemento del estadio de entrenamiento. Allí, descalzo, toma notas de lo que ve con un bolígrafo pegado a los pies que se lo coloca su querido fotógrafo, su fiel escudero y gobernador de una ínsula maña. En invierno, tira de memoria para no congelarse. Es amigo de todos los jugadores. Y los entrevista, mientras que son esos clientes de todos los bancos quienes encienden y paran la grabadora para este periodista.

Javier no tiene complejos. Su condición física le sirve para superarse segundo a segundo, le estimula a encontrar soluciones a los problemas diarios. Sólo teme, como joven periodista, los primero minutos de una entrevista: tiembla cuando debe preguntar. Es normal, está aprendiendo. ¿Qué voy a preguntar? Pero pronto, una entrevista de trabajo se convierte en una conversación de amigos. Y el jugador del Zaragoza se irá a dormir pensando que hoy un chavalín le ha dado una lección de humanidad.

Se despide de unos y de otros. De este y de aquél. Y hasta mañana. Por la tarde, suelta en el ordenador lo que se ha empapado durante el día. En un pabellón vacío, cuando puede, juega al fútbol sala con sus amigos. Pasa como Laudrup, dirigiendo el balón mientras mira en dirección contraria, controla el balón, lo pisa, lo aguanta, se excede encima de ella, como un malabarista y suelta el pase certero.

Viste como vive, unos tejanos claros, polo blanco, y el abrigo puesto por encima de los hombros, que le baila a la altura del trasero. Ríe tímido, y observa el mundo con seriedad. Escribe con los pies y sus textos, hilvanados por un soñador, descubren al día siguiente sueños en aquellos corazones que sus lectores pensaban muertos, sin ilusión por vivir.

“Es mentira que los reyes son los padres. Es mentira”. Entre los seis y los ocho años, más o menos, descubrimos la trampa. Y aun con todo mostramos interés en no creerlo. Desaparece aquella entrañable emoción de madrugada, esperando impacientes el paso fugaz de cada instante en busca de la mañana de enero. Las cosquillas no forzadas en los pies, el hormigueo en el estómago. Las manos de plomo, paralizadas por la magia de Melchor, Gaspar y Baltasar.
 
Despertamos, aunque ya estábamos despiertos. Y corremos hacia el árbol. Los regalos. Sobran las palabras. Y todo se va al carajo con lo que algunos llaman madurez. Luego nos enseñan que los reyes son los padres. Y, como Sabina, gritamos: “Es mentira”. Queremos seguir creyendo en un mundo en el que la ciencia impregna cada esquina y nos ahoga. Se puede. Síganme.
 
Lo viví estas Navidades. En mi casa, pedí tan sólo dos regalos a los Reyes. Algo capaz de emocionarme. Dos amores de infancia que prometen perdurar toda la vida: la camiseta de España y la del Celta. Lo confieso, crecí entre lágrimas con Luis Enrique, sufriendo como propio aquel puñetazo de cobarde, de Tassoti, que un árbitro cagón no quiso ver. Y lloré también sin lágrimas, como Hierro y Nadal dos años después. Aquellos locos ingleses se escaparon. Otro juez achantado que arruinó la gracia de Kiko y de Salinas sobre Wembley. Siempre igual: llantos que nacen o que mueren.
 
Lo mismo me pasó con el celeste. Ascensos y descensos. Finales de Copa mal paridas. Lágrimas de infancia; amargura en el adulto. Impotencia a fin de cuentas. Un sueño hecho pedazos. Una vez y siempre. ¿Por qué? Qué más da. Lo cierto es que sigo fiel a aquellos dos amores de la infancia.
 
Abrí los regalos y volví a creer. Comos los buenos libros, los acerqué para olerlos. Curiosa fragancia de anhelos por vivir. Cogí la roja y me la puse. Lo sentí todo. Mañana juega España, y eso es grande. Muy grande. En un pedacito de hierba mal cortada, en Málaga, se van a juntar once tíos muy distintos pero conscientes de que les unen muchas más cosas de las que les separan. Estará Puyol, generoso y honesto en el esfuerzo como cualquier catalán. O Xabi Alonso, con la precisión incansable de los vascos. También habrá algún que otro pijo de Madrid, como Casillas, o señoritos andaluces, perezosos y geniales, del estilo de los Ramos y Joaquín. Y muchos otros. El Prado sobre el césped. Lo más grande que ha dado este país. El único capaz de aglutinar a gente tan diversa y tan igual. La nación más vieja de Europa. Quizás no ganemos nunca nada pero, ¿qué sería de nosotros si nos quitasen los sueños? Gracias Melchor. Gracias Gaspar. Gracias Baltasar.       

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EL ILUSIONISTA

29Jan08

Con su cara de niño y el pelo, quien sabe, quizás teñido; con sus dientes encalados de un blanco marfil; con sus estrellas tatuadas que bien podrían ser tatuajes de estrella; con sus pros y sus contras y su inmadurez relativa; con todo eso y algo más, Guti ha llegado a los 31 vistiendo la camiseta del Madrid. A fin de cuentas, y aunque pueda doler, el mejor club del mundo.
 
A veces, cuando le veo encorvar el cuerpo y cargar su pierna izquierda buscando un pase de loco, pienso en lo que pudo haber sido y no fue por culpa de su cabeza. Sin embargo, tal vez, si eso hubiese sucedido dejaría de ser Guti: ese genio ocultado tras su cara de gay, el único futbolista del mundo que juega con un puñal en la espinilla. En la zurda. En esa pierna mágica capaz de fabricar, un día sí y al siguiente también, el pase con el que sueñan los mocosos en el patio del colegio. Como el del otro día, frente al Villareal. Controló, observó y tocó. Menos de un  segundo en el que se congelaron todos los relojes. El cuchillo desgarró la defensa amarilla, sin sangre, suave y rápido. El truco de un ilusionista completado por Robinho.
 
Con instantes así he decidido perdonarle todo a Guti. En un fútbol marcado por el físico y el resultadismo, los momentos de inspiración son inversamente proporcionales a las flores en San Valentín. Es decir, no existen. De todas formas, deben de ser cosas mías. Leo horrorizado cómo el seleccionador afirma que los que él lleva son mejores que Guti. Intuyo que con Raúl le pasa igual. Por eso, frente a Francia, llevará a Bojan en vez de a Raúl. Y a Albelda, Xavi o Senna en lugar de a Guti. Supongo que será el peaje que uno ha de pagar por ser distinto. Por ser excelente.

Siete segundos

28Jan08

Después del lacónico “¿estás bien para esprintar?” y del certero ”sí, pásamela por el central izquierdo” por respuesta, el árbitro pita el inicio del partido, y la toca el desgarbado y torpe delantero que sale corriendo, como un cuerdo de la locura, hacia la portería rival.

Víctor, ese enano viejo, que juega con la pillería y la gracia de la peña del chupete, retrocede hacia su campo dos metros y se inventa una media cola de vaca, escondiendo el pase, girando sobre él mismo, como deteniendo el tiempo, pero lanza un zapatazo al aire que alcanza el área regateando de un solo tiro certero al ejército enemigo y allí, Llorente, el pívot del área con nombre de camarero, ese torpe, desgarbado, delantero invisible que nadie marca, la pilla, la tiembla, le susurra ternuras y la baila en una preciosa vaselina ante la salida atropellada del guardameta.               

Y gol, gool, goool… (¡cuánto se puede hacer en tan poco tiempo!) el equipo violeta, la escuadra de la ciudad nebulosa, consigue ante la formación más caritativa por tradición del campeonato el gol más rápido de la historia de la liga, en ese momento en que las gradas están aún vacías -piedra desgastada por el viento-, la hinchada espera en la antesala del psiquiatra, y los baños y los bares amontonados de colas; los aficionados celebran el gol por los gritos de los forofos que lo han gozado, feliz premio para los que acuden horas antes del inicio del encuentro a su asiento porque saben que el fútbol se guarda las mejores sorpresas para cuando nadie le presta atención.

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Queridos Reyes Magos:

Mil gracias por la pelota. Fue emocionante despertarme muy pronto y tropezarme con ella. Ya veis que la estrené sin querer. La toqué lo justo, como un patoso, y se fue resbalando, frotando con el suelo el papel de regalo que la envolvía, hasta chocar con la pata del perchero.

Pero creo que a mamá no le hizo mucha gracia vuestro maravilloso regalo. Cuando se lo enseñé, feliz, empezó a regañarme: que si no podía jugar en casa, ni en la habitación, ni, por supuesto, tampoco en casa de los abuelos. Que ni se me ocurriera llevarlo al cole, que sólo los fines de semana en el parque…

Pero el colmo fue ayer cuando, sin querer, driblando las sillas del comedor, en desorden alrededor de la larga mesa: un caño a ésta; una finta a la otra; que vienen dos, una pequeña elevación… y con esas, el balón se elevó mucho haciendo una especie de parábola y destrozó el jarrón de mármol con rosas rojas de la abuela, que aterrizó en pedacitos desde la estantería.

Los gritos que me pegó mamá. Aún me pitan los oídos. ¡Si fue fortuito! Además, yo no tuve la culpa. Y mamá me castigó robándome el balón.

Tampoco os olvidasteis de las botas de entreno. El sábado siguiente ya las estrené en el parque… ¡parecía volar! Fue emocionante cuando los amigos me vieron aparecer con mis nuevas botas, y botando con el balón, que quería yo estrenarlo en público. Susurraban envidia sana. ¡Y metí cuatro goles! Nunca lo olvidaré. Ganamos 7 a 6…

Y el uniforme completo del equipo. Los pantalones y la camiseta me van un pelín grandes y parezco un payaso, pero las medias me están perfectas si las doblo tres veces. Bueno, los otros regalos son súper chulos, y me gustan mucho, pero no he tenido tiempo de probarlos.

Bueno, os dejo que mi mamá se acaba de ir a comprar y tengo diez minutos antes de que vuelva para entrenarme un ratito para el partido de barrio del sábado por la tarde en el parque. Seguro que vuelvo a ser la estrella.

Bueno, lo dicho. Me voy a la habitación de mis papás porque ya sé que mamá esconde el balón en su armario, así que adiós.

Si aún no habéis llegado a Oriente, que tengáis un buen viaje y hasta el año que viene.

Feliz Navidad

24Dec07

Jesusito nació en un portal, una noche oscura. Lo acompañaba José, María, el buey, la mula y una estrella, colgada radiante encima de su cuna, que iluminaba al Salvador. El frío perdió ante la alegría inmensa del momento.

Ahora, más de 2.000 años después, caminamos a Belén, y ante la cuna del niño, le regalamos lo mejor que nos ha dado: un baloncito para que con los pies sueñe con un mundo mejor.

 nadala_quintanoretallada.jpg (Tomo prestado este cuadro de mi amigo Javi Quintano. El problema está en que no le he pedido permiso. Espero que el espíritu Navideño le ayude a perdonarme)

¡Unbelievable!

07Dec07

Cogamos un taxi en el centro, será lo mejor. ¡Esas tasas que nadie entiende, qué caros están! Aquí tiene, gracias por todo. Por Dios, vaya cola. Si sigue fuera de la terminal. Mira, embarcamos por la puerta del final a la izquierda. ¡Carai, saca la Visa papá, con la de cosas que venden en las tiendas para mamá y para mí, claro! Deja, deja. Aquí no tiene gracia gastártelos, ya lo aprenderás. “Señoras y señores, bienvenidos a bordo. Por favor, abrochénse los cinturones. Vamos a despegar…”.

“Ladies and gentelmen, you’re welcome. It’s ten o’clock in the morning”. Fuera el cinturón. Ya pisamos tierra. ¿Y las maletas?, ¿Son aquellas? No. Se parecían pero no… ¡míralas, míralas! ¡Cómo desfilan por la cinta mecánica! Vigílalas y que nadie se confunda o se pase de listo. Allí están los taxis. Ponte el abrigo. ¡Qué frío y qué nubes borrascosas tienen en las Islas!

Tú de copiloto, hijo. ¡Eh chavalín, que este es mi sitio! ¿Su primer viaje por aquí verdad? No se preocupe, le ocurre lo mismo a todo el mundo. Siempre creen que deben subir por la puerta de la derecha. ¡No se apresure! Ésta es la mía. Piensa que conduce pero sin volante, así no le parecerá tan incómodo el viaje…

La vieja ciudad industrial, ligada a la historia naval del país; el anacrónico puerto militar o el Royal Naval Museum. Y el mar. La vieja y tranquila ciudad de la costa sur del país. El barrio de la mente que imaginó David Copperfield y otras pequeñas miserias huérfanas. Bienvenidos al condado de Hampshire. Ahora ya sólo falta ponerse la gabardina gris, de terciopelo, que conjuge con el sombrero. Bajo el brazo, el The Guardian o el Financial Times. Un buen hombre de negocios, trabajador, informado.

Y el domingo, al estadio. Fratton Park y la copa y las dos gloriosas ligas allá en los cincuenta. 20.200 gargantas y bufandas bailando al mismo son los días de gala, cuando el socio también se rasca el bolsillo. Antaño, el momento de la siesta. Ahora parece que las cosas cambian. ¡Vamos hijo! Ondea la bandera, que serpentee como una cobra. Te pareces tanto a mí, treinta años atrás… y yo al abuelo… ¡Ya salen, ya salen los azules de pantalón blanco y rojas medias! ¡Pompey, Pompey, Pompey! Hoy ganamos, hoy podremos seguir soñando, esto es increíble. ¡Este año sí! ¡Pompey, Pompey, Pompey!

Ensordece el silbato. ¡Pompey, Pompey, Pompey!¡Goal!¡Goal!. Uiuiui… fin de la primera batalla. Toma hijo, para bocatas. El baño ruinoso, como los de todas las fortificaciones del mundo. Hay cosas que no cambian. ¡Ya vuelven a salir! Uiuiui… el empate a 2. Estos desconocidos del Reading quiren morir vivos aquí. Como siempre, desperdiciando ventajas, resucitando al enemigo herido. Mierda. ¡Goal! Páralo James, páralo. Nueve metros, el círculo blanco, el balón, disparo. ¡James, paradón!

Qué partidazo. Mira como gritamos todos. Si ganamos y pierden los otros… la champions… ¿te lo imaginas? pasa el tiempo. tres, cuatro… ¡Goal! 5-2. “Amazing, espectacular” grita el periodista. Esto es increíble. Uiuiui. Bueno, que no nos quite el sueño, tranquilos. Es imposible. ¿Papá, quizá puedan amargarnos? Calla, calla. 5-3… ¡Goal, goal!”¡Ja, ja, ja o muy God!”.

7-3. Unbelievable papá. Mamá ni se lo creerá, lo que se está perdiendo. ¡Un hat-trick de Benjami! ¡Será mi ídolo! Pompey,Pompey,Pompey. Uiuiui… bueno, el del honor, que lo marquen, ya da igual. ¡final,final,final! 7-4. ¿Te lo crees hijo, no es Wimbledon. Somos nosotros querido. ¡Unbelievable!Jamás desde 1898 cuando se pegó el primer balón aquí, en Fratton, se había visto algo así. Eres parte de nuestra historia, hijo mío; ¿te das cuenta? Un brindis al buen fútbol, a la magia y a la salsa del gol. ¡Unbelievable!, comenta el comentarista de la cadena estatal, para que nos envidie toda la isla.

En la tienda apenas cabe una persona. Es una caja metálica color verde oscuro como una hoja de árbol, situada en una esquina, muy cerca de cuatro hombres sin rostro, suspendidos en cajas amarillas de fondo neutro; ahora verdes, ahora parpadeantes, ahora rojos. En la tienda venden boniatos y castañas recién asadas entre llamas, gominolas de feria y bolsas de patatas arrugadas en la estantería.

El vendedor, un inmigrante, suda para vender un boniato y cuatro castañas. Circulan coches derrapando y hombres serios, con carpetas debajo el brazo. Huele a humo y a brasas. Fuera de la tienda está su mujer con un delantal sucio, que esconde unos trazos de un antiguo ramillete de flores. Gritan desesperados, en balde, en busca de alguien que pique con cuatro monedas oxidadas.

Enfrente, a tres pasos cortos, cinco obreros con mono azul descansan de espaldas a su gran obra: un andamio carcomido, como una telaraña, que han ido tejiendo con paciencia durante muchos crepúsculos. El obrero joven, el de los chistes y piropos verdes, mira al inmigrante. Una semana ya da para entablar amistad:

- ¿Pero vais a ganarlos o qué?

Siguen andando los transeúntes, ajenos a los boniatos que siguen cociéndose a fuego lento, en busca de un amante. Es hora punta. El vendedor pone sus manos en la cabeza, y sigue con el pulgar el hilo que dibuja el escudo cosido en la frente. Lleva puesta una gorra al borde de la jubilación, de cuando no importaban las marcas. Sólo se ve el azul y en medio el escudo en estado paupérrimo. El vendedor se toma un respiro de aliento entrecortado y sopla. Con una paleta, remueve las castañas y contesta con su voz dulce: 

- Los aplastaremos.

Faltan dos días para el gran derbi de las rayas verticales de la urbe del mar, Montjuïc y el Tibidabo. Y el humilde está que se sale, y el poderoso en crisis, y encima juegan en casa y si ganan los adelantan en la clasificación. Su mujer también empieza a gritar:

-¡Compren boniatos, boniatos de los buenos…!

  

Debe de ser un chiste. Una verdad mal entendida que algunas quieren enterrar. Tal vez el libre albedrío intelectual de nuestros días que acaba por prostituir hasta el lenguaje. De todas formas, sigo sin entenderlo. Podría hablar de falta de respeto, pero sólo me sale aberración al tiempo que leo sorprendido la cantidad de sandeces que se escriben.


Por ejemplo, entra Gago en el equipo y se obra el milagro: el Madrid, sólido gracias al vilipendiado doble pivote, se asocia en torno a la pelota y comienza a dar muestras de lo que es capaz. Uno a cinco en Mestalla. Desde entonces, Gago-Diarra Sociedad Ilimitada. Inamovibles en el once. Luego, leo estupefacto: “El Madrid se arropa”. Hace sólo unos meses, con la misma idea futbolística, con los mismos hombres, con el mismo vilipendiado doble pivote… pero con Capello: “El Madrid se arruga”. Incomprensible.


Hay más. Remonta el Madrid otra vez. Cuatro a tres en una noche de montaña rusa en el Bernabeu. Sigo leyendo: “Fútbol y fe”. Por desgracia, a las seis remontadas en diez jornadas de los hombres de Capello, que acabaron por darles un merecido título capaz de sacar a un millón de personas a la calle, le sobraba la fe y le faltaba el fútbol. Por supuesto, según la opinión de algunos de esos de los que, quizás con razón aunque con poco tino, el del mostacho rubio afirma que pueden “opinar de todo sin tener idea de nada”.


Señores, créanme a pesar de que lo que voy a afirmar suene a herejía, a crimen rastrero e imperfecto en esta España cañí a todos los niveles, incluso el futbolístico: Capello es el mejor entrenador del mundo. Y me permito añadir otra verdad: sus equipos juegan un gran fútbol.


Su Milán, continuación de la máquina perfecta de Sachhi -aquel conjunto de ángeles negros que enterraron el sueño de una Quinta-, resultó un ejemplo envidiable de buen gusto. Al menos si por buen gusto entendemos ganar, vencer y convencer por cuatro a cero al Barça del tótem Cruyff. Su Roma, obviando el insignificante detalle de los títulos, ese al que algunos parecen dar la espalda, maravilló al Calcio. La zurda imperial de Chivu daba salida a la pelota que, tras circular al primer toque entre una maraña de centrocampistas, encontraba un digno fin en las botas de Totti o de Cassano. Dos creativos, dos artistas, dos delanteros que jugaban junto a un nueve, Montella, en ese equipo que nunca olvidarán los hinchas más fieles del Olímpico.


En la Juve, lo confieso, no jugó, trabajó. Como lo han hecho todos a lo largo de la historia de la Señora cuyo lema reza: “Por la disciplina al placer”. En su primer Madrid, sobran las palabras. Ganó la Liga de calle en un club que venía de firmar la peor campaña de su historia. Noventa y dos puntos y 85 goles a favor por sólo 36 en contra. Ese mismo equipo, con la inercia ganadora del italiano, conquistó la Séptima sólo un año después rompiendo más de tres decenios de sequía. Fue una Copa de Europa de Capello. Tal es así que Heynckes no siguió. No lo querían. El año pasado, Capello volvió a obrar el milagro. Se enfrentó al mundo para regenerar un club podrido. Lo logró, y en medio de la agitación de la tormenta, regaló otra Liga. El Madrid recuperó la hegemonía.


Para algunos, no fue suficiente. Decían que el equipo no había jugado a nada y que el Real Madrid debía de buscar la excelencia. Ya la tenían. Por eso ganan.      

Dicen, incluso afirman, que carece de romanticismo, que ha perdido el añejo sabor de las tardes en blanco y negro vividas en familia. Que ahora es un negocio, un turbio, negro y jodido negocio. Que sólo el dinero importa y ya nadie siente los colores. Murió el tiempo en el que un escudo pesaba lo suficiente como para anclar a alguien en un club. El espectáculo ha muerto. ¡Viva el resultado! Los títulos, el eterno aroma irresistible del triunfo, la gloria efímera. Ya no hay hueco en la memoria para aquellos vencedores que perdieron. Por ejemplo, el Brasil de 1982. No. Ahora en el recuerdo sólo permanece la estadística del título. ¡Mienten! ¡Mienten! ¡Y, por supuesto, mienten!

  

Se olvidan todos ellos -sin duda atraídos por lo mediático del siglo- de lo único real de todo el circo. El sentimiento. Sin él, el fútbol, a diferencia de la vida, carecería de sentido. El hormigueo en el estómago de la gélida tarde futbolera de un invierno cualquiera de un domingo cualquiera. La agonía del tempranero gol que comienza a provocar las nauseas en un derbi. La alegría, el clamor de la hinchada, las paredes que retumban y el estadio que cobra vida y casi vuela con el tanto del empate. El silencio dinástico que antecede a un penalti: ese segundo en el que el árbitro señala el punto fatídico y uno no sabe qué pensar. ¿Qué coño ha pitado? Y olvidan, por supuesto, el valor de un resultado.

 

Ayer el Besitkas cayó 8 a 0 en Anfield. En la estadística, en los números, descansará para siempre como la mayor goleada de la historia de la Champions. En el Club, probablemente, se verá como la pérdida del millón de euros que reportan los tres puntos en la máxima competición continental. Tal vez provoque, también, una pequeña crisis deportiva. Que pase el siguiente entrenador. Para el Liverpool apenas sí fueron tres puntos que alivian un poco su camino. Para la afición turca, sin embargo, resultó un puñal tan doloroso que provocó lagrimas de pena, de humillación. El llanto de una hinchada fiel hasta la muerte. Unos ojos vidriosos que nunca olvidarán que aquel 6 de noviembre los suyos perdieron 8 a 0. Un llanto turco que da sentido al fútbol.

Saca la falta, el centrocampista defensivo, en la medular del campo. Pim. No acecha el peligro cuando el balón vuela alto, en diagonal, y se inmiscuye en el punto donde se forma el ángulo recto izquierdo del área pequeña. El interior diestro la ve bajar, y la templa con la cabeza, en un pase de la muerte hacia el segundo palo. Pam. Nadie quiere tocarla ni rozarla mientras botea por delante de defensas y delanteros, hasta que como un obús, el punta, ansioso por destrozar su sequía goleadora, sale a cazarla y antes de tocarla con el interior, en el segundo palo, ya grita gol y luego la empuja y se abraza, movido por la inercia, con la red. Patapam.

El gol soñado por un hincha del equipo. Es el padre de los tres jugadores que participan en la jugada. A su lado, la hermana pequeña, también deportista, está alucinando. Al final del encuentro, el padre saca las monedas del bolsillo e invita a sus hijos ya duchados en el bar del campo, a celebrarlo. En casa, cada uno explica su contribución del gol a la madre, que no comprende la emoción del padre (“ellos marcaron, pero yo los parí”), pero les besa feliz de verlos felices al tiempo que sigue preguntándose hasta cuándo el fútbol le seguirá robando las tardes con sus hijos.

 


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