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GRACIAS HOLDEN
Un grito histérico antesala de la impotencia. Después calma… vacío. El embriagador sonido del silencio. Ahora triste, luego alegre. Alguna que otra mano en la cabeza. Más silencio. Primeras risas que ocultaron lágrimas incapaces de salir. A fin de cuentas, ¿por qué habían de brotar?
Es cierto, falló Pau y toda España lo sintió. El precio que has de pagar por ser un genio. La jodida última pelota de un torneo, un gran torneo que juegas como local y favorito con la carga de un oro japonés sobre tu cuello. Máxima exigencia, mayor pasión.
Pero esto es un juego, no lo olviden. Y como en todos, el azar tiene su dosis de importancia. Lanzas los dado del parchís y sale un seis. Perfecto: repites tirada. Un nuevo seis. Sigues avanzando y tiras de nuevo. ¡Otro seis! Maldita suerte, pierdes ficha. Pues así fue. El aro resultó un tablero de parchís donde la fortuna bailó una danza insolente y caprichosa a ritmo ruso. O americano. Qué más da. Porque Holden no es ni alto ni rubio, ni tan siquiera guapo. Es negro y con pantalones desgarbados y un bote de balón muy pizpireto. Y nos hizo un pedacito de vida más humanos. Gracias, Holden. Gracias, Rusia. Sin vosotros nunca hubiésemos sabido que los queríamos tanto. Que esos tíos nos habían dado tanto en tan poco tiempo que casi daba igual que el aro se disfrazase de verdugo.
Un cántico incomprensible retumbaba por las entrañas del estadio aquella tarde. El sol, siempre eterno sobre el cielo, arrojaba agradecidos rayos que caían sobre un césped liso, inmaculado, de esos que hoy en día se plantan en dos tonos circulares buscando hacer agradable la visión. Silencio agradecido en vestuarios. Se palpa la tensión.
Los veintidós futbolistas, ya sobre el campo, recibían los destellos de los flashes. A fin de cuentas, la final de un Campeonato del Mundo atrae millones de miradas. Francia e Italia cara a cara. La vieja Europa contra la vieja Europa. Siempre Europa con permiso de Brasil y de Argentina.
El resto ya lo saben. La historia dice que Italia se impone en los penaltis el día en que Zidane se enzarzó con Materazzi. Sin embargo, alguna vez y sin que sirva de precedente, la historia miente. Aquel día, la Saura se impuso mucho antes. Gol de Toni. Remate de cabeza orientado con las flechas y el triángulo. Mis manos, sudorosas por los nervios, consiguieron imponerse y el mando obedeció. Milagros de la Play. Gracias, amigos.
El sol derretía el asfalto, rabiando de calor. La carretera parecía un mus de alquitrán. El viaje en coche entre las montañas no tenía fin. Mientras, en otro lugar del mundo, un jovencito vestido de amarillo se deslizaba (casi volaba) desde su burra, como la nombró un comentarista.
Posición encorvada, pedaleo rápido y alegre, rictus alemán: boca abierta, mostrando los dientes, bebiendo el sudor. Mientras, mientras volaba y volaba en la burra, el jovencito sufría y sufría y sufría más que en el infierno. Contra el destino, contra el reloj, contra dos auténticas cucarachas de la crono. En juego, cruzar de amarillo el Arco de Triunfo de París.
En otro lugar, el sol cocinaba la carretera en un quemado mus de alquitrán. Contra el destino, contra el reloj, contra las ondas de la radio, seguíamos, con la respiración en vilo, las andanzas del jovencito, que seguía bailando un tango con la burra. El pentagrama dibujaba un ritmo rápido, pedaladas ligeras, rostro sudoroso.
La señal radiofónica pasaba del tango a un concierto de máquina caótico. Perdíamos la batuta del jovencito. Desesperados, con rostros también sudorosos, le dábamos al dial en busca de noticias buenas. La señal volvía a perderse lejos del pentagrama, y un fantasma cruzaba de amarillo el Arco de Triunfo de París.
“¡Ya llega, ya llega! ¡Qué pedaleo! ¡Qué ritmo! ¡Qué música! 30, 29, 28, 27… ¡venga chaval, venga!… 26, 25, 24, 23 segundos… ¡Contador, campeón del tour por apenas 23 segundos! ¡Un día histórico! ¡Mañana gran paseo por los Campos Elisios!”.
Apagué la radio, y miré ingenuamente el mus de alquitrán que pasaba por la ventanilla. Respiraba hondo, cansado después de tanto esfuerzo. Por fin, volando encima de la burra por montañas, metas, podios y chismorreos diabólicos de la prensa, Contador llegaba a París. Y de amarillo, como los dioses del Olimpo.
Sintonicé el dial de mis sueños, soñando con la leyenda, los héroes, la gloria, el esfuerzo… y la grandeza del ser humano. Pronto, llegamos volando encima del burro a Arsèguel, una pequeñísima población catalana, perdida entre las montañas. Cuatro casas en perfecta armonía, una iglesia románica y pequeña apartada del pueblo, y el sonido alegre del acordeón.
Aquella noche de verano, Arsèguel, donde nieva siempre en invierno, se convirtió en la capital internacional del acordeón. Más de cuatro horas de concierto, con los mejores acordeonistas de Rusia, Uruguay, Europa central o de la tierra, nos hicieron soñar al ritmo de la alegría, con un mundo que canta a los héroes.
La noche transcurrió como si fuera la única noche de toda la vida. Los acordeones nos olvidaban del olvido y la soledad. Un canto a la gloria en Arsèguel, el acordeón de las montañas. Sólo se era feliz escuchando esa música, en primera fila, sentados al suelo, con el culo rampante y en dolor, cogiendo en brazos al pequeño de casa, muerto de sueño.
Cuando la música se endormiscó, sólo se oían las pupilas cerradas del público, que armonizaban con la noche de estío, fresca y estrellada. Fuera del recinto, cogí de la mano al pequeño de casa, y miramos la iglesia del pueblo, con el campanario alzándose hacia el cielo. Una estampa navideña sin nieve.
Saboreando el sonido alegre del acordeón, volé kilómetros de distancia hacia otro lugar del mundo, donde un chavalín, de nombre Contador, contemplaba su propio pesebre. Miraba la noche gala, sonriendo de felicidad y dibujaba con su ilusión una torre alta, hecha de hierro, como un campanario que avanza alegre hacia el Olimpo de los dioses que vuelan encima de la burra.
Miseria ácida agridulce
Era rabia. Pero no del todo. También desengaño. ¡Cuánto desaliento! Y una pizca de enorme tristeza amarga. Impotencia por doquier. Desilusión, también un poco. Derrotismo y un tremendo enfado. Pero tampoco era eso… quizá un poquito de todo, construyendo, pedacito a pedacito, una galleta con fisuras, rugosa y con sabor a miseria ácida agridulce.
Así, más o menos (más de menos que más de más, para ser perfectamente precisos) se sentía después de ver cómo se adentraba en la vida a base de cuchilladas dolorosas, eliminando las ramas de dolor que entorpecían su camino; produciéndole una fatiga inmensa, oliendo a cada paso aquella misteriosa galleta con fisuras, rugosa y con sabor a miseria ácida agridulce.
Lejos quedaba ya la infancia, cuando la vida era otra cosa. Entonces, sólo importaba dormir con la luz del pasillo encendida, y los miedos desaparecían con el edredón. El pijama era de dibujos animados, y soñabas con vivir así, riendo y riendo hasta morir de risa. Y las tardes de verano se eternizaban, perdido en el bosque, construyendo la cabaña de madera interminable en casa de los abuelos. El horror se personificaba en perder el equilibrio con las primeras pedaladas encima de la bici. Si destrozabas el suelo, unos sollozos enérgicos apaciguaban tu dolor.
… Y ahora, en cambio. Todo es distinto para parecerse siempre. Y ríes para no llorar. Y lloras para no reír. Y van amaneciendo los días.
Ocurrió que otra noche más, se sorprendió comiendo la galleta con sabor a miseria ácida agridulce, tumbado en la cama, fijándose en los puntos más brillantes de la oscura habitación. Movido por una chispa eléctrica, se levantó, decidido, y arrugó en una bola enorme todo lo que era la vida, su vida, y lo que sería, y lo agarró con fuerza, aunque temblaba, con su mano derecha.
Lo observó como si el mundo se resumiera en aquella triste bola. Pasaron segundos como mueren los días. Entonces, retrocedió tres pasos, lentamente. Y salió disparado, sediento, de su habitación. Andaba rápido pero silenciosamente por el pasillo estrecho y oscuro de su ciénaga. Delante de la puerta de sus padres, sin embargo, redujo su andar hasta prácticamente el inmovilismo. Y fue acercándose hasta el balcón, como un fantasma herido, a paso de inválido.
Con la brisa jugueteando con sus pelos somnolientos, alzó al aire la bola de su vida y la empalmó, cuando caía, con todas sus fuerzas como en sus tiempos de colegial en los campeonatos futbolísticos del barrio, –lo único bueno que le había regalado la vida– hasta mandar todo el planeta, envuelto en su bola alimentada de miseria ácida agridulce, lejos, muy lejos, hacia aquél lugar donde dicen que no hay aire.
Exhausto, pero con satisfacción, aquella turbulencia le recordó, ya enredado con su edredón, las hermosas tardes de recreo cuando chutaba con tanta fuerza el balón hasta dolerle el pie para marcar el gol y contarle a su papá, luego por la noche, entre cucharada y cucharada de yogur de fresa, sus triunfos futbolísticos escolares.
Por fin, pudo dormir algo, mientras soñaba que otra noche más había conseguido engañar a la mañana siguiente, que nunca nacería.
Cristóbal Colón y sus cábalas
1+1=2; 2+1=3; 3-1=2; 2-1=1; 1-1=0; Así de fácil son las matemáticas para Arquímedes, Thales de Miletus, Pitagóras, Albert Einstein, Galileo Galilei o Sir Isaac Newton. Así son, porque sí, y así serán, porque sí. Claro, sencillo, sin margen de dudas.
Lástima que el fútbol no entienda el lenguaje científico. Lástima que el fútbol no sean matemáticas. Lástima que en este deporte no imperen las leyes de la física. Lástima que no esté todo amarrado, decidido, ni se pueda prever. Lástima. Pero el balón no entiende de lógicas.
El fútbol es más humanístico. Más incierto, más caprichoso, más dramático, y por ello, más satisfactoriamente feliz. El balompié vive del azar, de la incertidumbre, del quizá, de la inseguridad… tal como los hombres, seres diminutos que luchan ante un fatum, un destino fatal.
¿Ocurrirá o no ocurrirá? Sorpresa. Lógica. Lógica. Sorpresa. La gloria del pueblo. La victoria del emperador. Esto es este deporte… una lucha titánica contra el orden y la lógica del mundo… un alzamiento del caos, de lo imposible y de la emoción.
Aunque la mayoría de las veces, el 99′9% para ser matemáticamente rigurosos, por rutina vence la lógica; este porcentaje incierto e ínfimo, anima las pulsaciones, aviva la esperanza, y sueña la ilusión en el cosquilleo del alma, imaginando una sorpresa mundial, un sueño que se alimenta en el corazón… una victoria del humilde y del pobre… un cambio en la ruta hacia la gloria.
Y ejemplos hay muchos. El último, en la Copa América. El Brasil con menos música de la historia, el Brasil más trasalpino, el Brasil más anónimo, el Brasil más gladiador, el equipo con más jugadores estéticamente feos, fue herido en el primer combate. Luego, hipnotizado y ausente, agonizando se plantó en la final para morir con dignidad.
Entonces, sólo entonces, con la facilidad de quien limpia la escalera, barrió a las estrellas Argentinas. Impotentes, desconocidas, horriblemente malas. Una caricatura de sí misma, no pudo con una samba a base de orden, táctica y calculadora de un equipo comandado por el comandante Dunga, al grito de Patria, victoria o muerte.
La marioneta Argentina, impotente, lloró, no por mí, como reza la canción, sino por ella. Y otra oportunidad perdida. A esperar… este país, que ama el fútbol como nadie, se apaga internacionalmente, soplo a soplo, a pesar de la lógica victoriosa que se le supone.
Por lo demás, en esta Copa América poco hemos descubierto. Destellos de luz, simplemente. Nery Castillo, el último mohicano. Arte puro a madurar: un control en el punto de penalti, un sombrero al defensa brasileño, y un toque sutil hasta la red. Golazos bellos. Messi, la pulga que enamora pero no gana torneos. Alguna promesa. Desigualdad tremenda entre las escuadras o goles espectaculares en campos de Segunda División, obra de obreros que sueñan, mientras se quitan la camiseta, en su pedacito de instante en la historia.
Estarán contentos los matemáticos, que respiran aliviados. Al fin, han ganado los de casi siempre. Mientras, los marineros errantes seguirán haciendo cábalas, seduciendo al destino, soñando con lo insondable. Y buscando paraísos perdidos y topándose con otras tierras en su camino. Nuevos Colón que anhelan el cielo, y se lo encuentran por error, por sorpresa, contra la lógica, en el plantea tierra.
Escribir es todo un misterio. Ahí radica, en parte, su encanto. Uno, más que ser escritor, se convierte en soldado de artillería, que resiste los envistes de la imaginación traicionaera y del propio texto que fluye solo, como un río caudaloso, pervirtiendo -si se me permite esta palabra- nuestra humilde idea inicial.
A veces es un misterio porque el resultado final es completamente diferente, inesperado y mejor - por qué negarlo- a lo que conseguiríamos sin las musas. Parece como si el texto se escribiera aparte, siguiendo sus propios dictámenes, ajeno a nuestras súplicas. Otras ocasiones, en cambio, es la propia realidad que frustra nuestros sueños literarios.
Retrocedamos en el tiempo para ilustrar mi tesis. Quería escribir yo aquí la crónica de mi primera final (el último escollo para la alegría o la espina en el corazón que nos acompañará hasta la tumba como los siervos sirven a sus amos) en directo, palpando el aroma de la copa, postrada coqueta en el palco, deseando ser abrazada.
Así, construí un texto imaginario sobre mis vivencias como protagonista de una final, para sugerir el ambiente, las emociones y la vida misma durante el purgatorio, disfrazado de viaje hacia la gloria; el infierno del partido y, finalmente, la vida entre cielos con la celebración por la conquista del triunfo.
Y todo con la intención de maravillar al profano del fútbol y mostrarle algo más que esa idea de deporte absurdo que se tiene al observarlo fríamente: el de unos bobicos corriendo y pateando el balón para meterlo en una especie de cueva moderna con red de pescadores.
Como barcelonista humilde, acepté resignado el no poder ir a la ciudad del amor. A cambio, eso sí, de animar en una competición más familiar, más real, más copera. Y este era el año. Destino: el cielo. El medio: Madrid. El Billete: ida a Getafe y vuelta por Sevilla.
La ida de las semis dieron esperanza. 5 a 2. Mi primera final en directo estaba más cerca que la panadería del otro lado de mi calle. Durante quince días -tiempo de espera antes del trámite de la vuelta- fui imaginando cómo viajaríamos, fui escribiendo en la memoria detalles y experiencias venideras, pero irreales. Hasta que con la vuelta apareció la vergüenza más vergonzosa de unos sinvergüenzas. 4 a 0. ¿O fueron cinco? Y la final que se escapó como los sueños mueren con el alba.
Y aquel día, que debía estar yo en Madrid, con mi camisa, orgulloso y feliz de vivir, con el corazón a bombonazos, suspirando por una copa que contemplaba el espectáculo desde el palco, coqueta, como Julio César. Pero aquella noche, me encontré en una montaña perdida y solitaria, cenando mientras escuchábamos los petardos de la noche de San Juan, ajeno por completo al título que se disputaba, con el traje de extraño, como si fuera un explorador que viaja por el tiempo ya acaecido.
Mientras devoraba la carne, resignado después de unos meses en la desidia de los mediocres, también me tragaba, a estragos, mi crónica personal que con tanto cariño fui hilvanando sobre esta experiencia única y majestuosa y que nunca se publicará.
Hoy, mientras hago la digestión de esta brillantísima crónica que escribí con la tinta de la imaginación y que nunca se publicará, espero el momento de poder asistir como sufridor a mi primera final en directo, para contar esas emociones y alegrías que nos da este deporte que, analizado fríamente, tal y como yo viví aquella final más familiar, más copera, más real, que me robaron, parece de lo más absurdo.
Whisky asqueroso de serpientes
Era el whisky soñado. El que engulles despacio, disfrutando de la textura maltesa. El whisky que fluye en el paladar como un río caudaloso. Un whisky que huele a utopías y a placer. Un whisky con hielo que calienta el lacerado corazón. Tragos de felicidad.
Una copa para combatir los nervios acaecidos de repente cuando me quitaba el pijama. Allí siguieron todo el día, comiéndome el corazón, fluyendo por la piel, hipnotizando mis actos. Vivía para asfixiar el tiempo. Paseé por la ciudad imaginado en mi cabeza mil maneras del gran triunfo mientras re-recordaba a mis amigos, como una abuela, que el partido empezaba una hora antes. Fuera, el mundo seguía impertérrito.
Pero el whisky se convirtió en llamas. Asqueroso. Apestaba a desgracia, y los hielos lagrimaban en el líquido, convirtiendo el sabor del whiksy en asqueroso. Lo bebí en menos de lo que enrojece un semáforo.
Ya lo teníamos. Restaban cinco minutos de risa. Una miseria cruel. La emoción de mis piernas me levantaron. Era el momento del whisky. De la victoria final. De sonreír y joder amablemente. Un vaso, hielos, y de la botella fluye whisky malo, como en una cascada. Y luego. Gol allí. Y entonces. Gol aquí. 18 segundos de risa. Y todo al garete. El apetecible whisky, dulce como la miel, se transformó en whisky asqueroso y venenoso, como las serpientes.
El domingo siguiente fue una farsa innecesaria. Un sainete cervantino sin gracia alguna. Apareció la ilusión y el sueño durante minutos. Pero fue fugaz porque todo terminó como debía. No fue cruel, porque el derrotismo planeaba sobre todos.
Incluso, me atrevería a decir, buscábamos consumir la desgracia. Ganar así, de esta manera tan paupérrima, no queríamos, no queríamos. El eterno, no por su juego bello y espectacular, sino por su remontada, por su fe, por su trabajo, su deseo de triunfar. Que lo disfrutaran.
No como nosotros, estancados en mares de soberbia, vaguedad, orgullo y prepotencia. Así que queríamos masticar y digerir la derrota de aquella noche. Me refugié en la compasión de los aficionados que lloraban por descender al infierno, almacenando sus lágrimas para beber en el manantial de la amargura.
Y como siempre, la celebración. Ruidos ensordecedores de claxones ufanos en las calle oscura. Cánticos de campeón. Aparecen fanáticos de debajo de las piedras, escondidos en la tempestad. Y la noche es larga y alegre para unos, y triste para otros.
El pequeño mira desde la ventana. Estático, como un muerto, contempla el espectáculo. Llora. Siempre es duro la primera vez. Y le consuelo. Un año antes él lo disfrutaba en las calles. La cosa no dio para más. Un abrazo y vuelve a sonreír y a soñar con los angelitos. Así son.
Pasamos una noche empapada y calurosa. Precavidos, cerramos la ventana para poder dormir algo y coger un poco más despiertos el tren de primera hora del día siguiente para emprender la rutina laboral.
DOPAJE VERDE Y LILA
Me despierto avergonzado al contemplar la portada: “Dos millones para el Mallorca. Es la prima a terceros más alta de la historia”. Antes de nada, un punto de partida: el futbolista es lo único puro que le queda a este deporte. El resto ya no existe. Murió el romanticismo del club propio con la llegada de las Sociedades Anónimas Deportivas y, adonde no llegaron sus tentáculos, los presidentes multimedia sí lo hicieron (Florentino, Laporta o Calderón). El club no es de los socios, manda la plata.
Y en esta vorágine de negocio y destrucción, en este mundo podrido y vomitado, con un hedor infernal a mierda fresca, uno se puede encontrar todo tipo de detalles antes serios y ahora nimios. Las primas, uno más. Obviemos ya el punto de partida, ese impedimento legal del dinero negro, esos agujeros que al final debemos cubrir millones de españoles con el empeño de nuestro trabajo. Mejor, centrémonos en el romanticismo. Tal vez así se entienda.
Me dirijo en la argumentación al patio de la escuela. Quien no haya sentido ninguna vez la inexcusable sensación de la victoria sin más imperativo que el de amenizar la clase de matemáticas con el recuerdo de los goles; quien no haya corrido y peleado cada palmo de terreno por el deber de ser mejor entre el barro del colegio; quien no haya destrozado mocasines y recibido castigos de sus padres por reventar con la puntera un balón a vida o muerte; o quien no haya notado que aquel partido, aquel minuto final casi olvidado, tenía que ser suyo por el simple escudo de un colegio; esos, excusan seguir con la lectura.
Los demás acompáñenme sólo un poco, la breve exhalación de un mal suspiro. Amigos, para un futbolista vencer es una cuestión de principios, no de dinero. La satisfacción de la labor bien concluida, la posibilidad de mirar al mundo de tú a tú. La guita, al menos en la esencia, es lo de menos, un aliciente impuro y demacrado. La droga del bolsillo. Créanme, si yo jugase en el Mallorca y me ofreciesen esa prima diría no para no sentir que trabajo por dinero. Eso, algunas putas, nada más. Billetes de 100 y de 500 sin más esfuerzo que el que ya de por sí exige mi contrato. Dopaje verde y lila permitido.
LAS CARAS DEL GOL
Reaparezco, y lo hago hablando del gol, el orgasmo del fútbol en palabras del sabio Galeano. Perdonen la irreverencia. Muchos días de hastío en calma chicha. Me fui de retiro forzado con la Liga muy lejos de Capello y con mi Celta ya muerto y en Segunda. Retorno entre sorpresas y tardes de sábado noche de esas de fútbol añejo, en blanco y negro, que casi te dan ganas de llorar.
Lo sufrí con mis amigos, con la vieja cuadrilla viguesa de cervezas y lapos que maldicen la suerte en cada gota de saliva. Y con mi novia. Yo, por mi todavía compañero de viaje el señor “quiste sacro”, había optado por la modorra del sillón: cuerpo estirado, patas al aire y fútbol con patatas en Zaragoza. “¡Salinas, dónde está la llave!”. Ella, siempre ella, me dijo que no, que iba a ser un atardecer de gloria camino del ansiado milagro. Una puerta entreabierta hacia Primera.
Y así fue. Marcó Baiano con su cara de siempre: el gesto inmutable y los brazos al aire cuando transformó a lo Panenka el penalti. Un segundo dinástico en el que Vigo, por miedo, escondió la cabeza entre sus manos. Después haría el tercero golpeando seco, con fuerza y a la escuadra. Distinta definición, igual semblante. Un vate profético. En el medio Yago se sumó a la fiesta y anotó su primer tanto en Primera. Olvidado, injusta carne de banquillo domingo tras domingo, optó en su bautizo por festejos de antaño: atravesó el campo poseído gritando gol y, cuando él quiso, rodeado de compañeros, saltó con el puño alzado. La cara, fiel reflejo del espíritu, evidenciaba lo que luego dijo: “Sentí alegría y rabia por tantos meses sin contar”.
Mientras tanto, los ricos se jugaban la Liga. Todo parecía azulgrana gracias a una pulga eléctrica y admirable. Messi, el sólo, se había bastado para voltear el electrónico. Celebró igual la mano que el gol certero: una chispa que agita los puños con la cara escondida en el pelo.
Y a 300 kilómetros, Van Nistelrooy a lo suyo. Anotar, marcar, golear, perforar, registrar, apuntar, firmar. Increíble el chico holandés. Celebró el primero como siempre: el rostro desencajado gritando gol, frenético éxtasis que ha paladeado casi 800 veces en su carrera. Los puños contraídos, las venas forjadas: un miura imparable. En el segundo, no obstante, la cosa cambió. No bramó “gol” ni contrajo los puños. Simplemente, recogió a su fiel compañero del fondo de las mallas y sprintó hacia medio campo. Allí, colocó el balón en el centro. Apenas 18 segundos. Entonces, al alzar la vista, descubrió los motivos del éxtasis de 3.000 madridistas y un banquillo que, en La Romareda, seguían festejando. Barça 2, Espanyol 2.
Nadie sabe cómo lo celebró Tamudo. Esa imagen no cuenta. Sólo importa el silencio sonoro que mató a 100.000 almas.
Se acabó. Gracias niños
No quería quitarme el chándal. Pasaron cuatro horas. Mientras lo guardaba en el armario, me asaltó la melancolía. Pasó por mi cabeza un vídeo sin editar, caótico, de diferentes imágenes de la temporada. Miré, con una mirada de solemnidad, una mirada grave, el chándal colocado en la estantería.
Cuatro horas antes, acabó todo. Fue el último partido del año. Un empate de madurez, de resistir a la caldera que montó el sol despiadadamente. Llegué a casa después de tomarme la cervezita de satisfacción en la barra del bar del estadio. Cerré lentamente el armario, y enterré el chándal de pana azul oscuro, con una raya roja en la comisura; el chándal de mister, hasta pronto o hasta nunca.
Porque se acabó. Terminó todo. Cerrado por vacaciones. Hasta septiembre, o hasta nunca. Mi primer año de mister, o de tándem. Frank y yo. Yo y Frank. Pisando la línea de cal, al lado del banquillo. Gritando, chillando, explicando, viviendo entre nervios y enfados. Dirigiendo, recordando el entonces, enseñando a ser futbolistas y hombres a esos chiquillos. O chutando al aire, con garra, con fuerza, marcando aquél gol que no podíamos anotar nunca.
Sábados por la mañana. Frío de invierno. Rayos lánguidos de un sol tímido. La ciudad somnolienta. Frank y yo. ¿Quién juega hoy? Los chavalitos cambiándose. Uno se ha dejado los pantalones. Otro ha perdido la camiseta. Discurso. Explicamos una táctica que no comprenden. 22 ánimas indomables. Que juegan al fútbol porque les gusta. Y nosotros dos, luchando contra nuestro pasado. Queriendo amar este deporte, como cuando éramos niños, que jugábamos por jugar y por soñar.
Debemos transmitir esto. Y nos hacemos como ellos. Ilusionamos nuestro corazón. 4-4-2. Variantes. Descubrimientos, cambios tácticos. Cinco intocables. E ir cambiando, equilibrando el equipo. Muchos momentos divertidos, demasiados. Somos sus misters, sus papás en el campo.
Porque lo sé. Sé que los niños jamás habían ido a jugar con tanta ilusión a fútbol con nosotros. Nos lo dijo un padre. Y eso lo cerraré con llave en el cofre de los recuerdos imborrables. Entrenars, ser el capitán de la nave, fue una imposición. Pero ese matar el nuestro tiempo lo convertisteis en cariño y ternura e ilusión. Por veros jugar. Y comprobar cómo mejorabais.
Sonrío al recordar lo mucho que os costaba chutar más allá de tres metros el balón. Sonrío al recordar pequeñas anécdotas. ¿Qué es ser lateral?, nos preguntabais al inicio. Me quedo, y sonrío, con muchos recuerdos vividos, y los guardo, como quién guarda un amor, porque hay vivencias que nadie debe conocer para que sigan viviendo. Mejor así.
Observo en silencio profundo, como en un ritual fúnebre, el chándal de pana azul oscuro, con una raya lateral roja en la comisura. El chándal de mister descansa en el armario. Nunca envejecerá, nunca se arrugará. Y me recordará, cuando le plazca, lo que hemos vivido juntos, porque al final y como pasa siempre, se acabó. Gracias niños.
Preguntas retóricas
¿Qué queda de lo que fuiste? ¿Dónde estás? ¿Dónde te escondes? ¿Cuál es tu refugio? ¿Acaso ha empezado una larga y lenta agonía hacia tu muerte? Te busco todos los días, anhelo abrazarte y encontrar en ti la felicidad, pero te has vuelto escurridizo y, poco a poco, parece que emprendes un viaje hacia tu fin.
¿Renacerás, algún día no muy lejano? ¿Por qué te empeñas en fustigarnos, querido fútbol? ¿Qué te hemos hecho? ¿Dónde te hemos fallado? ¿Cómo nos desprecias, si desde tu nacimiento no hemos parado de seguirte, acompañarte, estudiarte, adorarte, mimarte e idolatrarte? ¡Si sólo te hemos amado, querido fútbol! ¿O me equivoco? Y nos abandonas… ¿O te abandonamos?
¿Qué quieres? ¿Por qué te rebelas? ¿No era eso lo que soñabas? ¿Hay solución posible? ¿Es tú fin? ¿Es nuestro fin, nuestra derrota libre en esta cruzada en busca de la felicidad? ¿Qué serán los domingos sin ti? ¿Qué quedará de la vida sin ti? ¿Qué será del amor sin ti? ¿Qué motivos encontraremos para construir la barrera imaginaria de la incomprensión entre macho-hembra sin tú presencia?
¿Dónde están tus estrellas, tus sirvientes? ¿Quedan aún escogidos que dotaste con el poderoso don de pegarle al balón para hacerte bello? ¿Desprecias que los cracks de hoy amen más el dinero y el glamour antes que pelearse por acaronarte en un remoto estadio de césped enfangado?
Te congelas en Alemania, donde irremediablemente te vas deshaciendo en nada. Luchan y se ilusionan por resucitarse, pero son espejismo porque ya nada será como entonces. Agonizas en las británicas, allí donde cuenta la leyenda que naciste. Presumen de ser los mejores, pero pronto la llegada masiva de dinero te eclipsará. Serás empresa multimillonaria, regida por bándalos que quieren gobernar el mundo, pero les importas menos que un paquete de cigarrillos vacío.
Te persiguen, te encarcelan, te juzgan y te matan en Italia. En Francia sólo ruge un león, y tus compatriotas únicamente se disfrazan para ti con la azul oscuro del mar. En España, eras la estrella del planeta, la meca de los futbolistas. Pero ahora todos huyen de ti como una estampida. Los rara avis que se iban al exilio, contra su voluntad, se han convertido ahora en buscadores de sueños y tesoros en otras ligas del continente.
Jamás te has dejado ver tanto, jamás la televisión te ha seguido tanto, jamás has estado tan cerca de todos, ¡pero que aburrido es verte! Quizá has matado la imaginación de antaño, cuando la gente te imaginaba en su imaginación. Nunca jamás volverás a ser lo que un día fuiste; sinónimo de belleza, perfección, sueños y alegría. Te hemos pervertido arrojándote a otros vericuetos. Quizá es que la perversión de imágenes con que te explotamos te hace palidecer de muerte irremediablemente.
Y entonces, en tu lecho de putrefacción, cuando los lingüistas ya no te conozcan como arte, cuando los futbolistas prefieran acariciar dinero en lugar de tocar balón, cuando no seas un juego, una pasión, un fugaz instante de felicidad, un sueño y una forma de entender la vida; sólo entonces, empezaré a temblar ante la llegada inminente del final de todo.
El buenazo y tontorrín de Forrest Gump repetía, a todo el que se sentaba a su lado en el banco de color blanco a esperar el bus, lo que le dijo un día su madre acerca de la vida. “La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocaaaar”. Enfatizaba y pronunciaba con la boca muy abierta la última sílaba, prolongándola en el espacio, como si tuviera miedo ante lo incierto y lo trágico.
La vida también se asemeja a una montaña rusa. Otras veces se convierte en una velada romántica, arropada por velas calurosas y amor en la mirada. Pero también es, a menudo, una tediosa película barata de serie B. O puede ser fantasmagórica y dolorosa, como esas noches en vela -la mala noche- en una mala posada de carretera solitaria.
La vida puede ser muchas cosas. Pero sobre todo, es bella. Bella porque puede alcanzar gigantes dosis de emoción en un partido de fútbol. La vida se puede resumir en noventa minutos. La vida, en la gran cita europea del año, será o no será el instante más mágico de felicidad. Una marca indeleble, que guiará nuestro rumbo vidal.
La vida fue, aquél 18 de mayo, el segundo asalto entre la ciudad de la moda y la ciudad de los escarabajos. En juego, un título. Pero también sed de venganza o la estocada final. 20.000 ingleses. 20.000 italianos. 40.000 vidas por escribir. 40.000 sueños por celebrar. 40.000 hombres peleando en la batalla de Atenas. La única arma, un balón redondo deseado por todos de jugar.
Europa volvió a sus orígenes. Una Atenas y una Grecia que quieren resurgir en este milenio recobrando su identidad olímpica y deportiva. Y la vieja capital del continente, lugar donde nació la civilización, ascendió a los olimpos a sus herederos. En el año de la defunción de su fútbol, Italia se ha cachondeado de todos a su manera. Campeones del Mundo. Campeones de Europa. La envidia del mundo entero.
Cerca del Acrópolis, en el modernísimo Ágora del Estadio Olímpico ateniense, tenía el pueblo puestas sus miradas y su vida. Hubo un campeón, pero el fútbol no recuperó su altanería ni su belleza. Hubo un campeón, pero el fútbol perdió un poco más su coquetería. Hubo un campeón, pero el fútbol perdió su encanto. Hubo un campeón, pero el fútbol aburrió más que el discurso de un político.
La final apenas nos regaló algún destello de calidad. Dos”roulettes” a lo mago francés; una al modo Kakiano y otra, al estilo vasco. Lo mejor, un pase mágico, de jugador visionario. Un toque sutil de Kaká en el espacio, que birló y rompió a pedazos la ordenadísima retaguardia inglesa para dejar a Inzaghi solo ante Reina, y marcar, ahora sí, un gol de verdad, un gol de final, un gol soñado.
El gol que abrió la lata y dio salsa al juego resume el nivel desplegado por ambos. Sólo lo podía marcar él, el único delantero que no se cohíbe para anotar ese tipo de goles que hasta da vergüenza ser el autor; incluso saca su gallardía al marcarlos así, de rebote. Sacrificó su espalda, el dolor que sintió, a cambio del éxtasis del gol. Guste o no, a efectos prácticos, todos los goles valen lo mismo.
El Pipo, ese delgaducho delantero, que se parece al tenista Nadal hasta con sus muñequeras, ese niño listo y pillo de la clase, soñó la noche antes que marcaría un gol de la forma más pueril y absurda. Este pescador de balones, este nómada del área resurgió del ostracismo con una diana de patio de colegio. La noche anterior soñó su gol y sabía que era la única forma de romper las telarañas de la red.
El Liverpool lo intentó todo. Marcó el ritmo y dominó. Pero no jugaban en Anfield. La poción mágica del “You’ll Never Walk Alone” no provocó el milagro. Y al Milán le bastó con estar allí, aguantar, esperar y dejar correr el tiempo.
Demasiado poco talento mostrado para ser la envidia de todo el continente por séptima vez en su historia y para que Paolo Maldini levantara feliz e ingenuamente, como un pequeño, por quinta vez en su vida, esa copa plateada, brillante y de asas como orejas de elefante.
Oda a la Copa de Europa
Asfixiado por la oscuridad, empecé a bucear en mi existencia, buscando los recuerdos que estructuran una vida. Como una revelación, se me presentó aquella carta que me regaló un amigo antes de despedirse para siempre, escrita en un momento celestial de éxtasis.
Ahora, un año después, cuando la realidad ha dejado de soñar y se muestra cruel y diabólica con nosotros. Ahora que sólo podemos escapar mediante los recuerdos, transcribo esta hermosa oda a la Copa de Europa, escrita con el cariño de un hombre que sabe que la vida es mucho más rica, profunda y dolorosa que el fútbol; pero que, sin este deporte, todo tendría un sentido más trágico.
La recibí el 18 de mayo de 2006, un día después de que París se enamorara locamente de Barcelona:
“Fa catorze anys que vares visitar la nostra estimada Barcelona per primera vegada. Vas arribar a braços dels Koeman, Stoichkov, Guardiola, Zubizarreta, Bakero, Laudrup… Ara, després d’aquests anys esperant la teva tornada, tal com Penèlope esperava Ulises, tornes a la terra que més et desitja a mans dels Eto’o, Ronaldinho, Valdés, Puyol, Deco, Xavi, Belletti, Larsson…
Diferents protagonistes amb un mateix sentiment. Tu ens dones aquella plenitud que cap de les teves companyes es capaç de brindar-nos, t’abraçem i no podem abarcar-te, et besem i ens sembla que el petó no reflecteix molt bé l’estimació que et tenim, no som capaços d’expressar la tremolor que patim quan et tenim a les mans, quan simbolitzes l’orgull d’una afició que et necessita com l’oblit el vi, com l’alegria el cava, com el Barça en Ronaldinho, com en Ronaldinho el Barça”.
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(“Hace 14 años que visitaste nuestra querida Barcelona por vez primera. Llegaste en brazos de los Koeman, Stoickhov, Guardiola, Zubizarreta, Bakero, Laudrup… Ahora, después de estos años esperando tu regreso, como Penélope esperaba a Ulises, regresas a la tierra que más te desea de las manos de los Eto’o, Ronaldinho, Valdés, Puyol, Deco, Xavi, Belleti, Larsson…
Diferentes protagonistas con un mismo sentimiento. Tú nos das aquella plenitud que ninguna de tus compañeras es capaz de brindarnos, te abrazamos pero no podemos abarcarte, te besamos y nos parece que el beso no refleja demasiado bien el amor que te tenemos, no somos capaces de expresar el temblor que sufrimos cuando te tenemos en las manos, cuando simbolizas el orgullo de una afición que te necesita como el olvido el vino, como la alegría al cava, como el Barça a Ronaldinho, como Ronaldinho al Barça”).
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Quizá hoy sea polvo perdido en la historia. Quizá, estas palabras que hablan del amor sublime, limpio, puro y doloroso; de la espera y del paso del tiempo, sean recuerdos felices y nostálgicos de lo que fue. Y de lo que, todo esperando como Penélope, esperemos que será.
UNA TARDE DE PRIMAVERA
Paseando por la ciudad, mientras miraba tímidamente el crepúsculo, le susurró:
- ¿Nos enamoramos?
- ¡Sí, sí! Nos enamoramos…
Y antes de terminar la frase ya se arrepentía de su ilusionada afirmación, pensando en el fin de las excitantes tardes de domingo en invierno, en las que se encerraba solo en la habitación, enganchando su oreja izquierda al aparato de radio, esperando nerviosamente la llegada del gol y del triunfo para creerse el hombre más feliz del mundo.
CAPRICHOS
Hastiada de su antigua resignación a recibir balonazos, aquella noche, la más importante, la que debía coronar al campeón; decidió, caprichosa, burlarse de las piernas de los maratonianos perdidos por la cancha.
Así fue que en el penal decisivo, mientras atravesaba el aire a gran velocidad, y antes de verse liada en la telaraña, se fue deshinchando poco a poco, hasta caer verticalmente, muerta, en la misma línea de gol.
LÁGRIMAS
Minutos después del silbatazo final, la ciudad se lanzó a la calle. Ondeaban en el cielo orgullosas las banderas, que refrescaban con sus movimientos a las estrellas. Los hinchas se besaban en besos de lágrimas.
A la vez, en una habitación perdida en medio de la fiesta, una pluma de poeta garabateaba palabras, hilvanando un texto que suspiraba por expresar lo inefable de las emociones del triunfo.
El poeta del balón lloraba. De rabia, no como sus compatriotas. Maullaba impotencia, incapaz de sugerir la cáscara de belleza que descubrió durante el encuentro, después de tantos años persiguiéndola en medio de tanta negrura.
RESUMEN DE PELÍCULA
El árbitro señaló la pena máxima y Godot disparó fuerte y seco. El balón salió disparado como un perro rabioso y fue alejándose, en su trayectoria, de las manoplas del arquero hasta que chocó contra el travesaño, con tan mala fortuna que lo rebotó en efecto boomerang hacia el aire, una ilusión de libertad que el balón aprovechó para hacer filigranas, hasta que aterrizó en el círculo central, concluyendo así un partido que debía corroborar al equipo más derrotado.
Groucho rabió en la sala de prensa cuando le preguntaron sobre el penal. Su alma montaba en cólera pero se contuvo y comentó melancólico: “si no lo pita, seguro que pegamos al árbitro y todo”. Ante otra pregunta impertinente sobre el juego vacilante del equipo, respondió irónico que “la segunda parte fue mejor que la primera”.
Como chismorreo de revista sin escrúpulos, comentó que para celebrar el fin del campeonato, los jugadores se apiñaron en el vestuario, donde no cabían ni dos huevos duros más. Cuestionado como entrenador, afirmó tajante, “¿Por qué preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”. Finalmente, Groucho, que también se ganaba la vida entre bastidores y decorados hollywoodienses, aseveró que su equipo, capitaneado por Godot, “había partido de la nada para alcanzar las más altas cimas de la miseria”.
La quiniela
La ciudad desperdiciaba sus últimas horas de descanso. Era domingo, media tarde. En el cielo gris, de nubes delgadas y diluidas, sólo volaban el combustible negro de los motores y el ruido de los frenazos y de los cláxones. Olía a calor y apestaba a aire caliente, como la sopa que se enfría lentamente en el puchero.
El viejo estaba sentado en un banco de madera al lado de una triste y desorientada palmera, en una pequeña isla entre el cruce de varias calles. El banco de madera, resplandeciente por el barniz, simbolizaba el gran drama de la humanidad: solitario y personal. Parecía arrojado a la existencia de la ciudad sin orden ni armonía, como un grano de arena en el desierto.
Ignorante de lo que ocurría dos metros más allá, el viejo, encorvado, agarraba fuertemente con la mano un papel blanco, azul y rosa, lleno de cruces sin sentido, garabateadas una debajo de la otra, en diferente colocación. 1,X,2; X,1,2; 2,X,1… Un auricular se aguantaba en las arrugas de su oreja. Con la otra mano, sostenía el parlanchín de cabina de fútbol.
Los partidos concluían, y aquellas cruces recobraban un significado. Surgían de la oscuridad para iluminar la vida o desaparecer con la noche. Los ojos cansados y tristes, fantasmagóricos durante la semana, renacían de esplendor la tarde de los domingos. El viejo suspiraba por el pleno al quince. No por el dinero, sino por el orgullo de vencer, después de muchos tiempo, a la vida.
Un minuto más abajo, otro viejo subía el paseo con su mujer y su amante. Andaban a paso rápido, y la radio que agarraba dolorosamente con su mano, desprendía una voz entrecortada, de medio ambiente, que narraba la épica del campo. Su mujer, silenciosa y complaciente, ya sabía que era domingo, y que por la tarde pasaban esas cosas.
Tres minutos más abajo de la plaza, un barrendero, con uniforme verde y chaleco amarilleado chillón y hortera, barría de suciedad un palmo insignificante de calle. Con su escoba de bruja, quitaba la mierda de su equipo, que estaba a punto de empezar su partido, su viaje hacia las amarguras de la miseria. Perezoso, después de dos escobadas, se paraba, y gritaba con voz de pobre, el himno azulgrana, como si fuera una marcha fúnebre.
Los transeúntes lo escuchaban avergonzados, pero no existe la vergüenza para alguien que debe currar en domingo por la tarde.
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