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EL ILUSIONISTA

29Jan08

Con su cara de niño y el pelo, quien sabe, quizás teñido; con sus dientes encalados de un blanco marfil; con sus estrellas tatuadas que bien podrían ser tatuajes de estrella; con sus pros y sus contras y su inmadurez relativa; con todo eso y algo más, Guti ha llegado a los 31 vistiendo la camiseta del Madrid. A fin de cuentas, y aunque pueda doler, el mejor club del mundo.
 
A veces, cuando le veo encorvar el cuerpo y cargar su pierna izquierda buscando un pase de loco, pienso en lo que pudo haber sido y no fue por culpa de su cabeza. Sin embargo, tal vez, si eso hubiese sucedido dejaría de ser Guti: ese genio ocultado tras su cara de gay, el único futbolista del mundo que juega con un puñal en la espinilla. En la zurda. En esa pierna mágica capaz de fabricar, un día sí y al siguiente también, el pase con el que sueñan los mocosos en el patio del colegio. Como el del otro día, frente al Villareal. Controló, observó y tocó. Menos de un  segundo en el que se congelaron todos los relojes. El cuchillo desgarró la defensa amarilla, sin sangre, suave y rápido. El truco de un ilusionista completado por Robinho.
 
Con instantes así he decidido perdonarle todo a Guti. En un fútbol marcado por el físico y el resultadismo, los momentos de inspiración son inversamente proporcionales a las flores en San Valentín. Es decir, no existen. De todas formas, deben de ser cosas mías. Leo horrorizado cómo el seleccionador afirma que los que él lleva son mejores que Guti. Intuyo que con Raúl le pasa igual. Por eso, frente a Francia, llevará a Bojan en vez de a Raúl. Y a Albelda, Xavi o Senna en lugar de a Guti. Supongo que será el peaje que uno ha de pagar por ser distinto. Por ser excelente.

Siete segundos

28Jan08

Después del lacónico “¿estás bien para esprintar?” y del certero ”sí, pásamela por el central izquierdo” por respuesta, el árbitro pita el inicio del partido, y la toca el desgarbado y torpe delantero que sale corriendo, como un cuerdo de la locura, hacia la portería rival.

Víctor, ese enano viejo, que juega con la pillería y la gracia de la peña del chupete, retrocede hacia su campo dos metros y se inventa una media cola de vaca, escondiendo el pase, girando sobre él mismo, como deteniendo el tiempo, pero lanza un zapatazo al aire que alcanza el área regateando de un solo tiro certero al ejército enemigo y allí, Llorente, el pívot del área con nombre de camarero, ese torpe, desgarbado, delantero invisible que nadie marca, la pilla, la tiembla, le susurra ternuras y la baila en una preciosa vaselina ante la salida atropellada del guardameta.               

Y gol, gool, goool… (¡cuánto se puede hacer en tan poco tiempo!) el equipo violeta, la escuadra de la ciudad nebulosa, consigue ante la formación más caritativa por tradición del campeonato el gol más rápido de la historia de la liga, en ese momento en que las gradas están aún vacías -piedra desgastada por el viento-, la hinchada espera en la antesala del psiquiatra, y los baños y los bares amontonados de colas; los aficionados celebran el gol por los gritos de los forofos que lo han gozado, feliz premio para los que acuden horas antes del inicio del encuentro a su asiento porque saben que el fútbol se guarda las mejores sorpresas para cuando nadie le presta atención.

  tau_campodefutbol.jpg    

 

 

                                       

Queridos Reyes Magos:

Mil gracias por la pelota. Fue emocionante despertarme muy pronto y tropezarme con ella. Ya veis que la estrené sin querer. La toqué lo justo, como un patoso, y se fue resbalando, frotando con el suelo el papel de regalo que la envolvía, hasta chocar con la pata del perchero.

Pero creo que a mamá no le hizo mucha gracia vuestro maravilloso regalo. Cuando se lo enseñé, feliz, empezó a regañarme: que si no podía jugar en casa, ni en la habitación, ni, por supuesto, tampoco en casa de los abuelos. Que ni se me ocurriera llevarlo al cole, que sólo los fines de semana en el parque…

Pero el colmo fue ayer cuando, sin querer, driblando las sillas del comedor, en desorden alrededor de la larga mesa: un caño a ésta; una finta a la otra; que vienen dos, una pequeña elevación… y con esas, el balón se elevó mucho haciendo una especie de parábola y destrozó el jarrón de mármol con rosas rojas de la abuela, que aterrizó en pedacitos desde la estantería.

Los gritos que me pegó mamá. Aún me pitan los oídos. ¡Si fue fortuito! Además, yo no tuve la culpa. Y mamá me castigó robándome el balón.

Tampoco os olvidasteis de las botas de entreno. El sábado siguiente ya las estrené en el parque… ¡parecía volar! Fue emocionante cuando los amigos me vieron aparecer con mis nuevas botas, y botando con el balón, que quería yo estrenarlo en público. Susurraban envidia sana. ¡Y metí cuatro goles! Nunca lo olvidaré. Ganamos 7 a 6…

Y el uniforme completo del equipo. Los pantalones y la camiseta me van un pelín grandes y parezco un payaso, pero las medias me están perfectas si las doblo tres veces. Bueno, los otros regalos son súper chulos, y me gustan mucho, pero no he tenido tiempo de probarlos.

Bueno, os dejo que mi mamá se acaba de ir a comprar y tengo diez minutos antes de que vuelva para entrenarme un ratito para el partido de barrio del sábado por la tarde en el parque. Seguro que vuelvo a ser la estrella.

Bueno, lo dicho. Me voy a la habitación de mis papás porque ya sé que mamá esconde el balón en su armario, así que adiós.

Si aún no habéis llegado a Oriente, que tengáis un buen viaje y hasta el año que viene.

Feliz Navidad

24Dec07

Jesusito nació en un portal, una noche oscura. Lo acompañaba José, María, el buey, la mula y una estrella, colgada radiante encima de su cuna, que iluminaba al Salvador. El frío perdió ante la alegría inmensa del momento.

Ahora, más de 2.000 años después, caminamos a Belén, y ante la cuna del niño, le regalamos lo mejor que nos ha dado: un baloncito para que con los pies sueñe con un mundo mejor.

 nadala_quintanoretallada.jpg (Tomo prestado este cuadro de mi amigo Javi Quintano. El problema está en que no le he pedido permiso. Espero que el espíritu Navideño le ayude a perdonarme)

¡Unbelievable!

07Dec07

Cogamos un taxi en el centro, será lo mejor. ¡Esas tasas que nadie entiende, qué caros están! Aquí tiene, gracias por todo. Por Dios, vaya cola. Si sigue fuera de la terminal. Mira, embarcamos por la puerta del final a la izquierda. ¡Carai, saca la Visa papá, con la de cosas que venden en las tiendas para mamá y para mí, claro! Deja, deja. Aquí no tiene gracia gastártelos, ya lo aprenderás. “Señoras y señores, bienvenidos a bordo. Por favor, abrochénse los cinturones. Vamos a despegar…”.

“Ladies and gentelmen, you’re welcome. It’s ten o’clock in the morning”. Fuera el cinturón. Ya pisamos tierra. ¿Y las maletas?, ¿Son aquellas? No. Se parecían pero no… ¡míralas, míralas! ¡Cómo desfilan por la cinta mecánica! Vigílalas y que nadie se confunda o se pase de listo. Allí están los taxis. Ponte el abrigo. ¡Qué frío y qué nubes borrascosas tienen en las Islas!

Tú de copiloto, hijo. ¡Eh chavalín, que este es mi sitio! ¿Su primer viaje por aquí verdad? No se preocupe, le ocurre lo mismo a todo el mundo. Siempre creen que deben subir por la puerta de la derecha. ¡No se apresure! Ésta es la mía. Piensa que conduce pero sin volante, así no le parecerá tan incómodo el viaje…

La vieja ciudad industrial, ligada a la historia naval del país; el anacrónico puerto militar o el Royal Naval Museum. Y el mar. La vieja y tranquila ciudad de la costa sur del país. El barrio de la mente que imaginó David Copperfield y otras pequeñas miserias huérfanas. Bienvenidos al condado de Hampshire. Ahora ya sólo falta ponerse la gabardina gris, de terciopelo, que conjuge con el sombrero. Bajo el brazo, el The Guardian o el Financial Times. Un buen hombre de negocios, trabajador, informado.

Y el domingo, al estadio. Fratton Park y la copa y las dos gloriosas ligas allá en los cincuenta. 20.200 gargantas y bufandas bailando al mismo son los días de gala, cuando el socio también se rasca el bolsillo. Antaño, el momento de la siesta. Ahora parece que las cosas cambian. ¡Vamos hijo! Ondea la bandera, que serpentee como una cobra. Te pareces tanto a mí, treinta años atrás… y yo al abuelo… ¡Ya salen, ya salen los azules de pantalón blanco y rojas medias! ¡Pompey, Pompey, Pompey! Hoy ganamos, hoy podremos seguir soñando, esto es increíble. ¡Este año sí! ¡Pompey, Pompey, Pompey!

Ensordece el silbato. ¡Pompey, Pompey, Pompey!¡Goal!¡Goal!. Uiuiui… fin de la primera batalla. Toma hijo, para bocatas. El baño ruinoso, como los de todas las fortificaciones del mundo. Hay cosas que no cambian. ¡Ya vuelven a salir! Uiuiui… el empate a 2. Estos desconocidos del Reading quiren morir vivos aquí. Como siempre, desperdiciando ventajas, resucitando al enemigo herido. Mierda. ¡Goal! Páralo James, páralo. Nueve metros, el círculo blanco, el balón, disparo. ¡James, paradón!

Qué partidazo. Mira como gritamos todos. Si ganamos y pierden los otros… la champions… ¿te lo imaginas? pasa el tiempo. tres, cuatro… ¡Goal! 5-2. “Amazing, espectacular” grita el periodista. Esto es increíble. Uiuiui. Bueno, que no nos quite el sueño, tranquilos. Es imposible. ¿Papá, quizá puedan amargarnos? Calla, calla. 5-3… ¡Goal, goal!”¡Ja, ja, ja o muy God!”.

7-3. Unbelievable papá. Mamá ni se lo creerá, lo que se está perdiendo. ¡Un hat-trick de Benjami! ¡Será mi ídolo! Pompey,Pompey,Pompey. Uiuiui… bueno, el del honor, que lo marquen, ya da igual. ¡final,final,final! 7-4. ¿Te lo crees hijo, no es Wimbledon. Somos nosotros querido. ¡Unbelievable!Jamás desde 1898 cuando se pegó el primer balón aquí, en Fratton, se había visto algo así. Eres parte de nuestra historia, hijo mío; ¿te das cuenta? Un brindis al buen fútbol, a la magia y a la salsa del gol. ¡Unbelievable!, comenta el comentarista de la cadena estatal, para que nos envidie toda la isla.

En la tienda apenas cabe una persona. Es una caja metálica color verde oscuro como una hoja de árbol, situada en una esquina, muy cerca de cuatro hombres sin rostro, suspendidos en cajas amarillas de fondo neutro; ahora verdes, ahora parpadeantes, ahora rojos. En la tienda venden boniatos y castañas recién asadas entre llamas, gominolas de feria y bolsas de patatas arrugadas en la estantería.

El vendedor, un inmigrante, suda para vender un boniato y cuatro castañas. Circulan coches derrapando y hombres serios, con carpetas debajo el brazo. Huele a humo y a brasas. Fuera de la tienda está su mujer con un delantal sucio, que esconde unos trazos de un antiguo ramillete de flores. Gritan desesperados, en balde, en busca de alguien que pique con cuatro monedas oxidadas.

Enfrente, a tres pasos cortos, cinco obreros con mono azul descansan de espaldas a su gran obra: un andamio carcomido, como una telaraña, que han ido tejiendo con paciencia durante muchos crepúsculos. El obrero joven, el de los chistes y piropos verdes, mira al inmigrante. Una semana ya da para entablar amistad:

- ¿Pero vais a ganarlos o qué?

Siguen andando los transeúntes, ajenos a los boniatos que siguen cociéndose a fuego lento, en busca de un amante. Es hora punta. El vendedor pone sus manos en la cabeza, y sigue con el pulgar el hilo que dibuja el escudo cosido en la frente. Lleva puesta una gorra al borde de la jubilación, de cuando no importaban las marcas. Sólo se ve el azul y en medio el escudo en estado paupérrimo. El vendedor se toma un respiro de aliento entrecortado y sopla. Con una paleta, remueve las castañas y contesta con su voz dulce: 

- Los aplastaremos.

Faltan dos días para el gran derbi de las rayas verticales de la urbe del mar, Montjuïc y el Tibidabo. Y el humilde está que se sale, y el poderoso en crisis, y encima juegan en casa y si ganan los adelantan en la clasificación. Su mujer también empieza a gritar:

-¡Compren boniatos, boniatos de los buenos…!

  

Debe de ser un chiste. Una verdad mal entendida que algunas quieren enterrar. Tal vez el libre albedrío intelectual de nuestros días que acaba por prostituir hasta el lenguaje. De todas formas, sigo sin entenderlo. Podría hablar de falta de respeto, pero sólo me sale aberración al tiempo que leo sorprendido la cantidad de sandeces que se escriben.


Por ejemplo, entra Gago en el equipo y se obra el milagro: el Madrid, sólido gracias al vilipendiado doble pivote, se asocia en torno a la pelota y comienza a dar muestras de lo que es capaz. Uno a cinco en Mestalla. Desde entonces, Gago-Diarra Sociedad Ilimitada. Inamovibles en el once. Luego, leo estupefacto: “El Madrid se arropa”. Hace sólo unos meses, con la misma idea futbolística, con los mismos hombres, con el mismo vilipendiado doble pivote… pero con Capello: “El Madrid se arruga”. Incomprensible.


Hay más. Remonta el Madrid otra vez. Cuatro a tres en una noche de montaña rusa en el Bernabeu. Sigo leyendo: “Fútbol y fe”. Por desgracia, a las seis remontadas en diez jornadas de los hombres de Capello, que acabaron por darles un merecido título capaz de sacar a un millón de personas a la calle, le sobraba la fe y le faltaba el fútbol. Por supuesto, según la opinión de algunos de esos de los que, quizás con razón aunque con poco tino, el del mostacho rubio afirma que pueden “opinar de todo sin tener idea de nada”.


Señores, créanme a pesar de que lo que voy a afirmar suene a herejía, a crimen rastrero e imperfecto en esta España cañí a todos los niveles, incluso el futbolístico: Capello es el mejor entrenador del mundo. Y me permito añadir otra verdad: sus equipos juegan un gran fútbol.


Su Milán, continuación de la máquina perfecta de Sachhi -aquel conjunto de ángeles negros que enterraron el sueño de una Quinta-, resultó un ejemplo envidiable de buen gusto. Al menos si por buen gusto entendemos ganar, vencer y convencer por cuatro a cero al Barça del tótem Cruyff. Su Roma, obviando el insignificante detalle de los títulos, ese al que algunos parecen dar la espalda, maravilló al Calcio. La zurda imperial de Chivu daba salida a la pelota que, tras circular al primer toque entre una maraña de centrocampistas, encontraba un digno fin en las botas de Totti o de Cassano. Dos creativos, dos artistas, dos delanteros que jugaban junto a un nueve, Montella, en ese equipo que nunca olvidarán los hinchas más fieles del Olímpico.


En la Juve, lo confieso, no jugó, trabajó. Como lo han hecho todos a lo largo de la historia de la Señora cuyo lema reza: “Por la disciplina al placer”. En su primer Madrid, sobran las palabras. Ganó la Liga de calle en un club que venía de firmar la peor campaña de su historia. Noventa y dos puntos y 85 goles a favor por sólo 36 en contra. Ese mismo equipo, con la inercia ganadora del italiano, conquistó la Séptima sólo un año después rompiendo más de tres decenios de sequía. Fue una Copa de Europa de Capello. Tal es así que Heynckes no siguió. No lo querían. El año pasado, Capello volvió a obrar el milagro. Se enfrentó al mundo para regenerar un club podrido. Lo logró, y en medio de la agitación de la tormenta, regaló otra Liga. El Madrid recuperó la hegemonía.


Para algunos, no fue suficiente. Decían que el equipo no había jugado a nada y que el Real Madrid debía de buscar la excelencia. Ya la tenían. Por eso ganan.      

Dicen, incluso afirman, que carece de romanticismo, que ha perdido el añejo sabor de las tardes en blanco y negro vividas en familia. Que ahora es un negocio, un turbio, negro y jodido negocio. Que sólo el dinero importa y ya nadie siente los colores. Murió el tiempo en el que un escudo pesaba lo suficiente como para anclar a alguien en un club. El espectáculo ha muerto. ¡Viva el resultado! Los títulos, el eterno aroma irresistible del triunfo, la gloria efímera. Ya no hay hueco en la memoria para aquellos vencedores que perdieron. Por ejemplo, el Brasil de 1982. No. Ahora en el recuerdo sólo permanece la estadística del título. ¡Mienten! ¡Mienten! ¡Y, por supuesto, mienten!

  

Se olvidan todos ellos -sin duda atraídos por lo mediático del siglo- de lo único real de todo el circo. El sentimiento. Sin él, el fútbol, a diferencia de la vida, carecería de sentido. El hormigueo en el estómago de la gélida tarde futbolera de un invierno cualquiera de un domingo cualquiera. La agonía del tempranero gol que comienza a provocar las nauseas en un derbi. La alegría, el clamor de la hinchada, las paredes que retumban y el estadio que cobra vida y casi vuela con el tanto del empate. El silencio dinástico que antecede a un penalti: ese segundo en el que el árbitro señala el punto fatídico y uno no sabe qué pensar. ¿Qué coño ha pitado? Y olvidan, por supuesto, el valor de un resultado.

 

Ayer el Besitkas cayó 8 a 0 en Anfield. En la estadística, en los números, descansará para siempre como la mayor goleada de la historia de la Champions. En el Club, probablemente, se verá como la pérdida del millón de euros que reportan los tres puntos en la máxima competición continental. Tal vez provoque, también, una pequeña crisis deportiva. Que pase el siguiente entrenador. Para el Liverpool apenas sí fueron tres puntos que alivian un poco su camino. Para la afición turca, sin embargo, resultó un puñal tan doloroso que provocó lagrimas de pena, de humillación. El llanto de una hinchada fiel hasta la muerte. Unos ojos vidriosos que nunca olvidarán que aquel 6 de noviembre los suyos perdieron 8 a 0. Un llanto turco que da sentido al fútbol.

Saca la falta, el centrocampista defensivo, en la medular del campo. Pim. No acecha el peligro cuando el balón vuela alto, en diagonal, y se inmiscuye en el punto donde se forma el ángulo recto izquierdo del área pequeña. El interior diestro la ve bajar, y la templa con la cabeza, en un pase de la muerte hacia el segundo palo. Pam. Nadie quiere tocarla ni rozarla mientras botea por delante de defensas y delanteros, hasta que como un obús, el punta, ansioso por destrozar su sequía goleadora, sale a cazarla y antes de tocarla con el interior, en el segundo palo, ya grita gol y luego la empuja y se abraza, movido por la inercia, con la red. Patapam.

El gol soñado por un hincha del equipo. Es el padre de los tres jugadores que participan en la jugada. A su lado, la hermana pequeña, también deportista, está alucinando. Al final del encuentro, el padre saca las monedas del bolsillo e invita a sus hijos ya duchados en el bar del campo, a celebrarlo. En casa, cada uno explica su contribución del gol a la madre, que no comprende la emoción del padre (”ellos marcaron, pero yo los parí”), pero les besa feliz de verlos felices al tiempo que sigue preguntándose hasta cuándo el fútbol le seguirá robando las tardes con sus hijos.

 

Como arquero, tenía la manía, romántica si quieren, de atajar los balones con sus guantes desgastados, que ya atisbaban un pequeño agujero en la punta del dedo pulgar. La tela iba deshilachándose balón a balón, parada a parada. Pero se intuían, a través de la minúscula apertura, unas manos dulces y elegantes.

Los aficionados lo reconocían por su equipamiento negro grisáceo, como si estuviera manchado con pequeñas partículas de polvo en un vestido anticuado. Pero sobre todo, por sus raídos guantes blancos. Pero nadie sospechaba que esos guantes, que ya cruzaban línea de sombra del estropajo, escondían su gran pasión.

Unas manos poéticas. Con ellas, mientras el balón luchaba en la otra área, el vigilante solitario que ronda por su ciénaga de centeno, escribía al aire pequeños versos que zurcía en su mente. Nadie conocía su idilio arquitectónico de ir construyendo frases bellas pues, en cierto sentido, sentía vergüenza de que se supiera. También, aferrándose al pragmatismo, tenía miedo de que sus méritos futbolísticos fuesen vejados por tal manía, romántica si quieren, tanto por la afición, como el entrenador o por los propios compañeros de aviones y estadios, más dados a las patadas, las soeces y la bebida que a la contemplación, con el consecuente despido laboral.

Pero cuando estaba en juego medio título, en el partido del año contra los enemigos desde el día del bautizo, voló al aire, hacia el palo contrario, rozando con el pulgar rasgado el balón que ya se colaba, y desviándolo. Se alzó, en medio del “ooohhh” de las miles de gargantas, y recogió la pelotita, llevándola con las dos manos, como si fuera una reliquia. La miró y remiró. Entonces, cuando el “ooohhh” moría, imaginó unos versos que cosería en el balón:

mi alegría, mi vida y mi tragedia.                                                                        Atajarte, rozarte y acariciarte, mi prosa más grande.                                              ¿Cómo poetizarte?”                                                                                       

              

El balón

11Oct07

Una tarde el balón salió a bailar al césped y lloró de pena porque en aquella farándula no encontró amante entre los cañoneros que sólo atrincheraban su telaraña.

Desde el cielo

27Sep07

Un viaje relámpago a la capital. Un hola y adiós, como diría el músico de voz rota. Una cena sorpresa de cumpleaños y cuatro risas para reemprender nuestros caminos por separado. Copas de whisky, confidencias a escondidas de la luna, con música de fondo. Náuseas y vértigo en el parque de atracciones, un viaje nostálgico al lejano Far West y al mundo de la Disney. Un trozo de pizza gigante para matar el ronroneo del estómago. 

Horas de sueño y lectura en el tren de ida y vuelta destino reencuentros y despedidas. El domingo por la tarde, fútbol. Primer partido de liga. El debut en casa, ante la afición, en un día de sol veraniego, que se encabezona a no morir. Llego tarde, justo para cambiarme y saltar a la cancha de tierra, como el desierto. Meto dos goles, queridos amigos. Los dos primeros. Y eso que os reíais, queridos amigos, del palizón para ir al partido. Mi padre feliz y orgulloso de su hijito, al que por tantos estadios ha seguido con la ilusión y perseverancia de un adolescente en estado de enajenación mental profundísima. Y eso que no le dije que tenía catarro. De héroe de la tarde a la idiotez más idiota: 4 a 5. Y eso que somos favoritos al ascenso.  

La vuelta a casa fue un martirio. Colas, manifestaciones y muchas rutas alternativas fracasadas. Luego, el gran dilema. Jornada futbolística ligera o la finalísima de baloncesto. Pero la vida, tan hermosa y enigmática ella, contemplaba otras rutas para aquella noche de domingo.

Una llamada. 10 segundos. Confusión, incredulidad. Un autómata que anuncia la tragedia: “mamá, papá… el tío… un accidente…”. Lágrimas. Rabia, impotencia, portazo terrible de ira. Un agujero enorme en la pared. Y mi tío ya en el cielo, riéndose de todo y divirtiéndose mucho, como siempre, junto a mi madrina, fallecida de muerte larga y dura como es un cáncer en octubre de 2006, el mismo día de mi bautizo.

Pero vayamos por partes y no tan embalados, que no es bueno. Desde el cielo nos miran ahora. Desde el cielo recuerda mi tía aquél sábado en que se fue para siempre. Me enteré muy pronto, cuando la ciudad aún dormilece, yendo a su casa a buscar al pequeñín, jugador de mi equipo. Era mi debut como entrenador. Pero todo daba igual. Mi primo jugó el partido con la ilusión del que apenas lleva un puñado de partidos de fútbol 11. No sabía nada. Y no pudimos decírselo.

Mi tío salió a pasear en bicicleta solo, cuando caía la tarde de domingo con los últimos rayos del sol, languideciendo ya. Deporte para sentirse mejor y bajar la barriga de la felicidad, alimentada con la inmensa alegría del vivir plenamente mientras caminan los años. Pero una moto circulaba por el carril bici. Tiempo después, la llamada. 10 segundos. Maldita sea.

Lo que pasó entonces lo escondo como un tesoro. El vacío que dejan lo llenamos con su recuerdo. Somos muchos, pero la ausencia la notamos como el frío de invierno en las carnes. Por eso permanecemos unidos como una piña construida por pequeños piñones, que tanto gusta decir al abuelo. Siempre como una piña. Nos embargan muchos sentimientos. No quiero hablar del más doloroso: el dolor. Aunque todo siga siendo incomprensible y todo el sentido que encontramos sea el sinsentido, me quedo con la alegría serena y el agradecimiento de haber sufrido por su pérdida. Ellos desde el cielo, muriéndose de risa, nos esperan algún día.  

Esta es la historia de un hombre con cara de  dromedario. Ojos vivaces. Labios enormes y melosos, hechos a mida para besar copas. Esta es la historia de un hombre tímido, rayando la treintena. Un gentelman. Un auténtico galán, un señor. el Humphrey Bogart futbolero, sin ese pitillo consumiéndose entre su apariencia de cínico.

Esta es la historia de un hombre que de pequeño le gustaba jugar al fútbol. Empezó driblando los muebles de su casa, y vio que en el colegio era bueno, el mejor. Y dijo, “¿por qué no?” Serio, sabiendo lo que quería, se entrenaba duramente. Era un chico con cara de dromedario más rápido que un conejo.

Vivía en un suburbio de una ciudad del país de las igualdades. El miedo y el crimen, las únicas patrias de su infancia. Hacerse hombre a trompicones, la regla. Sobrevivir, lo extraordinario. El balón de estropajos y dos porterías sin redes, la esperanza.

Una esperanza que era sueño de adolescente. Una esperanza que se convirtió en realidad más rápido que el paso del verano. Un goleador con clase que, cuando se requería, fabricaba él solito sus chicharros.

Y, por jolgorio de la afición, cayeron títulos para su club y su país. Ligas, Copas, un Mundial y un Europeo. Desde la pobreza, la ilusión y su talento le permitieron enarbolar una revolución futbolística: libertad, igualdad y fraternidad. En 1998, junto a otros 20 galos, unió a todo su país bajo la misma bandera. 

Entonces, este hombre con cara de dromedario empezó a sonreír. Disfrutaba jugando con su posado serio, duro. Una máscara ante un hombre humilde, cercano, comprometido. Una cara de ausente y cínico que esconden a un sentimental. Un crack que no se siente crack. Ésta es su más grande virtud.

Thierry Henry, cariñosamente Titi, el que durante ocho años fue el auténtico William Wallace de las islas británicas. Su velocidad, su técnica y su definición destrozaron todas las redes de todos los estadios de la Bretania. Y dejó una huella imborrable. Capitán de los gunners, pichichi de la Premier. En el corazón de todos.

El pasado junio, consiguió lo impensable. El Barça, su verdugo de la Champions, arrebatada en su mismo país, consiguió ficharlo. Con un año de retraso, porque este dromedario se comprometió, después de aquella noche de lluvia fina de mayo en la capital de la bastida, con su equipo de siempre, rechazando defender una camiseta gloriosa.

Cambiando el cielo grisáceo por el sol mediterráneo, aterrizó en Barcelona como un gentleman, vestido como un dandy francés de la bohemia artística de principios de siglo. Corbata y chaleco gris. Elegancia en medio de una sonrisa tímida, cercana, sin querer ser el centro de atención de una entidad que ya bordaba la locura.

Su mensaje era claro: “no vengo de estrella. Sé que debo pelear por un sitio”. Pero reunió a 30.000 personas el día de su presentación. Desde entonces ha pasado el tiempo. Empezó a entrenarse solo. Sesiones físicas duras para recuperarse de la lesión. Día a día para volver a ser el de antes.

Aún le falta esa frescura, su chispa inimitable que tan grande lo ha hecho. Pero ya marcó en el Camp Nou. Un gol fácil. Un toquecito sin portero para quitarse las ansias. Pero la tocó con el interior, con elegancia y clase. Luego, lo celebró serio, abrazado a los dos locos bajitos del equipo.

Este hombre con cara de dromedario quiere seguir escribiendo su historia con trazos gloriosos. De momento, su paso por nuestra liga es tan sólo una somera idea. Ahora, dejémosle que él mismo siga trazando capítulos futbolísticos como los que soñaba en su infancia asomado en el balcón, con los labios disfrutando de la brisa francesa suburbana, mientras que con sus pies, mimaba aquél balón hecho de estropajos.

GRACIAS HOLDEN

18Sep07

Un grito histérico antesala de la impotencia. Después calma… vacío. El embriagador sonido del silencio. Ahora triste, luego alegre. Alguna que otra mano en la cabeza. Más silencio. Primeras risas que ocultaron lágrimas incapaces de salir. A fin de cuentas, ¿por qué habían de brotar?


Es cierto, falló Pau y toda España lo sintió. El precio que has de pagar por ser un genio. La jodida última pelota de un torneo, un gran torneo que juegas como local y favorito con la carga de un oro japonés sobre tu cuello. Máxima exigencia, mayor pasión.


paugasol_caricaturagirada.jpgPero esto es un juego, no lo olviden. Y como en todos, el azar tiene su dosis de importancia. Lanzas los dado del parchís y sale un seis. Perfecto: repites tirada. Un nuevo seis. Sigues avanzando y tiras de nuevo. ¡Otro seis! Maldita suerte, pierdes ficha. Pues así fue. El aro resultó un tablero de parchís donde la fortuna bailó una danza insolente y caprichosa a ritmo ruso. O americano. Qué más da. Porque Holden no es ni alto ni rubio, ni tan siquiera guapo. Es negro y con pantalones desgarbados y un bote de balón muy pizpireto. Y nos hizo un pedacito de vida más humanos. Gracias, Holden. Gracias, Rusia. Sin vosotros nunca hubiésemos sabido que los queríamos tanto. Que esos tíos nos habían dado tanto en tan poco tiempo que casi daba igual que el aro se disfrazase de verdugo.    

Un cántico incomprensible retumbaba por las entrañas del estadio aquella tarde. El sol, siempre eterno sobre el cielo, arrojaba agradecidos rayos que caían sobre un césped liso, inmaculado, de esos que hoy en día se plantan en dos tonos circulares buscando hacer agradable la visión. Silencio agradecido en vestuarios. Se palpa la tensión.

 
Los veintidós futbolistas, ya sobre el campo, recibían los destellos de los flashes. A fin de cuentas, la final de un Campeonato del Mundo atrae millones de miradas. Francia e Italia cara a cara. La vieja Europa contra la vieja Europa. Siempre Europa con permiso de Brasil y de Argentina.

 
El resto ya lo saben. La historia dice que Italia se impone en los penaltis el día en que Zidane se enzarzó con Materazzi. Sin embargo, alguna vez y sin que sirva de precedente, la historia miente. Aquel día, la Saura se impuso mucho antes. Gol de Toni. Remate de cabeza orientado con las flechas y el triángulo. Mis manos, sudorosas por los nervios, consiguieron imponerse y el mando obedeció. Milagros de la Play. Gracias, amigos.       


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