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La lavadora
La lavadora resiste heroicamente los avances energéticos del progreso electrónico. Seguramente, este vetusto pero bello ejemplar nació en los setenta, fruto de las garras de la pasión del cambio, las nuevas utopías de un mundo mejor y la libertad sin patronos.
Ahora hace la colada en una habitación enana y perdida de un piso reformado, ubicado en el barrio marginal de la ciudad. Es un cuarto desnudo, de paredes blancas. El lugar que los anfitriones pasan de largo cuando enseñan a los amigos su encantador hogar.
Pero esa lavadora pretérita, un trasto de pintura blanca fangosa y de tapa negra, como de chiste, es, como muestra el inquilino de la casa con el gracejo de quién se sabe que trabaja en algo que vale la pena, “lo más importante de la casa. La señora del hogar”.
De miércoles a domingo descansa perezosa, acompañada por la oscuridad del cuarto sin luz. Mientras, los muchachos se esmeran en el pabellón. Convivencia difícil, idiomas de babel, culturas antagónicas. Es el instante de ilusiones en una vida nómada y en apariencia sin futuro. Allí todos quieren ser valientes como sus padres y luchan a muerte en el parqué para impresionar al mister y sudar a peste en el campo.
Y llega el fin de semana, el olvido de todo para los capitalistas, el renacimiento a la vida de esos mocosos o jóvenes con sus primeros pelos desordenados en la barbilla, que juegan con sus sueños en una cancha de fútbol. Uniformados como los profesionales, de color verde oscuro, pantalón negro y el nombre del equipo grafiteado con los colores del arco iris en el pecho, corren la pelota, ensayan el regate, luchan como soldados e imaginan el gol de la victoria.
En esos momentos, despistan a sus vidas, siempre en busca de migas de pan, y esconden su pasaporte sin origen. Su patria se transforma en el placer de acariciar un balón, cantan todos el mismo himno -milagro de este deporte de obreros- y hablan el mismo lenguaje -indescifrable en las aulas-, del espectáculo. Por un rato, Dios existe, y ellos creen pisar la tierra prometida.
Y entonces despierta la lavadora. Nada ha pasado, todo sigue igual, pero todo es diferente. La lavadora vieja da vueltas y vueltas, como una noria de feria, y allí, mientras sigue haciéndose mayor, limpia las ilusiones de esos niños inmigrantes para que sus corazones se llenen de sensaciones mucho más inefables.
Un gol furtivo
Un mediodía gris, triste, de martes.
El jugador apenas acomodó su trasero en el banquillo cuando sus compañeros lo reclamaron al campo a los 10 minutos. Había llegado tarde. Saltó dos o tres veces con fuerza para entrar en calor y entró bailando con el césped sintético con la edad joven a sus pies.
Pronto agarró el balón cerca del corner izquierdo de su defensa. Se giró y topó enfrente con un rival de peinado pijarín. Le hizo un quiebro a la izquierda, perder el balón era delito de gol para su guardameta, que se mordía las uñas. Luego se fue a la derecha, escondiendo la bala blanca.
Garrincheó otra vez más, peinando el balón con la planta del pie derecho, y volvió a la izquierda mientras su cuerpo engañaba al otro lado. Gambeteó más veces, tres, cuatro o quizá cien, el jugador que juega para divertirse, seguro de que no perderá el balón. Un quiebro más, zis zas, a una velocidad endiablada, y el rival se derrumbó al suelo, la pierna derecha hacia la izquierda, y la pierna izquierda a la derecha, como un nudo irresoluble.
Cayó como un castillo de naipes, mientras el elegante jugador lo superó como quién anda por una gran avenida sin gente. Con el balón en los pies, se mofaba por lo que veía como una broma del fútbol. Pobre defensa dúctil. Sabiendo que había hecho su trabajo, que ya podía dejar el partido y dormir profundamente aquella noche, pasó el balón al compañero como si todo fuera un chiste.
Alto como una jirafa, subió al centro del campo y controló la alegría en redondo. La puso al hueco, recta como la aguja de un reloj, y allí botaba y botaba. El delantero, potro indomable, de ademanes pueblerinos, se lanzó a la amante blanca, y al vuelo, de bolea, la reventó al fondo de la red, donde el sol humano quería descansar, con el portero saltando al aire para atajarlo, en imagen fotográfica de payaso sin gracia.
Tres secuencias, tres primerísimos primeros planos, la gracia en la jugada y el gol. Uno de la alocada victoria por 7 a 4. Lo festejaron como los suegros que aprueban a su yerno. El gol, gozo de un mediodía plomizo de martes. Uno de los que se consiguieron, el más lindo, el más perfecto,
Que sólo reviven sus héroes, acaecido en el derbi mayor universitario, porque nadie más vio aquel gol de bella factura que podría haber dado la vuelta el mundo, y que sólo lo añoran burlonamente sus protagonistas tiempo después, risas y risas, oda a un acto trascendente de sus vidas.
UNA NIÑA CAPRICHOSA E INDOLENTE
La niña chapoteaba perezosa en el parque infantil, alumbrado por un sol brumoso de comienzos de verano. Los muelles del caballo chirriaban locamente, adelante y atrás, a un lado y al otro, como un velocista ante la meta, pero estático, siempre estático. Al lado, un pequeño avión privado giraba sobre el eje inmóvil. La niña pasaba de uno a otro indiferente y, a ratos, enfadada, bajaba al suelo. No había arena. No la hay en el siglo XXI. Una falsa goma sintética la recibiría en caso de que en vez de descender por sí misma lo hiciese de forma involuntaria. Nada de sufrimiento. Nada de dolor. Nada de heridas ennegrecidas por la sangre coagulada en la rodilla.
La pequeña caminó hacia el tobogán. Primero descendió de frente. Luego de espaldas. A continuación, cansada e irritada, avanzó unos metros para llegar a la arena y coger un buen puñado de polvo. Lo arrojó sobre el tobogán repitiendo la operación una y otra vez hasta crear un montículo de grava al final de la rampa.
Después sonrió entrañable e inocente, iluminada por la luz matinal que se esparcía sobre el parque. Encantadora. Hasta que decidió empujar a otro rapaz que, al caer sobre una piedra, sintió como la sangre comenzaba a fluir a la altura de su codo. Una herida inapreciable, suficiente para el llanto en la débil conciencia del menor.
A continuación, otra vez el rostro angelical. Aquella adorable mocosa se comportaba como el azar, de una forma caprichosa y admirable, indolente y deliciosa. Como el fútbol.
Dos enormes caras de bobo
El fútbol, la fiesta de las gargantas ruidosas, se queda huérfana cuando los gladiadores de nuestro siglo no consiguen despedazar la red. Un 0 a 0 es ausencia de gol, esos gritos de júbilo que ahorran horas de psicólogo. El 0 a 0, símbolo de la modernidad y el progreso (aburrimiento de la vida), es la agonía de la liberación de las tensiones contenidas.
El 0 a 0, dos enormes caras de bobo, también puede ser un juego luchado y precioso aunque falte el gol, fiesta y música del fútbol. El auténtico hincha celebra las jugadas de museo, los regates de delfines, las galopadas de leopardo o los pases de cigüeña, aunque se vuelven humo humano si no engullen la red.
Humo blanco, símbolo de esperanza, que premia el esfuerzo y la perseverancia, porque tarde o temprano exaltará los ánimos del gol, creador de amistades y abrazos magnánimos entre desconocidos que, al caer la noche, recreando la jugada del gol en la mente, encuentran la timidez al darse cuenta de lo fácil que han expresado sus sentimientos más íntimos a seres a los que únicamente les une el amor a unos colores.
EL HOMBRE QUE SOÑÓ CON LOS PIES
La gente le llamó cola de vaca. Nombre vulgar para un regate esgrimido con la precisión de un cirujano. Una danza con el balón adormecido sobre el interior de la bota, acurrucado, como un gato que juega en el ovillo, como el niño en las faldas de su madre. Una vez más, O Baixinho soñó con los pies.
Siempre lo hizo. En Barcelona o en Eindhoven. En Valencia. En Río mucho antes. En aquellas chabolas de Janeiro donde aprendió a driblar la mala suerte y a esquivar el hambre, donde borracho de desgracias se hizo mayor antes de tiempo. Los pies húmedos, descalzos, el barro que se escurre entre los dedos. Pero también la samba. Y las cinturas desnudas intuidas por la noche, perfiladas. Todo junto dio un futbolista de película. De dibujos animados.
Nunca fue rápido. Pero con ese ritmo de pachanga sumó 1.002 goles. O eso dicen. Qué más da. No lo recordaremos por sus cifras. Lo haremos por su magia, por su arte, por ese no sé qué que devoraba cada palmo de terreno que pisaba.
Ahora nos deja. Se acabó. Es como un final malo de película, uno de esos que se funden hasta el negro sin dar explicaciones. Un corte de meada monstruoso. Se despide como entró. Con su mirada perdida en el olvido. Con su sonrisa de nostalgias ya vividas. Con sus patas abiertas, arqueadas, deformes ya de tanto concebir cómo plasmar con sus botas lo que su mente anhelaba a diario.

El Madrid ganó con diez un partido intrascendente ante el penúltimo. Esta Liga se escapa por el retrete del water sin que nadie mueva un dedo por limpiarla. Algunos dirán que fue heroico. Con diez se quedó también el Villareal en su visita al Almería. Su vergüenza fue menos torera y su intento de sumar tres puntos se circunscribió a los 90 últimos segundos de un choque insulso, de bostezos. También los habrá que opinen que tuvo mérito lo de los chicos de Pellegrini.
Ambos actos de servicio, ambas peleas desiguales, se produjeron sólo cuatro días después de que el Getafe jugase 115 minutos con uno menos. Cuatro días después de que un equipo de una barriada del sur lograse hacer sentir lo mismo a este extraño país llamado España. Cuatro días después de haber vestido la vida de azul intenso. Cuatro días después de que el fútbol recordase que es fortuna. Cuatro días después de que el Pato sufriese la eterna soledad de ser portero. Sólo cuatro días después.
Y todo eso sucedió gracias a una lección inmensa de diez hombres que crecieron en la adversidad y en la derrota hasta ser considerados como héroes. Algunos deberían aprender.
injusticias
El fútbol, teatro real del mundo, suele ser dolorosamente injusto como la vida misma. Tragicomedia romántica, drama con tintes políticos, denuncia social, arte vanguardista. Todo sirve dentro de una cancha de juego.
El fútbol, cruel juego de azar por excelencia, seduce los sentimientos de los anónimos para embaucarlos y beberse el veneno de lo que el populacho creía licor suave.
El fútbol, juego de niños inventado para combatir la depresión y alegrar la alegría, se transformó en lucha psicológica y paros cardiacos. El fútbol, charla fútil y animosa de sobremesa, se alzó hasta los discursos trascendentes sobre el porvenir del ser humano.
El fútbol, última barricada del proletariado para aplastar a los poderosos. El fútbol, esa bala que hiere de muerte a los millonarios. El fútbol, la última épica de la victoria fugaz de los revolucionarios ante los dioses terrenos. Triunfos de Davids paganos que acaban desnudos, desahuciados, engañados por el orden inhumano de la tierra que impone su realidad árida, lastimosa, desesperante.
Como pasó una larga noche de abril en un pequeño coliseo madrileño. El Getafe, equipo de macarras cuidado por un padre danés, hombre elegante. El Geta, bautizo de unas gradas desoladas. El Geta, piropo de obreros. El Geta, once azules de técnica brasileña, garra italiana e ilusión inglesa, se engrandece con un presupuesto de comprar pipas.
Con diez, los tres trallazos del Geta los celebró hasta Beckenbauer y Khan, el ogro nórdico, aplaudía su retirada entendiendo la idiosincrasia de ser portero: abatido, maniquí e impotente ante la belleza del gol, celebración apoteósica del fútbol.
Pero entonces, en la prórroga y con un Bayern de residuos tóxicos, el Pato, apodo de arquero con nombre de poeta maduro, pausado y de mirada melancólica de niño despistado, se tragó un balón colgado al área. Le pasó por debajo las piernas como en el recreo del cole. El Pato, argentino sinónimo, aquella noche en el país descubridor de su patria, de mártir, penitente y bufón de corte.
Así murió el Geta. El último gol del Bayern confirmó la frase que el fútbol siempre ganan los alemanes. Y así, una vez más, el sueño de unos chavales de barrio que reunieron 9,4 millones de espectadores ante la pantalla y retrasaron la emisión del estreno de temporada de la serie de moda se fue hinchando, hinchando hasta que reventó exagerando hiperbólicamente el desastre y el sin sentido de las injusticias que ocurren en un trozo de césped, expresión fidedigna de esa vida.
LA SOLEDAD EN ANFIELD
La soledad es un desierto de vacío. Polvo, arena, guijarros que se achicharran con el sol. Un horizonte inmenso y olvidado, color magnesio. Eterno. Enorme. Arcos voltaicos proyectados por el sol disfrazando la grava de impresiones. Dicen que es mala y aburrida. Quizás sea bella y elocuente. Casi admirable. Para ello sólo hace falta disfrutarla poniendo a cada instante toda la inteligencia que uno tiene.
Así, Anfield podría ser sinónimo de la soledad descrita. Aunque a ratos alcanza y supera su atractivo. El inmenso truco de un prestidigitador sublime. Una hinchada rendida a la locura, con una sola alma, que empuja y que acompaña. No hay silencio; no hay treguas. Sólo amigos que cantan a la noche buscando caminar al lado de los suyos.
Se apagan los ecos de las voces. Marca el Arsenal. Polvo y arena. Empata Hyppia. Un horizonte inmenso. Torres eleva el gol a la categoría de arte. El horizonte se aproxima al infinito. Walcott corre efervescente: un atracador que escapa por la calle peatonal de la gran urbe, esquivando zancadillas y agarrones. Más polvo; más arena; más silencio. Gerard besa el horizonte y Babel lo expande buscando los límites del mundo.
Entre tanto, una figura que destaca: un reflejo perdido sobre el césped. Pepe Reina celebra siempre solo, abandonado, lejos de la piña roja de los red. Brazos al aire en el primero. Se desliza de rodillas en el segundo. Repite en el tercero. A pesar del júbilo, vacío y nada lo rodean. Sin embargo, cuando Babel marca el cuarto se rompen las barreras y se diluye el miedo a encajar un gol de pillo. Reina, con las venas marcadas en su calva cabellera, atraviesa el campo enfebrecido. Llega y se abalanza sobre el resto. Una guinda naranja entre la unión. Polvo y horizonte que se juntan.
Sirenas de oro
Bailan en el agua como hermosos delfines. De hecho, son sirenas de oro que ribetean movimientos alegres a sus danzas, pintan graciosas en el sabor incoloro del agua con pinceles como si fuera marfil de palacio real, dibujan con el sinsabor de la espuma con carbón tenue y respiran con el indoloro del azul en movimiento como manjar de posada. Sirenas de agua dulce y cloro, que se extasían con el brillo transparente del azul.
Mientras los terrícolas aún desenlazamos nuestro sueño con el edredón, las sirenas se deslizan en su mundo. Entre ocho y diez horas en la piscina, decorando sus escamas, saciando sus sonrisas, afinando el estómago para el movimiento ágil y elegante. De ojos brillantes y piel fina, su arte es la piscina, y su obra, la belleza.
Purifican su alma en el agua, donde en el anonimato van creando su gesta. Allí todo es gloria. Las sirenas se retuercen, juegan con sus brazos, giran como muelles y la espuma que crean no puede seguirlas. Bailan al ritmo de una música lírica que desconocemos, mientras se sacrifican, quieren vencer y son un equipo. Lo saben nuestras sirenas del mediterráneo.
Sus cuerpos son de una belleza misteriosa, que se va descubriendo cada vez que las observas pacientemente. Una belleza misteriosa, segura, tierna… hermosa dentro del agua y brillante fuera del agua. Una belleza madura, edificada en la voluntad competitiva, la rebeldía, el sacrificio de los días baldíos y la búsqueda de la expresión sublime de su arte.
Así son todas esas preciosas sirenas de sonrisa ingenua que ensancha el espíritu. Y así es la estandarte del grupo. 30 medallas internacionales colgadas en su cuerpo. A una semana de cumplir 31 años. Gemma Mengual, cuatro oros en los europeos de natación sincronizada. Y una sonrisa de sirena de las aguas de Nunca Jamás, jugando a no crecer nunca con Peter Pan.
VERGÜENZAS
Estudia en un colegio de uniforme; uno de esos en los que los niños gastan cara angelical y se peinan con la raya a la derecha. O a la izquierda. Nunca al medio. Qué más da. A pocos metros, en el frígido despertar barcelonés, otro imberbe mocoso de escuela pública carga de libros la mochila. Viste vaqueros desgastados y una sudadera del Barça. La ropa se la preparó su madre el día anterior. Él hubiese preferido el uniforme.
El domingo no curó ninguna herida, y su febril imaginación no acaba de comprender lo sucedido. La mente de un niño sueña a cada paso los momentos por vivir, pero es incapaz de asimilar cualquier miseria. Él, ahora, como muchos, debe aprender a digerir. Le espera una mañana de vergüenzas. Con su detestable y adorada sudadera.
Un chicle cuesta cinco céntimos. Algunos pueden comprar millones de chicles de cinco céntimos sólo con darle patadas a un balón. No lo entiende. Menos aún lo sucedido. Siete ocasiones en quince minutos. Tres goles recibidos y hasta un penalti fallado por el Betis. Y él impotente delante de la tele. Como el del uniforme. Pero ese por lo menos evita los escarnios. Él no. Él luce sudadera azul y grana; oscura y sonrojada; bochornosa.
Escucha las risas en el patio del colegio. Lacerantes, agudas, corrosivas. Mantiene el tipo pensando en el futuro. El Barça, a fin de cuentas, es más que un club. Pero esta mañana de lunes deberían ser otros los que diesen la cara. Los Rijkaard, los Eto´o, los Ronaldinho, los Milito o los Márquez. Los Laporta o los Beguiristain. Cualquiera. Ellos tendrían que estar en la cancha de la escuela, en la tasca de un mal barrio, en la oficina del curro, en la cadena de producción o en la mesa de una casa a la hora de comer. Allí verían los rostros de miles de culés avergonzados, y tal vez, quién sabe, descubrirían que el fútbol es mucho más que ganar un jodido puñado de euros.
EL ARREBATO
Higuaín cambia de look. El mechón alborotado, escurridizo y descuidado, acompasado por una mala barba de tres días, ha trocado en una cabellera engominada. Algo así como una catarata de hebras que concluyen en un amago de coleta. De esta guisa, podría confundirse con la crin de un caballo color ébano. Tal vez mejor, en sintonía con su ágil galopada de potrero, con las ilusiones de ese niño, adolescente aún, que dejó su River para volar en los Madriles.
Pero cuesta. Es buen futbolista el argentino. Para saber eso, como me enseñó un buen amigo, basta con verlo controlar. Perfecto. Rápido, escurridizo y con cuerpo, técnica notable, el derroche generoso de cualquier chico argentino. Lo tiene todo y le falta todo: el gol. El orgasmo del fútbol, con perdón, que escribiera el ilustre Galeano.
La primera vez que encaró ayer se topó con el central. Veloz en el desmarque, confundió el objetivo cuando hubo de encontrar un hueco entre los palos. No es fácil, y menos aún con tan sólo 20 años y en el altar del Bernabéu. Lo resumió Kiko con su gracia andaluza. Existen dos tipos de delanteros: los que cuando encaran sólo ven portero (hay están casi todos, incluido Higuaín); y los que cuando encaran sólo ven portería (Ronaldo, Van Nistelroy y poco más).
En la segunda, agudizó el ingenio. Dejó que el pase se escurriese entre sus piernas, levantó la vista, arrancó con fuerza. Se quedó sólo ante Palop. Y ahí, en ese segundo dinástico que precede al éxtasis, perdió la lucidez. Chutó con fuerza y reventó al muñeco. Le cayó el rechace, como si Dios, el azar, la suerte o el destino quisiesen concederle otra ocasión. Volvió a pegarla, esta vez con la zurda, falto de fe, tal vez cansado de no encontrar el camino hacia el gol. Rechazó Palop y el galgo argentino gritó de impotencia subiendo los laterales de su pantalón hasta la cintura. El Bernabéu, juez soberano de grandes goleadores, empezó a dudar. De un lado, el cariño con que dispensa el sacrificio. De otro, la crítica con que sacude los errores.
No hubo que decidir. Llegó el perdón. Sneijder puso la pelota en el pie de Guti, libre y con espacios para pensar. Terrible flaqueza sevillista. El genial rubio inmaduro sólo pecó en un concepto: lo hizo todo con la izquierda, antinatural. Su decimocuarta asistencia en Liga fue aprovechada por una mala bestia, herida e inflamada, que aprendió a superarse en la Argentina. Entró fuerte, por el medio, convirtiendo en papilla al negro musculoso de Mosquera. Entonces, por encima del alarido histérico de la hinchada, surgió un grito. Como el aullido del lobo en una fría noche siberiana. La boca abierta, la yugular marcando su camino, chapada a fuego lento en la garganta. El arrebato de Higuaín. El gol.
El cuento empezó el domingo, con un suspiro de rechazo, con un gemido impertinente. O tal vez todo arrancó en 1981. O en 1986 si lo prefieren. Lo cierto es que, en algún momento, y eso da casi igual, el viajero emprendió la marcha. Delante, polvo húmedo y guijarros aplastados, una encrucijada con señales. A un lado Vigo, al otro A Coruña. A la izquierda, el Celta; a la derecha, la nada. En el cruce: ¿te gusta el fútbol? ¿Y por qué no? Y el tenis, y el balonmano, y la F1, y el baloncesto. Otra confluencia de calzadas. El vagabundo acota, opta, selecciona, arrastra sus malheridos pies callosos y sella su destino: Celta y le encantan los deportes. ¡No sabe dónde se mete!
La senda zigzaguea silenciosa. Una nube de partículas de arena va circundando el paladar. La lengua se seca poco a poco entre derrotas hasta convertirse en un trozo de desgastado cuero viejo. Dos finales de Copa en el recuerdo. El cielo nunca se tiñe de celeste. Bueno, alguna noche aislada las estrellas refulgen hermosas, radiantes, despejadas. Brillan de tal forma que, por sí solas, iluminan la vereda. La Champions. Falsas esperanzas; ilusiones perdidas. Un descenso, un ascenso, otro descenso. Ahora, príncipes de lo mediocre, señores de la excreción, se hunden en la tabla tratando de recordar un pasado más humilde, más acorde, más cercano a Vigo y a su historia: “La cabeza bien alta cuando se tiene el valor de andar siempre por la vida como el mejor perdedor”.
Ahora, el peregrino hunde la cabeza entre sus brazos, que la acogen en forma de ele invertida formando un cubo recto que la envuelve. Oscuridad y silencio en Balaídos. A su alrededor, gritos. El ‘15’ del Albacete, no importa el nombre, un delantero pulgoso, diminuto, y de piernas arqueadas, acaba de sentar a medio Celta por segunda vez en cinco minutos. No hubo ni un intento de ser hombre; un arrebato de pelotas, con perdón, que viniese a significar algo así como: amigo, de esta hinchada, de este equipo, de este club y de esta historia no se ríe ni la madre que nos parió. Nada: carencia, ausencia, nulidad. ¿Vale la pena todo esto? El viajero asiente entristecido.
Cerrar los ojos
Cierras los ojos cuando no quieres morir. Cerrar los ojos es como driblar los nervios y huir de esa realidad crítica, un segundo que se congela, prólogo de un desenlace que se descubrirá: tragedia o comedia.
Con sus manos blancas, se tapa el rostro negro. Prefiere la ceguera a la evidencia. El penalti que puede empatar la final. La última oportunidad de creer en un sueño.
Berbatov, ese delantero de diadema blanca y rostro de fugado, anda despacio hacia la pintura blanca. Congela a Chec, el arquero que luce serio y sobrio en sus ademanes, que no puede más y rompe el hielo tirándose a su izquierda. En ese instante, mientras el portero de la sombra va cayendo, Berbatov roza con el interior de su pie el balón, que entra mansamente en la muralla del Chelsea.
La grada estalla de jolgorio blanco y negro, emoción contenida que supura, alegría que ahoga el sufrimiento, y el delantero búlgaro del revólver que asesina celebra el gol enrabietado, como los psicópatas que acaban de cumplir su misión.
Hasta el final, el Wembley moderno se mina a base de suspiros, bombazos del corazón, y cuerpos que tiritan de muerte. En el tiempo extra los aficionados cierran los ojos y piden clemencia cuando el balón se toma un respiro.
En uno de ellos, de una falta sacada como para perder tiempo, Woodgate, un armario de hospital, aparece de entre la algarabía de jugadores y se alza con los ojos cerrados para rozar el balón, que le rebota en la frente después de la parada del vagabundo con guantes, y el cuero entra desvergonzada, lenta, en la muralla del Chelsea.
Con los ojos cerrados marca Woodgate, defensa central y especialista en operaciones quirúrgicas. La luna blanca entra en la red perezosamente, como forzada, como indigna de goles azarosos, sin fantasía. Pero ese golecito lo conduce al altar todo el planeta, que lo canta enajenado.
El defensa central lo celebra solo, gritando naderías, con los brazos en alto, sin abrazarse a sus compañeros porque no se acuerda qué es eso de celebrar goles para la historia.
En lanzamiento de falta lateral, Jurado abandonó raso el balón al área, el purgatorio de la defensa y los hinchas, donde alcanzó los pies de un delantero después de salir rebotada en un minúsculo choque de la batalla. En el momento que se giraba para destripar la red, se irguió una pierna hercúlea que taponó la pelota, que ya suspiraba gol, y la alejó del rectángulo delimitado por líneas de cal donde sobrevive el arquero.
Entonces, Javi Martínez zanqueó con ambas piernas el esférico durante siete segundos, borrando a cuatro oponentes que entorpecían su galopada elegante, sacándoles la lengua de agotamiento o con el regate más genuino del fútbol, a base de lanzarse largo la pelota lejos del rival.
Cuando el zaguero Pernía se arrojó directo hacia él para partirlo en dos, el mediocampista descubrió el cuero hacia la izquierda, donde su compañero Susaeta lo controló, y salió en diagonal ávido para cantar gol con un certero disparo que entró diabólico, botando entre el palo derecho y el portero que se había lanzado por inercia, convencido de que no le estaba permitido fastidiar la exhibición precoz de brío, gentil técnica y pase generoso del imberbe y espigado jugador navarro de 19 años del Athletic de Bilbao.
MANERAS DE SENTIR
Tac, tac, tac…. Ta-a-a-a-ac. El código Morse de un bastón. El camino que conduce hasta el estadio. Al fondo, comienzan a sentirse los bullicios de la fiesta. La hinchada, impaciente, se consume ante las puertas una hora antes del inicio. Algarabía. Un único color: camisas rojas.
Entran. Poco a poco. Como el ritual de un cerdo llevado al matadero. Todo parece allí previsto. Los pasillos acogen a la gente entre cemento. Cada uno a su sitio. Tac, tac, tac. Hemos llegado. Huele a humanidad: una mezcla de sudor disfrazado de inquietud que viaja por el aire. Cualquiera diría que es Colonia. Dejémoslo en Köln. Se escuchan el crepitar de las cáscaras de pipa, el sorbo apurado a una botella: de cola o de naranja, de limón; tal vez cerveza. El pitido inicial. Y ahora, concentrándose, uno puede hasta sentir las caricias del balón sobre la hierba. Se desliza.
En Colonia ya no queda nada de Schuster. Ni tan siquiera de Podolski. Este año sueñan con volver a la Bundesliga. Un mal menor para un histórico alemán. Eso da igual. ¡Dios, cómo ha sonado esa patada! ¡Qué dolor! Murmullos de miedo. El rival acecha. Ahora hay paz: la grada canta. Peligro. ¡Uy! O como coño se diga en alemán.
Sí, parece que sí. La gente se levanta. Se percibe el susurro de impaciencia del que se come las uñas; el histérico chasquido de la piedra de un mechero; el atronador golpeteo de el del bombo; los gritos nerviosos de las chicas. Y de repente, todo cobra sentido. ¡Gol! Tac, tac, tac. Y el estadio delira y se levanta. Incluso aquella esquina habitada por la gente de ojos como pozas. Allí está Markus. Es ciego. Pero seguro que lo ha visto.
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