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La soledad es un desierto de vacío. Polvo, arena, guijarros que se achicharran con el sol. Un horizonte inmenso y olvidado, color magnesio. Eterno. Enorme. Arcos voltaicos proyectados por el sol disfrazando la grava de impresiones. Dicen que es mala y aburrida. Quizás sea bella y elocuente. Casi admirable. Para ello sólo hace falta disfrutarla poniendo a cada instante toda la inteligencia que uno tiene.

Así, Anfield podría ser sinónimo de la soledad descrita. Aunque a ratos alcanza y supera su atractivo. El inmenso truco de un prestidigitador sublime. Una hinchada rendida a la locura, con una sola alma, que empuja y que acompaña. No hay silencio; no hay treguas. Sólo amigos que cantan a la noche buscando caminar al lado de los suyos.

Se apagan los ecos de las voces. Marca el Arsenal. Polvo y arena. Empata Hyppia. Un horizonte inmenso. Torres eleva el gol a la categoría de arte. El horizonte se aproxima al infinito. Walcott corre efervescente: un atracador que escapa por la calle peatonal de la gran urbe, esquivando zancadillas y agarrones. Más polvo; más arena; más silencio. Gerard besa el horizonte y Babel lo expande buscando los límites del mundo.

Entre tanto, una figura que destaca: un reflejo perdido sobre el césped. Pepe Reina celebra siempre solo, abandonado, lejos de la piña roja de los red. Brazos al aire en el primero. Se desliza de rodillas en el segundo. Repite en el tercero. A pesar del júbilo, vacío y nada lo rodean. Sin embargo, cuando Babel marca el cuarto se rompen las barreras y se diluye el miedo a encajar un gol de pillo. Reina, con las venas marcadas en su calva cabellera, atraviesa el campo enfebrecido. Llega y se abalanza sobre el resto. Una guinda naranja entre la unión. Polvo y horizonte que se juntan. 

Sirenas de oro

07Apr08

Bailan en el agua como hermosos delfines. De hecho, son sirenas de oro que ribetean movimientos alegres a sus danzas, pintan graciosas en el sabor incoloro del agua con pinceles como si fuera marfil de palacio real, dibujan con el sinsabor de la espuma con carbón tenue y respiran con el indoloro del azul en movimiento como manjar de posada. Sirenas de agua dulce y cloro, que se extasían con el brillo transparente del azul.

Mientras los terrícolas aún desenlazamos nuestro sueño con el edredón, las sirenas se deslizan en su mundo. Entre ocho y diez horas en la piscina, decorando sus escamas, saciando sus sonrisas, afinando el estómago para el movimiento ágil y elegante. De ojos brillantes y piel fina, su arte es la piscina, y su obra, la belleza.

Purifican su alma en el agua, donde en el anonimato van creando su gesta. Allí todo es gloria. Las sirenas se retuercen, juegan con sus brazos, giran como muelles y la espuma que crean no puede seguirlas. Bailan al ritmo de una música lírica que desconocemos, mientras se sacrifican, quieren vencer y son un equipo. Lo saben nuestras sirenas del mediterráneo.

Sus cuerpos son de una belleza misteriosa, que se va descubriendo cada vez que las observas pacientemente. Una belleza misteriosa, segura, tierna… hermosa dentro del agua y brillante fuera del agua. Una belleza madura, edificada en la voluntad competitiva, la rebeldía, el sacrificio de los días baldíos y la búsqueda de la expresión sublime de su arte.

Así son todas esas preciosas sirenas de sonrisa ingenua que ensancha el espíritu. Y así es la estandarte del grupo. 30 medallas internacionales colgadas en su cuerpo. A una semana de cumplir 31 años. Gemma Mengual, cuatro oros en los europeos de natación sincronizada. Y una sonrisa de sirena de las aguas de Nunca Jamás, jugando a no crecer nunca con Peter Pan.

 

 

VERGÜENZAS

01Apr08

Estudia en un colegio de uniforme; uno de esos en los que los niños gastan cara angelical y se peinan con la raya a la derecha. O a la izquierda. Nunca al medio. Qué más da. A pocos metros, en el frígido despertar barcelonés, otro imberbe mocoso de escuela pública carga de libros la mochila. Viste vaqueros desgastados y una sudadera del Barça. La ropa se la preparó su madre el día anterior. Él hubiese preferido el uniforme.

El domingo no curó ninguna herida, y su febril imaginación no acaba de comprender lo sucedido. La mente de un niño sueña a cada paso los momentos por vivir, pero es incapaz de asimilar cualquier miseria. Él, ahora, como muchos, debe aprender a digerir. Le espera una mañana de vergüenzas. Con su detestable y adorada sudadera.

Un chicle cuesta cinco céntimos. Algunos pueden comprar millones de chicles de cinco céntimos sólo con darle patadas a un balón. No lo entiende. Menos aún lo sucedido. Siete ocasiones en quince minutos. Tres goles recibidos y hasta un penalti fallado por el Betis. Y él impotente delante de la tele. Como el del uniforme. Pero ese por lo menos evita los escarnios. Él no. Él luce sudadera azul y grana; oscura y sonrojada; bochornosa.

Escucha las risas en el patio del colegio. Lacerantes, agudas, corrosivas. Mantiene el tipo pensando en el futuro. El Barça, a fin de cuentas, es más que un club. Pero esta mañana de lunes deberían ser otros los que diesen la cara. Los Rijkaard, los Eto´o, los Ronaldinho, los Milito o los Márquez. Los Laporta o los Beguiristain. Cualquiera. Ellos tendrían que estar en la cancha de la escuela, en la tasca de un mal barrio, en la oficina del curro, en la cadena de producción o en la mesa de una casa a la hora de comer. Allí verían los rostros de miles de culés avergonzados, y tal vez, quién sabe, descubrirían que el fútbol es mucho más que ganar un jodido puñado de euros.            

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EL ARREBATO

31Mar08

Higuaín cambia de look. El mechón alborotado, escurridizo y descuidado, acompasado por una mala barba de tres días, ha trocado en una cabellera engominada. Algo así como una catarata de hebras que concluyen en un amago de coleta. De esta guisa, podría confundirse con la crin de un caballo color ébano. Tal vez mejor, en sintonía con su ágil galopada de potrero, con las ilusiones de ese niño, adolescente aún, que dejó su River para volar en los Madriles.

Pero cuesta. Es buen futbolista el argentino. Para saber eso, como me enseñó un buen amigo, basta con verlo controlar. Perfecto. Rápido, escurridizo y con cuerpo, técnica notable, el derroche generoso de cualquier chico argentino. Lo tiene todo y le falta todo: el gol. El orgasmo del fútbol, con perdón, que escribiera el ilustre Galeano.

La primera vez que encaró ayer se topó con el central. Veloz en el desmarque, confundió el objetivo cuando hubo de encontrar un hueco entre los palos. No es fácil, y menos aún con tan sólo 20 años y en el altar del Bernabéu. Lo resumió Kiko con su gracia andaluza. Existen dos tipos de delanteros: los que cuando encaran sólo ven portero (hay están casi todos, incluido Higuaín); y los que cuando encaran sólo ven portería (Ronaldo, Van Nistelroy y poco más).

En la segunda, agudizó el ingenio. Dejó que el pase se escurriese entre sus piernas, levantó la vista, arrancó con fuerza. Se quedó sólo ante Palop. Y ahí, en ese segundo dinástico que precede al éxtasis, perdió la lucidez. Chutó con fuerza y reventó al muñeco. Le cayó el rechace, como si Dios, el azar, la suerte o el destino quisiesen concederle otra ocasión. Volvió a pegarla, esta vez con la zurda, falto de fe, tal vez cansado de no encontrar el camino hacia el gol. Rechazó Palop y el galgo argentino gritó de impotencia subiendo los laterales de su pantalón hasta la cintura. El Bernabéu, juez soberano de grandes goleadores, empezó a dudar. De un lado, el cariño con que dispensa el sacrificio. De otro, la crítica con que sacude los errores.

No hubo que decidir. Llegó el perdón. Sneijder puso la pelota en el pie de Guti, libre y con espacios para pensar. Terrible flaqueza sevillista. El genial rubio inmaduro sólo pecó en un concepto: lo hizo todo con la izquierda, antinatural. Su decimocuarta asistencia en Liga fue aprovechada por una mala bestia, herida e inflamada, que aprendió a superarse en la Argentina. Entró fuerte, por el medio, convirtiendo en papilla al negro musculoso de Mosquera. Entonces, por encima del alarido histérico de la hinchada, surgió un grito. Como el aullido del lobo en una fría noche siberiana. La boca abierta, la yugular marcando su camino, chapada a fuego lento en la garganta. El arrebato de Higuaín. El gol.      

El cuento empezó el domingo, con un suspiro de rechazo, con un gemido impertinente. O tal vez todo arrancó en 1981. O en 1986 si lo prefieren. Lo cierto es que, en algún momento, y eso da casi igual, el viajero emprendió la marcha. Delante, polvo húmedo y guijarros aplastados, una encrucijada con señales. A un lado Vigo, al otro A Coruña. A la izquierda, el Celta; a la derecha, la nada. En el cruce: ¿te gusta el fútbol? ¿Y por qué no? Y el tenis, y el balonmano, y la F1, y el baloncesto. Otra confluencia de calzadas. El vagabundo acota, opta, selecciona, arrastra sus malheridos pies callosos y sella su destino: Celta y le encantan los deportes. ¡No sabe dónde se mete!

 
La senda zigzaguea silenciosa. Una nube de partículas de arena va circundando el paladar. La lengua se seca poco a poco entre derrotas hasta convertirse en un trozo de desgastado cuero viejo. Dos finales de Copa en el recuerdo. El cielo nunca se tiñe de celeste. Bueno, alguna noche aislada las estrellas refulgen hermosas, radiantes, despejadas. Brillan de tal forma que, por sí solas, iluminan la vereda. La Champions. Falsas esperanzas; ilusiones perdidas. Un descenso, un ascenso, otro descenso. Ahora, príncipes de lo mediocre, señores de la excreción, se hunden en la tabla tratando de recordar un pasado más humilde, más acorde, más cercano a Vigo y a su historia: “La cabeza bien alta cuando se tiene el valor de andar siempre por la vida como el mejor perdedor”. 

 
Ahora, el peregrino hunde la cabeza entre sus brazos, que la acogen en forma de ele invertida formando un cubo recto que la envuelve. Oscuridad y silencio en Balaídos. A su alrededor, gritos. El ‘15’ del Albacete, no importa el nombre, un delantero pulgoso, diminuto, y de piernas arqueadas, acaba de sentar a medio Celta por segunda vez en cinco minutos. No hubo ni un intento de ser hombre; un arrebato de pelotas, con perdón, que viniese a significar algo así como: amigo, de esta hinchada, de este equipo, de este club y de esta historia no se ríe ni la madre que nos parió. Nada: carencia, ausencia, nulidad. ¿Vale la pena todo esto? El viajero asiente entristecido.        

Cerrar los ojos

11Mar08

Cierras los ojos cuando no quieres morir. Cerrar los ojos es como driblar los nervios y huir de esa realidad crítica, un segundo que se congela, prólogo de un desenlace que se descubrirá: tragedia o comedia.

Con sus manos blancas, se tapa el rostro negro. Prefiere la ceguera a la evidencia. El penalti que puede empatar la final. La última oportunidad de creer en un sueño.

Berbatov, ese delantero de diadema blanca y rostro de fugado, anda despacio hacia la pintura blanca. Congela a Chec, el arquero que luce serio y sobrio en sus ademanes, que no puede más y rompe el hielo tirándose a su izquierda. En ese instante, mientras el portero de la sombra va cayendo, Berbatov roza con el interior de su pie el balón, que entra mansamente en la muralla del Chelsea.

La grada estalla de jolgorio blanco y negro, emoción contenida que supura, alegría que ahoga el sufrimiento, y el delantero búlgaro del revólver que asesina celebra el gol enrabietado, como los psicópatas que acaban de cumplir su misión.

Hasta el final, el Wembley moderno se mina a base de suspiros, bombazos del corazón, y cuerpos que tiritan de muerte. En el tiempo extra los aficionados cierran los ojos y piden clemencia cuando el balón se toma un respiro.

En uno de ellos, de una falta sacada como para perder tiempo, Woodgate, un armario de hospital, aparece de entre la algarabía de jugadores y se alza con los ojos cerrados para rozar el balón, que le rebota en la frente después de la parada del vagabundo con guantes, y el cuero entra desvergonzada, lenta, en la muralla del Chelsea.

Con los ojos cerrados marca Woodgate, defensa central y especialista en operaciones quirúrgicas. La luna blanca entra en la red perezosamente, como forzada, como indigna de goles azarosos, sin fantasía. Pero ese golecito lo conduce al altar todo el planeta, que lo canta enajenado. 

El defensa central lo celebra solo, gritando naderías, con los brazos en alto, sin abrazarse a sus compañeros porque no se acuerda qué es eso de celebrar goles para la historia.  

En lanzamiento de falta lateral, Jurado abandonó raso el balón al área, el purgatorio de la defensa y los hinchas, donde alcanzó los pies de un delantero después de salir rebotada en un minúsculo choque de la batalla. En el momento que se giraba para destripar la red, se irguió una pierna hercúlea que taponó la pelota, que ya suspiraba gol, y la alejó del rectángulo delimitado por líneas de cal donde sobrevive el arquero.

Entonces, Javi Martínez zanqueó con ambas piernas el esférico durante siete segundos, borrando a cuatro oponentes que entorpecían su galopada elegante, sacándoles la lengua de agotamiento o con el regate más genuino del fútbol, a base de lanzarse largo la pelota lejos del rival.

Cuando el zaguero Pernía se arrojó directo hacia él para partirlo en dos, el mediocampista descubrió el cuero hacia la izquierda, donde su compañero Susaeta lo controló, y salió en diagonal ávido para cantar gol con un certero disparo que entró diabólico, botando entre el palo derecho y el portero que se había lanzado por inercia, convencido de que no le estaba permitido fastidiar la exhibición precoz de brío, gentil técnica y pase generoso del imberbe y espigado jugador navarro de 19 años del Athletic de Bilbao.

Tac, tac, tac…. Ta-a-a-a-ac. El código Morse de un bastón. El camino que conduce hasta el estadio. Al fondo, comienzan a sentirse los bullicios de la fiesta. La hinchada, impaciente, se consume ante las puertas una hora antes del inicio. Algarabía. Un único color: camisas rojas. 

  

Entran. Poco a poco. Como el ritual de un cerdo llevado al matadero. Todo parece allí previsto. Los pasillos acogen a la gente entre cemento. Cada uno a su sitio. Tac, tac, tac. Hemos llegado. Huele a humanidad: una mezcla de sudor disfrazado de inquietud que viaja por el aire. Cualquiera diría que es Colonia. Dejémoslo en Köln. Se escuchan el crepitar de las cáscaras de pipa, el sorbo apurado a una botella: de cola o de naranja, de limón; tal vez cerveza. El pitido inicial. Y ahora, concentrándose, uno puede hasta sentir las caricias del balón sobre la hierba. Se desliza. 

  

En Colonia ya no queda nada de Schuster. Ni tan siquiera de Podolski. Este año sueñan con volver a la Bundesliga. Un mal menor para un histórico alemán. Eso da igual. ¡Dios, cómo ha sonado esa patada! ¡Qué dolor! Murmullos de miedo. El rival acecha. Ahora hay paz: la grada canta. Peligro. ¡Uy! O como coño se diga en alemán. 

  

Sí, parece que sí. La gente se levanta. Se percibe el susurro de impaciencia del que se come las uñas; el histérico chasquido de la piedra de un mechero; el atronador golpeteo de el del bombo; los gritos nerviosos de las chicas. Y de repente, todo cobra sentido. ¡Gol! Tac, tac, tac. Y el estadio delira y se levanta. Incluso aquella esquina habitada por la gente de ojos como pozas. Allí está Markus. Es ciego. Pero seguro que lo ha visto. 

Roncas fatal y te desvelas definitivamente cinco minutos antes de que el despertador comience a taladrar. Las piernas te pesan como troncos centenarios. Sientes dolor. Combates la oscuridad andando tímidamente, resbalando tus manos por las paredes.

El agua chorrea fría, y ya tiritas cuando reaccionas un segundo más tarde. Ponerte los pantalones es como levantar dos pedruscos que entorpecen tu camino. Y ya se te hace tarde cuando sólo nocturnan los solitarios.

Te insultas otra mañana más cuando la leche te quema la lengua, o si exageras con el Marcilla. Repasas distraído, inseguro, para que no te olvides nada y te alejas de tu casa que te despide con ronquidos.  

Recreas lo que aconteció ayer. El partido, por fin. Sonríes al vendedor de billetes para animarte. En el andén, sólo se escucha el aire de las caladas rápidas de los cigarros. El partido, por fin te sientes realizado. Juegas con el sueño en el tren que enfila directo la vía. Quieres que te lleve hasta el fin del mundo, pero fantaseas en que sólo acelera y acelera.

La gran urbe parpadea con energía, como si los centros de negocios no hubieran cerrado los dos días festivos. Andas como perdido, ausente. Quiero un café. Necesito un café. Y adelantas precipitadamente el desayuno matutino. Pero te invade la terrible sensación de que cuanta más cafeína te inyectes, más se achinan las ojeras. Tu cabeza levita, triste, pesada, nublosa. Los ruidos del estómago marcan el paso lento de las horas.

Andas rocoso y melancólico hacia los fogones. Huyes de las reflexiones nihilistas, y rescatas el ayer. Un pase milimétrico, con el exterior del empeine. ¿Quién lo vio? No importa, sólo el placer furtivo de entregar, como la sonrisa que esboza el cartero cuando da a una joven enamorada la carta de su hombre, combatiente en las trincheras.

Engañas al apetito con pasta mediocre. Tumbado en el sofá, el café soluble marca barata pasa poderoso por tus tripas. Fumas dos rubios para desvelarte. Un sorbo de paz entre el hedor de esta cárcel. Y reescribes tus paso hacia el ordenador, las llamadas en espera y otras situaciones que marean.

Las siete de la tarde y el cansancio asesina la alegría. Robotizado, deambulas hacia el piso. Flirteas con el partido de ayer, otro ratito más. Poco a poco, los recuerdos golpean el dolor del cuerpo, sufrimiento de exiliado de guerra. Y se anestesia el horror.

Pegado al lado de un semáforo en rojo, cosquilleas ahora el dedo pulgar del pie derecho porque ayer el balón fue hacia él, como un imán, y de primeras, descubrió una grieta entre la defensa para colar la pelota, donde la zanjó el compañero y votando la reventó por la escuadra. El partido, por fin te sientes realizado.

Movimientos ágiles, carreras eléctricas, controles limpios, pases certeros, seguros o creativos a veces, gritos de ánimo sin cesar. Y celebración de cuatro goles. Goleada jugando en la belleza. Una delicia. Una borrachera de paz. ¿Cuánto tiempo hacía? Olvidamos la aridez y el desencanto por unos instantes, cuando la vida fue bella dentro de un campo de fútbol.

Sin embargo empezaron mañana los peros. Se rompió el encanto somnoliento. Lunes, martes y miércoles. Dolor del cuerpo, purificación del alma. Vivir como un ausente, un vagabundo de otra época. La culpa fue del partido que nos hizo creen en la felicidad eterna y ahora, sufres las malas noches abrigado en la amargura de tu cuerpo, que te clama por qué lo castigas lunes, martes y miércoles a cambio de dos horas en un paraíso extraño, donde a veces te dejan ser ángel como el cartero que reparte la carta a la enamorada, o convertirte en la misma pluma del amado, rey de una historia de amor en la trinchera cuando exclama gol.   

DESESPERANZAS

25Feb08

Una jornada más de decepción. La derrota que te amarga los domingos. La vida es bella, pero no tanto en la derrota. Sin embargo, el hincha fiel aún confía en el milagro. Le sueltan estadísticas, promedios goleadores y de puntos, el siglo de la ciencia llevado al fútbol. Él escucha tranquilo, paciente, incluso da la sensación de que, cuando menos, concede el beneficio de la duda. Y a solas, digiere tanta cifra.
 
Sí, es cierto. La meta queda lejos y da la sensación de que el tramo resulta ya insalvable. Una inclinación desmesurada. Una rampa de esas que queman los embragues. Pero queda y quedará la fe. Algo que no entra en los registros. El hincha vuelve a sonreír. Un nuevo sueño. El domingo expiamos la derrota.
 
Y allí está de nuevo. Una tarde más. Las gradas solitarias que reflejan, vacías, el desencanto de los que no son como niños, de los carentes de ilusión, de los amargados que no aplauden en el circo, de los aburridos que se duermen en el cine, de los inapetentes que no besan a sus novias, de los soporíferos que le bostezan a la suerte.
 
No queda nadie. Poco más de seis mil personas sobre un total de treinta y dos mil. Silencio en una fiesta fallida. Entonces, el hincha piensa y se cabrea. Cuando vengan tiempos buenos, ellos seguirán allí, al lado de muchos otros que sólo cogen la ola cuando está arriba. La resaca entre la arena resulta siempre desagradable. ¡Qué asco! Mejor cantar que pensar: “Ondiñas veñen, ondiñas veñen, ondiñas veñen e van. Non te vaias rianxeira que te vas a marear”.  

Hubo un tiempo en que fuimos los mejores. Ahora somos un puente mohíno y abandonado, que une el olvido de un pasado con las sombras de un futuro. Hubo un tiempo en que el mundo nos obedecía, sumiso, a nuestros designios. Ahora ese mundo venera otras leyes.

Hubo un tiempo en que éramos héroes de la alegría. Hubo un tiempo en que el balón jugaba con nosotros. Hubo un tiempo en que fuimos reyes del país de las maravillas. Hubo un tiempo, ya pasado, olvidado, perdido y hasta denostado en que fuimos los mejores.

El mundo nos amaba y nosotros nos dejábamos amar. Ahora, el mundo ha cambiado sus intereses. Nos gira la espalda, nos ignora y, con elegancia, sufrimos por ello. Este mundo camina irremediablemente sobre su propia trampa. Cansado de nuestro triunfo, la victoria de la hermosura, nos traicionó en manos del resultadismo más mediocre, del aburrimiento de los fotogramas a color, repetitivos de orden y mediocridad. O quizá es que pereció el talento con nosotros. O quizá no, pero este mundo no se ha empeñado en buscarlo cuidadosamente.

Hubo un tiempo en que fuimos los mejores. Y lo sabíamos. Y lo disfrutábamos generosamente. Hubo un tiempo en que sellamos nuestra supervivencia en los museos de nuestra hinchada para las generaciones venideras. Nos ganamos a pulso ser conocidos, estudiados y admirados hasta el Apocalipsis.

Hubo un tiempo en que los niños querían ser como nosotros. Hubo un tiempo en que las niñas soñaban con conquistarnos, pues nos veían como la belleza suprema. Y lo que hacíamos era patear el balón con dulzura. Ahora, sin embargo, vagabundeamos invisibles por las calles.

Hubo un tiempo en que jamás pensamos que viviríamos este aciago presente. Hubo un tiempo en que los fotogramas eran en blanco y negro, y nosotros inventábamos paraísos con naranjas, balones de estropajos o mikasas de triángulos negros más duros que una roca. 

Hubo un tiempo que lo que hacíamos era jugar y no trabajar, como comentan impunemente ahora. Hubo un tiempo en que los micrófonos y las plumas sólo nos seguían en el campo. Y podíamos dormir en paz. Hubo un tiempo en que los porteros eran títeres que recibían palos por todos lados. No permitíamos que bostezaran un solo instante.

Quizá jamás movimos tanto dinero. Quizá jamás interesamos a tanto mundo y quizá jamás fuimos mecha de discusiones vanidosas entre tantas parejas como ahora. Pero os lo juro que hubo un tiempo en que los que jugábamos, sabíamos que era eso del fútbol.  

EL NÚMERO 23

12Feb08

Decía Javier Aguirre que al final lo único que queda en esto del fútbol son los números. El resto, por desgracia, no pasan de meras percepciones individuales. “Tú te sientas en un fondo del Calderón; yo lo hago en el otro. Cuando acaba el partido, uno ha disfrutado y el otro siente que ha sido aburridísimo. ¿Qué queda entonces? La estadística”. El Vasco, con su viejo acento de chicano, algo debe de saber de todo esto. Hasta la fecha, sólo conozco a un hombre en todo el mundo capaz de sumar 68 puntos con Osasuna: Javier Aguirre. Pero este no es el tema que nos ocupa. Ése pasa por Raúl y Guti. Guti y Raúl. Ya saben, tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.
 
Respeto la decisión de Luis de no convocarlos. Vaya eso por delante. Ahora bien, quizás debería dar alguna explicación convincente o, si no, tal y como él dice, obrar con justicia. No creo que una selección que vive de recuerdos del pasado en blanco y negro pueda permitirse prescindir de dos futbolistas espléndidos.
 
Desde que debutó con aquella cara de adolescente barbilampiño, Raúl no se ha cansado de meter goles de todos los colores y registros. 198 en Liga. Casi 60 en Champions. Este año lleva once y tres en ambos torneos. Guti, por su parte, se limita a la asistencia. A esa magia indescifrable de hacer feliz a los demás. Es como si el rubio desgarbado dijese a cada instante: “Para ti la gloria efímera del gol; yo prefiero el embrujo continuo de acercarlos”. Maduro o inmaduro, diez asistencias en el campeonato.
 
Y así podríamos seguir, pero temo importunar con la estadística. Sólo un último dato: entre la lista y la Eurocopa se cuela un número, el 23. Casi dos docenas. ¿No tienen cabido ahí Guti y Raúl, los dos pulmones de un líder implacable? Bojan, Güiza, Luis García, Albelda, Marcos Senna o incluso Bruno. Todos parecen contar. Menos Guti y Raúl. Raúl y Guti. Geniales hasta cuando no están.  

Les propongo un juego. Entrecrucen sus manos por la espalda, imitando la típica pose en la foto de graduación del colegio. Ahora, empiecen a andar… uno, dos, tres pasos, cincuenta… ¿Hasta aquí fácil, no? Vamos a darle emoción.

Procuren hacer vida normal así. Intenten trabajar con las manos en la espalda, vístanse, escriban en esta postura, envíen mensajes de móvil a sus amigos, saluden a sus conocidos por la calle, y ¿por qué no?, hagan caso al médico y prueben de jugar al fútbol.

¿Les resulta más difícil, verdad?… ¿imposible acaso?

Javier Hernández juega a eso cada segundo de su vida. Y suele vencer con mucha facilidad, y encima, se lo pasa pipa. Nació sin brazos, y ha aprendido a vivir como si fuera un maniquí con alma. Se escabulle de cualquier problema con picardía porque su ambición camina hacia la meta en la que cosas que no puede hacer sean las menos posibles. Y por eso es tan autónomo como usted o como yo. Trabaja de periodista y es, por encima de todo, un joven feliz.

Vive en el campo de entrenamiento del Zaragoza, sus manos queridas. El sabe, sentado en la gradería de cemento solitario, que las mañanas grises de conos, petos, charlas tácticas y estiramientos serán la gloria del domingo. Y luego llega a la redacción, llena de libros con información, donde escribe sobre ello. Y se siente privilegiado, porque hace lo que le gusta, y sus colegas de profesión babean cuando hablan de él.

Y se pasea por ahí solo, hablando con unos y con otros. Esos millonarios del balón aprenden con él que no compensa ser mercenario. Y por eso los jugadores lo quieren, y lo buscan y se ríen con él. Pero él está currando, que diríamos. Y sus pies empiezan a teclear las letras a todo trapo. Escribe la noticia del día del Real Zaragoza S.A.D con una agilidad y una gracia propia de los hermanos Marx. Los dedos de los pies van regateando teclas, se tensan, piensan, sopesan, hasta que teclean la letra exacta. 

Acude al cemento del estadio de entrenamiento. Allí, descalzo, toma notas de lo que ve con un bolígrafo pegado a los pies que se lo coloca su querido fotógrafo, su fiel escudero y gobernador de una ínsula maña. En invierno, tira de memoria para no congelarse. Es amigo de todos los jugadores. Y los entrevista, mientras que son esos clientes de todos los bancos quienes encienden y paran la grabadora para este periodista.

Javier no tiene complejos. Su condición física le sirve para superarse segundo a segundo, le estimula a encontrar soluciones a los problemas diarios. Sólo teme, como joven periodista, los primero minutos de una entrevista: tiembla cuando debe preguntar. Es normal, está aprendiendo. ¿Qué voy a preguntar? Pero pronto, una entrevista de trabajo se convierte en una conversación de amigos. Y el jugador del Zaragoza se irá a dormir pensando que hoy un chavalín le ha dado una lección de humanidad.

Se despide de unos y de otros. De este y de aquél. Y hasta mañana. Por la tarde, suelta en el ordenador lo que se ha empapado durante el día. En un pabellón vacío, cuando puede, juega al fútbol sala con sus amigos. Pasa como Laudrup, dirigiendo el balón mientras mira en dirección contraria, controla el balón, lo pisa, lo aguanta, se excede encima de ella, como un malabarista y suelta el pase certero.

Viste como vive, unos tejanos claros, polo blanco, y el abrigo puesto por encima de los hombros, que le baila a la altura del trasero. Ríe tímido, y observa el mundo con seriedad. Escribe con los pies y sus textos, hilvanados por un soñador, descubren al día siguiente sueños en aquellos corazones que sus lectores pensaban muertos, sin ilusión por vivir.

“Es mentira que los reyes son los padres. Es mentira”. Entre los seis y los ocho años, más o menos, descubrimos la trampa. Y aun con todo mostramos interés en no creerlo. Desaparece aquella entrañable emoción de madrugada, esperando impacientes el paso fugaz de cada instante en busca de la mañana de enero. Las cosquillas no forzadas en los pies, el hormigueo en el estómago. Las manos de plomo, paralizadas por la magia de Melchor, Gaspar y Baltasar.
 
Despertamos, aunque ya estábamos despiertos. Y corremos hacia el árbol. Los regalos. Sobran las palabras. Y todo se va al carajo con lo que algunos llaman madurez. Luego nos enseñan que los reyes son los padres. Y, como Sabina, gritamos: “Es mentira”. Queremos seguir creyendo en un mundo en el que la ciencia impregna cada esquina y nos ahoga. Se puede. Síganme.
 
Lo viví estas Navidades. En mi casa, pedí tan sólo dos regalos a los Reyes. Algo capaz de emocionarme. Dos amores de infancia que prometen perdurar toda la vida: la camiseta de España y la del Celta. Lo confieso, crecí entre lágrimas con Luis Enrique, sufriendo como propio aquel puñetazo de cobarde, de Tassoti, que un árbitro cagón no quiso ver. Y lloré también sin lágrimas, como Hierro y Nadal dos años después. Aquellos locos ingleses se escaparon. Otro juez achantado que arruinó la gracia de Kiko y de Salinas sobre Wembley. Siempre igual: llantos que nacen o que mueren.
 
Lo mismo me pasó con el celeste. Ascensos y descensos. Finales de Copa mal paridas. Lágrimas de infancia; amargura en el adulto. Impotencia a fin de cuentas. Un sueño hecho pedazos. Una vez y siempre. ¿Por qué? Qué más da. Lo cierto es que sigo fiel a aquellos dos amores de la infancia.
 
Abrí los regalos y volví a creer. Comos los buenos libros, los acerqué para olerlos. Curiosa fragancia de anhelos por vivir. Cogí la roja y me la puse. Lo sentí todo. Mañana juega España, y eso es grande. Muy grande. En un pedacito de hierba mal cortada, en Málaga, se van a juntar once tíos muy distintos pero conscientes de que les unen muchas más cosas de las que les separan. Estará Puyol, generoso y honesto en el esfuerzo como cualquier catalán. O Xabi Alonso, con la precisión incansable de los vascos. También habrá algún que otro pijo de Madrid, como Casillas, o señoritos andaluces, perezosos y geniales, del estilo de los Ramos y Joaquín. Y muchos otros. El Prado sobre el césped. Lo más grande que ha dado este país. El único capaz de aglutinar a gente tan diversa y tan igual. La nación más vieja de Europa. Quizás no ganemos nunca nada pero, ¿qué sería de nosotros si nos quitasen los sueños? Gracias Melchor. Gracias Gaspar. Gracias Baltasar.       

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EL ILUSIONISTA

29Jan08

Con su cara de niño y el pelo, quien sabe, quizás teñido; con sus dientes encalados de un blanco marfil; con sus estrellas tatuadas que bien podrían ser tatuajes de estrella; con sus pros y sus contras y su inmadurez relativa; con todo eso y algo más, Guti ha llegado a los 31 vistiendo la camiseta del Madrid. A fin de cuentas, y aunque pueda doler, el mejor club del mundo.
 
A veces, cuando le veo encorvar el cuerpo y cargar su pierna izquierda buscando un pase de loco, pienso en lo que pudo haber sido y no fue por culpa de su cabeza. Sin embargo, tal vez, si eso hubiese sucedido dejaría de ser Guti: ese genio ocultado tras su cara de gay, el único futbolista del mundo que juega con un puñal en la espinilla. En la zurda. En esa pierna mágica capaz de fabricar, un día sí y al siguiente también, el pase con el que sueñan los mocosos en el patio del colegio. Como el del otro día, frente al Villareal. Controló, observó y tocó. Menos de un  segundo en el que se congelaron todos los relojes. El cuchillo desgarró la defensa amarilla, sin sangre, suave y rápido. El truco de un ilusionista completado por Robinho.
 
Con instantes así he decidido perdonarle todo a Guti. En un fútbol marcado por el físico y el resultadismo, los momentos de inspiración son inversamente proporcionales a las flores en San Valentín. Es decir, no existen. De todas formas, deben de ser cosas mías. Leo horrorizado cómo el seleccionador afirma que los que él lleva son mejores que Guti. Intuyo que con Raúl le pasa igual. Por eso, frente a Francia, llevará a Bojan en vez de a Raúl. Y a Albelda, Xavi o Senna en lugar de a Guti. Supongo que será el peaje que uno ha de pagar por ser distinto. Por ser excelente.


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