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Una carcajada familiar
Ya no se le llama fútbol.
Ha subido a otro escalón. Es un grito, un cántico, un antidepresivo. Apuntillaríamos que una risa constante. Un elixir que se canta cada segundo cuando toca payasada.
La pregunta se ha cambiado por:
- ¿Que hacen gooool?
O aaarece en medio de una tarea doméstica, recogiendo los platos de la comida, o invadiendo en el salón en medio del ritual de cine y bramar:
- ¡Goooool!
Se pronuncia con los brazos en alto, formando un ángulo recto perfecto, que se electriza por los aires. A veces, apretando fuerte los puños, como si entonáramos la Internacional. Otras, con las palmas abiertas, un poco inclinadas, mirando hacia arriba, como si suplicáramos al Padre.
Pero es básico gritar mucho, casi como un loco de remate, y repetirlo infinidad de veces, en esa actitud de abuelos que cuentan cómo birlaron el fusil que llevaba escrito su nombre en la guerra.
Siempre, por supuesto, hay que hacer vibrar las cuerdas vocales, como si una mano prodigiosa se desplazara buscando acordes en la guitarra. Y las amígdalas deben bailar, derecha, izquierda, derecha, izquierda, cada vez más rápido, más fuerte, como la gran campana de catedral que toca en punto.
- ¡Gooooooooooooooool!
Entonces estalla inexorablemente la carcajada. Una pequeña chanza absurda de este ovillo de bromas y broncas comprensibles sólo para los que viven en el mismo techo.
El viaje más bello jamás soñado
UNA NIÑA CAPRICHOSA E INDOLENTE
Dos enormes caras de bobo
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