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El tenue sonido de la lluvia cayendo sin descanso sobre el patio interior atenuaba, en cierto modo, la soledad de aquella noche. Fuera, la luna brillaba entera y misteriosa, ignorada por los hombres al tiempo que una corte de estrellas recordaba su grandeza. Todo ello resaltado por un cielo negro caído a plomo en la ciudad, sin decencia, pesimista y envolvente. A comienzos de marzo todo recordaba aún al invierno.

Dentro, la habitación. Las doce de la noche. Los analistas radiofónicos, los eternos entrenadores de las ondas, los que más saben de todo sin saber nada, desglosaban sus análisis soberbios. No soberbios en el sentido de magníficos, sino soberbios por carentes de humildad. Ya nada valía. Tal vez. Quién sabe.

Mientras tanto, el hincha comenzó a desnudarse. Primero el jersey verde, doblado con cautela o con dolor antes de perderse en el armario. La camisa a rayas granate oscuro: un botón, y otro, y otro, hasta completar un total de siete. Los pantalones de pana, los calcetines, los calzones. El pijama a cuadros entrando con pereza. La nostalgia de un año más sin resultados.

Poco a poco se introdujo entre las sábanas, notando el frío contraste que deparaban sus desvestidos pies aún calientes por la lycra de la media. Se cobijo alzando el nórdico hasta la altura de los ojos, suficiente para que la vista pudiese seguir perdida en la blanca pintura de aquel techo. Y allí, solo, como la misma luna solitaria, lloró la soledad de la derrota.  

Lo vimos crecer soñando con que la perfección era posible. El mito, o la grandeza, arrancó en los setenta en Barcelona. Hasta allí llegó un futbolista atemporal. Un héroe con trazos de garza, zancudo, el pico o la nariz larga y torcida. Un vago indolente que tan pronto arrancaba desde el flanco derecho como dejaba volar sus pies desde la izquierda, indiferente a esquemas concebidos en mentes enfermizas, pero con una confianza insultante en su talento. Cruyff. Un lustro en Barcelona creando arte. Volvería para rubricar como entrenador lo que había dejado entrever sobre la hierba.

Y desde entonces, el Barça es más que un club. Nueve títulos de Liga tras el retorno. Nueve antes, pero con tres décadas más para lograrlos. Hasta la nueva venida, el Atlético era casi igual que el Barcelona. ¿Cuál fue el milagro? El estilo: grandeza o nada. La pelota comenzó a querer a un solo equipo: eso que la estadística resume en porcentajes minimizando los méritos de tal conquista. La posesión. El fútbol. Una enajenación indescriptible. Gracias al héroe, todos saben ya a qué han de jugar.

Mientras tanto, el Madrid pareció perder su rumbo. Los títulos, los números, las cifras, ya saben, el jodido porcentaje, oculta lo evidente: poca cantera y menos españoles en un club que se hizo grande entre los suyos. El equipo de Di Stéfano, el genial conjunto de las seis Copas de Europa en blanco y negro, era eso con gotas extranjeras. Desequilibrio. Años después vendrían Del Bosque, Juanito o la magia de la Quinta. Héroes que hicieron vivir, porque vivir es soñar con los pies el regate imposible del ídolo; o sentir, al arroparse entre las sábanas, que esa locura irracional cobra sentido cuando las estrellas brillan y ya nadie parece recordar.

Hoy el Madrid juega en Anfield. Le bastará con echar la vista atrás y vislumbrar, casi perdidos en el horizonte infinito, aquellos viejos nombres que firmaron sutilmente un gran estilo: el de los hombres capaces de vencer ante lo adverso; el de las almas libres confiadas en que la remontada era posible. “This is Anfield”. Sí. Y esto el Real Madrid.

Un tablero de ajedrez: 64 cuadros perfectos dispuestos simétricamente. Dos estrategas y mil tácticas. Mentes maravillosas. O no. Privilegiadas en cualquier caso. El alfil se desliza en paralelo, cómo una dama sugerente. La torre resulta abrupta, también de movimientos. El rey, siempre el rey, es el eterno deseo, protegido por una reina celosa de lo suyo, libre en sus andares. Karpov, Kasparov o Boby Fischer. Muchos más. Todos hemos crecido con leyendas. ¿Es esto fútbol?

Supongo que no. El fútbol es mucho más. O eso pensamos los ingenuos. Una identificación irracional, un impulso por lo bello, por el arte escondido entre los pies, un maravilloso delirio de domingo. El volar sin ataduras y ser libre. Los problemas que se olvidan o que crecen. Qué gozoso sufrimiento. El grito irracional o los silencios que narran y describen. La locura. El éxtasis. El gol. Lo demás sobra. Hasta que aparece el ajedrez.

Entonces, pese a todo, catorce Copas de Europa suenan a bostezo y mala siesta. Empate a nada. Vacío, inocuidad. De repente aparece Benayoun. Cero a uno. “Qué gran estratega es Benítez. Convirtió el Bernabeu en un tablero de ajedrez hasta ahogar al Real Madrid”. Y al fútbol. Yo sólo vi miedo, no sé ustedes. Miedo a no perder, miedo a recibir, miedo a romper, miedo a imaginar. Los sueños enterrados en sistemas. Juande tampoco aportó más. Otro estratega. Por suerte, en Liverpool las cartas vendrán marcadas de antemano y tal vez el césped recupere su color: el verde, no los cuadros blanquinegros. A fin de cuentas, el rey blanco ya está en jaque. Por favor, que alguien lo mate para que podamos olvidar.

CASI SIN QUERER

24Feb09

Casi sin querer. Como se besa por primera vez cuando la inocencia se escabulle entre unos labios ajenos. O como se enciende, tembloroso, un primer cigarro adolescente. O como el niño ignora los consejos de la madre, que ha de castigarlo, también, casi sin querer. Raúl.
Así, casi sin querer, debutó a los 17 creciendo más rápido de lo que aquel escuálido cuerpo preveía. De juveniles a Primera en pocas horas. Indicativo de fugaz; sinónimo de eterno. Primer gol al Atlético: casi sin querer el balón se acordó de la escuadra rojiblanca. Y así, entre descuidos imprudentes, fueron sumando: diez, veinte, treinta, un centenar. Dos y tres. 308, la cifra mágica. Y don Alfredo ya es historia. “No me puedo detener”. No lo hará. Porque casi sin querer, sin estilo y sin profetas, sin biografía, con nombre castizo y español, con poco de galáctico pero sobrado de cojones, con perdón, ha hecho camino.
Sus críticos, los míos, los de todos, seguirán defendiendo la locura, insensibles a lo único que cuenta: la estadística. Y podrán argumentar que don Alfredo dejó, por lo menos, igual sello empleando la mitad de noches mágicas. Cierto. Tan cierto como que entonces jugaban cinco arriba y el fútbol, romántico y poco comercial, tendía con frecuencia al siete a tres. Hoy son dos bostezos: cero a cero. O Raúl haciendo pillerías entre rocas musculosas. Falto y sobrado de talento al mismo tiempo. Milagroso. Las piernas torcidas, poco estéticas; la cabeza gacha, dando bandazos adelante y atrás, como el caballo de carreras de una feria de paganos; el cuerpo despreciable, intrascendente. Y pese a todo: Raúl. Memoria presente del Madrid.
Digan lo que quieran. Son libres y esa es la grandeza de un deporte en el que todo es opinable y nada, por desgracia, despreciable. Pero respeten al deportista y, sobre todo, al hombre. A ese niño hecho adulto que escribió entre líneas, sutilmente, una de las páginas más brillantes del deporte español. Olviden los homenajes fatuos y atiendan, todavía, a este presente. En él, catorce años después, Raúl sigue triunfando sin querer. O no.   

Ya no se le llama fútbol.

Ha subido a otro escalón. Es un grito, un cántico, un antidepresivo. Apuntillaríamos que una risa constante.  Un elixir que se canta cada segundo cuando toca payasada.

La pregunta se ha cambiado por:

-          ¿Que hacen gooool?

O aaarece en medio de una tarea doméstica, recogiendo los platos de la comida, o invadiendo en el salón en medio del ritual de cine y bramar:

-          ¡Goooool!

Se pronuncia con los brazos en alto, formando un ángulo recto perfecto, que se electriza por los aires. A veces, apretando fuerte los puños, como si entonáramos la Internacional. Otras, con las palmas abiertas, un poco inclinadas, mirando hacia arriba, como si suplicáramos al Padre.   

Pero es básico gritar mucho, casi como un loco de remate, y repetirlo infinidad de veces, en esa actitud de abuelos que cuentan cómo birlaron el fusil que llevaba escrito su nombre en la guerra.

Siempre, por supuesto, hay que hacer vibrar las cuerdas vocales, como si una mano prodigiosa se desplazara buscando acordes en la guitarra. Y las amígdalas deben bailar, derecha, izquierda, derecha, izquierda, cada vez más rápido, más fuerte, como la gran campana de catedral que toca en punto.

-          ¡Gooooooooooooooool!

Entonces estalla inexorablemente la carcajada. Una pequeña chanza absurda de este ovillo de bromas y broncas comprensibles sólo para los que viven en el mismo techo.  

Un viaje, cualquier viaje, ha de iniciarse siempre con el alma desasida, desprendida de las cosas materiales. En la acartonada maleta de colores, sólo sueños por vivir y por cumplir. Esperanzas, anhelos, ilusiones, certidumbres y promesas. Demasiados sustantivos, quizás, para tan poco espacio. A veces vale.

Se aglutinan los recuerdas al tiempo que las lágrimas embellecen las pestañas. Los últimos héroes de 2008 tienen nombre y apellido de tasca de autopista: Feliciano y Fernando; López y Verdasco. Tal vez por ello los sentimos más cercanos, más propios, más nuestros. Y así, plenamente identificados, ejecutamos de forma casi mágica el sutil revés cortado del toledano; o empalamos con furia la derecha impenitente del madrileño. Los acompañamos durante más de trece horas, saltando en el sillón con cada smatch, buscando en las esquinas del salón aquella bolea inalcanzable. Y al final sabemos que valió la pena, cerrando con más lágrimas alegres un viaje irrepetible.

La Davis sin Nadal es el punto final de la autoestima patriótica española. El último destino de un trayecto sin fronteras, pues éstas ya no existen cuando uno confía en el equipo. Tirando de ironía, lo explica ‘Financial Times’: “Menos mal que los españoles no juegan al críquet, porque sino también ganarían”. No les falta razón. La vieja Ensaladera se une así a Roland Garros y a Wimblendon, al oro olímpico y al número uno de Rafa. Ver para creer. No es el único pleno deportivo.

En ciclismo, el Giro de Contador se enlazó con prontitud con el Tour de Sastre y con la Vuelta del propio Contador. Y el cielo olímpico de Sánchez. Más nombres de taberna, de los nuestros. Además, la Eurocopa de Austria y Suiza en el verano, o la plata olímpica en baloncesto. Los eventos deportivos han pasado de mundiales a españoles. Y se lo debemos a ellos, a esos chicos capaces de hacernos disfrutar aun en épocas nefastas, de drama familiar en el trabajo, de no llegar a fin de mes. Y eso, estas victorias, no tienen precio. Gracias por tan bello viaje. Juramos no olvidarlo.

Y al final, la vida se repite. Los males van por barrios y todas esas cosas que podrían llenar páginas y páginas de tópicos. También de fútbol. Hoy es el Madrid. Ayer, el Barça. El Atlético es eterno: eterno aspirante, eterno buen tercero, eterno equipo en crisis… tal vez por una identidad mal asumida, carente de realismo. Erróneo ajuste de parámetros. Hastío. Descalabro y ansiedad. El mundo gira igual.

¿Y el Real Unión? El principio de todo. La buena síntesis. Sin él, sin otros, sin mocosos soñando a ser mayores y padres cargando con sus hijos, sin patio de colegio, sin lluvia y barrizales pisados por tacos mal paridos, no habría fútbol. Hasta el más madridista lo agradece. Hoy le tocó a ellos. Mañana, al Barça. Al Atlético, ya saben, le toca siempre. Pisar mierda. En Irún andan de fiesta. Y en la Castellana, deberían. Por permitir aflorar viejos conceptos –épica, humildad, trabajo, sacrificio, honestidad– en un maldito mundo podrido de dinero. No lo tiene Eneko Romo. Ni Abasolo. Ni Salcedo. Ni Larrainzar, Iglesias o Gurrutxaga. Pero les sobran las pelotas; suficiente para hacerle seis goles en dos partidos al mayor presupuesto del mundo y recordarnos, a todos, que el fútbol es eso. Sólo eso.

Hoy sigue el guateque, el despelote. Más Copa. Más nervios. Que se lo digan al Villareal: cinco chicharros del Poli Ejido. Y al carajo. Nadie se acuerda gracias al Irún. O al Toledo o al Llobreagt. Qué se yo. Todo el mundo quiere más, aún a pesar de que todo es cíclico. Hoy el Madrid. Mañana, el Barça. El Atlético es eterno. Me entienden, ¿no?

Y perdonen el abandono de estos meses. Motivos personales… Es lo mismo; la vida sigue igual. Y gracias. 

El Gol

29Jul08

Cada quince días, el hincha inicia la ceremonia que lo lleva al templo. Despacio, anda alrededor del Coliseum, ataviado con la bufanda y la camiseta de su equipo. Luce colores, orgulloso de ser estandarte de una larga historia, que partido a partido y gol a gol va engrandeciéndose.

Saluda a sus camaradas con palabras de esperanza e ilusión.

- Hoy venceremos. Hoy sí. Los pasaremos por la piedra.

Sueña con una victoria que enderece el rumbo de su propia vida. Sueña con ganar, aunque sea por 1 a 0. Suplica por celebrar un gol, porque está convencido de que abandonar el estadio sin cantar un gol es como ir a cenar fuera sin saborear una copa de vino.

El Calendario

21Jul08

Las bolas van girando, revoloteándose una encima de la otra, asfixiándose entre un jarrón de cristal puro. La mano de un hombre agarra violentamente una de esas bolas de un amarillo solar. La ilusión y el anarquismo vuelven a la realidad. La sorpresa se inmola para adorar al dios ateo del cálculo.

Que las teles mandan, oye, piensan mientras esbozan sonrisas ante los zooms.

Y así el clásico cae año tras año en las mismas fechas, como la rutina amorosa de una pareja sin futuro. Otra pastilla hipnotizadora más que nos inyectan los celestiales del dios ateo del cálculo. Y el calendario apenas esconde escalofríos de horror. Nada de grupo de la muerte. Sólo un largo recorrido insulso por el sol, la noche, la nieve y las flores de primavera.

Que las teles mandan, oye, y en tiempos de crisis, hay que perfilar el blanco del dinero, piensan mientras esbozan sonrisas ante los zooms.

Viva el hombre, sí, pero el hombre no es Dios. Ciegos, la derrota de Babel se va actualizando siempre, que aunque lejos ya en el tiempo, se resiste a desfallecer, como nos gustaría a los mundanos.

Gracias a Dios, porque sólo así es posible que un joven trabajador (no es un obrero, no, es un mediocre mandado de oficina que sólo anhela la jubilación para que sea la enfermedad y su cuerpo desecho quienes le impidan vivir y no la voz insolente y autoritaria del jefe), se levante muy de madrugada para asistir puntual a su cita con el ordenador. Retumba el despertador. De ojos achinados, cabeza dispersa, y un sueño de mejicano en plena siesta, el abnegado joven abre el periódico con el café y se tope con el detalle del nuevo calendario futbolístico.

El camino solitario hacia la estación de tren se transforma en una conversación con un amigo inesperado. Una imaginación, un sueño, un lápiz que escribe un futuro imprevisible, donde su equipo, chiquitito, debutará en la división de plata en un campo de Primera, a la otra punta de la península.

Anhela un resultado fantasma, el David que vence a un Goliat apático, pero después, mientras espera a que el semáforo se ponga verde, retrocede y piensa que un empate a dos goles ya sería bueno. Buenísimo.

Después de vivir y morir a cada instante para llenar por completo veintiséis años de espera, todos los que él había vivido; después de agravar la voz en cada grito, en cada gol, en cada uy, hasta dejarla ronca y amargada, casi muda; después de sudar, de encalvecer, de fibrilar, de reír, de llorar y de sufrir, de aguantar, de empujar, de tener fe, de confiar, de esperar y de saber, de apoyar, de resistir y hasta de amar; después de todo eso, el hincha levitó. Un día después dobla la camiseta, besa el escudo. Una lágrima recorre su pupila. El deber cumplido.  

La niebla surge apelmazada, compacta, agarrándose con fuerza a los lindes de la senda en esa zona donde los quitamiedos carecen de sentido. En la montaña de Asturias, las nubes pocas veces ceden el paso a la alegría, al sol que caliente los hogares y complace los espíritus. A esos rayos que nos hacen un pedacito de vida más alegres. Todo surge grisáceo y melancólico, la historia de un pueblo amamantado por las minas.

Tuilla no es una excepción. Muchos son los que han desafiado a la oscuridad con un casco y una linterna intermitente que ilumina dos metros de pared, de cueva, de ruta por andar en la mismas entrañas de la sierra. A fin de cuentas, poco importa ese polvillo que desgarra en silencio los pulmones si tus hijos no tienen que comer. Y de eso, del hambre y la existencia, en Asturias saben mucho. También en Tuilla.

Allí cohabitan 1.500 paisanos que respiran y comparten rutinas, ajetreos y problemas. Mañanas y tardes en la mina. Despedidas de jornada en un buen bar, al calor de los amigos y la sidra buscando desgarrar en cada trago las penas de un mundo de mayores. Los niños, mientras tanto, pelotean en un patio de colegio eternamente mojado por la lluvia. Cemento gris y zapatos desgastados. En el Regino Menéndez, las porterías se pintan en azul y grana sobre las paredes de los fondos. Villa lo sabe bien. En ellas goleó desde pequeño.

Ya adulto sigue igual. Un tanto detrás de otro. Y en cada celebración la misma cara, los mismos ojos sinceros, humildes y tranquilos que destilan una sencillez inusual, aprendida, sin duda, en su infancia del Regino. Volverá tras la Eurocopa. Siempre vuelve. Y una vez más lo hará con la mejor de sus sonrisas. Mientras tanto, allí, en Tuilla, en su casa, seguirán acompañándole en cada acción, en cada instante, en cada gol, aguardando poder gritar con él. Toma, toma, toma.     

¡Felices cien!

04Jun08

Un amigo mío repite a menudo que el viaje más largo empieza con un pequeño paso. No me atrevo a asegurar que sean literalmente sus palabras, pero creo que sugieren la esencia de la idea.

Y así es. Hace ya más de un año y medio, en concreto en diciembre de 2006, cuando el Revulsivo empezó a correr. Al principio peleaba Javi solo, escribiendo contra la adversidad, hasta que entre que me dio pena, y él me animó para salir de mi letargo anímico, decidí echarle una mano el día antes de Reyes. Y hoy estamos de enhorabuena.

Porque este post, el artículo menos futbolístico y literario (mezcla peligrosa) y el más rebelde con la idea extraña y peligrosa del blog, es el número 100. Pero por un día demos descanso a la imaginación, dejemos que vuele más allá del fútbol, y escriba de otras andanzas en esta humilde efeméride de celebración.

Ahora es cuando me acuerdo de todos vosotros. De los que han entrado por casualidad desde cualquier ordenador del mundo (y que no conozco), de los conocidos que han husmeado por aquí cuando no saben qué hacer, de los familiares que han aguantado nuestras tenaces insistencias para que nos visitaran, de los amigos que deshacen su agenda para leernos a menudo y de todos aquellos que su primer ritual de todos los días es ver si hemos actualizado el blog. Y, por supuesto, los que dejan pistas suyas en los comentarios alegres (¡287!) que teclean.

Y queremos cumplir muchos cien post más. Porque la carpeta donde guardo ideas, artículos de prensa o textos posibles para inspirar el revulsivo está a punto de reventar. Y en nevera tengo más de cuarenta títulos e ideas preparadas para salir al horno. No se las puede llevar el viento.

Pero básicamente, porque recuerdo a mí tío, que en paz descanse, diciéndome entre risas cuando le hablaba del blog: “tú te la pasas bien, ¿eh?”. Porque disfrutamos como niños escribiendo en el revulsivo vale la pena seguir esta aventura.

Así que ¡felices cien a todos!

AMORES PERROS

02Jun08

Como un perro amor de juventud que, a la conclusión de la vida, la ha colmado por completo. Así es España. Así es su fútbol. Harto de maldecir, lloré sin lágrimas con el declinar de una tarde de junio de 2006, la del 28. Ese día fue Francia, como antes lo habían sido Italia, Inglaterra, Yugoslavia y hasta Corea. Tantas y tantas tardes apuñaladas en los cuartos de final de un gran torneo. Tantos y tantos sueños por vivir. La decepción que empalaga la jornada, la lengua que se seca entre los dientes, solitaria, hasta convertirse casi en un trozo de cuero putrefacto. Escalofríos en el decaer del crepúsculo. Y las lágrimas que no brotan. Porque no quieren, porque no pueden, porque no saben.

Porque ansían, en el fondo, que dos años después la historia cambie. Y aquí estoy de nuevo  con ese amor jodido de la infancia. Con España.  

ni fu ni fa

31May08

El hincha sufre estoicamente, con la paciencia ardua de una madre, por ver una linda jugadita, por amor de Dios. La liga se eterniza, año a año. Un ciclo vital: nacimiento en agosto, ilusión que precipita el fin de las vacaciones (y las discusiones conyugales); se desarrolla en la cotidianidad del otoño y del invierno, cuando el hincha agita sus planes como un trapecista profesional:

Retrasa de hora la cena (¿podríamos salir a eso de las diez, no?), altera de día la excursión (¿mejor el primer sábado de julio, no?), anda al templo del balón a verlo en directo, lo sufre en casa sorteando el zapping de su mujer (siempre en busca de concursos zafios), o se va al bar, para tragar con los amigos de viejas fatigas la espuma y el alcohol de las miserias de sus héroes cada vez más destronados.

Porque el futbolista capaz de alegrar una existencia ya no se encuentra. Los que por naturaleza pueden, don del talento, matan su creatividad aburriéndose con la pizarra o los tacos criminales de los militares de la zaga enemiga.

Y el hincha, cada vez más deshinchado, sin imaginación, lo duele durante la semana. Ni en el bus, ni en el metro, o parado en un semáforo, puede rememorar o exaltarse con la alegría de la belleza en la jugada: la pared, el cambio de juego, el control, el centro al área, el remate de cabeza precioso al palo largo, y el griterío de la gente, ensordecedor, que te salta la chispa de la vida.

Corren los meses y el hincha vive como un fantasma. Su equipo juega a nada y para nada, domingo tras domingo, y ya pasó la pasión de todo. En la tele, los encuentros son ni fu ni fa, sinónimo de indiferencia, antónimo de delirio. Goles de subasta, lindas jugaditas por amor de Dios que no llegan hasta que los clubes ya no disputan nada.

Y el hincha mira el reloj, va a empezar otro partido. Vive ya exhausto y desencantado. Sus hijos, hipnotizados por el ordenador, se han vendido al equipo campeón de turno. Se acomoda en el sofá al lado de su mujer, y le pasa el brazo por el hombro. Desliza su dedo por el mando, buscando el  canal del concurso zafio. Lentamente, mientras su mujer le sugiere unas vacaciones en el balneario de no sabe donde, su cuerpo va encogiéndose, y la cabeza se ladea buscando cobijo en el brazo de su mujer. Entonces, empiezan los ronquidos largos y potentes.

Las lágrimas

23May08

Llovía en las islas, bajo un cielo de nubes frondosas, gama variopinta de tonos azulados. El chubasco demoró el inicio del acto. El reloj simbolizaba una tortuga, y tropezaba el tiempo. El público buscaba donde no empaparse. El hincha permanecía de pie, en su localidad. Músculos en tensión, alma histérica.

La cámara congeló su imagen. Sólo se fijaba en ella. En ese momento, nítidamente, fue robándole la intimidad. Todo el país vio su rostro. El pelo rubio rizado le caía alegre por sus pechos; se abrigaba con una sudadera de chándal negra de cremallera con tres franjas rojas que descendían como cascadas por sus brazos.  Sus mejillas blancas estaban coloreadas con el azul y blanco, la identidad de su equipo, de sus amores, de su vida. En su muñeca derecha, llevaba atada, como si fueran las manillas de un preso, una bufanda azul y blanco, que se balanceaba en el aire frío.  

Señoras y señoras, el drama está a punto de empezar. ¿O acaso es una comedia? Desconecten sus móviles. El prólogo es sencillo: un silbato del juez de negro, y el balón ya rueda, quema, en los pies de los jugadores. Lejos de casa, en una isla perdida. Dos equipos. El local lucha por conquistar Europa. El visitante, manantial de poder muy añejo, pelea por sobrevivir con los mejores. Sólo vale ganar para no arruinarse en el purgatorio, cuál viaje de Dante, perdido, divagando, sin conocer el regreso con los grandes, tal Ulises en su retorno eterno a Ítaca.

Pero dejo que la historia camine por si sola. Pitó finalmente el colegiado. Rugía la lluvia y se electrizaban las pulsaciones. Cayó pronto un gol en contra, como un balazo. Al descanso, expiraba la esperanza, pero un balón colgado al aire, suave, lo remató la fe, y botó delante del  portero- Goool. Volvían los sueños. 1 a 1. Las cosas en su sitio, el grande que se salvaba. Pero una imprecisión defensiva, y el negro la coló por la escuadra con la frente. 2 a 1. Horror. Sin rumbo, perdidos, derrotados, el equipo se lanzó al ataque.

Y entonces llegó la catarata de impotencia. El llanto arrugado del vacío, las lágrimas que consuelan el escudo del equipo de sus amores que la joven de pelo rubio rizado lleva cosida en su pecho. Un gol a la contra, tres contra tres, pared, pase de la muerte, y toque suave a la red. Una belleza si no fuera porque también significaba el fin de los sueños. Dos astros de ventaja. Imposible. La visita a Caronte. El descenso del azul y blanco a un infierno, con los mediocres.

La cámara difuminó el desastre en el césped y la buscó en la grada. La enfocó, la observó, y compartió con la joven de pelo rubio rizado su calvario. Con la consciencia tranquila, y con su cuerpo empapado de las lágrimas que caían del cielo y las que huían de sus ojos, chilló desesperada a los jugadores que creía, hasta ese momento, suyos:

- ¡Mercenarios! ¡Mercenarios! ¡Mercenarios!


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