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España en el Mundial 82: fracaso, no vergüenza

La memoria de un hecho remoto se nutre de recuerdos, y hay tantos recuerdos como personas vivieron los sucesos a evocar. En mi caso, no los tengo de España ’82. Nací a mediados de junio de 1977, con lo que era muy niño cuando se disputó ese Mundial esperado con tanta ilusión por la afición española. Un acontecimiento que, sin embargo, se convertiría en su herida más dolorosa. La pésima imagen del equipo anfitrión, eliminado en la segunda fase tras cinco partidos para el olvido -dos derrotas, dos empates y una única victoria con ayuda arbitral- no deja lugar a dudas: el papel de la selección española de fútbol en su Mundial fue un fracaso.

La única vez que tuve que escribir en prensa impresa algo relacionado con España ’82 -en la colección histórica La Democracia año a año, del diario El Mundo– tuve claro el titular que debía encabezar el reportaje sobre aquel torneo: El mayor fracaso de la selección” . Mi jefe, que era muy dado a sugerir cambios en los titulares, en esa ocasión mostró su total acuerdo. Nacido en la década de 1950, él sí tenía recuerdos del fiasco mundialista.

Asumido el fracaso, lo lógico es buscar las causas, tratar de explicar qué pudo pasar para que una selección que prometía un rendimiento digno protagonizase la mayor debacle de un país organizador de un Mundial. Sin embargo, en el panorama mediático y editorial español es harto complicado encontrar ejemplos que traten de averiguar las razones de que España no fuera capaz de vencer a selecciones débiles como las de Honduras e Irlanda del Norte. Se prefiere tapar lo ocurrido, o hablar de ello sólo para avergonzarse. Por ejemplo, España 82, nada que recordar” era el título con el que Conexión Vintage, uno de los mejores programas de Teledeporte, rotulaba el reportaje que emitió el pasado verano con motivo de los cuarenta años de aquella competición.

Desde hace unos meses está en las librerías un trabajo que en parte trata de dar respuestas a ese fracaso deportivo de España en su Mundial. En Cuero contra plomo. Fútbol y sangre en el verano del 82 (editado por Alta Marea), el periodista Alberto Ojeda establece un interesante paralelismo entre las convulsiones políticas que Italia y España vivieron respectivamente desde finales de la década de 1960 hasta principios de la de 1980. Aquellos años de plomo en los que los pistoleros de las Brigadas Rojas y los neofascistas golpeaban en Italia, mientras España sufría el terrorismo de ETA, los GRAPO y grupos de ultraderecha. Para narrar tales vicisitudes, Ojeda utiliza como hilo conductor la actuación de la selección italiana -y, en menor medida, la de la española- en el Mundial 82. La campeona y la anfitriona.

España organizó el Mundial en plena transición a la democracia, una época en la que la violencia terrorista golpeaba con saña a la sociedad. La atmósfera de pánico a un atentado de ETA causó que los jugadores de la selección fueran sometidos a extremas medidas de seguridad. En la concentración en la estación pirenaica de La Molina (Girona), donde se ponían a punto para el torneo, este relato refleja el ambiente: “A Gordillo, el lateral izquierdo del Betis que luego recalará en el Madrid, ver los francotiradores apostados en los tejados le impresiona. Cuando salen a correr por la montaña, con nieve todavía acumulada, los escoltas los siguen de cerca, provistos de mochilas y pistolas”, escribe Alberto Ojeda en Cuero contra plomo.

Ya en competición, quedó patente que entrenarse a bajas temperaturas para jugar con calor no era la mejor forma de aclimatarse. En el primer partido, en Valencia frente a la modesta Honduras (acabaría con un pobre empate a uno), “casi todos han encajado mal el brusco contraste térmico entre las alturas montañosas de La Molina (…) y la calidez húmeda del Mediterráneo. De estar bajo cero pasan a temperaturas de casi cuarenta grados. La Operación Oxígeno no ha funcionado. ¿A quién diablos se le ocurrió la idea?, se preguntan mientras tratan de recuperar el aliento”. Ojeda cita declaraciones antiguas en prensa de futbolistas como Camacho: “Estábamos como agarrotados. Normalmente, esto les ocurre a dos o tres jugadores, que no están en forma o están muy nerviosos, pero era una cosa general. Gordillo me decía: “Yo los veo pasar y no puedo reaccionar”.

En los hoteles de concentración, las medidas de seguridad para los jugadores locales llegaban al punto de ni permitirles bajar a la piscina. Así era la situación antes del tercer partido de la primera fase, frente a otra a priori cenicienta, Irlanda del Norte. Sin embargo, en su hotel de concentración, los norirlandeses disfrutaban del sol, la piscina y las cervezas. La preparación diametralmente opuesta con la que España afrontó aquel partido no le sirvió de nada: sus rivales se impusieron por 0-1 con un error de Arconada que, no obstante, no ocultaba el mal partido del equipo organizador.

El batacazo ante Irlanda del Norte castigó a España con una segunda fase frente a dos selecciones muy potentes: Alemania Federal e Inglaterra. La derrota contra los germanos (2-1) mostraba a los españoles la puerta de salida en su propia casa, y el posterior empate sin goles frente a los británicos certificaba la defunción de la Furia.

La equivocada preparación física influyó negativamente en el rendimiento de la selección, y es más que considerable que el ambiente tan tenso ante el temor a un atentado terrorista no hiciera ningún bien a los jugadores. Señalar esto no es justificar el fracaso -que lo fue, con mayúsculas-, sino tratar de explicarlo. Ahora bien, ¿tenía aquella España motivos para creer que llegaría lejos en el Mundial 82?

En la convocatoria confeccionada por el seleccionador José Emilio Santamaría figuraban futbolistas de nivel como los ya citados Arconada, Camacho y Gordillo, así como López Ufarte, Santillana, Juanito, Alexanco o un veterano Quini. Con todo respeto para ellos, en aquel Mundial había varias selecciones que estaban un peldaño por encima. Por ejemplo el Brasil de Sócrates, Zico y Falcão, la Francia de Platini, Giresse y Tigana, la Alemania de Rummenigge, la Polonia de Boniek y, por supuesto, la Italia de Rossi. Si España no hubiera tropezado con Irlanda del Norte, le habría tocado enfrentarse en segunda fase a Francia y a Austria por un puesto en la semifinal. Sin duda, ese grupo también habría sido complicado para los nuestros.

Pero pongamos más contexto. La selección llevaba una larguísima travesía por el desierto antes de que el balón comenzase a rodar en España ’82. Su último éxito databa de 1964, la Eurocopa conquistada en el Bernabéu frente a la URSS. En los años inmediatamente anteriores al Mundial de Naranjito sólo contaba decepciones. Lo fue caer en primera fase en el anterior Mundial, el de Argentina 1978, y también volverse a las primeras de cambio en la Eurocopa de Italia 1980. Si echamos la vista atrás, las decepciones se elevan a fracasos. Porque así es como se llama a no clasificarse para los mundiales de 1970 y 1974, y a perderse tres fases finales consecutivas de la Eurocopa (1968, 1972 y 1976). Ante tal racha perdedora, quizá habría que considerar que se depositó en la selección una confianza por encima de sus posibilidades.

Va siendo hora de dejar de sentir vergüenza por aquel fracaso en España ’82. Fracaso estrictamente deportivo. Porque, en cuanto a la proyección de España como país, fue todo un éxito. Como afirma Alberto Ojeda en esta entrevista en El Cultural, “con el Mundial pasamos de la caverna a una democracia homologada”.

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