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Italia-Brasil, 40 años

Sarrià, 5 de julio de 1982. El reloj rebasa las cinco de la tarde y arranca el mejor partido en la historia de los mundiales. No hablamos de España ’82, sino de toda la historia de los mundiales de fútbol. Los habidos y por haber.

De un lado, el Brasil de Telê Santana, una máquina de hacer fútbol que ha arrasado a todos sus rivales (2-1 a la URSS, 4-1 a Escocia, 4-0 a Nueva Zelanda y 3-1 a la Argentina de un emergente Maradona); del otro, Italia, cuya floja primera fase en Vigo (sendos empates frente a Polonia, Perú y Camerún) la han condenado a una segunda fase frente a los dos colosos suramericanos. El primero de los retos, frente a la Albiceleste, lo ha superado con nota (un 2-1 que ha dejado a los argentinos fuera de combate). ¿Qué pasará en el segundo?

Cinco minutos de partido. Conti avanza por la derecha y se zafa de Eder, pero la presencia de más jugadores brasileños lo obliga a orientar el juego a la izquierda, donde recibe Cabrini. El bello Antonio centra con la zurda y su pase medido se encuentra con la cabeza de Rossi, que ha avanzado a la carrera entre una sorprendida defensa canarinha. El testarazo del delantero es su primer gol en un Mundial del que parecía desaparecido. La Azzurra golpea primero, y quien da primero da dos veces.

Enzo Bearzot, seleccionador italiano, contempla el partido con sus gafas oscuras. En el otro banquillo, su homólogo brasileño permanece con el rostro tranquilo. Su equipo combate los contratiempos con jogo bonito. Y pronto dará resultados.

Y tanto. La clase de Zico, que de un taconazo ha sentado a Gentile, se encuentra con la de Socrates, quien penetra en el área tras recibir raso el balón y lo coloca de la misma manera por el palo que cubre Zoff. Empate a uno antes de llegar al cuarto de hora de juego.

A Brasil le sirve el empate para pasar a semifinales, pero sigue atacando. Tacones, sombreros y autopases frente a quienes no dan un solo balón por perdido. Hasta el azul y el amarillo que identifican a los contendientes bajo el sol que cae sobre Sarrià hacen más bello el duelo.

Pero Rossi no perdona los errores, y Toninho Cerezo comete uno: su flojo pase a Junior en la zona de tres cuartos es interceptado por el rápido Paolo, a quien pronto sus compatriotas llamarán Pablito, y el atacante bate de nuevo a Waldir Peres, esta vez con un tiro a media altura.

Aún quedan veinte minutos para el descanso, al que Zico se irá con la camiseta rota, cortesía de Gentile, su férreo marcador. Tras la reanudación, Falcão da un primer aviso a Zoff. Cerezo volverá a avisar y, en el área contraria, Rossi desaprovechará un gran pase de Graziani. Sin embargo, Pablito aún tendrá mucho que decir en lo que queda de España ’82.

Las cesiones a los porteros, una norma que aún tardaría unos años en anularse, son lo único que desluce -mínimamente- el espectáculo. Y pronto llegarán las tablas. Junior, en carrera desde la izquierda hacia el centro, cede a Falcão, que desde la frontal del área y de tiro cruzado sorprende a Zoff.

Siguen los pases y autopases. Brasil arriesga sin necesidad de ello. Pero esa es su esencia.

Conti saca de esquina ante unos policías nacionales que disfrutan a pie de campo de la exhibición. Sócrates rechaza de cabeza, pero la pone a los pies de Tardelli. El centrocampista azzurro chuta a puerta en semifallo, pero ahí delante estaba Rossi, libre de marca, para corregir la trayectoria y colarla lejos del alcance de Waldir Peres. Es su tercer gol en el partido, el tercero de los seis con los que se convertirá en el máximo goleador de España ’82.

Pareciera que Brasil necesitase ir por debajo en el marcador para justificar su filosofía de jugar siempre al ataque. Eder lo intenta con una lejana falta. Brasil tiene oro en sus botas, pero carece de lo que no le falta a Italia: un delantero centro.

Un paradón de Zoff al blocar un cabezazo de Oscar tras una falta botada por la zurda de Eder será la última oportunidad de Brasil. Su jogo bonito dice adiós al Mundial derrotado por el carácter azzurro y el acierto de Rossi, un goleador que recuperó el olfato cuando más lo necesitaban los suyos. Hay derrotas bellas y victorias inmerecidas. En Sarrià se vio lo primero, pero no lo segundo.

3 Responses

    1. Avatar
      elrevulsivo

      Muchas gracias, Luis, me alegro mucho. Ya me dijo Tomás qué había difundido el texto entre los amigos que pudisteis disfrutar del partido aquel 5 de julio de 1982. Yo era muy pequeño entonces y no lo recuerdo, pero también lo vi ayer y así me inspiré para narrarlo. Muchas gracias por comentar y un abrazo.

  1. Pingback : España en el Mundial 82: fracaso, no vergüenza – EL REVULSIVO

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