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La primera locura de Bielsa

“Ustedes hagan todos que yo alguno atajo”, fueron las clarividentes palabras de Norberto Hugo Scoponi antes de la decisiva tanda de penaltis por el título de la temporada 90/91. Dicho y hecho, el arquero argentino detuvo dos de los cuatro lanzamientos desde los once metros que Boca Juniors disparó aquel día. El final más apoteósico para un equipo entrenado por un desconocido en aquella época: Marcelo Bielsa.

Todos aquellos jugadores que han sido entrenados por el ‘Loco’ guardan un pedacito de su filosofía dentro. Algunos, incluso, han querido seguir sus pasos y han acabado compartiendo banquillo con el maestro, convirtiéndose así en discípulos suyos. Mauricio Pochettino, Gerardo ‘el Tata’ Martino o Eduardo Berizzo son algunos de los integrantes de aquel Newell’s campeón de principios de los noventa. Jugadores que también siguieron las enseñanzas de su mentor en su salto posterior a los banquillos como técnicos de renombre.

El nueve de julio de 1991, hace hoy veintinueve años, permanece grabado a la perfección en la memoria de cualquier aficionado rojinegro. Aquel Día de la Independencia será recordado como uno de los escasos días a lo largo de la historia en los que el interior se impuso a la gran capital. Como cada temporada, la 90/91 enfrentó en la final del torneo de Argentina al campeón del Apertura y el del Clausura en una eliminatoria a doble partido, un formato típicamente sudamericano. Los elegidos de aquel año fueron Newell’s Old Boys y Boca Juniors, ganadores de cada torneo. En los banquillos se medían dos técnicos que, a la postre, se convertirían en mitos del fútbol. Por un lado se encontraba el joven Marcelo Bielsa, procedente de las categorías inferiores del club. Por el otro, uno ya consagrado y con experiencia internacional, Óscar Washington Tabárez.

Once titular de Newell’s Old Boys en la ida de la final del campeonato argentino de la temporada 90/91

Este final del campeonato estuvo marcado por las bajas en ambos conjuntos, sobre todo para los de azul y oro. El seleccionador nacional, Coco Basile, convocó para la disputa de la Copa América de ese mismo verano a Gabriel Batistuta y a Diego Latorre, dos de los jugadores clave para Tabárez. Fernando Gamboa y Darío Franco también acudieron a la llamada del combinado nacional en representación de los leprosos. Por este motivo, la AFA permitió fichar a ambos conjuntos. Boca se movió en el mercado e incorporó a Gerardo Reinoso y a Roberto Gaúcho para intentar suplir sus numerosas bajas, mientras que Bielsa decidió afrontar la final sin ningún fichaje, manteniendo así el bloque que había salido triunfador en la primera parte de la temporada.

El partido de ida de la final se disputó curiosamente en el Gigante de Arroyito, campo del eterno rival de Newell’s Old Boys, Rosario Central. El encuentro fue un choque de estilos, con una dureza extrema, tal y como los que acostumbraban en la época. Las numerosas interrupciones propiciaron que el balón parado se convirtiese en la principal arma ofensiva para ambos conjuntos.

“Por ahora los dos equipos siguen con once jugadores” fue la frase del comentarista del partido al término de la primera mitad, hecho que ya permite imaginar al lector la tónica del encuentro. Al comienzo del segundo tiempo llegaría el tanto de la victoria para los locales. Domizi era derribado en el vértice derecho del área xeneize y el colegiado se cobró la infracción. El elegido para sacar la falta fue Gerardo Martino, que colocó un preciso centro al corazón de la retaguardia bostera. El joven central Eduardo Berizzo se elevó por encima de todos y mandó el balón al fondo de la red con un potente cabezazo. El ‘Mono’ Navarro Montoya quedaría petrificado a media salida. La locura se desató en aquel momento en Rosario, con un tanto que ponía en ventaja a los de Bielsa. La sólida defensa rojinegra frustró todos los intentos azulones de acercarse siquiera a la meta de Scoponi. Newell’s había conseguido lo más difícil, ir a Buenos Aires con ventaja en el marcador.

Unos jóvenes Berizzo y Pochettino celebran el tanto marcado por el primero

La vuelta en La Boca sería otra historia completamente diferente. Para empezar, por el gran diluvio que cayó sobre Buenos Aires aquel 9 de julio de 1991, hecho que propició que el estado del terreno de juego fuese lamentable. En una Bombonera a reventar, los pupilos de Marcelo Bielsa debían defender la mínima ventaja obtenida para proclamarse campeones. Y a punto estuvieron de adelantarse antes de la media hora de juego, cuando Cozzoni dispuso de un mano a mano frente a Navarro Montoya. Pero el arquero colombiano adivinó el lado y desbarató la clarísima ocasión de gol.

A falta de diez minutos para la conclusión del encuentro, Gerardo Reinoso batió finalmente a Scoponi con un tiro raso a bocajarro tras un mal despeje de la defensa rosarina. El empate en la final quedaba reflejado en el marcador. El uno a cero no se movería durante el tiempo extra, por lo que una tanda de penaltis se hizo necesaria para dirimir al campeón. Lo que Boca no imaginaba es que se encontraría con la enorme figura de Norberto Scoponi bajo palos.

El primero que dispuso el balón en el punto de penalti fue Graciani, sin saber que se dirigía de frente y sin frenos contra un muro. Scoponi se tiró abajo a su derecha adivinando el lado para evitar el tanto y darle una cierta ventaja a su equipo, la cual sería refrendada por otro de los hombres clave de aquella final: Berizzo no falló y colocó la pelota en la escuadra de la portería del Mono Montoya, inalcanzable para este. El siguiente en sufrir los reflejos del meta leproso fue Claudio Rodríguez. El delantero desaprovechó el lanzamiento tirándolo a media altura y algo centrado, lo que facilitó una parada sin muchos alardes del arquero rosarino. Los siguientes lanzamientos se sucedieron con los aciertos de Llop, Giunta y Zamora, hechos que establecieron el 3-1 en la cuenta antes del cuarto y definitivo lanzamiento. En el turno para Boca, Walter Pico, obligado a convertir para mantener con vida a su equipo, disparó con tanta fuerza que su tiro se estrelló en el larguero, y con él todas las esperanzas de remontada xeneize.

Newell’s Old Boys consiguió lo que parecía imposible: derrotar en su propia casa a uno de los gigantes del fútbol argentino. Esta victoria significó el primer título como entrenador de la dilatada carrera de Marcelo Bielsa. Este triunfo representó tanto para los rojinegros que años más tarde se rebautizó el Coloso del Parque como el “Estadio Marcelo Bielsa”, la mayor muestra de amor que un equipo puede tener hacia una de sus leyendas.  

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