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Eurobasket ’95: Yugoslavia-Lituania o la madre de todas las finales europeas

(Foto: Yannis Behrakis / Reuters)

Este 2 de julio se cumple un cuarto de siglo de la final del Eurobasket de 1995, un duelo legendario en el que Yugoslavia y Lituania elevaron el baloncesto a la categoría de arte con su batalla de talento, fuerza y competitividad. Los balcánicos ganaron aquel combate en la cumbre, una victoria que brilla aún más por la grandeza de un rival que en modo alguno puede considerarse un perdedor. Desde El Revulsivo le rendimos homenaje a este enfrentamiento de época evocando con detalle lo ocurrido en el choque y el contexto histórico en el que se desarrolló.

Djordjevic anota los dos tiros libres de la técnica que se le ha pitado al banquillo lituano. Yugoslavia aumenta a seis puntos su renta y quedan poco más de dos minutos para el final del partido. Dos tiros y posesión, ese es el castigo a las protestas por la falta en ataque señalada a Stombergas. Pero, cuando los yugoslavos se aprestan a sacar de banda, ningún lituano hace acto de presencia en la cancha. Todos se han atrincherado junto al cuerpo técnico en el banquillo. Algunos jugadores permanecen de pie. Marciulionis, en cambio, ha preferido sentarse, como si ello diera más firmeza a la decisión de no regresar al parqué. Ni él ni sus compañeros están dispuestos a seguir jugando al baloncesto bajo las reglas del norteamericano George Toliver.

Los balcánicos, entre confundidos e incrédulos, contemplan cómo sus contendientes se retiran del campo de batalla. Pero en los planes de Djordjevic no está incluido ganar por abandono del oponente. El base y cerebro plavi –aunque ese día su equipo ha cambiado su habitual color azul por el blanco– se encamina hacia el fortín rival, sortea a quienes le entorpecen el paso y se planta ante la silla donde Marciulionis rumia su indignación. Sasha sabe bien quién manda en Lituania, y más desde la eliminación de Sabonis por cinco faltas personales. El líder yugoslavo dobla el espinazo, se abraza a su par lituano y le susurra algo al oído. Son sólo unos segundos, pero la confidencia, que Marciulionis revelará años más tarde, es suficiente para convencerlo a él y al resto del equipo de que la lucha no se puede abandonar.

Esta fue, para muchos, la secuencia que resumió el partido. Sin embargo, sería inmerecido reducir a un único y extradeportivo momento un duelo formidable en el que dos selecciones valientes y con jugadores de leyenda dieron el máximo y regalaron a los amantes del baloncesto lo que fue la final del Eurobasket de 1995. La madre de todas las finales europeas.

El baloncesto en el nuevo mapa de Europa

A comienzos de los 90, la política y la geografía del Viejo Continente habían dado un vuelco ante el cual el deporte no podía mantenerse ajeno. La caída del Telón de Acero comenzaba a dibujar un nuevo mapa, cuyo primer bosquejo fue la reunificación de Alemania. Después vino la desintegración de la Unión Soviética, un acontecimiento que para el deporte de la canasta se tradujo en la desaparición del todopoderoso combinado de la URSS –oro en los Juegos Olímpicos de Seúl ’88– y la aparición de un nuevo actor que reunía a unos cuantos supervivientes de las gestas soviéticas: la Lituania de los Sabonis, Marciulionis, Kurtinaitis, Chomicius… En el invierno de 1991, con la secesión de las repúblicas bálticas, la URSS iniciaba su andadura hacia la disolución y ya no volverían a verse en estadios y pabellones las siglas CCCP que tantos éxitos deportivos conquistaron.

Pero en el verano de ese mismo año, nuevas fronteras empezaban a trazarse con gran orgía de sangre en otro rincón de Europa. Un Estado que, como la URSS, había nacido bajo nombre ficticio tras los temblores de la Primera Guerra Mundial, se fracturaba sin posibilidad de vuelta atrás. Yugoslavia, el país de los eslavos del sur, amalgama de pueblos, lenguas y religiones, hacía implosión y sus distintas naciones empezaban a repartirse con violencia el solar que ocupaba en los Balcanes. Eslovenia fue la primera en disgregarse; después lo hicieron Croacia, Bosnia… Yugoslavia mantenía su nombre, pero poco más. Sólo Serbia y Montenegro permanecieron en la federación yugoslava, combatiendo en un conflicto atroz contra croatas y bosníacos.

En mayo de 1992, tras los bombardeos serbios sobre Dubrovnik y Sarajevo, el Consejo de Seguridad de la ONU decretó un embargo total contra Serbia/Yugoslavia, que incluyó su exclusión de las competiciones deportivas. Así, pagando las cuentas de políticos y militares, una gran generación de baloncestistas –Divac, Danilovic, Paspalj, el propio Djordjevic…– se quedaba sin billete para los Juegos de Barcelona, además del Europeo ’93 y el Mundobasket ’94.

A finales de 1994, la ONU suavizó el embargo y levantó las sanciones deportivas. Dusan Ivkovic, quien ya había sido seleccionador yugoslavo antes de las hostilidades –llevando juntos a serbios, croatas y eslovenos al oro en el Mundial ’90 y los Eurobasket ’89 y ’91–, asumió el reto de devolver a los suyos a una élite de la que sólo la guerra los había apartado. Su estreno, en el Torneo de Navidad del Real Madrid, donde los plavi, comandados por Djordjevic, Savic y Bodiroga, ese joven talento del que todos hablaban, se llevaron el título con recital incluido ante el anfitrión (72-88). Una excelente carta de presentación para el Eurobasket que Grecia acogería seis meses más tarde.

A nadie sorprendió que los yugoslavos alcanzaran la final de Atenas ’95 por la vía rápida. Invictos en la fase de grupos –en la que derrotaron 70-61 a Lituania–, se deshicieron con facilidad de Francia en cuartos de final (104-86) y sin demasiados problemas en semifinales de los anfitriones (60-52). Pero la presencia de Lituania en la final no era tan esperada. No por falta de calidad, sino por la dificultad que entrañaba su rival en semifinales: la Croacia de Kukoc, Radja, Vrankovic, Komazec, Perasovic… Un conjunto potente, pero incapaz de superar el accidente de circulación que se había llevado a Drazen Petrovic dos años atrás. Aunque quizá la principal lectura de la victoria lituana estuvo en que evitó una final disputada por dos países aún en guerra: en aquel momento, los croatas luchaban por expulsar a los serbios de su territorio. Quién sabe cómo habría transcurrido la contienda de haberse extendido sus batallas a una cancha de baloncesto.

Grandes nombres en ambos quintetos

El 2 de julio, el OAKA de Atenas, la recién estrenada sede del torneo, acogía la final. En el quinteto inicial yugoslavo, gran calidad y más centímetros que en los rivales. Sólo Djordjevic (1,85 m) baja de los dos metros. Llevará la batuta en la orquesta que completan Danilovic (2,00), Bodiroga (2,04), Paspalj (2,07) y Divac (2,12). Por parte lituana, el técnico Vladas Garastas pone en liza un equipo basado en cuatro estrellas, tres de ellas muy veteranas. Marciulionis (1,95 m) es un base más alto que Djordjevic, con quien mantendrá un duelo apasionante. El juego exterior queda en manos del curtido Kurtinaitis (35 años, 1,95 m) y Karnisovas (2,03 m), que también hará las veces de cuatro. De cinco, el coloso Sabonis (2,21 m), el amo bajo los aros que completa el equipo titular. Porque el escolta Loukminas (1,94 m), que cierra el quinteto, es un mero comparsa.

El póquer de ases juegan la mayor parte del tiempo en los partidos clave, y el cansancio acumulado es notable: Marciulionis y Karnisovas no tuvieron un segundo de descanso en la semifinal contra Croacia, y Sabonis y Kurtinaitis apenas disfrutaron de un par de minutos de respiro. En el banquillo, un Chomicius demasiado viejo y un Stombergas demasiado joven son lo más destacado frente a unos recambios yugoslavos que en varios casos podrían ser titulares: Savic, Sasa Obradovic y Rebraca fueron los únicos utilizados por el viejo zorro Ivkovic en la final. Pero tenía más donde elegir: el veterano Sretenovic, antiguo base de la Jugoplastika de Split, y los debutantes Tomasevic, Beric y Koturovic.

Sabonis gana a Divac el salto inicial, pero son Bodiroga y Danilovic quienes hacen los primeros cuatro puntos del partido. Lituania entra rápidamente en calor con un triple de Kurtinaitis, y ahí comienza el toma y daca: alternancias constantes en el marcador, ventajas cortas –durante la mayor parte del duelo tanto unos como otros no obtendrán diferencias superiores a los cinco puntos– y altos porcentajes de acierto en el tiro. Especialmente en los triples. Y especialmente Djordjevic.

Con Yugoslavia 10-7 arriba, Divac intenta un aro pasado que Sabonis tapona. Los lituanos salen al contraataque, pero lo frena el árbitro asistente, el griego Pitsilkas, al que Divac debió de decir algo contundente al reclamar falta, porque le señala técnica sin dudarlo. Los árbitros, como se verá más adelante, no admiten la mínima objeción a su labor.

Con dos triples, uno de Karnisovas y otro de Marciulionis –este toca tablero y entra limpio– Lituania se adelanta por primera vez. Y cuando el marcador está en 13-18, el banquillo yugoslavo solicita tiempo muerto. El público griego, que no olvida la eliminación de los suyos a manos de los balcánicos, grita Lietuva, Lietuva!

Un triple de Djordjevic frena la racha lituana. Será el primero de una serie sensacional del carismático base, que sumará hasta nueve aciertos. Pero hay otros participantes con ganas de robarle protagonismo a Sasha. Entre ellos, Sabonis. Tras un fallido ataque yugoslavo, el espectáculo en estado puro: Kurtinaitis pasa el balón a la zona, donde Sabonis tiene encima a Savic, sustituto de Paspalj. Sabas no se lo piensa dos veces y con la palma de su mano derecha pasa la bola hacia atrás. Einikis, que ha entrado para aportar los centímetros que no aportaba Loukminas, la agarra, pero Savic le obstaculiza y sólo le queda probar un aro pasado, sin lograr encestar. Sin embargo, el gesto de Sabonis la convierte en una de las mejores no canastas de la historia. ¿No marcó Pelé un no gol en México ’70?

Chomicius entra para dar un respiro a uno de su quinta, Kurtinaitis. En el otro bando, Divac no está teniendo su noche, al menos en el aspecto ofensivo. En buena parte se debe a que Garastas ha preferido evitar el emparejamiento defensivo directo de Sabonis con el pívot de los Lakers, y suele ser otro compañero el que lo vigila. Con la ayuda de Sabas, claro.

Un aficionado coloca casi a pie de cancha una bandera de Serbia con una cruz ortodoxa a modo de escudo. Juega Yugoslavia, pero todos son serbios. Incluido Danilovic, de familia serbia aunque haya nacido en Sarajevo. Como Savic, nacido igualmente en territorio bosnio. Y Paspalj vino al mundo en Montenegro, pero de padre serbio.

Salvo Sabonis, los protagonistas de la final están siendo los jugadores exteriores. El segundo triple de Djordjevic vuelve a poner a los suyos por delante (21-20), pero Karnisovas devuelve el golpe con un tiro de dos. Marciulionis sigue derrochando talento y Danilovic se une al festival de triples de Djordjevic. Cuando este anota su tercero desde el perímetro, el banquillo lituano pide tiempo muerto. Yugoslavia gana 29-26 a ocho minutos para el descanso –las normas FIBA aún fijaban dos tiempos de 20 minutos en lugar de cuatro cuartos de diez.

Djordjevic, tirador certero

Los primeros problemas serios para Lituania llegan cuando Bodiroga fuerza la tercera falta de Kurtinaitis. Las mismas lleva Divac, pero esto no preocupa demasiado a Ivkovic, quien hace entrar a Rebraca cada vez que su pívot titular pasa apuros. Y otro bingo de Djordjevic. Cuatro de cinco en triples. Marciulionis reacciona y con su zurda cuela un tiro a medio metro de la línea de 6,25 –medida de entonces– ante la oposición de Danilovic. Iguales a 34. No importa. Djordjevic sigue a lo suyo con un nuevo tiro de tres.

Llega otro de los grandes momentos de la noche. Lituania ataca tras una canasta de Danilovic. Marciulionis culmina con un gancho magistral –¿o ha sido una bandeja?– una entrada en la que el balón vuela sobre Rebraca. Pero el director del juego báltico no tiene tiempo de saborear su jugada. Yugoslavia quiere correr, y en particular Danilovic, que encara la canasta y machaca a una mano en las barbas del mismísimo Sabonis, impotente ante el monumental salto en carrera del escolta serbio. Un mate de antología. Yugoslavia manda 41-36.

Los equipos grandes saben reponerse de los golpes. Y ambos finalistas lo son. Entre Marciulionis, Sabonis y Karnisovas, que anota un triple, Lituania reduce las distancias a dos puntos, y la tercera personal de Savic hace que Divac regrese a cancha. Bodiroga también suma tres faltas y es sustituido por Sasa Obradovic. Otro triple, esta vez de Danilovic, pone el 47-43 pero, ya dentro del último minuto, Marciulionis y Karnisovas sitúan a los de verde a un solo punto.  

La última posesión es para los lituanos. Marciulionis deja transcurrir los segundos, se la va a jugar, pero una falta en el bloqueo de Rebraca sobre Sabonis invalida el triple posterior del base lituano. Yugoslavia pide tiempo muerto a sólo cuatro segundos del descanso. Los balcánicos ya están en su octava falta de equipo, lo que lleva a Sabonis a la línea de tiros libres. El pívot, que pronto iniciará carrera en la NBA, acierta los dos y pone un punto por encima a los suyos. El triple que se juega in extremis Djordjevic rebota en el aro, con lo que los lituanos se van al vestuario con la moral que da marchar por delante tras varios minutos a remolque.

En cierto modo, la participación de Lituania en ese Europeo de 1995 es, como la de Yugoslavia, la historia de un regreso. Tras haber recobrado la independencia, su selección se estrenó con un meritorio bronce en Barcelona ’92, pero sorprendentemente no se clasificó para la cita continental del año siguiente ni para la mundialista del 94. Lituania, que en su anterior etapa como país soberano había ganado los campeonatos europeos de 1937 y 1939, retornaba a esta competición 56 años después con el fin de seguir encadenando oros. La misma meta tenía Yugoslavia, campeona en Roma ’91, aunque la ausencia de esta había sido mucho más breve y por motivos muy diferentes.

Garastas, seleccionador de la URSS en su último torneo –el Mundial de Argentina ’90, al que renunciaron a acudir los jugadores lituanos–, repite quinteto titular en la reanudación. En el otro lado, Savic ocupa la plaza de Bodiroga en el cinco inicial. Un gancho de Sabonis es la primera canasta de la segunda parte. Pero Divac responde con un estupendo reverso y una bandeja, provocando además la tercera falta de Karnisovas. Otro hombre importante que empieza a cargarse de personales. Más adelante, los árbitros señalarán una falta en ataque a Sabonis, que tras fallar una entrada luchó con ímpetu el rebote. Quizá rigurosa. Sabas se desquita provocando la cuarta de Divac cuando aún queda casi medio partido. Rebraca vuelve a entrar: Yugoslavia sí tiene banquillo.

Las alternancias en el marcador se suceden y rara vez se supera el punto de ventaja. Esta tendencia la romperá Sabonis, quien bota dentro de la zona, justo bajo el aro, para girarse y machacar ante Rebraca, que cae al suelo. Al impulsarse para hacer el mate con su mano derecha, Sabonis golpea ¿involuntariamente? al serbio en la cara con su codo izquierdo. Rebraca sangra por la nariz, aunque no protesta. Sí lo hace en cambio el banquillo yugoslavo, que se lleva una técnica. Karnisovas anota los dos tiros y en la posesión lo hace Kurtinaitis: del 54-53 se pasa al 54-59.

Yugoslavia ataca, ahora con Bodiroga en pista en lugar de Rebraca, que sigue sangrando levemente. Danilovic, en una entrada, provoca la cuarta personal de Kurtinaitis. En la posesión a continuación, el lituano vuelve a frenar en falta al mismo jugador, esta vez en un bloqueo. Con la quinta, Kurtinaitis dice adiós al Eurobasket ’95. Lo sustituye el novato Stombergas. Empieza a notarse el poco fondo de armario del banquillo báltico. Sabonis, Marciulionis y Karnisovas no han tenido un instante de descanso.

Un polémico arbitraje

A base de triples, por supuesto de Djordjevic y Danilovic, Yugoslavia vuelve a mandar en el marcador. Con 66-64 llega uno de los momentos clave: Sabonis se queja con muchos aspavientos de una posible falta de Divac y acto seguido recibe una técnica. Es su tercera falta. Marciulionis apoya a su compañero y el árbitro le aplica el mismo castigo. Toliver no acepta reclamaciones y así lo demuestra. Danilovic tiene cuatro tiros libres para que su equipo empiece a distanciarse. Aprovecha tres, y en la siguiente posesión, el séptimo triple en la cuenta particular de Djordjevic hace el 72-64, la máxima ventaja en lo que va de partido. Los gritos de la afición griega a favor de Lituania son ya una constante en el OAKA.

Karnisovas vuelve a la acción tras un brevísimo descanso motivado por su cuarta personal. No obstante, el próximo eliminado es un plavi: Divac comete la quinta al no poder frenar una entrada de Sabonis. Lituania necesita que sus líderes den el máximo, y Marciulionis tira del carro colándose hasta la cocina y asistiendo a Sabonis para que se cuelgue del aro. Y en un contraataque, un lanzamiento en suspensión del base de Kaunas deja un 72-68 a falta de casi once minutos. Djordjevic, con su octavo triple, incrementa la ventaja. Pero la zona que plantan los lituanos empieza a asfixiar el ataque yugoslavo, y un parcial de 0-8 devuelve la iniciativa a Lituania (75-76) a falta de 7:30. Hay partido.

Demasiados minutos sin anotar, debe de pensar Djordjevic. El 10 yugoslavo lo soluciona con su noveno triple. Increíble. Nueve de doce. Un porcentaje del 75%. Y en una final. Bodiroga se une a la fiesta y encesta otro triple: 81-76. Las estadísticas muestran que el tiro de tres es el motor balcánico. A esas alturas llevan 13 de 21, un 61% de aciertos. Los lituanos, 5 de 12, un 41%.

Con la cuarta falta de Sabonis, Lituania entra en alerta roja. Otra canasta de Djordjevic, esta vez de dos, agravará la situación, pero más lo hará la siguiente jugada: en un bloqueo, Sabonis choca levemente con Savic, este finge aparatosidad y la quinta del pívot lituano está servida. Quedan cinco minutos y Lituania tendrá que afrontarlos sin su único referente en el juego interior. Entre gestos de desesperación, Sabonis se sienta en el banco.

Lituania necesita el máximo de todos los que siguen en pista. Chomicius capta el mensaje y anota un triple que da aire a su equipo: 83-79. Los bálticos mantienen la fe en la victoria gracias al trabajo de Marciulionis: con uno de sus tiros en suspensión reduce la desventaja a un punto a menos de 3:30 para la bocina. Sin embargo, la defensa en zona puede ser un arma de doble filo ante tiradores certeros como los yugoslavos, y Obradovic cuela un triple que hace el 87-83.

Justo después, la gran polémica del partido. Karnisovas, que milagrosamente se mantiene con cuatro faltas, entra en la zona y la pasa a Stombergas. Este encara el aro y anota, pero en su entrada choca sin mucho estrépito contra Savic. Parece que va a darse por válida la canasta, pero el árbitro norteamericano no duda: falta en ataque. Puede serlo –Savic tiene los brazos cruzados sobre el torso y parece estar quieto antes del choque–, pero no es habitual pitar faltas así. El banquillo lituano arde y las protestas le acarrean una técnica. Y entonces llega el amago de retirada.

En una entrevista con El País muchos años después, Marciulionis recordó las palabras con las que Djordjevic lo convenció para no marcharse sin pelear hasta el final. «Se acercó y me dijo: ‘Somos guerreros, así que vamos a terminar con esto. Sólo somos piezas en este juego. Siempre habrá cosas que no vamos a entender’. Me pareció un buen mensaje para un momento con tanta emoción y tensión. ¿Qué íbamos a hacer? ¿Irnos sin pelear? Había demasiado en juego». Fue así como Djordjevic, ese «cabrón sin maldad», como él mismo define su carácter sobre la cancha, logró que la mejor de todas las finales en la historia del Eurobasket terminara al sonar la bocina y no en un despacho de la FIBA.

Las lágrimas de Sabonis

Quedan 2:15 y Yugoslavia se escapa 89-83. Sabonis llora en el banquillo. ¿Por la previsible derrota? ¿Porque considera injusta su eliminación por cinco faltas? ¿O porque lamenta la actitud que le acarreó la técnica? Paspalj anota uno de los dos tiros de la falta de la que es objeto. Ataca Lituania y un triplazo de Marciulionis hace el 90-86. Aún pueden creer. Sólo 1:47 para terminar. Obradovic pone el 92-86 tras un ataque con varios fallos. Resta 1:18. Marciulionis se juega otro triple y, consciente de que no va en la buena dirección, corre para agarrar el rebote, pero el balón sale por la línea de banda. En la siguiente jugada, Djordjevic le hace falta, la cuarta. Marciulionis anota los dos: 92-88.

Menos de un minuto. Bodiroga comete falta en ataque sobre Stombergas. Es la quinta. Otro que no terminará el partido, aunque su equipo lo tiene prácticamente en el bolsillo. Marciulionis busca el triple, pero el aro lo escupe. En el rebote, cuatro jugadores luchan en el suelo por el balón. Tiempo muerto.

Saltan Savic y Einikis. Quedan 45 segundos. Tras varios rebotes entre distintos jugadores, es Danilovic quien se hace con el balón. Se lo pasa a Djordjevic, a quien Chomicius hace falta para evitar que el reloj siga corriendo. Encesta uno y falla el segundo: 93-88. Quedan 34 segundos y personal de Obradovic a Marciulionis, que convierte los dos. 93-90 y Lituania necesita una falta rápida. Chomicius se la hace a Danilovic, que no falla: 95-90.

Faltan 30 segundos. Karnisovas la pasa para Einikis, quien se juega un triple que rebota en las caras interiores del aro antes de salir despedido. Rebote para Marciulionis, este a Chomicius y este a Stombergas para un nuevo intento de tres que tampoco entra. En el contragolpe, falta a Paspalj, pero Djordjevic ya está celebrando la victoria pese a que restan unos diez segundos. Paspalj encesta un tiro y deja el 96-90 definitivo. El último ataque lituano sólo sirve para un triple a la desesperada y los yugoslavos festejan su vuelta por la puerta grande a la competición.

Es imposible borrar la palabra polémica de la crónica de esta final. No sólo por ciertas decisiones arbitrales, sino también por lo ocurrido en la entrega de medallas. Los croatas, que horas antes habían logrado el bronce ante Grecia, abandonaron el podio antes de que sus otrora compatriotas se colgaran el oro. Cuatro años atrás, los Kukoc, Radja o Komazec se habían proclamado campeones de Europa junto a los Djordjevic, Danilovic o Savic. Y también Divac, que antes de la final de Atenas ’95 deseó que Croacia ganara una medalla para que sus jugadores tuvieran que escuchar el himno yugoslavo. Faltaban varios meses para que la guerra terminase en el intrincado mapa de la antigua Yugoslavia, y muchos años para que Divac homenajeara a Petrovic, todo un símbolo nacional croata, con el documental Once brothers

Pero las polémicas nunca harán caer en el olvido el espectáculo sublime brindado por yugoslavos y lituanos. Los 41 puntos de Djordjevic, MVP del partido y único jugador que permaneció los 40 minutos en pista. Los 32 puntos y seis asistencias de Marciulionis, mejor jugador del torneo. La no canasta de Sabonis, casi tan resplandeciente como sus 20 puntos y ocho rebotes. El vuelo de Danilovic y sus 23 puntos. El sacrificio de Kurtinaitis y Karnisovas. La aportación de Bodiroga, Savic, Divac y el fondo de banquillo plavi, que fue lo que realmente desequilibró la balanza. La final del Eurobasket ’95. La madre de todas las finales de la competición. Quizá la única que debió entregar dos oros en lugar de uno.

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