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50 años de conciliadoras cartulinas

Todo, absolutamente todo, es susceptible de cambio. Y es que, pasado un cierto tiempo, la obsolescencia suele propiciar la permuta. Esta dinámica forma parte de la condición humana: nuestras células, en constante alteración, van desapareciendo mientras otras toman su relevo o aprenden a convivir con las supervivientes. En el fútbol, donde la alternancia o ajustes en las reglas del juego están a la orden del día, ocurre exactamente igual. Las tarjetas, que no siempre estuvieron incluidas en el reglamento, cumplen hoy medio siglo de vida. Un 31 de mayo, pero de 1970, tuvo lugar el “debut” de estos accesorios de cartón en el Mundial de México. Aunque su creación fue atribuida a George Kenneth Aston, reputado colegiado inglés, la gran ideóloga del invento sería su esposa Hilda.

Para entender mejor la inclusión de las tarjetas en el fútbol hay que remontarse dos Copas del Mundo atrás, a la disputada en 1962 en Chile. En aquel campeonato, la única forma de sancionar (o amonestar) a un jugador seguía siendo mediante el uso de la palabra. Esto dificultaba la labor de los árbitros, especialmente en los torneos internacionales, donde el factor lingüístico jugaba en su contra. Muy pocos colegiados hablaban más de un idioma, algo que les impedía establecer un canal de comunicación adecuado con los futbolistas. Esta falta de entendimiento, unida a la práctica de un juego mucho más agresivo al actual, propiciaba muchas veces peleas más propias de un bar que de un terreno de juego.

Con estos condicionantes se llegaba al partido inaugural de aquel torneo, un Chile-Suiza que pitó el propio Ken Aston. Dicho encuentro, que acabó con una cómoda victoria de la selección chilena por tres goles a uno, transcurrió sin polémicas arbitrales. Tras el plácido estreno del colegiado británico, la organización decidió “honrarle” con la dirección del segundo choque de ‘la Roja’. Este acabaría siendo un regalo envenenado, ya que el partido, que enfrentaba a la anfitriona contra Italia, venía envuelto en una turbia polémica alimentada por los medios de comunicación de ambos países.

El principal desencadenante de aquella guerra mediática tuvo lugar un mes antes del partido, cuando la prensa italiana -más concretamente La Nazione– comenzó a censurar la organización del evento. En el diario florentino consideraban insuficientes las instalaciones y los servicios con los que Chile, un país que todavía se estaba recuperando de las terribles consecuencias de un terremoto sufrido el año anterior, pretendía organizar el Mundial. Nada satisfacía a los acomodados plumillas transalpinos. Por criticar, y en un ejercicio de chovinismo despiadado, criticaron hasta la belleza de las mujeres locales. Algo que, tras la reproducción del artículo original en el diario El Mercurio, acabó desatando el enfado del pueblo chileno.

El partido, que como era previsible degeneró en una batalla campal, sería para siempre recordado como La batalla de Santiago. Aston tuvo serias dificultades para calmar el brusco juego y se vio obligado a expulsar a dos jugadores italianos. Hasta en tres ocasiones tuvo que intervenir la policía sobre el césped para apaciguar las trifulcas entre los jugadores de ambos equipos.

Aston (derecha) vivió desde el césped la ‘Batalla de Santiago’. Foto: FIFA.

La segunda experiencia reveladora de Kenneth Aston tuvo lugar en su país natal, Inglaterra, durante el Mundial de 1966. En aquella ocasión el trencilla ejercía de presidente de la Comisión de Árbitros de la FIFA y, desde la tribuna, veía un partido de cuartos de final que enfrentó a la selección local con Argentina. Durante dicho enfrentamiento se dieron un par de circunstancias que evidenciaron, todavía más, la necesidad de un cambio en el reglamento.

Por una parte, el capitán de Argentina Rattín fue expulsado sin llegar a darse cuenta de las advertencias del colegiado. Quizá el trencilla no había resultado muy amenazador ni explícito en sus avisos. Debió decirle algo así como “la última y a la calle”, pero con un tono encantador. También los hermanos Charlton (Bobby y Jack) fueron amonestados, pero no se percataron de ello hasta que leyeron el acta del partido. Ni el público sería consciente de lo acontecido en aquel polémico partido.

Esta confusión generalizada hizo reflexionar a Aston, árbitro principal de aquella famosa ‘Batalla de Santiago’, que salió preocupado del estadio. De camino a casa en su coche, y mientras le daba vueltas a una posible solución, se topó con un semáforo y se le encendió la bombilla. Se dio cuenta del significado de los colores en el código de circulación, donde amarillo (ámbar) significaba cuidado o atención, y rojo la necesidad de pararse y detener el rumbo. Pero, ¿cómo trasladar ese código a un terreno de juego? HIlda, su mujer, le daría la solución al llegar a casa: ¡cartulinas de colores!

Ken Aston, de traje, interviene en la expulsión del confuso Rattín. Foto: Blog Ilusión Mundial.

Así pues, el todavía presidente de la Comisión de Árbitros propuso la incorporación de estas innovadoras tarjetas, ideadas por su esposa, y el plan fue acogido con entusiasmo. Después de un periodo de pruebas, las cromáticas cartulinas fueron aceptadas para su utilización en la siguiente cita mundialista, la disputada en México en 1970. Cabe recordar que su estreno coincidió con otro hecho histórico: la primera retransmisión de fútbol en color.

La primera cartulina amarilla de la historia del fútbol llegaría en el minuto 27 del partido inaugural entre México y la URSS. El dudoso honor de recibirla recayó en el jugador soviético Kakhi Asatiani, y la responsabilidad de mostrarla sobre el alemán Kurt Tschenscher. No sería necesario enseñar, durante todo el torneo, tarjeta alguna de color bermellón. La idea de las cartulinas de colores había sido todo un éxito. Resultó una práctica conciliadora y, a partir de la temporada 70/71, muchas federaciones nacionales las incorporarían para sus respectivas competiciones. El uso de las tarjetas se expandió al resto de deportes colectivos, que actualmente emplean ese sistema.

Hoy se cumplen 50 años exactos de esta innovadora idea, atribuida exclusivamente al famoso colegiado pero urdida, en la sombra, por su ingeniosa mujer.

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