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Encuentro casual entre Bukowski y Best

A veces privo para pensar, y en esas estaba. Ya en el duermevela y con el duelo contra el ingenio perdido, llegó a mi mente un encuentro fortuito entre George Best y Charles Bukowski. Mi suerte había cambiado. No se demoró el cruce, solo lo imprescindible para remontarme el partido en el descuento. Minutos después arrugué la imagen y caí en un empalagoso sueño etílico, deseando volver a beber. 

Decía un Best cada vez menos futbolista y más humano, que él nunca salía por la mañana con la intención de emborracharse, sino que solo sucedía. El fútbol era su pasión y su oficio, pero fuera esperaba una vida que no podía llenarse dominando un balón. Un talento útil a medias, por tanto. Convertido en foco de atención de colegas y mujeres, bebió, invitó, disfrutó. Aprovechando el ansia de compañía el alcohol se fue haciendo con las riendas, animando la lujuriosa fiesta al tiempo que frenaba una carrera donde el físico también tiene algo que decir. Quién sabe si inconscientemente, poco después ese divertimento se había convertido en estilo de vida, con un coste aproximado de cinco años de fútbol de élite.

Por suerte para él, Bukowski no necesitaba correr más que nadie para expresar su lucidez, siendo suficiente encender la llama y dejarla arder en sí mismo. Nacía resacoso y moría ebrio cada día para tenerla siempre a punto e ir acelerando la combustión. La bebida fue una elección consciente, una compañía tan admirada como la mujer, algo menos que la escritura. En él vida y creación eran un todo que probablemente no se hubiese unificado sin un vidrio en la mano. ¿Dicha o desgracia? No sé qué diablos supuso para sus vidas, y por supuesto no seré quien las juzgue. Pero afortunadamente para mí, esa noche existía el alcohol y su relación con ambos.

El encuentro fue a finales de los setenta, en Los Ángeles. El genio del balón entra a un bar, se acoda en la barra y a su derecha está el genio de la máquina de escribir. No se conocen, claro: fútbol, escritura. Uno es un viejo cansado, indiferente. Digno. El otro, pese a las ojeras y la barba incipiente, aún es un cuerpo joven de rostro agradable que aparcó allí su carro por casualidad.

Para aquella noche Charles se acercaba a los 60 y George pasaba los 30. Bukowski, por tanto, había sido ya un niño apaleado, un joven feo y marginal y un vagabundo que se había leído la biblioteca de Los Ángeles, había trabajado de todo lo que le permitiese tirar el día y había pateado el trasero de una úlcera que casi se lo lleva al otro barrio, para seguir luego alimentándola. Ahora conocía a Linda Lee Beighle, que trataba de domarlo, y gracias a John Martin jugaba a ser escritor a tiempo completo, con la certeza de que se moriría de hambre. Nos vemos obligados a creer que es usted el autor de estas columnas: Escritos de un viejo indecente. ¿Llama usted a esto escribir?, llegó a decirle un “canoso, anciano, distinguido y bien descansado señor que jamás había arrancado remolachas de la tierra” que le entrevistó años atrás. Barbara Frye, una poetisa con la que se casó a finales de los cincuenta, creyó más en sus textos: insignificante serie de columnas, cuentos, relatos cortos y poemas que él apreciaba, recientes novelas solo escritas por dinero. En ellos había salido su alma y hasta su cuerpo, rebautizado como Henry Chinasky. Realismo sucio, llamarían finalmente al estilo, afeándolo. Charles, más concreto, lo llamó espíritu. A diferencia de sus críticos, yo preferí apartar la suciedad que parecía cubrir sus letras, tratando de verle el fondo, oscuro y desgarrador como la propia naturaleza. Parafraseando su cita sobre una de aquellas mujeres puras que cruzó su existencia, de su escritura solo puedo decir que nunca aprecié mentira en su FUEGO: 

… A no ser que salga de tu alma

como un cohete,

a no ser que quedarte quieto

pudiera llevarte a la locura,

al suicidio o al asesinato,

no lo hagas.

A no ser que el sol dentro de ti

esté quemando tus tripas, no lo hagas

Cuando sea verdaderamente el

momento,

Y si has sido elegido,

sucederá por sí solo y

seguirá sucediendo hasta que mueras

O hasta que muera en ti.

No hay otro camino.

Y nunca lo hubo.

Best había llevado una senda distinta, pero a esas alturas era igual de perdedor que Hank. O de ganador. De niño bien, su melena peinada a cepillo había dado paso a una madurez exitosa gracias al balón. En Manchester, lejos de su familia y su Irlanda natal, bajo la tutela de Matt Busby, un segundo padre para él pero un entrenador al fin y al cabo, jugó para los Diablos Rojos, regateó como nadie, marcó, se exhibió para él y para todos. Fue fantasía. Mientras retiraba del tablero a Eusebio y su Benfica, conseguía la Copa de Europa y el Balón de Oro o encaraba a la muerte goleando una amenaza terrorista, iba alejándose de aquella gloria y acercándose al lobo que hay en todo hombre. Era el mejor sobre el césped y el favorito de las mujeres fuera cuando se reveló y se olvidó de Busby, del fútbol, de su rugido interior. Si él hubiese sido feo, no se habría oído hablar de Pelé, decía ahora. Pese a no estar demasiado alejado de la realidad, su vanidad empezaba a ganarle la partida. El polo dionisíaco había pasado de la creación al exceso, y a los 27 años la vida le pareciera poca cosa. Poco después, Giorgie marchaba a Los Ángeles en busca del sol que no había podido comprar en Inglaterra y un poco más del dinero que había biengastado en mujeres, alcohol y coches caros. Allí, en una fiesta, conoció a su futura primera esposa, Angela MacDonald-James, siguió bebiendo y estrenó Rolls-Royce. Supongo que allí no coincidió con Charles Bukowski.

En mi mente, aquella noche los genios hedonistas acabarían conociéndose. Encuentro demorado exactamente el tiempo que tardó una mujer en acercase a la pareja a pedir fuego, dirigiéndose por supuesto al Chico de Belfast. En tal situación, toda compañía varonil, la más grata conversación o cualquier otra creación de Dios o quien carajo fuese, pasaba para ellos a un segundo plano.

– Una para mí y otra para el compañero -se ofreció un George con ganas de charla.

– Gluuuuuuuuup -vació el vaso Charles, agradecido.

– Juego al fútbol. Aquí, en el Weigart, para los Aztecas -dijo un Best que, tras varios minutos de silencio, no esperaba ya una ruptura de hielo por parte de su acompañante.

– Ah.

– Usted ¿qué hace?

– Bebo, ya ve. Caballos. Soy escritor. 

– No joda, ¿escribir? ¿Y es bueno?

Todo escritor se cree bueno.

– Seguro que sí.

– Y usted, ¿lo es? –dijo Charles fingiendo interesarse.

– Sin duda. Pero un gran don trajo una racha destructiva.

– Vivimos en esto, amigo.

Tras cruzar una mirada con la nueva acompañante, Georgie se levantó de la silla, alzó el vaso mediado y se despidió:

– Salud, viejo. Seguiremos jugando a lo que sabemos.

– Hasta el final.

Hank había prometido a Linda recogerse pronto. Dio cuenta del líquido dejado por el futbolista en la copa, y volvió a la suya. Regresaría pronto a casa, pero la apreciación del tiempo siempre fue relativa.

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