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¿Entró realmente aquel triple de Ansley?

En 1995 no era habitual ver a un ala-pívot subir la bola, menos aún en la jugada que decide un título de liga, el primero tu historia. A no ser que la pida Michael Ansley, un tipo sobrado de recursos y de seguridad en sí mismo. El autoproclamado “mejor ‘cuatro’ de Europa”, que en ese partido de la final entre el Unicaja y el Barça ya llevaba 37 puntos, quiso asumir el papel de héroe en el clutch time. Aunque el aro escupió con violencia el tiro del norteamericano, un cuarto de siglo después cabe preguntarse: ¿acabó entrando el triple de Ansley?

Al cuarto enfrentamiento de una eliminatoria manchada por la polémica arbitral se llegó con 2-1 favorable al Unicaja, ventaja nunca antes remontada en una final. La presión estaba repartida: al Barça de Aíto le exigían vencer por su condición de favorito; el cuadro local jugaba con la ilusión de una afición, la malagueña, que jamás había celebrado nada de tal calibre.

Aunque el aforo oficial del Pabellón de Ciudad Jardín rondaba las 5.000 personas, aquel 18 de mayo se contaron muchas más, apiñadas y sobreexcitadas por la trascendencia del duelo. El de aquel Unicaja iba a ser el triunfo del descaro, de la transgresión, el de los aficionados al baloncesto encantados con todo aquel que, como Joventut o CAI, pusiera en solfa el histórico Madrid-Barça. Hasta siete millones de espectadores se sentaron delante del televisor para ver aquel histórico momento. “Esta temporada necesitaba tener dos campeones. Málaga se merecía algo más que ser un equipo simpático”, defendía el mítico Pedro Barthe en su ‘Zona ACB’, un programa de culto para los amantes del básquet.

Durante los 40 minutos de partido el ruido ambiental fue ensordecedor, pero cuando el esférico salió de la mano derecha de Ansley todas las almas presentes se encogieron. El silencio se hizo sepulcral. A catorce segundos para el final, dos abajo los verdes, el ‘cuatro’ solicitó la bola en campo propio para, con una tranquilidad pasmosa, subirla, encarar a Darryl Middleton y soltar una sorprendente ‘mandarina’ desde siete metros.

Nadie le pudo reprochar nada a ‘Mike’: aquel Unicaja había llegado hasta aquel punto con arrojo y valentía, cuestionando el poder establecido con más corazón que talento, y era consecuente perecer de esta manera. El americano pudo asegurar con un pase o un tiro de dos para buscar la prórroga, pero no era lo que requería el momento. “Quería el home run”, ha reconocido años después el ala-pívot.

Aquel no estaba llamado a ser un triple más. Era el pasaporte al éxito de un equipo hasta entonces mediocre. Era, en cierto modo, la esperanza de una clase media noventera que estaba empezando a prosperar y empoderarse. Las gestas de los equipos pequeños son, casi siempre, abrazadas con simpatía, y aquel año el C.B. Málaga era mucho más que una escuadra modesta de media tabla, era todo un símbolo de la lucha contra los grandes poderes, aunque en el pecho luciese el logo de una entidad bancaria.

Aquel osado triple desde siete metros acabaría rebotando en un aro que escupió las ilusiones de todos los allí presentes. En el quinto y definitivo partido, disputado en el Palau, el cuadro andaluz acabó sucumbiendo por 73-64 el día en que Epi se retiraba de las canchas. Aquella derrota sí que iba a ser algo más previsible e irremediable. A pesar del famoso lanzamiento errado, Mike Ansley se convirtió en el único MVP de una final ACB que vestía la camiseta del conjunto perdedor.

25 años después de aquel 18 de mayo, Málaga sabe que aquel triple besó la red por dentro, al menos metafóricamente. Antes de ganar, dicen, es necesario perder muchas veces. El paso del tiempo ha ayudado a la afición malagueña a poner en perspectiva una derrota única, cargada de orgullo y aprendizaje. El ‘triple que no entró de Ansley’ trajo, años después, una Korac, una Copa del Rey, una liga ACB, una Final Four de la Euroliga y una Eurocup. El ‘triple que no entró de Ansley’ enseñó al club cajista a creer, a ser inconformista. A pelear por objetivos mayores.

Hace apenas unos días el propio jugador lo reconocía en una charla con Manolo Rubia, por entonces delegado del equipo: “Aquel tiro fallado acabó uniendo una ciudad. Éramos uno, fue increíble. Si pudiera volver a lanzarlo, lo haría. Y lo metería para ganar el partido”.

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