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Jacinto Elá: “Disfruté del fútbol, pero lo abandoné sin ningún dolor”

Jacinto Elá (Añisok, Guinea Ecuatorial, 1982) es velador escolar en un instituto y escritor, pero cuando apenas era un adolescente también llegó a ser nombrado «mejor jugador infantil del mundo». Ahora, con sus aleccionadoras experiencias y en negro sobre blanco, pretende desmentir algunos falsos clichés relacionados con la etapa formativa del “deporte rey”. Hasta la fecha ha publicado tres libros: ‘Fútbol B: lo que me habría gustado saber cuando era futbolista y nadie me contó’, ‘Mentor: las seis motivaciones fundamentales de las personas’ y ‘Ulises: diario de un futbolista pobre’. En las distancias cortas, Jacinto esconde sus cicatrices detrás de una amplia sonrisa. Dice no echar de menos el fútbol, pero una vez abierto el cajón de sus memorias seguimos viendo un fulgor extraño en su mirada. Son las ascuas del fuego que avivó una pasión tóxica, una de aquellas a las que acaba volviendo uno siempre.

– Pregunta: ¿Desde un primer momento supiste que ibas a ser futbolista?

– Respuesta: No, ni mucho menos. Yo vivía con mis padres en Canarias hasta que se separaron, y allí lo que hacía era lucha canaria. Era pequeñín pero ágil, y no podían tirarme (risas). Llegamos a Barcelona con mi madre, que tenía 27 años, y nos queríamos pasar todo el día en la calle, como hacíamos en la isla, pero ella pronto me mandó a Hospitalet, donde mi tío entrenaba en el Sector San Feliú. Allí estaría más controlado.

– P: Desde ahí todo comienza a ir muy rápido.

– R: La verdad es que sí. En dos años ya estaba en el Hospitalet, y a la siguiente temporada en el Espanyol. Iba tan rápido que no quería cambiarme de equipo al principio. No lo veía como un ascenso, sino como una putada. Iba a dejar atrás a mis amigos. Ellos, al final, eran los que me convencían de que era lo mejor.

– P: De jugar en la calle a ser reclutado por un club profesional, donde todo parece tener un plan. ¿Cómo asimilas el cambio?
– R: Pues de una manera natural según lo que yo pensaba, pero si que viví cambios grandes. Ten en cuenta que mi familia es humilde, mi madre tenía un locutorio y yo, si comía natillas en casa es porque las traía de Cáritas, aunque yo por aquel entonces no lo sabía. De repente Nike me patrocina y me da toda la ropa que quisiera tener. Para mi madre fue una bendición no tener que comprar más ropa de deporte.

– P: Supongo que eso fue tras ganas la Nike Premier Cup con el Espanyol, en un torneo en el que te designan “Mejor jugador infantil del mundo”. Atrevida etiqueta para un niño de apenas trece años.
– R: Sí, sí, totalmente. Encima yo sabía que no era el mejor jugador del mundo, ¡ni siquiera lo era de mi equipo! Nunca me lo creí, pero sí que noté la presión de tener que demostrarlo. O al menos yo me la impuse. La siguiente temporada siempre quería intentar un caño, una bicicleta; algo mágico o diferente. Todo para parecer el mejor, para ser una cosa que no era.

– P: ¿Eras feliz en esa época?

-R: Sí, quitando esa “presión”, mucho más que después. De hecho, mis verdaderos amigos del fútbol son los de aquella época. Ten en cuenta que en el Espanyol los de casa lo teníamos más fácil para adaptarnos, era un trabajo que teníamos hecho, yo estaba a gusto. No es como los chicos de Andalucía o Extremadura, que tienen que adaptarse no sólo al club, sino a una nueva vida. Es muy complicado dejar a tu familia y meterte en un entorno ultra competitivo. Yo, como disfrutaba haciendo lo que me gustaba, estaba bien. Lo que te digo, hasta juveniles fueron mis mejores años como futbolista.

Jacinto, a la salida de una boca del metro en el centro de Barcelona. Foto: El Revulsivo.

– P: ¿Puede deberse a que todavía no le había dado al fútbol tiempo de corromperos?
– R: ¡Así es! No me lo había planteado así, pero tiene que ser, porque suelo escuchar lo mismo de casi todos los ex futbolistas con los que hablo, ya sean de categorías inferiores o de Primera. En esos años estábamos todos más equiparados, no nos habían metido todavía tantos pajaritos en la cabeza y no te importaban tanto los ceros de tu contrato.
– P: ¿Es esto lo que te quitaba el sueño después?
– R: A ver, no. A mí no me llegó a quitar el fútbol nunca el sueño, y eso era porque mi familia no me trataba como una estrella, alguien especial, ni tenía que mantenerlos. Eran autosuficientes y yo era uno más, tanto que entrenaba de lunes a viernes con el juvenil y los sábados tenía que echar horas en el locutorio para ayudar, como mis hermanos hacían entre semana. Sí que es cierto que con el paso de los años me empezaba a pesar la responsabilidad del dinero, especialmente cuando no jugaba partidos, que a fin de cuentas era por lo que me pagaban. A veces me sentía mal.
– P: ¿Compaginabas bien los estudios con el deporte?
– R: No, y es una de las cosas que más me fastidia, pero era lo normal. Llegaba un día que tenías que elegir entre ir a un examen o a entrenar, y acababas eligiendo lo que te daba la pasta a corto plazo. Aunque supieras que estaba mal faltar al examen. En cierto modo te condicionaba. Con 16, 17 años ya cobraba 300.000 pesetas, que era mucho dinero.
– P: De repente empiezas a entrenar con tus ídolos del primer equipo.
– R: Se daba una situación muy curiosa, yo no los consideraba ídolos, sino enemigos (risas). Yo, iluso, pensaba que tenía que competir con ellos para quitarles el puesto.
– P: No lo consigues. O eliges otra vía: Inglaterra. Te conviertes en el primer español menor de veinte años que se fue a la Premier. ¿Cómo fue el cambio?
– R: Cuando acabé los juveniles en el Espanyol yo quería hacer la pretemporada con el primer equipo, pero no se dio porque mi representante, que era mi primo, no tenía tanta mano como otros. Se dijo que yo pedía 200 millones de pesetas por dos años, pero era totalmente falso. El dinero nunca fue lo que me movió en el fútbol. El Espanyol quiso cambiar alguna cifra del contrato que teníamos pactado, llegó el Southampton que llevaba tres temporadas siguiéndome y decidí irme.
– P: En Inglaterra no va todo como esperabas.
– R: No, fue difícil, pero tampoco me favoreció el contexto. Recién acababa de llegar la Ley Bosman (equiparaba los derechos de contratación de los futbolistas al del resto de trabajadores europeos), y muchos equipos hacían experimentos con extranjeros jóvenes, como era mi caso. Pero allí yo ya no era Jacinto, el cuidado, la joya de la cantera. Allí era uno más. Al principio me hicieron algo más de caso, pero conforme fui perdiendo protagonismo en el primer equipo no se acordaba de mí nadie.
– P: ¿Sentiste aquello de lo que hablabas de tus compañeros extremeños en el Espanyol? Aquello del desarraigo y la falta de la familia.

– R: Sí, aunque yo elegí que mi familia no viniese. O no quise nunca. No quería que mi madre dejase a mis hermanos “huérfanos” en Barcelona. Yo tenía que haberme ido a vivir con una familia, como hizo Mikel Arteta, compañero mío en las categorías inferiores de la selección. Así me lo aconsejó, pero no le hice caso y supongo que lo acabé pagando. Tuve algunos problemas de adaptación con el inglés, me costó un poco al principio (ríe).

– P: Dices que tu mejor versión futbolística la viviste en Southampton, en el equipo reserva, pero no se te dio bola en el primer equipo.
– R: Así es, aquel Jacinto podía hacer lo que quisiera. Si yo estaba bien, sabía que podía ser el mejor, pero tampoco tuve oportunidades de demostrarlo. Gordon Strachan, que siendo entrenador del Coventry me llevó a esa ciudad un par de años antes pero no consiguió convencerme para quedarme; llegó como técnico al Southampton y comenzó a hacerme el vacío, como si no me conociera. Ya sabía que iba a ser difícil.

– P: Pasaban los meses y no veías llegar la oportunidad, las primeras frustraciones de tu carrera. ¿Cómo las gestionabas?
– R: Como podía. Realmente yo como me lo pasaba bien era con el fútbol, y nadie podía decir que no me lo currase porque yo me quedaba allí horas en el estadio, antes y después de los entrenamientos, porque a mí lo que no me apetecía era irme otra vez a la casa a jugar a la Play. Se convirtió en tan rutinario y pesado aquello que me iba yo sólo al centro comercial y me compraba ropa nueva una vez a la semana. No por consumismo, sino para sentir que algo nuevo estaba entrando en mi vida.

– P: ¿No tenías amigos en los que apoyarte?

– R: A ver, sí que me llevaba bien con algunos jóvenes franceses, y con Agustín Delgado, grandísimo jugador ecuatoriano, con el que también tenía una buena relación, pero yo me sentía algo diferente a los futbolistas. Eso ya desde el Espanyol. Mis compañeros se iban al Puerto Deportivo, pero yo me iba con mis colegas al Jamboree. Nos gustaba hacer otras cosas, ir con otras chicas…
– P: Sin embargo, a tu fiesta de despedida de Inglaterra acudió mucha gente…
– R: ¡Sí, pero no conocía a casi nadie! Organicé la fiesta en la casa del propio Agustín Delgado, que estaba cedido en México. Había casi cien personas y sólo conocía a tres o cuatro, mi primo y un compañero del equipo. Botellas por todos lados y al día siguiente, recogiendo, la consciencia de que podía haber pasado cualquier cosa mala.
– P: ¿Recoger los restos de una fiesta es como recoger los recuerdos de una carrera futbolística?
– R: Puede ser, no lo había pensado así.
P: Es una actividad lúdica de un tiempo determinado, espiritualmente banal y artificial, que al día siguiente te deja una tremenda sensación de vacío. Y los restos, cómo no, los escombros de tu trayectoria, a la vista.
– R: (Toma una pose pensativa y asiente). Es una muy buena definición. Al día siguiente nadie se acuerda de ti, solo te quedan los dolores de las articulaciones y tus historias. Yo disfruté el fútbol, pero cuando lo dejé lo hice sin ningún dolor. Y cuando dije que me iba a retirar nadie vino a frenarme. Mi familia me acogió de nuevo con los brazos abiertos. Allí nunca me sentí integrado, no iba ni a las cenas del equipo, no me avisaban. Al principio me pensaba que todo era culpa mía, pero es el mundillo.
– P: Quizá por eso, y cansado de esperar en Southampton, solicitas al club que te ceda, y te vas a Alicante al año siguiente. Fue una temporada rara con el Hércules que acabó de la peor manera posible para un futbolista, con una grave lesión.
– R: Fue un año complicado. Llego con muchas ganas de jugar, de ser futbolista de nuevo, pero me encuentro un ambiente muy raro, porque no se estaba cobrando. Cuando me empezaba a sentir de nuevo más cómodo sobre el verde me rompí la rodilla. Adiós temporada. El primer día lloré, pero al segundo empecé a darme cuenta que eso le podía pasar a cualquiera, que yo no era especial.
– P: ¿Pensaste, por primera vez, dejarlo?
– R: No, asimilé que era algo que podía pasar. Aún así, yo tenía una idea clara: si con 24 no había logrado llegar a Primera me retiraría. Nunca pensé que el fútbol fuese totalmente lo mío, de hecho: yo quería ser rapero. El fútbol iba a a ser un medio para tener una vox y poder rapear. O al menos en mi cabeza.

La vida de Elá cambió drásticamente al abandonar la Ciudad Condal.

– P: Pero tu carrera iba a tomar otros derroteros tras salir de Inglaterra. Impagos no sólo en el Hercules, también en el Alavés de Piterman y en la Gramanet. En la Tercera catalana, con 26 años, ahí si que dices basta. ¿Te daba el fútbol más sufrimientos que alegrías?

– R: Necesitaba salir de ahí. Necesitaba trabajar de otra cosa. Por unas cosas u otras no acababa de ser aquel jugador de Southampton o el Espanyol y acabé muy cansado de los impagos. Necesitaba sentirme realizado, pero no lo conseguí hasta mi primer día de trabajo como azafato en un tren. Algo tan normal, y que me llenaba tanto. Despertando pasajeros en las estaciones.

– P: ¿No te planteaste volver?

– R: En ningún momento. No quería seguir jugando ni aunque me hubiesen llevado al Mundial. Me gustaba el fútbol, y me sigue gustando jugar una pachanga, pero no quería que fuese más mi vida. Me veía con 26 años como un inútil, sin saber nada que tuviese que ver con esto.

– P: ¿Conociste casos como el tuyo?

– R: Por supuesto, no soy tan especial. No sólo con compañeros muy buenos que he tenido y que no han llegado tan lejos, también en la élite. ¿Te acuerdas de Anelka? Llegó con 19 años después de haber pagado el Madrid 5.000 millones de pesetas por él, pero no puedo adaptarse porque tampoco le ayudaron. Anelka era un tipo especial, y la gente especial no está bien vista en el fútbol. Te pagan dinero para que renuncies a ciertas cosas, para que no te salgas del margen. El futbolista es esclavo, pero lo es hasta cierto punto, porque hay una dualidad: el dinero también te da la felicidad, si cobras mucho. ¡Mira Bale! ¿Cómo puedes presionar a un tío que gana 15 millones de euros? ¡Le da igual!

– P: ¿Tú ahora te sientes libre?

– R: Muy libre. Y contento. Ahora escribo, trabajo de velador en un instituto ayudando a chavales con problemas de aprendizaje e integración y me siento muy realizado. A mí me ayuda mucho esto en el plano personal, quizá no tanto en el económico, pero como nunca me importado mucho el dinero me da igual. Como futbolista vives aislado, no todo empieza y acaba ahí. Hay cosas mucho más importantes en la vida.

(Aquí más textos de Javi Blanco y Pablo Campos)

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