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Ramón Besa: «Robinson tenía siempre a punto la respuesta adecuada»

Aunque un abismo profesional y reputacional nos separe aún de Ramón Besa, en el rato de charla que hemos compartido esta tarde con él había algo que nos igualaba: la tristeza. La entrevista estaba predestinada a caminar por otros derroteros, pero nos sobrevino la noticia, dolorosa, del fallecimiento de Michael Robinson, un ex futbolista reconvertido a «contador de historias» que supo comprender el periodismo mejor que nadie. Todavía con un nudo en la garganta hablamos con el maestro Besa de todo lo que perdimos esta mañana, y de cómo de huérfano queda el mundillo tras la marcha de uno sus grandes adalides.

Usted que lo conoció, ¿cómo era Michael en las distancias cortas?

Ante todo, un tipo muy divertido. Cuando te vas por ahí, a esos campos, a partidos de fútbol o campeonatos lejos de casa, uno siempre agradece encontrar gente divertida, y Michael lo era. Siempre te reías con él, y eso para mi es muy importante. Después comías bien, otro detalle a tener en cuenta. Era muy culto e inteligente, por lo que aprendías. ¿Qué más podías pedir a una compañía que te divierta, que puedas comer bien con él y te culturice, por decirlo de alguna forma? Michael siempre tenía el guiño preparado, la respuesta a punto siempre…

Luego, y otra cosa que me gustaba de él, era que siempre que se presentaba decía: “Hola, soy Michael Robinson”. Tenía ese punto también, que te hacía preguntarte “bueno, si ya todo el mundo sabe que eres Michael Robinson, ¿qué necesidad tienes de presentarte así?». Te lo diré: porque él pensaba que, a lo mejor, la persona que había al lado no estaba interesada en el fútbol y no sabía quién era. Tenía esa deferencia. Desde este punto de vista me interesaba, por tanto, no sólo la persona pública, sino también -sobre todo- el personaje, el periodista, el amigo… Era muy polifacético y querido, también un enamorado de España y del mar. Ahora estaba en Marbella pero tenía intención de trasladarse a Barcelona. Le encantaba Sitges…

¿Ese “buen comer” podía ser una actitud vital? Reposada, seleccionada con gusto, de buena digestión…

Sí, así era. Él tenía un punto de ironía y gracia que ayudaba siempre a desdramatizar las situaciones más complejas. A veces en el fútbol somos muy pasionales, tendemos a ser hinchas y nos dejamos llevar por cosas que, muchas veces, nos sacan de quicio. Robinson sabía cómo afrontar toda esa serie de situaciones con naturalidad, algo que lo hacía muy querido y admirado por todos.

Todo ello con un estilo bastante característico, reconocible y difícilmente imitable.

Michael tenía un tono muy bueno para transmitir. Algunas veces nos irrita o preocupa cuando un comentarista habla de una manera despectiva o agresiva respecto a nuestros colores. Sentimos que es del equipo rival y podemos caer en la tentación de decir aquello de “qué transmisión más barcelonista o madridista”, pero él no lograba levantar esa aversión. Él era querido por todas las aficiones, y eso que la gente sabía que era del Liverpool.

Acerca de esto, yo viví recientemente dos experiencias con Michael: la primera con él y la segunda no tanto. Una fue con el partido del Barça en Anfield. A él, por ejemplo, le supo mal la manera en la que había perdido el Barça, porque le gustaba cómo jugaba el equipo y no acababa de entender qué había ocurrido. Justo antes del todo esto, y con la visita del Atlético de Madrid a Liverpool se quedó, sin embargo, diciendo “¿qué ha pasado hoy?” Yo no estaba en aquel partido, pero lo acabamos comentando con el tiempo. Curiosamente, en esos guiños que tiene la vida, este fue el último partido que comentó. El día que el Atleti elimina a su Liverpool. Pero Michael, repito, tenía esa capacidad de desdramatizar.

Tener el tono adecuado, como en cualquier actividad en la vida, es muy importante para no ofender y, al mismo tiempo, para poder contar las cosas bien contadas. En eso Michael era un fuera de serie. Aún sabiendo que era del Liverpool, que le gustaba el Barça, que prefería un estilo determinado de juego por encima de otro, sabiendo que le podía gustar el Betis… sabía diferenciarlo. Tenía, en definitiva, buen gusto, pero el buen gusto no se suele considerar una virtud…

Michael Robinson el día que recogía el Premio de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán. Foto: Pep Morata – Mundo Deportivo.

Era un romántico del fútbol, pero eso no le impedía dejar los colores de su Liverpool a un lado para ofrecer la mejor información posible al espectador. ¿Es tan difícil de conseguir esa abstracción?

Hay que tener en cuenta que el periodismo deportivo siempre llevó camiseta. Nunca lo hemos disimulado porque, al final, acabamos ejerciendo una autocensura insana. Obviar que somos de tal o cual equipo es un ejercicio de cinismo, pero lo que jamás deberíamos hacer es faltar a la verdad o a los hechos. Todos nos hemos criado con un equipo, sentido unos colores. ¿Por qué entonces se ha recriminado tanto el llevar una camiseta?

Una vez admitido que tienes unos sentimientos, una proximidad, tienes que evitar la autocensura. Lo suyo es “disimular” que eres de este u otro club, pero al mismo tiempo decir que no eres un forofo, porque eres periodista, y que te has de centrar en los hechos. El periodismo consiste en acercarse siempre a los hechos por encima de camisetas o colores. Cuando formas parte de ellos y no te has separado lo suficiente, ya no eres un periodista, te conviertes en un ‘hooligan’, ya sea de la causa política, de la deportiva o de la que sea.

Mucha gente en la profesión se ha convertido hoy al ‘hooliganismo’ porque el receptor ya no busca información, sino consumir aquello que le gusta oír. Antes la gente acudía a los periódicos para informarse, no para “masturbarse”, si se me permite la expresión utilizada por Enric González. Tenemos que huir de todo esto y, sobre todo, de la mentira.

Se puede observar en muchos casos. Por ejemplo, si te gusta más Nadal que Federer. Que yo prefiera al suizo no ha de ser un síntoma de anti españolidad, pero al final se acaba hablando más con el intestino que con la cabeza, y hemos llegado a situaciones extremas. Robinson nos ayudaba a recordar en sus programas y retransmisiones que el deporte es divertidísimo, que nos ayuda y enseña mucho, siempre que le demos el tono que se merece.

Esta fanatización ha empobrecido el oficio, y ahora cada información parece tener una intención añadida. En esto Michael era algo independiente, creando contenido casi “de culto” como ‘Informe Robinson’.

El periodismo tiene un ritual que no morirá: el de contar las cosas que suceden, y Michael sabía contar muy bien las historias detrás del deporte. El único error que hemos cometido los periodistas últimamente es dejarnos guiar por el negocio y por los que guían ese negocio. El periodismo es una profesión vocacional: te ha de gustar mucho lo que haces, o si no no hay solución. Tus padres, cuando le dices que vas a ser periodista, se llevan siempre una gran decepción. No conozco ningún periodista que tenga colgado su título, a diferencia de un notario o un médico. Muchas veces hemos caminado por la vida como personas indeseables. Por una parte nos gustaba la bohemia, viajar, experimentar… pero también ha sido nuestro encanto. A priori, nosotros no queremos ser multimillonarios ni vivir de la industria periodística, sino contar las cosas que ocurren.

Ahora muchos profesionales, con el aumento de la comunicación corporativa, aspiran a este medio, que es muy loable, pero el resto de periodistas no nos tenemos que olvidar de hacer frente a esta comunicación corporativa. Porque si lo hacemos, si construimos todo a partir de comunicados, vamos mal.

Este nuevo periodismo ha crecido mientras se ha encogido el de toda la vida, el que ha precisado siempre de un empresario dispuesto a gastarse el dinero, así como de un lector dispuesto a comprar la información. Si el consumidor no se acostumbra a pagar por el contenido el periodismo se va a la mierda, con perdón de la expresión.

El periodismo vale dinero. Si para ver una serie de televisión uno ha de suscribirse a Netflix o a un canal de pago, con el periodismo ha de pasar igual. Tenemos que conseguir que la gente se dé cuenta que para leer determinadas firmas, determinado periódico, para saber determinadas cosas, tienen que hacerse suscriptores. Y nosotros asumir que ese consumidor será exigente, porque “si ustedes no lo hacen bien, yo me doy de baja”. Hay que recuperar la vocación y la dedicación, y el lector tiene que comprender su parte también.

Robinson, junto a Carlos Martínez y Maldini, en una de sus últimas retransmisiones. Movistar.

Aunque Robinson no fuera un periodista con título, sí que entendió perfectamente esta manera de diferenciarse en el mundillo. Quizá él si fuese una de esas firmas susceptibles de ser pagadas. ¿Por qué interpretó el medio mejor que otros compañeros de la profesión?

No sabría decirte concretamente el porqué, pero principalmente por su personalidad. Aparte, él conocía perfectamente los registros del fútbol. Se ha puesto de moda que los futbolistas, cuando se jubilan, pasen a las empresas de comunicación para hablar del deporte que practicaban. No podemos olvidar que Michel fue un gran futbolista, que jugó en el Liverpool, en el Osasuna, y que fue un tipo que ganó la Copa de Europa con los ‘reds’.

No era un cualquiera y ahí reside una parte importante, pero luego hay que saber comunicarlo. Hay algunos futbolistas que también lo han vivido y no son capaces de expresarlo bien. Los ingleses, en este sentido, tienen cierta gracia, porque poseen esa ironía, esa capacidad de reírse de determinadas situaciones y una empatía que muchas veces no tienen otros colectivos. Es un plus para ellos.

Aparte, él se reía hasta de sí mismo, pero también era comprometido. Estaba asustado por el Brexit, no quería saber absolutamente nada de él porque lo consideraba una calamidad para Inglaterra, así que era capaz de criticar con fundamento aquello con lo que no estaba de acuerdo. Por eso, a pesar de no tener el título, estaba muy capacitado para ejercer de periodista.

Descanse en paz, Michael Robinson.

(Aquí más textos de Javi Blanco y Pablo Campos).


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