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Jordi Ortega, la esencia del pivote

Jordi Ortega es alguien introvertido, amable, honesto, un joven con la cabeza amueblada. Como futbolista, aúna técnica e inteligencia, y la madurez precisa para saber administrarlas.

Jordi fue el mediocentro titular del FC Barcelona juvenil que se proclamó campeón de la primera Youth League de la historia, jugada en la temporada 2013/14. Tras ser indiscutible en el eje del magnífico equipo entrenado por Jordi Vinyals, no tuvo la oportunidad de demostrar su valía en el Barça B, por lo que decidió emigrar a Inglaterra, donde el Wolverhampton Wanderers parecía dispuesto a aprovecharlo. Nacido en enero de 1995, a sus 25 años ha vivido una carrera deportiva donde las luces se sobrepusieron a unas sombras que llegaron en forma de lesiones. En la actualidad cumple su último año de contrato siendo habitual en las alineaciones de la UD Melilla, club a cuyo equipo ayudó a alcanzar la fase de ascenso del grupo IV de Segunda B la temporada 2018/19, y que este año compite en el grupo I. Dado su nivel futbolístico, personalidad y ambición, hay pocas dudas de que a su zurda aún le quedan los mejores años de carrera.

Naciste en los noventa en el municipio catalán de Mataró, cerca de Barcelona, y te hiciste como jugador en el UE Vilassar, club de la localidad. ¿Futbolista de calle o de escuela?

Mis abuelos y mis padres siempre me dicen que iba con la pelota a todos sitios: la calle, el colegio o cada tarde al parque. Debido a ello me apuntaron, antes incluso de la categoría benjamín, en el equipo de mi ciudad, el Mataró. Así que se puede decir que un poco de todo, una mezcla de ambas.

¿En qué posición del campo jugabas en tus inicios? ¿Quién era tu jugador referente?

Todos mis recuerdos son en el centro del campo, nunca jugué como delantero o defensa, excepto de manera puntual. Los primeros recuerdos que tengo son de Rivaldo, pero yo aún tenía 5 o 6 años. El primer jugador en el que realmente me fijaba de pequeñito era Ronaldinho.

La llamada del Barça te llegó en el primer año de juveniles, ¿cómo fue aquello?

El último año de cadete lo pasé en la máxima categoría, División de Honor, como capitán del Vilassar, e hice una buena temporada. Ese año jugamos varias veces contra el Barça. En su casa les ganamos, estuve muy bien y metí un gol. A punto de acabar la temporada me llamó el Espanyol, y entrené dos o tres días con ellos, y el Zaragoza también mostró interés, pero al final no salió ni una cosa ni otra. Continué en el Vilassar en juvenil Preferente, una categoría con nivel medio, por lo que había perdido un poco la esperanza de que se volviesen a fijar en mí.

En pretemporada jugamos un amistoso contra el juvenil B del Barça, donde volví a estar bien, y al acabar el partido se acercó a mí García Pimienta, que era el entrenador azulgrana en aquel momento, y me dio la enhorabuena. Habiendo jugado creo que solo dos partidos de liga, una mañana salía del colegio cuando me llamó mi madre y, emocionada, me dijo que fuese rápido a casa, que tenía una buena noticia que contarme. Cuando llegué me contó que un responsable del Barça los había llamado para decirles que me querían para ya, que tenía que ir a firmar; ¡me quedé de piedra! Se hizo muy rápido, de un día para otro cambió todo una barbaridad. Esa misma tarde fui con mis padres y firmamos. Yo hasta ese momento no sabía nada del interés del Barça, pero estoy seguro que desde el partido de pretemporada ya había algo de interés por su parte, ya que ni el director deportivo del club ni nadie me conocía como para ficharme, sino que fue directamente García Pimienta quien me había visto en varias ocasiones, así que gracias a él que acabé en el Barça.

Ortega (d), saludando a Guillermo Amor. Foto: Mundo Deportivo.

Llegaste al juvenil B siendo mediocentro, en principio para pelear por el puesto que dejaba vacante Sergi Samper, quien pasó del cadete al juvenil A directamente. Pero empezaste como interior izquierda… ¿Cómo fueron tus inicios como barcelonista? ¿Cómo es García Pimienta?

Samper pasó directamente al A, por lo que necesitaban un pivote. Cuando llegué estuve varios partidos entrando desde el banquillo como interior, el mediocentro titular era un chaval llamado Pau Otero. Fue todo poco a poco, pero a mitad de temporada Pimienta me probó de mediocentro y empecé a jugar más partidos, hasta que me hice con el puesto y acabé muy bien el año.

García Pimienta es muy cercano con el jugador, gracias a él me adapté bastante rápido, fue todo muy sencillo. Aun cuando no era titular él me transmitía confianza, tranquilidad, me quitaba la presión de haber llegado a mitad de temporada y procedente de un club modesto. Le debo muchas cosas a Pimienta, quien sin duda es un entrenador ‘top’ que merece una oportunidad arriba.

Tu ingreso en el Barça fue en 2011, año en el que Guardiola aún entrenaba al primer equipo. Sobre todo desde la llegada de Pep como entrenador del filial se potenció lo que se conoce como «estilo Barça», esa idea de que todos los equipos del club han de entrenar y practicar los mecanismos del juego de posición que, a su vez, se desarrollaban en el primer equipo. ¿Fueron novedosos los conceptos del juego para ti?

En el Barça la metodología es la misma desde los más pequeñitos, se intenta inculcar ese juego de posición, el mantener el balón, la posesión, el entrenar con rondos y ejercicios en espacios pequeños, y practicar el sistema 4-3-3. En todas las categorías es lo mismo, y se agradece porque hay mucho nivel y, siguiendo el mismo método, es más sencillo dar el cambio, y también subir a gente. A mí no me costó mucho, porque yo tenía un estilo similar. Y en el Vilassar, salvando las distancias, habíamos tratado de sacar el balón jugado, no de pegarla arriba, y de hacer presión alta. Por mis características y por lo que venía haciendo, me fue fácil.

Otro aspecto propio del club es el llamado «ADN Barça», que se relaciona con los valores que la entidad trata de inculcarle a los jóvenes residentes en la Masía, más allá del fútbol.

En la Masía se dejaba un poco el deporte de lado, no solo hablo del fútbol, porque allí hay chicos de muchas disciplinas, y se trata más el tema de educar. Estaban muy encima de ti, te controlaban mucho todo: las notas, que hicieses un módulo si no hacías bachillerato; pretendían que nadie estuviese tirado en la cama o sin hacer nada. Yo iba a clases por la mañana, comíamos, iba a entrenar, después teníamos clases de repaso, todo obligatorio. Le dan mucha importancia a los valores, hay muchos recursos y facilidades para estudiar y crecer como persona, y eso se agradece.

Volviendo al fútbol, acabaste jugando en el juvenil A de Vinyals y ganando, además del campeonato local, la primera Youth League (copa europea juvenil), donde goleasteis al Ajax y al Milan, vencisteis al Arsenal en cuartos, al Schalke de Leroy Sané en semis y al Benfica de Gonçalo Guedes en la final. ¿Cómo fue todo?

Tras los dos años en el juvenil B de Liga Nacional, pasé el tercero en el A, en División de Honor. El cambio de juvenil B al A se nota bastante, porque el A se considera como profesional, y ya pasamos a entrenar por la mañana junto al Barça B, y es otro rollo. Ya se juega Youth League, Copa del Rey y Copa de Campeones, la exigencia es más alta, hay más presión, muchos más ojos mirándote, por lo que al principio da un poco de respeto, pero me adapté pronto. Gracias a la metodología lo llevé bien, ya que los equipos de Pimienta y Vinyals jugaban a lo mismo.

Sé que estuvo en China, no sé si ahora está entrenando, pero la verdad es que Vinyanls es muy buen entrenador. Los primeros días me metía mucha caña, de los que más, llegué a pensar que no le gustaba y que a lo mejor no jugaría, pero luego supe que lo hacía para ayudarme, porque en el Barça la posición de pivote es muy importante. Me dio muchísima confianza y ese año jugué todo. La de Vinyals es una personalidad diferente a la de Pimienta, ya que no se callaba, metía muchas bullas pero siempre con sentido, y trabajábamos muchísimo en el día a día…

Como te he dicho, la categoría era como más profesional, era diferente, más de ayudantes, de ver vídeos y tener todo más estudiado, pero al final el juego era, al fin y al cabo, parecido. Ese año fue una pasada, ganamos todo menos la Copa de Campeones, que no salió tan bien. Jugué muchísimos minutos y lo disfruté.

Jordi Ortega controla el balón ante Romario Baldé, del Benfica, en la Youth League. Uefa.com

Alguna vez has destacado la semifinal como tu mejor partido de aquel torneo europeo. En varios momentos del partido te tocó frenar a un Sané con libertad de movimientos en ataque…

Llegué con muchas ganas a esa final four. Empezamos algo nerviosos y sufriendo contra el Schalke, pero cuando nos calmamos todo salió bien y pudimos sacar el partido. Con respecto a Sané, habíamos analizado su juego viendo vídeos días antes, y se notaba que era un jugador a tener en cuenta. Ya en los primeros minutos del partido se notó que era diferente al resto, tenías que estar muy encima, se movía mucho y bien, era muy rápido, tenía un golpeo de locos. Por suerte lo acabamos controlando y no pudo hacer mucho.

Entiendo que lo ideal es que se den ambas cosas pero, en la Masía, ¿se prioriza jugar bien o ganar?

En el día a día la idea es jugar bien, pero una cosa lleva a la otra. No se prioriza ganar, sino que se insiste en la idea de que jugar bien es lo que te llevará a los tres puntos, a ganar los partidos y de ahí la Liga. Cuando resulta un partido trabado y al final lo ganas, en la semana te meten bastante caña con mejorar el juego. Así que es importante, es importante el juego para ellos.

En el plano individual, ¿qué te pedían Pimienta y Vinyals sobre el campo?

Al principio, cuando con Pimienta comencé de interior, con el paso al pivote me pedía sobre todo conceptos a nivel defensivo: si el central salía yo me metía, si el balón iba a banda ofrecer ayudas al lateral o al central… más aspectos tácticos, para coger la mecanización del puesto. En lo ofensivo, por ejemplo, si el central tenía el balón yo tenía que estar en la diagonal opuesta, en salida insistían en el juego con los interiores, si uno viene el otro va, mucha movilidad en este sentido y, sobre todo, circular muy rápido, a dos toques, ya que no es una posición para conducir, sino para romper líneas con balón, mirando siempre adelante. También me apretaban mucho con el tema del control orientado, la correcta posición del cuerpo al recibir, que son cosas básicas pero que en los entrenos metían mucha caña, sobre todo a mí y al resto de pivotes. La de pivote es una posición complicada y tácticamente clave, pero en el Barça está muy marcada y tiene una mecánica muy clara, lo que ayuda a dominarla.

Jordi Ortega Vs. Leroy Sané, duelo de muchos quilates. Foto de Philipp Schmidli, Getty.

De un tiempo a esta parte, la salida de tres hombres generalmente conocida como lavolpiana, en la que la función del pivote es clave, se ha visto en muchos equipos que pretenden elaborar un juego de posición. ¿Llegasteis a practicarla?

Sí utilizábamos la salida de tres ya en aquel tiempo, sobre todo si el contrario jugaba con dos delanteros. En la salida de balón, los centrales se abrían, yo me metía y los laterales estiraban. Normalmente yo fijaba al delantero para tener salida con un central o un interior que retrasaba un poco su posición. La usábamos porque los equipos ya sabían cómo jugábamos y preparaban mucho la presión, y de vez en cuando acudíamos a ella para solucionarlo.

En aquel juvenil A compartiste alineación con futbolistas que han llegado a Primera, como Tarín, Quintillá, Kaptoum, Adama o un Munir que fue goleador destacado en Europa. ¿Te entendías especialmente bien con alguno de tus compañeros?

No sabría decirte si tenía algún socio especial, ya que, aunque es un tópico, eran todos muy buenos, te hacían a ti y a la jugada siempre mejor. Kaptoum es muy buen jugador, con Adama era muy fácil jugar, porque si tenías algún problema se la tirabas al espacio y él te llevaba, Munir venía a menudo a recibir y a mí me daba muchas posibilidades. Pero no sabría quedarme con uno.

Cuando en 2007 Guardiola regresó al club para entrenar al filial, una de las primeras decisiones que se tomaron fue disolver el Barça C con el objetivo de que, al eliminar ese escalón «de acomodación» que podía suponer el tercer equipo, solo los juveniles más preparados pasasen al B al cumplir la edad. Al finalizar tu último año a tal nivel, aparentemente eras uno de los elegidos para progresar en ese sistema ascensor. Para sorpresa de muchos, Eusebio ni siquiera te consideró como parte de una plantilla que estaba en Segunda, tenía en sus filas a Samper y ficharía a Gumbau.

Para mitad de temporada más o menos, hablando con mi representante ya vi por dónde iban los tiros. No sé las circunstancias concretas, pero yo venía de un pasado humilde lejos de la Masía, y es complicado… Para el puesto, en el Barça B estaba Samper, Ilie Sánchez, que se fue y luego acabó en Estados Unidos, y también ficharon a Gumbau, del Girona. Al finalizar la temporada me dijeron que no contaban conmigo, no hay mucho más que decir.

Y decidiste ir a jugar a Inglaterra, a la Championship, coincidiendo en el Wolves con tu ex compañero Albert Torras. ¿Cómo es que se fijaron en ti? ¿Qué te llevó a tomar esa decisión?

Tomé esa decisión porque me apetecía mucho probar la experiencia de jugar en Inglaterra, conocer su cultura futbolística y vivir en el país, también para mejorar el inglés. Ellos tiene ojeadores, y cuando juegas en el Barça vienen a verte. Al saber que no seguiría en el club, hablamos con ellos y mostraron muchísimo interés, por lo que tuve clara la decisión, descartando así ofertas que tenía de otros equipos españoles, entre ellos filiales. Me apetecía jugármela, porque sé que no era lo más lógico ni lo más seguro.

En el Wolves coincidí con Torras, con quien estuve en el segundo año juvenil, y aunque no vivíamos en la misma casa, estábamos todo el día juntos y fue de mucha ayuda tener a alguien de confianza.

Jordi, con la camiseta del Wolverhampton en su presentación. Foto: Wolves.

En conceptos, estilos, pensamientos o sistemas, es conocido que el fútbol británico es distinto al español. A nivel general, ¿qué diferencias encontraste entre ambos?

Lo que se dice de la diferencia en el tema físico y la velocidad es cierto. Al principio, en pretemporada, fue una locura, ya que físicamente es mucho más exigente, en tema de entrenos y gimnasio. En el Barça apenas hacíamos dos veces gimnasio a la semana, y de manera voluntaria. Allí son tres o cuatro sesiones a la semana, y a tope. Eso es un cambio gordo que al principio me costó. Con respecto al fútbol, la velocidad se nota mucho, allí la transición es mucho más rápida, es más directo todo, no hay tanta circulación, sino que saca el portero al lateral y venga.

En el campo, se jugaba en 4-4-2 y me pedían poco pase corto y más conducción y desplazamiento, cambios de juego. A los mediocentros sobre todo le exigían el control orientado y desplazamiento inmediato o tener más agresividad, conceptos a los que yo no estaba habituado. Los entrenos eran otro mundo comparados con España, todo el mundo iba mucho más fuerte.

En Inglaterra suele darse la figura del mánager, persona que lleva otros temas además del fútbol y en ocasiones es alguien más distante con los jugadores que el entrenador en España. ¿Cómo era Kenny Jackett?

Allí el mánager es como más serio, más respetado. En mi caso, el técnico sí estaba en los entrenamientos y encima de los jugadores, pero la relación sí era algo más fría que la que yo conocía.

¿Cómo fueron tus primeros compases en el equipo?

Firmé dos años más otro opcional, para jugar en principio en el equipo reserva, que allí tienen una competición sub-23 con un formato muy chulo, pero con miras al primer equipo. Pero cuando llegué todo fueron problemas. El proceso de adaptación fue bien, jugaba mucho, pero cuando iba a empezar la liga hubo un problema de documentación entre el club y el Vilassar, por el cobro de los derechos de formación. El retraso con el papel necesario hizo que me perdiese alrededor de dos meses, y eso me frenó bastante. Cuando pude jugar empecé suplente, me gané pronto un sitio y, por desgracia, me lesioné los isquios. En principio no revestía gravedad, pero recaí dos veces, ambas cuando estaba a punto de volver, así que estuve otros dos o tres meses parado. Para cuando regresé ya no quedaba mucha temporada, y no me lo pusieron fácil, a veces ni me convocaban, supongo que porque, debido a la forzosa inactividad, habían decidido no contar conmigo para el futuro. Entre una cosa y otra, al final fue un año jodido, que salió mal. El segundo empecé la pretemporada, pero la sensación es que seguían sin contar conmigo, sobre todo desde la directiva, así que llegamos a un acuerdo y me rescindieron el contrato.

Con 20 años y viviendo en un país tan diferente y lejos de los tuyos, mentalmente hubo de ser dura la situación.

Por suerte fui a Inglaterra con novia. Pero fue duro no poder jugar porque la vida allí es muy distinta, sobre todo en invierno, que oscurece a las cuatro de la tarde, y se hizo complicado. Pero tanto la compañía como mis familiares, que aprovechaban para venir a verme, ayudaron a sobrellevarlo.

Entonces regresaste a España para jugar en el Córdoba B, en la que sería tu primera experiencia nacional en una categoría superior a juveniles, en este caso en Tercera. El equipo lo entrenaba Luis Carrión, ex canterano del Barça en su etapa como futbolista. Parece que todo encajaba.

Como empecé la pretemporada en Inglaterra se hizo algo tarde. Yo quería jugar, recuperar la confianza y la ilusión cuanto antes. Mi fichaje por el Córdoba B fue gracias a Albert Puig, que había sido entrenador y director deportivo de la cantera del Barça, quien para la temporada 15/16 estaba en el club andaluz. Creo que Carrión no me conocía, y fue Albert quien le habló de mí. Luego Luis preguntó también a Vinyals sobre lo que yo podía ofrecer y, debido a los consejos, acabó apostando por mí. Fue todo súper rápido, y aunque está claro que yo prefería ir al menos a un equipo de Segunda B, ayudó que yo prefiriese un filial.

El futbolista catalán, con la camiseta del Córdoba. Foto: El Faro de Melilla.

Con Carrión hacíamos un fútbol que ya conocía, dado que era similar al del filial barcelonista. Teníamos un equipazo, ascendimos bastante fácil; la verdad es que el nivel general era flojo. Yo me encontraba muy bien, y desde mi llegada lo jugaba todo. La base de ese equipo sería la del siguiente curso en Segunda B. Noté la diferencia con Tercera, ya que segunda B era una categoría fuerte donde había equipos que proponían buen fútbol, pero no me sentí ni mucho menos superado. Para mi segundo año en el club Oltra era el entrenador del primer equipo, que estaba en Segunda. A mitad de temporada lo cesaron y subió Carrión, quien de inmediato pidió que me renovaran, y acabé por firmar un año de filial y dos de primer equipo. Ese mismo curso debuté con el Córdoba, jugando un partido de Copa del Rey y uno de liga contra el Girona en las últimas jornadas. El siguiente año seguí en Segunda B pero hice la pretemporada con ellos, y fui a algunas convocatorias antes de que cesaran a Carrión, y entonces se acabó el vínculo.

Háblame de ese respeto de Carrión por el estilo de juego asociado a su pasado barcelonista.

A Carrión le gusta jugarla, tener el balón, presionar, hacer juego de posición… Me sentí súper cómodo con él nada más llegar de Inglaterra, agradecía mucho su confianza en mí como pivote y su estilo de juego. Lo considero un entrenador buenísimo, que se merece todo lo bueno que le pase. Ahora está en Segunda (es el actual entrenador del Numancia) y espero que siga allí mucho tiempo, o incluso que aspire a más, porque sin duda lo merece.

Supongo que, con 23 años y dos temporadas como jugador fundamental en Segunda B, tus aspiraciones pasaban por dar el paso a una categoría superior. ¿Qué sucedió para que finalmente se concretase tu llegada al club de una ciudad como Melilla, a menudo desconocida para los peninsulares?

A los pocos días de acabar la temporada me telefoneó Dupi, el encargado de fichajes de la UD Melilla, quien mostró interés por contratarme y me explicó que había formado una plantilla para aspirar al ascenso, que sería dirigida por alguien muy cercano a mí que me conocía muy bien, por lo que me animaba a pensar en la posibilidad hasta una nueva llamada.

Yo conocía la ciudad de haber jugado allí con el Córdoba B, pero hablé con mis padres y les dije que no me apetecía firmar por un club tan lejano a Cataluña, así que al principio dejé la decisión parada. Poco después se hizo oficial el fichaje de Carrión como entrenador del Melilla, y tanto Dupi como el propio Luis volvieron a llamarme. Este me insistió mucho, diciéndome que yo sería fundamental en el equipo, que habían fichado a muy buenos jugadores para su propuesta, que estaba seguro de que se haría una gran campaña, que confiase en él.

Tenía más ofertas de Segunda B, pero como conozco a Carri y sé que ni me va a engañar ni suele equivocarse, y finalmente me convenció para que firmase con la entidad melillense. Decidí ir al Melilla por él. Yo aún tenía contrato con el primer equipo del Córdoba, por lo que empecé con ellos la pretemporada, pero estaban mal de dinero y tenían las fichas ocupadas, así que fue un poco culebrón el acuerdo para la salida, pero al final todo salió bien.

Contigo como organizador del 4-3-3, la primera mitad de la campaña 2018/19 pasa por ser una de las mejores de la historia de la UD Melilla tanto en nivel de juego como en resultados. El equipo exhibió un fútbol ofensivo, combinado, equilibrado, rápido e intenso pocas veces visto en la categoría, que le hizo ostentar el liderato jornada a jornada y pasar rondas de Copa del Rey. ¿Cómo es que aquello funcionó tan bien?

Carrión nos explicó en pretemporada su idea de juego, que al ser arriesgada y compleja sobre todo para futbolistas que la desconocen, cuesta dominarla. El equipo no estaba habituado a ese estilo, ya que venía de otro entrenador y otro modelo. Él quería sacar el balón desde la base y, arriba, ejercer presión alta, y el mecanismo lleva su tiempo. Empezamos a practicar ejercicios de posición y presión en los entrenamientos, empleábamos mucho trabajo específicamente en lo que él quería hacer, y eso nos dio la vida. El mecanismo costó en especial a la gente de atrás, ya que a veces se tomaban al pie de la letra el tener que sacar el balón jugado y otras arriesgaban cuando no tenían que arriesgar. Pero el equipo creía en la idea, y eso resultó ser lo importante, ya que todos estábamos de parte del entrenador. Carri es un técnico que sabe llevar muy bien el vestuario. Solo hay que ver los primeros resultados para entender que precisó de un tiempo de asimilación, ya que, en pretemporada, de siete u ocho partido solo ganamos uno, contra el River Melilla de Tercera.

Teníamos un equipo para poder proponer ese estilo de juego, con jugadores y entrenador de una categoría superior, así que cuando cogimos la idea y sumamos la confianza todo fue positivo, ya que en ese tipo de fútbol de posesión con que a un solo jugador le tiemblen las piernas, ya es imposible. Pese a las derrotas, llegamos al primer partido liguero con la idea muy clara y con confianza, que es lo más importante.

Y en el ecuador del curso, tuvisteis el premio de veros con el Real Madrid en dieciseisavos de la Copa del Rey. Tu jugaste la vuelta, en el Bernabéu. ¿Qué recuerdos grabas de aquel momento y de los rivales que te tocó enfrentar?

Sin duda la cita fue histórica tanto para nosotros como para la ciudad y la afición, y eso queda en la memoria. En el campo se olvida todo, pero quienes más me sorprendieron fueron Marcos Llorente y Fede Valverde. A Llorente ya lo conocía, porque nos habíamos enfrentado en juveniles, en la Copa de Campeones. Desde aquel día me fijé en él, se notaba que era superior al resto. Respecto a Valverde, tenía un poderío físico y un recorrido… un box to box increíble.

Ortega presiona a Vinicius en el partido de vuelta de Copa del Rey en el Bernabéu. Foto de Ángel Martínez/Real Madrid via Getty.

Y cuando todo marchaba bien, en enero llegó la segunda lesión de tu carrera, que coincidió prácticamente con el bajón del equipo que, para final de temporada, casi le hace perderse los play off. Una lesión que esperaba solucionarse pronto pero que te dejó fuera lo que quedaba de campaña y el inicio de la siguiente.

La lesión vino un poco después del partido contra el Madrid, y no creo que tenga relación con el rendimiento del equipo. La temporada es muy larga y es habitual que haya altibajos, por lo que es algo normal y pura coincidencia.

En cuanto a mi lesión, fue jodido. Cuando me lesioné yo supe que era algo gordo, pero en la resonancia no se vio nada grave. Me dijeron que posiblemente era una inflamación del nervio ciático. Pasaba el tiempo, me hicieron más pruebas y no encontraron nada, pero yo seguía sin poder correr. Veía de cerca a mis compañeros y quería estar ahí, por eso lo intentaba, pero seguía aguantando el fuerte dolor. Pasaron dos o tres semanas y la cosa estaba igual, así que mentalmente se hacía muy duro. Fui a Madrid y el diagnóstico no fue bueno, me dijeron que tenía una rotura, pero al final era una desinserción. Me fui a Pamplona y Jurdan Mendiguchía, un fisio muy bueno, me dijo había que operar sí o sí. Ya me había perdido cuatro meses y estaba en el punto cero, saber eso me mató. Llegué a pensar que a lo mejor no podía volver porque era una lesión gorda y pensé que podía haberla agravado al seguir entrenando, y la operación era difícil.

Me operé y desde ese momento solo tenía en mente hacer todo lo que estaba en mis manos para volver y poder disfrutar otra vez. La operación fue muy bien, y cuando ya estaba en la última fase, entrené a tope, muy duro todos los días desde la operación.

Al recuperarme, esta temporada ya habían destituido a Víctor Cea y el entrenador era Manolo Herrero. El  regreso fue demasiado rápido, porque tras casi un año parado necesitaba un proceso de adaptación. Pero el cuerpo técnico creyó que me necesitaba y yo me moría de ganas por jugar y ayudar al equipo, y así fue. Jugué varios partidos ese mes, y me pasó factura físicamente tras un año de inactividad. Ya estoy perfectamente recuperado.

Con Herrero, la UD Melilla 2019/20 no juega a lo mismo que el año pasado. ¿Qué te pide el entrenador en su sistema?

Debido a mis características y mi pasado, donde mejor me encuentro es de pivote, jugando solo para abarcar más campo, venir a recibir y tener más salida por delante. Pero el míster cree oportuno jugar 4-4-2, y yo no tengo problemas en adaptarme. Normalmente jugamos Jon (Ceberio) y yo, con un mediapunta por delante. Con el 4-4-2 te proteges más, y es normal que Manolo, después de coger al equipo en una posición no muy cómoda, haya querido cubrirse las espaldas.

Con la participación de Jordi Ortega en 15 de los 18 partidos que Manolo Herrero lleva en el cargo, la UD Melilla ha ganado cinco, empatado cuatro y perdido seis. A abril de 2020, las competiciones están paradas por la crisis sanitarias del coronavirus, y el equipo se encuentra en la posición número 13 del grupo I de Segunda División B.

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