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Leo la crónica del Valencia-Atalante y descubro que anoche, mientras yo discutía con mi profesora de yoga sobre las emociones que se alojan en la cadera, se celebró un partido de Champions League a puerta cerrada y con la megafonía radiando cánticos. Recuerdo cómo ayer por la tarde leía un comunicado de asociaciones de futbolistas reivindicando la suspensión de la competición; “jugamos para los aficionados”, decía Denis Suárez. Me asalta una imagen impactante que vi ayer en el Telediario: un lanzamiento del partido entre el Valencia Basket y el Armani Milan en el cual el balón vuela ante asientos vacíos, igual que los triples que yo intentaba (y marraba) cuando era juvenil del club de baloncesto de mi pueblo.

Un partido de Champions sin público puede tener su punto porque, sin otros sonidos alrededor, sólo quedan las voces de los futbolistas. Quizá descubriríamos que, detrás de los complejos entramados tácticos y del atarse los cordones de las botas antes de lanzar un córner para que todo el mundo las mire, subyace una competición de once humanos contra otros once. La esencia del deporte no reside en los peinados ni en los patrocinios, sino en (por poner dos ejemplos de El Clásico) la adrenalínica arenga de Ter Stegen a sus compañeros tras su parada a Isco y el “¿por qué me tocas?” que Jordi Alba espetó a Carvajal. Son las emociones, contenidas durante eones en pos del máximo rendimiento y expresadas en deflagraciones llegados momentos puntuales, las que nos enganchan. Humanizar a los futbolistas radiando crudas sus quejas, sus cuitas y sus debilidades como si fueran jugadores de una peña cualquiera es un ‘reality show’ maravilloso. Por eso nos gusta El Día Después: porque es fútbol al desnudo.

Un partido de Champions sin público coloca al fútbol al desnudo, también, en otro sentido. En este contexto donde uno de los pocos recursos finitos es precisamente la atención del público, los aficionados atesoran el valor en sus ojos y su imaginación independientemente de su ubicación física. Sólo hay que echar un vistazo a las cuentas de cualquier club grande para concluir que, en la élite, los espectadores creamos el valor pero son los operadores televisivos quienes realmente pagan la factura. Pese al idealismo de Denis Suárez, los deportistas de primer nivel en realidad juegan para las pantallas. Una verdad tan incómoda que vale más encender la megafonía con voces grabadas para acallarla.

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