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El once de… los tramposos

La alineación de hoy reúne a futbolistas de talla internacional, pero también a un grupo de pícaros que han intentado sacar partido a sus artimañas para que el árbitro interprete lo que no ha ocurrido. La mayoría de ellos lo ha conseguido, aunque en algunos ejemplos –pocos– fue tan gordo el fraude que las consecuencias se volvieron en su contra.

Rojas. El chileno era uno de los mejores porteros de América, pero en 1989, en un partido contra Brasil de clasificación para Italia ’90, se cortó su dignidad –así lo definió él mismo años después–. Chile perdía 1-0 en Maracaná, lo que le dejaba fuera del Mundial. Cuando una bengala cayó junto a su meta, el Cóndor activó su trampa: desplomarse con ostensibles gestos de dolor y hacerse un corte en la cara con una Gillette –que guardaba en un guante– para simular que había sido herido por la bengala y forzar así la suspensión del partido y una sanción a Brasil. El truco no coló y el sancionado –de por vida– fue él.

Ramos. En la final de la Champions que jugó contra la Juventus, le dio una lumbalgia cuando Cuadrado le tocó la espalda al apartarlo para poder sacar de banda. La dolencia tuvo ramificaciones hasta el pie, según las imágenes del calvario del central madridista, que acabó con su contrincante expulsado. También tuvo tela aquella amarilla que forzó contra el Ajax, conchabado con Mourinho, para pasar limpio de tarjetas a la siguiente fase del torneo continental. Se entiende que la forzara, pero no de forma tan cantosa, tardando un siglo en sacar de puerta. ¿No pudo haber tocado un balón con la mano?

David Luiz. Una cosa es que te tires a la piscina, algo que, lamentablemente, entra dentro de lo normal en el fútbol, tanto en el de hoy como en el de ayer. Y otra, que después de haber abusado de las artes escénicas y timado al árbitro, te tronches de la risa, dado que supuestamente deberías estar retorciéndote de dolor sobre el césped. Sucedió en un United-Chelsea, cuando el brasileño, entonces con los blues, fingió una agresión de Rafael que se tradujo en roja directa para el red devil. Sorprende que algo así ocurriera en la Premier League, donde históricamente están mal vistos los teatreros.

Couto. Tras un fallido ataque a la puerta del Zaragoza, el luso, entonces del Barcelona, le suelta una patada a Aguado. Solana, compañero de éste, le da al rival un manotazo en la nuca. Couto se tira –aún dentro del área– como si le hubiera caído un elefante encima y el árbitro Mejuto González para el juego a instancias del linier Rafa Guerrero, que había visto «penalti y expulsión». Desenlace: el colegiado lo pita y expulsa ¡a Aguado!, el Barça empata a tres (acabaría ganando 3-5) y queda una frase para la posteridad: «Joder, Rafa, me cago en mi madre, ¿expulsión de quién?» –edulcorada y abreviada como Rafa, no me jodas–.

Pepe. La versión más particular de Doctor Jekyll y Míster Hyde. No hay Jekyll. Sólo Hyde: el chungo y el más chungo. Este último es el que patea víctimas en el suelo con el juego parado. Y el que nos ocupa ahora, el que agarra y derriba a Carlos Sánchez, del Elche, en el área rival –cayéndose él también, claro– y logra un penalti para el Madrid. O el que frena un contragolpe del Barça consiguiendo por arte de actuación que un leve agarrón en la camiseta por parte de Cesc se transforme en un irreprimible dolor de cara. O el que cayó fulminado por la nuca de Godín en un derbi madrileño.

Busquets. En 2012 se publicó que el centrocampista del Barça presentaría una demanda contra una compañía teatral que usó una imagen suya con el siguiente mensaje: «¿Te gusta actuar? Clases de teatro. Todos los niveles». Hay que reconocerle a la escuela de interpretación su esfuerzo de imparcialidad, pues la misma frase acompañaba un cartel protagonizado por el madridista Pepe. Volviendo a Busi, la escena aludida lo muestra asomando sus ojos entre sus manos tras haber fingido una agresión. Como en aquella semifinal contra el Inter, cuando representó una tragedia que se saldó con roja para Motta.

Míchel. Tiene en común con la mayoría de alineados el haberse tirado a la piscina. Pero, aparte, su acción dio pie a un histórico cruce de acusaciones entre el árbitro que picó su anzuelo y el entrenador del eterno rival. En el Madrid-Barça de la 92-93 bastó un soplo de aire para que el merengue se derrumbase en el área blaugrana. La pena máxima, que él mismo transformó, dejó el marcador definitivo en 2-1 para los locales y a Cruyff recomendando a Díaz Vega que se dedicara a arbitrar partidos de «infantiles». La réplica del trencilla: «Cruyff se mea en los pantalones cada vez que juega en el Bernabéu».

Robben. Otro experto en natación sobre hierba. Que se lo pregunten a la afición de México, que vio cómo el Tri era apeado del Mundial de Brasil después de que al neerlandés le diera por jugar al salto de trampolín dentro del área. El árbitro lo premió con un tiro desde los once metros, que le regaló a los Países Bajos su billete a los cuartos de final. Cuentan que en el Bayern tiraba de arte dramático hasta en los entrenamientos y que los compañeros pasaban de asistir a su espectáculo. En algunos partidos, cuando su función ya incluía el triple salto, hasta el árbitro le pedía la hoja de reclamaciones.

Neymar. El teatrero de las mil vueltas de campana. El currículum del brasileño alcanza el cum laude en esto de las piscinas en seco, pero donde se doctoró fue en el Mundial 2018, con aquellas volteretas infinitas tras recibir una entrada de un jugador serbio. El episodio derivó en un meme que lo llevaba a seguir dando esas vueltas de campana hasta la Plaza Roja y un poco más allá. La estrella del peor Brasil de la historia continuó haciendo de las suyas en aquel torneo, tanto que Osorio, seleccionador de México, lo tuvo que poner en su sitio: «Este es un deporte de contacto y no de tantas payasadas».

Suárez. Caso parecido al de Pepe, por la doble personalidad negativa. En lo que se refiere a dureza, usa los dientes en lugar de meter viajes con los tacos por delante. En cuanto a teatralidad, su repertorio es tal que cuando se retire lo tiene hecho si monta un estudio de actores. Sus piscinas abarcan todo el terreno de juego, ya sea con la camiseta del Barça, la del Liverpool o la de Uruguay, con la que se coronó en el Mundial 2014 como maestro de la interpretación: nada más clavarle los colmillos a Chiellini, se desmoronó llevándose las manos a la boca, como si la espalda del rival le hubiera dañado las fauces.

Henry. Si Titi no hubiera hecho lo que hizo, le habría cedido su puesto a Maradona y su mano de Dios, que fue un chiste en comparación. Repesca para Sudáfrica 2010. Francia recibe en París a Irlanda, a la que ha ganado 0-1 en la ida en Dublín. Los irlandeses igualan resultado y se va a la prórroga. Y es ahí donde el delantero galo incluye el balonmano en las reglas del fútbol. Primero, usando la palma para evitar que el balón se le escapara por la línea de fondo, y luego, para acomodarse el pase con el que Gallas empató. La FIFA de Blatter arregló con un soborno el cabreo irlandés por quedarse sin Mundial.

Entrenadores: Jupp Derwall y Feliz Latzke-Georg Schmidt. Es decir, el seleccionador alemán y el tándem austriaco en España ’82. Hay que echarle morro para pactar un resultado –que clasificaba a ambos y eliminaba a Argelia–, dejarse meter un gol Austria en el minuto 10 y tirarse el resto del partido dando toquecitos en el centro del campo. El público de El Molinón, indignado, no paró de gritarles que se besen, que se besen. Estando en Gijón, a los contendientes de este tongo histórico sólo les faltó pedirse unas sidras, escanciarlas y pimplárselas en el césped.

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