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Dos campeones durante un minuto

Lewis Hamilton se llevó su primer título de Fórmula 1 en un final dramático, con un adelantamiento a Glock para el recuerdo

Nunca una celebración había sido tan dolorosa. Un coitus interruptus en toda regla. La fina línea entre la gloria y el fracaso, entre la euforia y la desolación. Las caras de incredulidad en el box del Cavallino Rampante han pasado a la posteridad del ‘Gran Circo’ para ilustrar el rocambolesco desenlace del mundial de Fórmula 1 de 2008. Para muchos, el mejor final de campeonato de todos los tiempos.

El cielo de Interlagos se pintó de negro. Los chubasqueros y los paraguas se adueñaron de las gradas del José Carlos Pace. Las prisas, los nervios y las gomas intermedias lo hicieron del pit lane. Faltaban seis vueltas cuando una de las clásicas tormentas veraniegas brasileñas decidió ponerse delante del guion ya escrito y sacudirlo a su antojo.

El Ferrari de Felipe Massa había liderado toda la carrera con autoridad. Incluso el inicio, también condicionado por la lluvia, fue dominado por ‘Felipinho’. Aquel era su día y el paulista estaba decidido a llevarse su primer entorchado. La aparición del agua no le hizo titubear, ante el asombro de sus seguidores. Inexplicablemente, quien sí se tambaleó fue su rival en la lucha por el título: Lewis Hamilton.

El piloto brasileño tenía al alcance de su mano completar la machada que suponía levantarle siete puntos al británico de McLaren para ser campeón. Tenía que ocupar, sí o sí, alguno de los dos primeros peldaños del podio si quería albergar alguna esperanza. Y luego esperar. El bólido rojo cumplía su parte y esperó. Cayeron las primeras gotas y casi toda la parrilla entró a boxes para calzar los neumáticos idóneos para terminar. Excepto Timo Glock. El alemán de Toyota se la jugó, aguantó en pista y se colocó cuarto, dejando atrás a Hamilton y al Toro Rosso de un jovencísimo Vettel.

Los fantasmas de la temporada anterior se le aparecieron al inglés cuando el BMW Sauber de Robert Kubica se desdobló y, aprovechando el espacio, Vettel lo adelantó. Hamilton caía hasta la sexta plaza; este era el ingrediente que esperaba Massa para completar su fórmula mágica. Los de Maranello ya se veían campeones, los cálculos coronaban al ídolo local y solo faltaba cruzar los dedos durante dos vueltas.

La flecha plateada era incapaz de adelantar al monoplaza del futuro tetracampeón. Mientras, la bandera a cuadros recibía al Ferrari bajo el diluvio. Massa era campeón del mundo de Fórmula 1. Y lo fue durante cuarenta segundos. La apuesta de Glock naufragó y, con neumáticos de seco, se fue hundiendo. Todos se desdoblaban, y llegó Vettel. Y luego el McLaren.

El británico ganó una posición en la última curva para cruzar quinto la línea de meta. El padre y el hermano de Massa se enteraban, atónitos, de que Lewis Hamilton se había adjudicado su primer título. Quién sabe si de no haber tenido metros suficientes para superar a Glock, el británico gozaría de seis campeonatos a día de hoy. Un verdadero punto de inflexión también para Massa, que nunca ganó de nuevo.

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