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El once de… trotamundos con éxito

Hace algunas semanas alineábamos en este once a jugadores que han pasado a la historia por mantener una fidelidad perpetua a los colores de un club. Hoy, en cambio, entran en el terreno de juego futbolistas que se han distinguido por justo lo contrario, buscándose la vida en numerosos equipos y campeonatos ligueros. Algunos de los convocados son verdaderos nómadas de este deporte, triunfadores con múltiples camisetas diferentes con las que han sido soldados de fortuna fieles a sí mismos y, por supuesto, a la entidad que les pagaba cuando eran honrados mercenarios, parafraseando a Arturo Pérez-Reverte.  

Van der Sar. Natural de los Países Bajos, aunque su estatura diga lo contrario. Triunfó en el Ajax de Van Gaal, campeón de Europa en 1995, pero como tantos paisanos suyos probó suerte fuera de su tierra. Apostó fuerte y viajó a Italia, tierra de grandes porteros, para vestir la camiseta de la Juventus. Sin embargo, tras dos años, la Vecchia Signora fichó a Buffon y Edwin, ya treintañero, no se arriesgó a acabar de suplente y puso rumbo a la Premier. El Fulham fue su destino, pero el neerlandés mantenía nivel para defender la puerta de un grande y acabó en el Manchester United, con otra Champions en su haber.

Dani Alves. Un ejemplo de los buenos negocios que hizo el Sevilla de Monchi. Se lo trajo por dos duros del Bahía y, después de recibir del brasileño un rendimiento más que óptimo, lo traspasó al Barça por 35 millones. Con los culés se dedicó a coleccionar más títulos que la duquesa de Alba –eras de Guardiola y de Luis Enrique, para más señas–, a los que añadía dos UEFAS con los de Nervión. Dejó la Ciudad Condal después de ocho años y jugó otro en la Juventus y otros dos en el PSG, es decir, siguió ganando ligas. Ahora anda de vuelta por su país, en el Sao Paulo, y parece que sin ganas de retirarse.

Stam. Otro oranje con amplia experiencia fuera de casa. Eso sí, los tulipanes crecen en su tierra, en su caso, en varios equipos modestos antes de recalar en el PSV, uno de los tres grandes de la Eredivisie. Su notable papel en el Mundial ’98 le facilitó un contrato con el United y allí empezó a experimentar emociones fuertes, como la final que le remontaron al Bayern en dos minutos. Pasó después por la Lazio y a continuación por el Milan, donde sufrió la cruz de la moneda de las emociones fuertes: su equipo vio cómo el Liverpool le empataba en siete minutos tras ir 3-0 abajo. Vida intensa, la suya.

Blanc. El galo se acostumbró pronto a cambiar de equipo, pero lo de salir al extranjero fue una vocación tardía, porque empezó a hacerlo con frecuencia –y a clubes potentes– ya pasados los treinta. Tras un intento poco fructífero en el Nápoles en 1991-1992, volvió a Francia para deambular por Nimes, Saint-Etienne y Auxerre antes de cruzar fronteras de nuevo, en esta ocasión, camino al Barça post Cruyff, con 31 años. No se le dio mal en su único año, pero tornó a su país otra vez, al Marsella. Luego, sintiéndose aún joven, se enfundó la neroazzurra del Inter y aún tuvo tiempo de disputar la Premier de la mano del United.

Simeone. Una existencia repartida entre su Argentina natal, Italia y España. Dejó Vélez Sarsfield siendo un pibe para hacer en el Pisa su debut europeo. Cambió pronto el Calcio por la Liga y fue en el Sevilla donde empezó a hacerse un nombre. Después inició en el Atleti un idilio que hoy mantiene, con luces y sombras, como entrenador. Pero le quedaba mucho para dedicarse a los banquillos, y regresó al país de la bota para demostrar su carácter en el Inter y luego en la Lazio, donde contribuyó a su último Scudetto. Le quedaron aún ganas de vivir en el Manzanares y de cruzar de vuelta el Atlántico.

Schuster. El germano era un joven talento del Colonia, pero con apenas 20 años se salió con su selección en la Eurocopa 80 y estaba muy claro que le quedaban dos telediarios en ese club. Bernardo fichó por el Barcelona y daría de qué hablar: por su calidad y por su espantá en la final contra el Steaua, que causó su ruptura con Can Barça. Tomó entonces el puente aéreo y triunfó dos temporadas en Chamartín, aunque el cuerpo le pedía seguir poniendo cuernos y se quedó en Madrid, pero de rojiblanco. Siguió derrochando talento, pero sus movidas con Gil y Gil le mostraron la puerta de salida y se largó al Leverkusen.

Xabi Alonso. Canterano de la Real Sociedad, de txuri-urdin vivió el subcampeonato de Liga en 2003. Un año más tarde, Rafa Benítez se lo llevó a su Spanish Liverpool, en el que fue uno de los protagonistas de la apasionante remontada al Milan en aquella memorable final de la Liga de Campeones. Cambiaría más tarde la camiseta red por la blanca para alcanzar la madurez en el Madrid y, ya rebasando con creces la treintena, se sintió con ganas de emprender otra aventura en el extranjero. Lo hizo de la mano de otro español –no te enfades, Pep–, que lo reclutó para el Bayern, donde le llegó la jubilación.

Figo. El hombre de los precontratos. Despuntaba en el Sporting de su Lisboa natal, y en el Calcio, que a mediados de los 90 molaba, se peleaban por él. El luso echó leña a la puja llegando a un acuerdo con la Juventus y a otro con el Parma. El resultado: prohibición de jugar en la Serie A durante dos años y fichaje por el Barça. En el Camp Nou lo idolatraron cinco temporadas, hasta que otro precontrato, esta vez con un candidato a presidente, lo llevó a la Castellana. De blaugrana a madridista de la noche a la mañana. Otro lustro después, ya sin papeleos raros, se marchaba al Inter, para colgar allí las botas.

Cristiano. Empezó siendo un crío en el Sporting de Lisboa y con 18 años ya estaba en el United, donde heredó el 7 de Beckham. Acabaría siguiendo la estela del inglés con un billete al Bernabéu, no sin antes ganar una Orejona con los red devils. En el Madrid tuvo que aguantarse y ser CR9 durante un año, porque el 7 lo llevaba Raúl. Ya como CR7, siguió metiendo goles, y en su quinto año en Concha Espina ganó la primera de las cuatro Champions que logró de blanco. Pero el amor con Florentino se acabó y escapó para la Juve, donde continúa. Y sí, Cristiano. Porque Ronaldo es el que viene a continuación.

Ronaldo. El auténtico. Algunos insensatos lo llaman el Gordo, para no confundirlo con el chico ese de Madeira. En sus tiempos, los jóvenes brasileños eran intelectuales en comparación con los de ahora y se fogueaban en Europa en equipos de calidad, pero no de primera línea, para saltar después a un grande. El Fenómeno empezó en el PSV y de ahí, al Barça. Tras un año sinónimo de gol, no se sintió valorado por Núñez y marchó al Inter. Allí dejó huella, mas las lesiones lo castigaron y aterrizó en el Madrid galáctico, donde dejó detalles de talento antes de regresar a Milán, pero al AC, ya bajo de forma.

Ibrahimovic. Si has nacido en Suecia y se te da bien esto del fútbol, tu destino está fuera. Ibradacabra se lo tomó al pie de la letra y dejó Malmö por el Ajax. Luego se piró a la Juventus, aunque el Calciopoli lo mandó al Inter, que lo acabaría intercambiando con el Barça por Eto’o y un buen pellizco. De azulgrana filosofó con Guardiola, pero no funcionó esa lógica y retornó a Italia, esta vez al Milan, donde celebró un Scudetto con una patada en la chaveta a Cassano. Aún le quedaban PSG, United y cruzar el charco hasta Los Ángeles, para volver antes de ayer a San Siro. De liga en liga y gana porque le toca.

Entrenador: Carlo Ancelotti. Aunque hay auténticos trotabanquillos, ninguno tiene un currículum equiparable. Ha dirigido a seis grandes de Europa (Juve, Milan, Chelsea, PSG, Madrid y Bayern), con lo que ha entrenado en Serie A, Premier League, Ligue 1, LaLiga y Bundesliga. Carletto es el único técnico que ha ganado cuatro grandes ligas europeas (italiana, inglesa, francesa y alemana). Le falta la española pero, a cambio, conquistó una Champions como merengue, que agregó a las dos que ya atesoraba como rossonero. Hoy prepara al Everton, y añade Reggiana, Parma y Nápoles a su dilatada carrera.

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