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Orwell y los datos de México ’86

Cada viernes publicamos en El Revulsivo la sección El once de…, en la que confeccionamos alineaciones basadas en una temática, casi siempre tratándolas con humor. La semana pasada la dedicamos a futbolistas que hicieron historia por haber fallado ciertos penaltis, sobre todo, por cómo y por cuándo los fallaron.

Cada once que publicamos recibimos mensajes de lectores sugiriendo nombres que a su juicio podrían figurar sobre nuestro césped virtual. En el caso de los que marraron penas máximas, un amigo del que escribe estas líneas echaba en falta a Eloy Olaya por aquel error suyo en la tanda de penaltis que puso punto y final a la aventura española en México ’86.

Aunque es cierto que el de Eloy fue un penalti mal lanzado, también lo es que en la historia reciente de la Selección ha habido unos cuantos fallos -y eliminaciones- en la lotería de los penaltis. Sin ir más lejos, la sufrida ante la anfitriona en Rusia 2018. Por eso preferimos centrarnos en disparos más llamativos: por mandar la pelota a la grada de un patadón, por alguna situación cómica a la que diera pie o por cualquier otra circunstancia más impactante.

Pero la razón para escribir este artículo no son los penaltis desperdiciados, sino los recuerdos. Y, principalmente,el peligro de cambiar los registros de lo ocurrido.

«Es el momento que más recuerdo para mal del fútbol español», afirmó esta persona sobre el fallo de Eloy aquel 22 de junio de 1986. También se rememoró derrochando ira en el balcón, llamando de todo al entonces delantero del Sporting por su tiro a las manos de Jean-Marie Pfaff.

Mi amigo tiene dos años más que yo, lo que significa que nació en 1975. Era, como yo, un niño entonces, y lo felicité por su suerte: la de haber podido ver el partido completo. Yo no pude hacerlo. En España, el partido se vio de madrugada -la diferencia horaria con México lo explica- y mi padre me mandó a dormir al marcar Bélgica el 1-0. Por lo tanto, me tuve que aguantar y ver el empate de Señor y los penaltis en el telediario, o en cualquier otro informativo, del día siguiente.

Y ahí surgió el desacuerdo. Mi amigo se mostraba convencido de que aquel España-Bélgica lo vio «a media tarde». Para eliminar cualquier duda, tiró de Google y me envió por WhatsApp una ficha publicada en la web de la cadena televisiva norteamericana ESPN que, sorprendentemente, confirmaba su aseveración: «Estadio Cuauhtemoc, Puebla. 9.00 AM, 22 de junio, 1986″.

Pensé entonces en que quizá yo era demasiado pequeño y que mis recuerdos podían ser equivocados. Había leído hacía tiempo un artículo sobre «recuerdos falsos», pero lo descarté rápidamente. Mi amigo estaba defendiendo -con certificación de una cadena especializada en deportes- algo imposible.

Se jugó a las nueve de la mañana en Puebla «para que se viera en Europa», aseguraba. Si bien es cierto que la FIFA suele disponer los horarios para que los mundiales que se juegan lejos de suelo europeo puedan verse a una hora razonable en el Viejo Continente -el ejemplo más reciente es el de Brasil 2014-, también lo es que poner a los futbolistas a jugar tan temprano en un Mundial es algo impensable.

Hablé con otros amigos, varios con algunos años más que yo, y me confirmaron que mis recuerdos eran los que se aproximaban a la realidad. El partido se vio en directo en España cuando aquí ya era de madrugada. Sin embargo, necesitaba un documento fiable por escrito que lo confirmara. Los recuerdos no sirven si no hay algo que los confirme.

Esta vez, me tocó a mí tirar de Google, y hallé dos pruebas que desmienten lo difundido por ESPN. Una, una portada del diario As del 22 de junio de 1986, que informaba del duelo contra los belgas y de su horario en España: «TV, 12 noche». Aparte, encontré en la web de El País la reproducción de un artículo publicado por el periódico el 20 de junio del 86. Tras haber derrotado en octavos de final a Dinamarca (5-1) con aquella exhibición de Butragueño, el rotativo señalaba: «Ahora le espera a España el partido de cuartos de final contra Bélgica, en Puebla, el domingo a las 24.00 hora peninsular española».

En su novela 1984, George Orwell narra una sociedad futura dominada por una autoridad capaz de manipular el pasado y hacer así lo propio con el presente. Su protagonista, Winston Smith, es un funcionario del Ministerio de la Verdad, ente utilizado para difundir como ciertas las mentiras en las que el Gran Hermano sostenía su poder.

«Ese día conmemoraría al camarada Ogilvy. La verdad era que no había habido ningún camarada Ogilvy, pero unas líneas impresas y un par de fotografías falsas servirían para traerlo a la existencia…», escribe Orwell sobre la tarea encomendada a Winston Smith.

Tras haberse inventado una biografía, este fue el resultado: «El camarada Ogilvy, inimaginable apenas hacía una hora, se había convertido en realidad. Le pareció raro que se pudieran crear personas muertas, pero no vivas. El camarada Ogilvy, que nunca había existido en el presente, existía ahora en el pasado, y una vez que la falsificación cayera en el olvido, existiría de manera tan auténtica, y con el mismo tipo de pruebas, que Carlomagno o Julio César».

Han transcurrido más de tres décadas desde México ’86 y todavía es sencillo rebatir un dato erróneo difundido por una prestigiosa televisión. Nuestro particular Ministerio del Tiempo ha funcionado y el pasado no ha sido modificado. Pero, ¿qué ocurrirá cuando queden registradas informaciones que no reflejan la verdad y nadie tenga el interés de verificarlas? En otras palabras, ¿por qué un joven de hoy tendría que dudar de la autenticidad de lo publicado por ESPN con respecto a algo ocurrido muchos años antes de que él naciera?

Es ahí donde radica la vital importancia de contar fielmente los hechos, incluyendo datos a priori secundarios como la hora de un partido de fútbol. Sin rigor, correremos el riesgo de que, a muchas décadas vista, las ESPN del futuro conviertan México 1986 en México 1984.

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