Home > Historia > La evolución de los ‘Diablos Rojos’: de México a Rusia

La evolución de los ‘Diablos Rojos’: de México a Rusia

FELIPE MORENO | En el país de la cerveza, las patatas fritas y los gofres tradicionalmente los éxitos deportivos no están vinculados con el deporte rey. De hecho, en 1986, cuando la selección belga de fútbol se clasificó para el séptimo Mundial de su historia, ya contaban los belgas con un ciclista con cinco Tours de Francia, ‘el Caníbal’ Eddy Merckx, y pocos prestaban atención a los que andaban en pantalones cortos detrás de una pelota.

La mejor clasificación histórica en unos mundiales para la selección del Benelux, no obstante, había sido conseguir la décima posición. Lo hizo en el mundial anterior, el de España en el 82’ y, curiosamente, también logró la misma posición final, aunque con menos países participantes, en México 70’.

Aun así, en 1986 la selección centroeuropea lograría lo que nunca antes habían conseguido: traspasar las fases de grupo (en plural porque en el Mundial de España se jugaron hasta dos fases de grupo) y llegar hasta las semifinales. Un hito que los compatriotas de Magritte, Jacques Brel o Tintin, no volverán a vivir hasta el 2018 en el Mundial de Rusia.

Y es que, en la actualidad, los ‘Diablos Rojos’, como se le llama a la selección de fútbol de Bélgica, está viviendo una época de éxitos. Hablamos de una brillante generación a la que muchos en el país le atribuyen el adjetivo de ‘aúrea’. Si en Brasil 2014 ya lograron llegar a cuartos, en esta última Copa de Rusia acabaron en tercera posición.

Fellaini anotó un tanto decisivo en octavos del último mundial (Foto: FIFA vía Getty Images).

No obstante, y a pesar de estos logros, hay un debate inevitable entre los defensores del equipo de 1986 y los de la selección convocada en 2018: ¿cuál de los dos combinados es mejor equipo?

Si echamos un vistazo rápido en las dos plantillas podemos pensar de forma casi espontánea que la generación ochentera no tiene nada que hacer -sobre el papel- con la de 2018. Aun así, vamos a ser precavidos. La primera diferencia clara que se percibe a la hora de repasar las dos listas es que en la selección de 1986 el vestuario entero, salvo dos jugadores, Jean Marie Pfaff y Éric Gerets, jugaban en la liga belga, la actual Jupiler Pro League.

En contrapartida, en la plantilla de 2018 únicamente un jugador, Leander Dendoncker, militaba en un equipo de la competición nacional. Esa diferencia es notable ya que el prestigio de la liga belga, si bien es cierto que en algún momento fue algo mayor que en la actualidad, siempre ha sido menor que al de las cinco grandes ligas europeas: la inglesa, la española, la italiana, la alemana y la francesa. Podríamos decir por tanto que, a priori y en cuanto a individualidades, el equipo de 2018 es manifiestamente superior.

Haciendo hincapié en esta idea, Eden Hazard, Romelu Lukaku, Kevin De Bruyne y Vincent Kompany son, quizás, cuatro de los mejores jugadores históricos de un país con apenas once millones de habitantes. Si bien los tres primeros nombres vivían seguramente el apogeo de sus respectivas carreras en cuanto a rendimiento futbolístico en el Mundial de Rusia, Vincent Kompany, por el contrario, vio truncado su rendimiento por varias lesiones y no se encontraba en su mejor momento de forma aquel verano.

La segunda gran diferencia radicó en la experiencia internacional de las dos convocatorias y, sobre todo, en su continuidad y madurez como grupo. El plantel de 1986 era una mezcla de jugadores veteranos con jóvenes en el que todos ellos se estrenaban en un mundial; es decir, el liderato del equipo en el campo era compartido por jugadores pertenecientes a quintas de edad bastante alejadas. Para ilustrar esta idea hay que señalar a dos de las grandes figuras del equipo (no las únicas), Pfaff y Scifo.

España fue una de las damnificadas por aquella selección belga de 1986. Foto: FIFA.

El primero, Jean Pfaff, era un guardameta de 33 años que militaba en el club bávaro por excelencia, el Bayern de Münich, y fue considerado por muchos especialistas como uno de los mejores cancerberos de su época y de ese torneo internacional. En contraposición generacional a la del portero aparecía un jovencísimo y talentoso Enzo Scifo, un italo-belga que creció en La Louvière y que, con apenas 20 años, tendría un papel fundamental en el mundial.

En 2018, la convocatoria que presentó Roberto Martínez era prácticamente la misma que la del Mundial de 2014. Esa homogeneidad y continuidad en cuanto a la edad de los once titulares evidencia la solidez de una generación compacta, que ha crecido al mismo tiempo.

Curiosamente, estos dos combinados que estamos intentando comparar tienen, en cuanto a su estilo de juego, varios puntos similares. A pesar del dibujo táctico de los dos onces, que es muy diferente (hecho que se explica, ante todo, por la evolución táctica y física del deporte en general): 4-4-2 en 1986 y 3-2-2-3, con dos carrileros, en 2018. Simplificando bastante, el espíritu de las dos selecciones era similar: cerrarse bien atrás y salir con peligro al contragolpe.

A favor de la selección de 2018 hay que decir, que si bien es verdad que su arma favorita es salir a la contra con velocidad, el equipo también demostró tener una gran capacidad para dominar los encuentros y hacer un buen juego de posesión. Técnicamente es netamente superior a la selección del 86, y eso hacía su fútbol un tanto más vistoso.

Después de una fase de grupos decepcionante, el equipo belga del Mundial de México consigue clasificarse para octavos de final entre los cuatro mejores terceros del campeonato. A partir de ahí se produce una revolución en la alineación de Guy Thys. Decide formar su once ante una de las favoritas del torneo, la Unión Soviética, con los jóvenes Enzo Scifo, Georges Grün, Stéphane Demol y Patrick Vervoort al lado de los veteranos Jean-Marie Pfaff, Eric Gerets, Franky Vercauteren, Michel Renquin, Jan Ceulemans, Nico Claesen y Danny Veyt.

Este once, tras la victoria por 4 a 3 en la prórroga ante los soviéticos, será el que repetirá el entrenador en los siguientes partidos. Era un once equilibrado, quizá con algunas debilidades defensivas pero muy rápido a la contra y muy peligroso en la definición. El gol de Daniel Veyt contra Paraguay en la tercera jornada de la fase de grupos  es una jugada que define muy bien lo que era aquella Bélgica: dos pases y un toque para definir eran suficientes para vencer al conjunto sudamericano.

Ceulemans y Claesen, con tres tantos cada uno, fueron sus máximos anotadores en aquel mundial, aunque hasta siete futbolistas más de la plantilla consiguieron apuntarse al menos un tanto. El nivel era parejo y el técnico Thys supo manejar bien el plantel. Tras el extraordinario pase a ‘semis’, certificado en los penaltis ante España, los belgas se batían en semifinales a la Argentina de un exultante Diego Armando Maradona.

El ‘Pelusa’ tuvo una tarde mágica con dos goles extraordinarios, el primero obtenido con una precisa definición en semi globo con el exterior del pie y el segundo con una jugada digna de él, dejando atrás a cuatro rivales antes de poner el balón lejos del alcance de Pfaff. Fue prácticamente el sólo quien eliminó a Bélgica, que llegó a plantarle cara a la que más tarde acabaría campeona del torneo.

En el Mundial de Rusia Bélgica partía con más estatus de favorita que en 1986. Se clasificó sin problemas para octavos, quedando primera de grupo y econtrándose con Japón, que a punto estuvo de apearla de la competición. Perdiendo 2-0 ante Japón, y ya en la segunda parte, Roberto Martínez decide hacer entrar a Marrouane Fellaini para jugar con la baza de su altura frente a una escuadra especialmente baja.

Del minuto 69’ al apoteósico 94’, Bélgica consiguió darle la vuelta al marcador, anotando Fellaini de cabeza uno de los tres tantos de su plantel. Los de Martínez sacaron adelante el choque haciendo gala de una enorme madurez, no solo táctica sino también mental. Una situación similar, cuatro años antes, hubiese acabado con toda propabilibidad con el combinado belga fuera del campeonato.

Ya en cuartos los belgas se vengaron de la todepoderosa Brasil, que les había eliminado en el 2002, con un partido especialmente efectivo. La ‘canarinha’ sería mejor en muchos tramos del encuentro, pero pagó especialmente caros sus errores defensivos. Su mejor partido fue, paradójicamente, el que jugaron contra Francia en semifinales, el que acabarían perdiendo por la incapacidad de materializar las numerosas oportunidades de las que dispusieron. En el enfrentamiento por el tercer y cuarto puesto volvieron a ser certeros para vencer, con un claro 2-0, a la selección inglesa.

¿Con qué Bélgica nos quedamos? Estamos hablando, sin duda, de dos equipos con historias muy diferentes: la de 1986 con un halo de misticismo mayor, al ser pionera, y la del 18’ con mayor calidad futbolística, con expectativas de resultados mayores y siendo capaz de batir a rivales mucho más poderosos. Esta última generación es, futbolísticamente, muy superior a la original, aunque la fuerza como colectivo de la de México fue atronadora. Sólo Maradona pudo parar a una selección de la que pocos esperaban aquel rendimiento y que tuvo, por todo lo que representó, un mérito mayor.

Deja un comentario