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El once de… nombres divertidos

Varios de los escogidos para esta convocatoria, o puede que todos, son más conocidos por el nombre impreso en su camiseta que por sus habilidades con el balón. Y esto no significa que se les dé mal el fútbol, sino que sus apelativos, al menos en el castellano de España, suenan muy graciosos. O, como mínimo, peculiares. Salgan y diviértanse.

Toni Meola. Portero con hechuras de sus homónimos de discoteca y apellido con connotaciones urinarias ante el que es complicado permanecer indiferente. El más famoso guardameta en la historia de los Estados Unidos. Incluso más que el que Ruiz Mateos trajo al Rayo Vallecano. Cuánto juego dio aquella selección anfitriona del Mundial 94.

Porro. En Galicia es un apellido común. Y no penséis mal, condenados, que ya os estáis frotando las manos maquinando una segunda parte de Fariña. Además, no os descentréis, que el joven Pedro es natural de Don Benito, provincia de Badajoz. Juega actualmente en el Valladolid, cedido por el City, y por la banda. Y cómo pasa. La pelota, retorcidos.

Mertesacker. Nos lo ha puesto en bandeja: «Mer-te-sa-cker. Imagínate que tu hija se presenta con un chico en casa que se llama Mertesacker», le soltó Montes a Salinas en el Alemania-Italia de 2006. Si tenemos en cuenta que en alemán la r antes de la t casi no suena y la terminación en -er se pronuncia parecido a una a, lo tiene todo hecho. Ídolo.

Manolas. Este hombre pide a gritos ser fichado por un equipo español. Aunque con la deriva políticocorrectista imperante en los estadios, se correría el riesgo de que los cánticos de los hinchas dedicados al griego causaran la suspensión de decenas de partidos por «identificación del jugador con actos sexuales unipersonales», o algo por el estilo.

Poyatos. Uno que fue leyenda en los 90 por su apellido. Jugó en el Logroñés y en el Valencia, entre otros, pero la fama que le dio el fálico nombre de su estirpe trascendió la de los clubes en los que se ganó el jornal. Y eso que aquel Logroñés era más que mítico, con el Tato Abadía de líder en el campo y David Vidal de baranda en el banquillo.

Azofeifa. El apellido del costarricense fue, junto a Mertesacker, sensación en el Mundial 2006. A los que eran niños a finales de los 80 y principios de los 90 les tiene que recordar sí o sí a los «azofaifos» de Miriam Díaz-Aroca en Cajón Desastre y algún chiste de Pedro Reyes. Y su nombre, Randall, es decisivo para otorgarle la capitanía de este once.

Matuzalem. En su pasaporte pone Francelino da Silva Matuzalem, para que quede claro que el cachondeo empieza por el principio. Este brasileño tiene a día de hoy 39 palos y se plantea continuar en activo. Quizá piense seguir jugando dentro de cincuenta o sesenta años en el equipo de algún geriátrico, haciendo honor a su bíblica denominación.

Poyet. Coetáneo y competidor de Poyatos. El uruguayo formó en el Zaragoza de los 90 una dupla memorable con Gay. Tanto que, de continuar jugando hoy, se hartarían de vender camisetas –de tirantes– con sus nombres en zonas cool como el madrileño barrio de Chueca. Acabó su carrera en Inglaterra, donde su apellido no tiene ese plus.

Kaká. Después de una trayectoria meteórica en el Milan, con Liga de Campeones y Balón de Oro incluidos, Florentino se lo llevó al Madrid para montar otra versión de los galácticos. Sin embargo, el brasileño se empeñó en hacer honor a su sobrenombre, que resume sus tres años en blanco. En su país, Kaká es diminutivo de Ricardo. Aquí es otra cosa.

Wanchope. Otro natural de Costa Rica con méritos para ser titular en esta loca alineación. Maldini, y no hablamos del futbolista, lo conocía ocho años de que fuera conocido. Con ese apelativo tan chistoso, para olvidarse de él. No le hace falta ninguna connotación, basta con escucharlo para que se te dibuje una sonrisa en la cara. Jugó dos mundiales, ojo.

Marica. Su apellido en rumano puede significar «lo que te dé la gana», mismamente. El problema llega si te da por fichar por algún equipo español. En el Getafe lo tuvieron claro y le pusieron en la camiseta su nombre de pila, Ciprian. Duró sólo un año en la Liga, quizá por la brasa que le tuvieron que dar con el equivalente castellano a esas seis letras.

Entrenador: Lubo Penev. Ahora se dedica a entrenar en su Bulgaria natal, pero la fama le viene de su etapa como delantero en el Valencia y a ese patronímico tan viril que hasta le añade una v. Allí coincidió un año con Poyatos, pero no le molaría tal competencia –lo técnico de su apellido frente a lo coloquial del de su colega– y se piró al Atleti del doblete.

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