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Fernando Martín, 30 años de presencia

Falleció con 27 años, pero su presencia cumple hoy tres décadas. Porque tal día como hoy, hace 30 años, fallecía una leyenda del baloncesto, y las leyendas jamás se van.

El 3 de diciembre de 1989 era domingo. Por la tarde, estaba programado que el Real Madrid recibiera al CAI Zaragoza en el Palacio de los Deportes. Fernando Martín no había sido convocado por el equipo local. La tendinitis que lo mantenía en el dique seco desde unas semanas atrás lo impedía. Pero el baloncestista tenía previsto acudir al pabellón a apoyar a sus compañeros. No llegaría nunca.

El exceso de velocidad causó que uno de los símbolos del basket español acabara sus días en la M-30. Al perder el control de su vehículo, Martín invadió los carriles de sentido contrario y se estrelló contra el coche de un ciudadano de a pie que sufrió graves secuelas por el accidente.

Su funeral mostró la altura del mito. Compañeros, rivales, amigos, lloraron ante su féretro. Como Audie Norris, el pívot del Barcelona con el que mantuvo duelos tan intensos como legendarios.

Fernando Martín siempre será el 10 del Real Madrid. Tras su muerte, el equipo retiró el dorsal, como mandan los cánones cuando se habla de campeones. Después de él, ningún otro puede ser digno de vestir esa camiseta con ese número.

Nacido en Madrid en 1962, su vida transcurrió deprisa. Con sólo 19 años, fue el motor del Estudiantes, segundo en la liga ganada por el Barça en 1981. Al finalizar aquella temporada, recaló en el otro club de la capital y continuó creciendo a un ritmo trepidante. Junto a los Corbalán, Delibasic, Romay, Iturriaga y otros símbolos del baloncesto llevó al Madrid a la victoria en cuatro Ligas ACB y tres Copas del Rey. En paralelo, la leyenda de Martín se acrecentaba en la selección española, que dio el gran salto en aquella primera mitad de los 80.

Titular en el combinado nacional que conquistó la plata en el Europeo de Nantes de 1983, la consagración para Martín y para sus compañeros llegó un año más tarde en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, con la plata ganada -sí, ganada- frente al Estados Unidos de Michael Jordan y Patrick Ewing. La primera medalla olímpica para el baloncesto español.

Sobre el carácter ganador de Fernando Martín, una anécdota de aquellos Juegos relatada por su compañero Iturriaga. Comentaba hace años el vasco en El País una foto que había recibido. La instantánea muestra a Epi tirando a canasta ante la oposición de un jugador norteamericano. Al fondo se observa al propio Itu y a Martín, ambos con actitud muy diferente: «Fijaos en la diferencia de lenguaje corporal entre Fernando y yo. Mientras FM le pide el balón a Epi (que se la tiró, claro, menudo era el Super), yo estoy con una cara de ‘joder, a ver si me la va a pasar ahora a mí y seguro que ahí debajo estará Ewing o el Jordan ese que pega unos brincos que te mueres’. Fernando está erguido, brazos bien abiertos, cubriendo espacio, poderoso», escribe Iturriaga.

Ese espíritu competitivo de Martín lo llevó a la NBA en 1986, cuando era prácticamente impensable que un europeo jugase en el mejor basket del mundo. No triunfó en su único año en Portland, pero sí abrió el camino a que jugadores del Viejo Continente, varios de ellos españoles, se hicieran un nombre años después en la liga de las estrellas.

A su regreso a España, en 1987, volvió a vestir la camiseta del Real Madrid, pero era el Barça el que dominaba la ACB. Fueron los años de sus duelos externos y también uno interno. Los primeros, con el barcelonista Norris; y el segundo, en la temporada 1988-1989, con su compañero Drazen Petrovic, fichaje estrella de los madridistas cuyo ego chocaba con el de Fernando y acabaría marchándose a la NBA al final de la campaña.

El 3 de diciembre de 1989, con 27 años, Martín tenía toda una vida por delante. Quién sabe qué más éxitos habría conseguido de no haberse cruzado la tragedia en su camino. Pero lo que sí sabemos es que con su carrera, aunque breve, se ganó la eternidad.

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