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El error de la Eurocopa de 24 equipos

En 1992, en el mapa de Europa habían surgido nuevas divisiones, quizá demasiadas para ser digeridas en unos pocos años. Paradójicamente, la década había comenzado con la desaparición de una frontera, la que separaba las dos Alemanias. Sin embargo, en 1991 el atlas del Viejo Continente empezaba a resquebrajarse por el Este. Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania y otras ex repúblicas soviéticas se secesionaban de la URSS; Eslovenia, Croacia, Macedonia y después Bosnia hacían lo propio en Yugoslavia, y el 92 sería el último año que Checoslovaquia permanecía unida. Demasiados cambios ante los que el deporte no podía permanecer ajeno.

La Eurocopa de 1992 fue la última con una fase final de ocho selecciones. Para la memoria del fútbol quedará que el torneo tuvo como campeón a un equipo que no se había clasificado.

De ello tuvo la culpa una de esas modificaciones del mapa europeo, la que padeció la antigua Yugoslavia. Los plavi -en serbocroata, azul, color de la camiseta de su selección- habían completado una brillante fase de clasificación para el campeonato europeo. Pero la guerra entre lo que quedaba de la federación yugoslava -Serbia y Montenegro- y las independizadas Croacia y Bosnia desencadenó el bloqueo de Naciones Unidas a los yugoslavos. Sanciones automáticamente aplicadas por la FIFA, que excluyó de la Eurocopa al equipo balcánico y lo reemplazó por quien había quedado segundo en su grupo clasificatorio, Dinamarca. Algunos jugadores ya habían partido de vacaciones cuando fueron avisados de que debían hacer de nuevo las maletas, pero rumbo a Suecia, sede de la competición. Pocas semanas más tarde, los escandinavos regresaban a casa como campeones de Europa.

Cuatro años después, las nuevas fronteras ya habían sido asumidas por la UEFA. La de Inglaterra ’96 fue la primera Eurocopa con 16 selecciones, número idóneo para reunir a los mejores del continente. Aquella edición tuvo como vencedora a la Alemania reunificada -todos sus títulos anteriores los había logrado bajo las siglas de Alemania Federal-, a uno de los nuevos Estados, la República Checa, de subcampeona, y a otro de estos, Croacia, cayendo dignamente frente a la futura campeona en cuartos de final. Una ronda que, por cierto, se instauraba en una fase final de un campeonato europeo, puesto que antes, con sólo ocho selecciones, las dos primeras de cada uno de los dos grupos obtenían el pase directo a las semifinales.

El mapa europeo no ha cambiado demasiado desde los 90. La separación amistosa de Serbia y Montenegro y la parcialmente reconocida independencia de Kosovo han sido las modificaciones más significativas. Entre 1996 y 2012, la Eurocopa fue un torneo con 16 combinados nacionales. Esta tendencia se revolucionó -de modo difícil de explicar- de cara a la cita de 2016, la primera organizada con 24 equipos en liza.

Tras la caída del Muro de Berlín y el bloque soviético, no sólo surgieron nuevos países, sino también nuevas selecciones de fútbol de nivel más que aceptable. De esta forma, mantener en la última década del siglo pasado la Eurocopa con un formato de sólo ocho equipos habría significado un grave error, dado que en el continente había muchas más potencias de este deporte -el subcampeonato de los checos en 1996, o la Croacia semifinalista del Mundial 98 lo demuestran-. De ahí el acierto de doblar el número de participantes.

Pero en Francia 2016 nada había cambiado para aumentar en un tercio la nómina de contendientes. Este incremento permitió el debut en una fase final de la Eurocopa a países que jamás se habían clasificado para ello, como Albania, Irlanda del Norte, Islandia o Gales.

El resultado de la amplicación de equipos fue un torneo deslucido, al que se añadió una nueva eliminatoria, los octavos de final, para la cual se clasificaron selecciones que sólo habían obtenido tres puntos en la fase de grupos. A todas luces, una cantidad muy pobre en una competición donde la victoria vale precisamente tres puntos. Con ganar un partido, o con empatar tres, ya es factible superar la primera ronda, algo impensable cuando disputaban la Eurocopa 16 naciones.

El pasado sábado se celebraba el sorteo de la Eurocopa 2020, donde el despropósito de la asignación de los cabezas de serie ha tenido como resultado que la actual campeona del Mundo, Francia; la vigente campeona de Europa, Portugal, y Alemania, ganadora de cuatro mundiales y tres títulos europeos, estén en el mismo grupo. Por el contrario, Holanda se las verá con las poco complicadas Ucrania y Austria, a las que se sumará un equipo de la repesca. Y en otro coinciden Dinamarca, Bélgica, Finlandia y Rusia: ninguno es una gran potencia, aunque algunos pretendan concederle ese estatus a los belgas.

La próxima Eurocopa de 24 equipos corre el riesgo de que varias selecciones más que ramplonas pasen el primer corte, como sucedió en 2016. Algo que no ocurría cuando eran 16 las que competían, porque en cuartos ya era habitual ver partidos de nivel.

La UEFA tiene 55 miembros asociados, con lo que todavía existe el riesgo de que algún día alguien sugiera elevar a 32 el número de participantes en la Eurocopa. La FIFA ya lo ha hecho con el Mundial, que a partir de 2026 tendrá 48 selecciones en lugar de las 32 actuales.

Como conclusión, una ironía: si continúa extendiéndose esa idea ecuménica del fútbol, Alberto de Mónaco, gran aficionado al balompié, quiza consume su pasión dirigiendo el banquillo monegasco, y el papa Francisco, otro ilustre futbolero, podría enviar a la Eurocopa un equipo integrado por guardias suizos y monaguillos.

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