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El once de… las víctimas

Sus imágenes fueron la radiografía del sufrimiento. Algunos de ellos son más conocidos por su involuntario papel de víctimas que por su empleo dando toques a una pelota. Otros vieron truncada su carrera como consecuencia de alguna acción violenta –fortuita o intencionada– de algún rival. Aunque también hubo quienes pudieron rehacer su vida futbolística, por suerte para ellos y para este deporte.

Petr Cech. Imposible imaginar al checo sin el casco de rugby que lo acompañó hasta su retirada. Su explicación, en un accidente que el entonces guardameta del Chelsea sufrió en un partido contra el Reading. Con su cuerpo derrapando sobre el césped para atajar un balón, la mala fortuna hizo que su testa se topase con la rodilla de Hunt. El diagnóstico: una fractura craneal que lo obligó a jugar siempre con protección. Quizá acabó viendo el casco como una parte de su cuerpo, porque ahora se dedica al hockey sobre hielo.

Manuel Pablo. Difícil recordarlo de otra forma que no sea retorciéndose de dolor por su choque con Giovanella. El crac que sonó al fracturarse tibia y peroné se oyó hasta en la Torre de Hércules, que está a tomar viento de Riazor. Lo más escalofriante fue ver la voltereta del lateral del Dépor, efecto de la colisión con el celtista, y observar su pierna diestra doblándose en cualquier dirección, como si fuera de goma. Sorprendentemente, el canario volvió a jugar a los nueve meses y se retiró 14 años después… con 40 tacos.

César. Su nombre de pila es el de varios futbolistas españoles. Sin embargo, a él no se le distinguirá por su apellido, sino por ser César el de Figo. El que fuera central del Zaragoza forma parte de la memoria del fútbol patrio desde que en 2005 una carrera del madridista, que luchaba por un balón, acabó en plancha y con los tacos clavados en su rodilla izquierda. El destrozo fue tal que, dos años después, el defensa vio imposible continuar su carrera como futbolista. El portugués ni siquiera fue amonestado.

Battiston. El 8 de julio de 1982 acontecieron en el Sánchez Pizjuán un milagro y un fenómeno paranormal. El primero, que este defensa francés siguiera con vida después de que Schumacher lo atropellara brutalmente; el segundo, que el portero germano no fuera sancionado ni siquiera con una falta. El galo, que será recordado toda su vida por su imagen tendido inconsciente en el suelo, se reencontró con su matarife en México ’86, pero lo tuvo claro: «No pienso acercarme a Schumacher a menos de 40 metros«, previno.

Luis Enrique. Como era polivalente, lo pondremos de lateral zurdo. Fue jugando más avanzado, de extremo, cuando en el España-Italia del Mundial ’94 recibió dentro del área azzurra tal codazo de Tassoti que su tabique nasal quedó más despedazado que el de un boxeador. Ni penalti ni gaitas, dijo el trencilla húngaro Sandor Puhl, que se hizo de forma tan burda un nombre en la historia del fútbol español mientras Lucho chorreaba sangre por la nariz y teñía de rojo la camiseta blanca con la que la Roja jugó aquel fatídico día.

Gascoigne. Una de las imágenes con las que se asocia a este inglés de talento desaprovechado es la de su rostro atormentado mientras Vinnie Jones le apretaba su aparato reproductor. Lo que se desconoce es qué sufrió más daños: si las pelotas o la mente del pobre Gazza, que desde su retirada ha dado tantos tumbos que incluso se publicaron fotos suyas por la calle tapado sólo con un albornoz y en visible estado de embriaguez. Su agresor, al que parece haber perdonado, ahora es estrella del cine.

Xabi Alonso. Estás jugando la final de un Mundial, ante miles de millones de espectadores, y en todo el planeta se ha visto que la bota con tacos de un holandés con maneras de experto en artes marciales casi te perfora costillas y pulmones. El único que no se ha enterado, o no ha querido enterarse, es quien tiene el poder para castigar al malhechor: el árbitro. Imaginad que encima Robben no la pifia ante Casillas; eso habría sido un cornudo y apaleao para el tolosarra. Por fortuna, existe la justicia.

Alf-Inge Haaland. Otro que tuvo que poner punto y final a su carrera deportiva de forma involuntaria, que es una forma de no decir «por una salvaje entrada«: la que le hizo el repartidor del United Roy Keane en un derbi de Manchester. La brutal plancha del irlandés dejó al noruego sin futuro en esto del balompié y lo obligó a reinventarse. Ahora es director de desarrollo empresarial y trabaja en la industria petrolera de su país. Tiene un hijo que en este momento, con 19 años, es una estrella emergente del fútbol europeo.

Tab Ramos. En EEUU ’94, la anfitriona cayó con honor en octavos ante el Brasil de Romario, pero uno de los suyos cayó de otra forma: abatido. Fue Tab Ramos, destinatario de un atroz codazo de Leonardo, que supuso la expulsión del Mundial para éste y fractura de cráneo y medio año de baja para el estadounidense. Y al árbitro no se le escapó que el local había agarrado al brasileño de la camiseta y le mostró amarilla cuando se lo llevaban en camilla, haciendo gestos como diciendo: «Si vuelve en sí, que sepa que tiene tarjeta».

Juninho. En 1997 llegó al Atleti como fichaje estrella. Sin embargo, su trayectoria fue frenada por Míchel Salgado en una visita de los rojiblancos a Balaídos. El lateral derecho del Celta lo cazó a la altura del tobillo, con un resultado de fractura de peroné y rotura de varios ligamentos. El paulista nunca volvió a ser el que fue. El infractor no vio ni amarilla, pero sí fue sancionado después por Competición con cuatro partidos. Lo alucinante es que la afición celtiña se manifestó en la calle contra el castigo y no cumplió condena alguna.

Maradona. A Diego Armando siempre se le recordará por el fútbol que atesoraba en sus botas y también por circunstancias ajenas al deporte. Ahora bien, a los de cierta edad no se les habrá borrado del cerebro el viaje que le metió Goikoetxea con los tacos por delante en un Barça-Athletic. Con el tobillo hecho trizas, el Pibe pasó tres meses y pico alejado de los terrenos de juego. El argentino regresó y siguió triunfando, pero en otro equipo y en otra liga: a los tifosi del Nápoles no les tocó sufrir una entrada como la de Goiko.

Entrenador: Javier Clemente. Sorprendidos, ¿verdad? Pues resulta que el de Barakaldo, con menos de 20 años, era un centrocampista del Athletic muy técnico y que apuntaba grandes maneras hasta que en 1969, en un duelo contra el Sabadell, recibió una fea entrada de Marañón. Aquel golpe fue el origen de su retirada, que se confirmaría en 1971 con otra dura acción, esta vez una plancha del zaragocista Ocampos. Incluso Relaño, que siempre lo ha puesto verde como entrenador, dice que el Rubio pudo haber sido un gran jugador.

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