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El once de… los ‘psicópatas’

Según la RAE, la psicopatía es la «anomalía psíquica por obra de la cual, a pesar de la integridad de las funciones perceptivas y mentales, se halla patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece». La definición de la academia de la lengua viene de perlas para describir a once futbolistas a los que la olla se les iba tirando a demasiado en el fragor del combate, esto, dentro del terreno de juego.


Schumacher. Su nombre de pila es Harald, pero se hacía llamar Toni. Quizá se creyó que la semifinal de España ’82 era el rodaje de una película violenta, una precuela de El precio del poder, que un año después protagonizaría su tocayo Tony Montana. En cuanto a secuelas, las que le dejó a Battiston con el bestial golpe de cadera con el que lo arrolló: dos dientes rotos, fractura de mandíbula, lesiones en las vértebras y seis meses de baja fueron la factura cargada al damnificado por la inhumana salida-entrada del portero alemán.

Materazzi. Después de alguna de sus brutales patadas a cualquier altura del cuerpo del rival, que le valieron el sobrenombre de Matrix, Marco miraba al árbitro con cara de «¿por qué me sacas tarjeta?» o «¿por qué me echas?». Encima tiene la potra de que se le recuerde más por la cornada que recibió de Zidane, tras faltarle al respeto a la hermana de éste, que por cualquiera de sus salvajes entradas. Shevchenko se llegó a plantear la puesta en marcha de una asociación de víctimas de Materazzi.  

Pepe. Sus compañeros en el Madrid decían que fuera del campo no era mal chaval. Dentro, su otro yo se aplicaba en dejarlos en evidencia. Képler Laverán Lima Ferreira, que así se llama el angelito, lleva diez años sin disculparse por haber pateado –más bien rematado– a Casquero mientras estaba desplomado en el suelo. También dijo que lo de clavarle los tacos a Messi en la mano, con el juego parado y con la Pulga sentado en el césped, fue algo «involuntario», aunque las imágenes no estén muy de acuerdo.  

Stuart Pearce. En Inglaterra todo el mundo, incluidos sus fans, lo llamaban psycho, luego sería un desaire no incluirlo en esta alineación tan demencial. Se le recuerda como un lateral izquierdo muy intenso a la hora de currar, de ahí el apelativo. Cuentan que en su país hay una discográfica bautizada en su honor como Psycho Records. Un tipo muy duro, sí, pero en las semifinales de Italia ’90 falló un penalti en la tanda contra Alemania y se marchó llorando del campo.

Dennis Wise. Si lo de los mordiscos tuviera derechos de autor, Luis Suárez sería condenado por plagio y mediante sentencia firme, es decir, irrecurrible. El copyright lo tiene este inglés tan bajito como peligroso, cuyo apellido significa «prudente» o «sabio». Lo primero, ya se ha ocupado él repetidas veces de desmentirlo. Que se lo pregunten a Marcelino, que recibió una dentellada suya en la Recopa de 1999. En cuanto a sabiduría, la que se procuró en la escuela del Wimbledon: saber romper pómulos.

Nigel De Jong. Sería útil que algún sociólogo investigase eso de que los holandeses dijeran que España les robó la final del Mundial 2010. Tampoco vendría mal que la FIFA interrogase al seleccionador neerlandés por alinear a un karateka en su once, así como al árbitro de aquel partido por no haberle mostrado ocho rojas directas –ni siquiera una– a alguien capaz de incrustarle la suela de su bota claveteada a Xabi Alonso en el pecho. Meses después, dejaron de llevarlo a la Oranje por «agresivo». Haberlo pensado antes, ¿no?

Vinnie Jones. Como sus compañeros de la Crazy Gang del Wimbledon, no era muy habilidoso con la pelota. Con las pelotas de Paul Gascoigne, sin embargo, adquirió fama para la posteridad. Sólo alguien tan trastornado como Vincent –el diminutivo Vinnie le queda demasiado pequeño– puede disfrutar estrujándole las gónadas a un rival, al que ya venía aterrorizando dedicándole un «estás solo; solo conmigo». Con tal hoja de servicios, ¿cómo no iba a ficharlo Guy Ritchie para sus pelis de matones de los bajos fondos?

Gravesen. Lo llamaban Shrek por el gran parecido de su cabeza pelada con el simpático personaje de dibujos animados. Lo pacífico de su personalidad empezaba y terminaba ahí. Su forma de jugar –eufemismo de ferocidad– y sus miradas homicidas le hicieron merecedor de un mote más acorde a la realidad, el Ogro. Estuvo un año en el Real Madrid de los galácticos, pero dejó más huella que Atila: un diente roto a Ronaldo, full-contact con Robinho… Si se queda más tiempo, no vuelve a crecer la hierba en el Bernabéu.

Roy Keane. Resulta que estaba cabreado porque años atrás se había lesionado intentando hacer una entrada a Alf-Inge Haland en un Leeds United-Manchester United. Al red devil no le divirtió que el noruego lo acusara de teatro, y apuntó su matrícula. Cuatro años después, en 2001, se reencontraron en un derbi de Manchester y al irlandés le faltó tiempo para entrarle en plancha a la espinilla, con lo que lo dejó inválido para el fútbol. Aparte, en su currículum brilla una expulsión de la concentración de Eire para el Mundial 2002.

Cantona. Complicado disociar a Eric de aquella patada voladora a un aficionado del Crystal Palace que le estaba llamando de todo a él y a su señora progenitora. Aquella agresión le costó ocho meses suspendido y veinte mil libras de multa, y no llegó a pisar la trena porque en su lugar lo condenaron a trabajos para la comunidad. Tan mediático episodio le ha hecho sombra a otras hazañas bélicas, como tirarle un balón a la cara a un árbitro e insultar uno a uno a los miembros del comité de competición que juzgó esa acción.

Luis Suárez. Ya sabemos que Wise se le adelantó al uruguayo en eso de martirizar a los rivales usándolos para afilar los dientes. Ello no quita que el delantero del Barça haya marcado tendencias en el asunto, e incluso inspirado campañas publicitarias, como la de Barilla desplegando once rigatoni, uno de ellos mordido en recuerdo al pobre Chiellini. Pero no olvidemos cuando le cayeron ocho partidos de sanción en la Premier por gritarle a Evra tropecientas veces «negro», incidente que hasta tiene entrada propia en Wikipedia.

Entrenador: Carlos Bilardo. El que completa los doce del patíbulo. Sus gritos de «pisalo, pisalo», todo encabronado porque un masajista de su equipo estaba atendiendo a un lesionado del rival, son lo que más se recuerda de su paso por el Sevilla. Caniggia contó en una entrevista con Jot Down que Bilardo le hizo jugar a Ruggeri con unos críos de ocho años en la calle. «Patéale», le decía al internacional argentino, que, horrorizado, desconocía que su míster quería comprobar de esa forma si se había recuperado de una lesión.

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