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Estoril ’85: El pasaporte al Olimpo de Senna

El mítico piloto brasileño consiguió su primera victoria en Fórmula 1 en el Circuito de Estoril. Aquel lluvioso día de 1985 tan sólo el segundo clasificado se libraría de ser doblado

BIEL ROQUET | Ni un rayo de sol y apenas con algo de visibilidad un puñado de metros adelante. Las estrechas calles del Principado vieron saltar allí las primeras chispas de magia de una estrella naciente. Los ojos del mundo del motor buscaban, con la curiosidad de la primera vez, la figura de aquel joven y atrevido brasileño de veinticuatro años. Sobre el delicado y empapado asfalto de Montecarlo una de las primeras espadas de la categoría reina no tenía más remedio que suplicar el fin de la carrera (antes de tiempo) para no pasar la vergüenza de ser rebasado. Ese mítico McLaren no quería verse humillado por uno de los peores coches de la categoría. No en ese circuito.

Era el Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1 de 1984. A Ayrton Senna, al volante de un humilde Toleman, sólo le faltó rebasar a Alain Prost para vencer el trazado más especial del curso en la temporada de su debut. Tan solo un año más tarde Senna demostraría que aquella brillante actuación en Montecarlo no había sido fruto del azar. Las horas y horas compitiendo bajo los aguaceros británicos en categorías inferiores habían sido una parte fundamental de su aprendizaje. Esta vez sí. El 21 de abril de 1985, y con unas condiciones meteorológicas prácticamente calcadas a las de Monaco, Ayrton Senna desvirgó su palmarés de vencedor en grandes premios. En una lluviosa tarde portuguesa el Lotus negro y dorado de Ayrton dio una clase magistral, digna de una galería de arte; desbocado y devorando rivales, sin importar nombre o motor; convirtiéndose seguramente en la más contundente exhibición sobre mojado de la historia. No todos los días llega el segundo clasificado a más de un minuto del primero.

Capura del Toleman de Senna en el G.P. de Montecarlo de 1984.

El invierno se había hecho largo. Las perlas de calidad y los detalles de talento de Ayrton Senna a bordo de un monoplaza de los últimos de la parrilla convencían a la histórica Lotus. El brasileño tendría, por fin, un coche apto para llamar la atención de contrincantes y aficionados. La temporada 1985 comenzaría el 7 de abril, precisamente en su casa, Brasil. El McLaren de Prost -que acabaría llevándose su primer título aquel año- se imponía a Jacarepaguá en la carrera inaugural de la temporada, en la que Senna tuvo que retirarse. Tres semanas más tarde el mundial viajaba hasta Estoril, donde pocos meses antes Niki Lauda se había adjudicado su tercera corona en el último Gran Premio del curso. El sábado, bajo una fuerte lluvia que apaciguaba el ambiente en las gradas, ya se intuía que Senna podría graduarse en Portugal. El de Sao Paulo se embolsó la primera pole position de las 65 que adornan sus estadísticas.

Al día siguiente, la salida ya sería un preludio de lo que acontecería después. Senna no se vio amenazado ni en en el momento en que se apagaron los semáforos rojos. Llegaría a la deslizante primera curva con comodidad y con su compañero Elio de Angelis en los retrovisores, le hacía de guardaespaldas. El primer paso por la línea de meta ya dejó las primeras bocas abiertas: tres segundos de estela de agua hasta que aparecía el segundo clasificado. Pendiente del cielo, el brasileño no podía haber elegido un mejor día para disfrazarse de relámpago. Mientras tanto, los Williams de Rosberg y Mansell ya habían tirado su candidatura a la basura. Todavía no llovía demasiado, pero el estado de la pista era delicado y exigía el máximo de las manos de seda del dorsal 12 de Lotus. Esas que sólo un año antes -1984- se habían estrenado en la categoría reina.

Cualquier persona que enchufase la televisión a las pocas vueltas de empezar podría preguntarse si se había alcanzado ya la mitad de la prueba. Una barbaridad. En pocos minutos no sólo Senna, sino también De Angelis, eran cohetes espaciales que dejaban al resto de la parrilla a años luz, como irrelevantes satélites en remotas galaxias. El brasileño era, ese día, el centro del universo de Estoril. Detrás, sin embargo, no estaban para historias. El Ferrari de Johansson y el Bennetton de Patrese, como bailando un vals, inauguraron el festival de errores y colisiones de aquel día. Con el paso de las vueltas la lista de abandonos se engrosó ​​con nombres ilustres como los de Martin Brundel o el vigente campeón, el austriaco Lauda. Al de Sao Paulo no le importaba que sus enemigos fuesen cayendo como moscas; el único al que tenía la verdadera obligación de superar era al Ayrton Senna del giro anterior.

El mítico ’12’ negro y oro de Ayrton Senna traza una curva en el circuito portugués.

Pocas veces se consigue doblar a otro piloto en tan sólo diez giros. Mientras el resto de coches patinaba sobre el trazado, el brasileño flotaba sobre él. A Prost y compañía se les veía peleándose con el volante, haciendo lo posible para no acabar en la grava. A Senna no. A Senna se le observaba rápido, impecable, como si fuera sobre raíles. Ni un error, ni un sobresalto, ninguna corrección.

El McLaren de Prost y el Ferrari de Alboretti parecían ser los únicos capaces de resistirse a ser barridos por la pareja de Lotus, aunque remar a contracorriente, a veces, no sirve para nada. Después de un buen número de giros atascado tras el difusor de Angelis, de enseñarle el morro en cada final de vuelta intentando colocarse segundo, Alain Prost se topó con un traidor charco de agua que lo sacó de la carrera. Solo hacía un minuto que la tromba hizo que hasta Senna pidiese detener la prueba. El francés, contra las vallas y para casa. Una preocupación menos para Ayrton, que en el ecuador de la prueba ya había doblado a todos los monoplazas excepto cuatro.

¿Donde estaba Senna? Apenas salía en las pantallas de televisión. La perfección es admirable, pero si dura demasiado tiempo se hace monótona. Las bajas seguían sucediéndose a medida que avanzaba aquel Gran Premio de Estoril, pero si todos los pilotos hubiesen logrado sobrepasar la línea de meta, la exhibición del joven Ayrton -estamos seguros- habría sido igual de insultante y apabulladora.

Y es que no era cosa del monoplaza. El espectáculo del brasileño se haría todavía más evidente a medida que Elio de Angelis fue apagándose sobre la pista, llegando a ser sobrepasado por Alboretti y por el galo Patrick Tambais, que acabó completando el podio en tercer lugar. Sólo el Ferrari del italiano recibiría el banderazo a cuadros en la misma vuelta que aquel brasileño aspirante al olimpo de las cuatro ruedas. El incesante aguacero había impedido que se completaran todos los kilómetros del circuito.

A las dos horas de comenzar, por tanto, aparecía la cuadriculada. Brazos en alto y cinturones desabrochados. Locura. Lo que para todos fue un suplicio para Ayrton Senna fue un paseo. ¿Quién podía creerse que fuera tan sólo su primer triunfo? En medio de un festival de errores, pasando junto a escapatorias convertidas en cementerios de coches desmenuzados, el piloto de Sao Paulo sellaba su primera victoria en Fórmula 1. La primera de cuarenta y una. Mónaco 1984 no había sido un espejismo. Haber estado a punto de dibujar una de las hazañas más memorables con el Toleman en la Costa Azul no había sido casualidad. Se cerraba un círculo en Estoril, pero no sólo eso: volvía a abrirse. Tendríamos show varias temporadas. Leyenda para rato. Ayrton Senna se había ganado un pasaporte para competir con los grandes.

La mítica carrera narrada por el genio paulista.

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