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Heleno de Freitas, el ‘Príncipe maldito’ que renunció al trono de ‘O Rei’ (II)

Antes de que Pelé reinase en Brasil ya había existido un aspirante al trono mucho más alto, guapo y listo. Quién sabe si, de haber tenido un estilo de vida algo algo más aseado, no estaríamos hablando de una leyenda aún mayor que la de Edson Arantes. No obstante, y a pesar del insuficiente eco histórico que su figura ha tenido, De Freitas fue el primer gran ídolo de masas en Sudamérica.

La inabarcable historia de Heleno empezó en São João de Nepomuceno, Minas Gerais, hace ya casi cien años, el 12 de febrero de 1920. El hijo de un importante negociante de azúcar y café, Óscar de Freitas, fue educado en un ambiente tranquilo, opulento y cómodo. A diferencia de otros grandes jugadores de su época, Heleno no necesitó nunca el fútbol para comer, algo que quizá pueda explicar su particular relación con este deporte, sus continuos altibajos emocionales y la falta de feeling, en general, con el resto de compañeros y adversarios.

Heleno, con 14 años, en la playa de Copacabana.

Comentan varios de sus biógrafos que al ‘nueve’ minero “jamás le gustó el fútbol”, que vivía (y bebía) del reconocimiento público, y que lo único pretendía era demostrar constantemente que era el mejor. Hedonista y pendenciero, donde realmente se sentía cómodo Heleno de Freitas era en los círculos bohemios de la aristocracia carioca. Rodeado de mujeres, intelectuales, drogas y jazz.

El talento de Heleno fue descubierto bien temprano, en Copacabana, cuando apenas tenía doce años. El espigado jovencito, que acababa de instalarse en Río de Janeiro tras la muerte de su padre, llegaba con cierta experiencia futbolística de las categorías inferiores del Mangueira. Sobrado de técnica y desparpajo, poco tardaría De Freitas en destacar entre el resto de niños futboleros de la playa.

Cuenta la leyenda que Neném Prancha, una suerte de entrenador y filósofo del Botafogo, tenía un método bastante original para captar a las futuras estrellas: se apostaba detrás de un tenderete de fruta y lanzaba naranjas a los chavales que allí jugaban. Según la reacción de los mismos al recibir la improvisaba pelota, Prancha iba separando a los negados de los posibles:

Heleno de Freitas –contaba el escritor Antonio Falcaoamortiguó la naranja con el muslo, la dejó caer en el pie, hizo malabarismos, la levantó a la cabeza y la trajo de vuelta al pie pasando por un control de tacón”. Neném llevaría, desde aquel mismo día y hasta su muerte, la foto de aquel mocoso en la cartera. “Era, sin duda, el jugador más fino que había conocido”.

Una de las lapidarias frases del filósofo Nénem.

El artillero minero sería reclutado por el Botafoguinho con apenas 14 años y ya desde sus inicios demostró tener una gran elegancia técnica, instinto anotador, buen dribbling y sobrada potencia física. Tampoco tardaría en manifestar, para disgusto de técnicos, rivales y compañeros, algunos ramalazos de un genio indomable ya en ebullición. El año en que pasaba a edad juvenil, y tras quedarse sin ficha con la escuadra blanquinegra, firmó por el Fluminense, equipo rival y vecino.

La vida en blanco y negro

Tres campañas más tarde, y tras varios desencuentros con el entrenador uruguayo del Flu, Carlomagno, Heleno regresaría al Botafogo de Futebol e Regatas. El buen rendimiento ofrecido con la camiseta tricolor no le valió para obtener un contrato profesional, así que volvió allí donde se sentía más cómodo y querido. No obstante, el artillero era torcedor de O Fogão y para “emperadores” como Carlomagno ya estaba él.

“No soy un jugador de fútbol, soy un jugador del Botafogo”

El de la estrella solitaria era, de hecho, el equipo de los futbolistas y aficionados románticos. Para el ex presidente Schmidt el cuadro albinegro era el máximo exponente del “carácter lúdico” del fútbol, como demostrarían después otros personajes atípicos como Garrincha o Nílton Santos, también de aura especial como Heleno. Ganar no era siempre lo más importante en las gradas del General Severiano.

“Botafogo es bastante más que un club, es una predestinación celestial”, añadía en esta línea el periodista Armando Nogueira. El célebre compositor Vinicius de Moraes comentaba, en otra ocasión, que la formación de la identidad estaba estrechamente ligada en Río a la elección del equipo, y que “un poeta, fiel a su infancia, siempre elige a Botafogo”. Parecía, por tanto, la institución deportiva ideal para un personaje de las características de Heleno.

Aunque sus primeros pasos futbolísticos los había dado como centrocampista, donde sobresalía por su fino fútbol de etiqueta, su certera capacidad cabeceadora y afilado instinto goleador quedaban infrautilizados cuanto más lejos se encontraba del área rival. Lo mudaron al puesto de ‘nueve’, pero eso no iba a cambiar su romance con el esférico, “su único amigo en el campo” como reconoció en repetidas ocasiones:

“Heleno venía a buscar la pelota mucho más allá del mediocampo, y siempre estaba en posición para recibirla –contaba su ex compañero Geninho, uno de los pocos que mereció su respeto dentro de un vestuario-. Sabía distribuir bien. Aunque estuviesen marcándolo, de espaldas al arco, sabía chutar. No recuerdo a nadie, en la década de 1940, que practicase aquel tipo de juego”

Unos de los pocos goles en vídeo que se conservan del de Minas Gerais.

“Habría ganado millones si hubiese surgido años despuésañadía el ex futbolista-. En su época no había televisión para hacer popular a una estrella y aumentar su cotización, solo la radio. ¿Y qué locutor, después de haber entrevistado a jugadores apenas alfabetizados, no se esforzaba por extraer algunas palabras del doctor Heleno de Freitas? Sabía analizar el juego con argucia, criticar severamente a un árbitro y llamar ‘tuercebotas’ a los rivales”.

Cuando el de São João de Nepomuceno volvió a Botafogo le fue asignada la difícil tarea de hacer olvidar al anterior ídolo de la afición, el mítico Carvalho Leite, que había sido máximo goleador del Campeonato Carioca durante cuatro temporadas consecutivas (1932, 33’, 34’ y 35’). Heleno, que anotó 206 goles en 235 partidos vistiendo la elástica blanquinegra, consiguió hacerse rápidamente con el favor de la hinchada. Todo ello a pesar de ser, en demasiadas ocasiones, una figura histriónica, antipática y desagradable.

El delantero era increíblemente ágil y técnico.

Y es que Heleno tenía carácter, demasiado carácter. A pesar de su delicada figura de señorito y de su fútbol de chaqué, cuando el de Minas Gerais entraba en conflicto todo daba un vuelco en su agitada cabeza. Se convertía en un fiero e imprevisible perro de presa. Hablamos de un atleta tremendamente competitivo y perfeccionista, de un futbolista del que nadie pudo poner en duda su arrojo y tesón. Esta, seguramente, fuese la principal razón de la eterna indulgencia de la afición albinegra con el astro. Muchas veces, eso sí, De Freitas era víctima de su falta de autocontrol y de un afán desmedido por la victoria.

Le expulsaron en numerosas ocasiones, se atrevía a abroncar a los suyos durante partidos y entrenos, forzaba peleas con árbitros y directivos, firmaba jugadas impensables, anotaba goles soberbios, ganaba partidos únicos. Era imposible que ver jugar a Heleno te dejara indiferente.

Con la selección brasileña la figura del dandi se haría aún más grande, aunque ciertamente seguía sin lograr quitarse el sambenito de “campeón sin título”. Lo máximo que logró –internacionalmente hablando- fue un trofeo de máximo goleador en el Sudamericano de Chile (1945) y dos subcampeonatos, el de aquel mismo torneo y el conseguido, un año más tarde, en uno idéntico celebrado en Argentina. Heleno, como siempre, echaba toda la culpa de estos fracasos a la incompetencia de compañeros y entrenadores.

La delantera de Brasil, en orden: Tesourinha (Internacional-RS), Zizinho (Flamengo), Heleno de Freitas (Botafogo), Jair da Rosa Pinto y Ademir de Menezes (ambos de Vasco da Gama).

De entre todos los incidentes que tuvo con Brasil, uno de los que certificaría el divorcio de Heleno con la verdeamarela aconteció tras un terrible enfrentamiento con el combinado albiceleste que derivó en batalla campal. Flavio Costa, por entonces seleccionador brasileño, se hartó de los actos de indisciplina y desobediencia del díscolo jugador y acabó vetándolo. Le hubiese encantado contar con el genial delantero, pero abominaba el pack completo. Su marca anotadora con la Seleçao quedó fijada en 15 goles en 18 encuentros.

La noche le confunde

“Heleno de Freitas vivió en conflicto eterno con el universo del fútbol. Amado como un dios, censurado como un demonio, era el fantasma de los árbitros, el genio de la bola a los ojos de los catedráticos del fútbol, el desafecto de las torcidas rivales y el galán irresistible de las señoritas de Copacabana, aquellas que caían rendidas a la elegancia, la rebeldía y el anillo del doctor en Derecho y fama” (Armando Nogueira)

Heleno era un futbolística atípico, culto y de gustos tremendamente refinados.

Lejos del presidio que para él suponía el fútbol, a Heleno de Freitas le encantaba pasear en automóviles caros, vestir trajes de lino, escuchar lo último en música y alardear de intelecto y cultura con las señoritas de la alta burguesía. Su carácter despreocupado le llevaba a fumar como un carretero y empalmar las noches con los días, creyendo encontrar la libertad en los locales más cool, refinados y elitistas de la ciudad de Río. Allí pasaba el tiempo con aquellos a los que realmente consideraba sus congéneres y que, paradójicamente, acabarían dejándole tirado en los días finales de su vida.

“No soy un genio, apenas sé bien lo que me gusta. Me gustan las ‘cinturinhas’ y los cadillacs”

De porte agraciado, con 1’82 metros de altura y pico de oro, el intelectual futbolista era muy distinguido en sus gustos, también con las mujeres, aunque esto no hacía menguar su número de amantes, ya que ‘el atleta más bello de Brasil’ siempre contaba con un sinfín de pretendientes. Las muchachas se derretían al verle bajar de su Pontiac, novela bajo el brazo, azabache pelo engominado y raya al lado. Muchas de ellas pagaban boleto en el General Severiano sin apenas saber de qué iba aquello del foot-ball. Todo para ver a Heleno en calzones cortos. Todo para suspirar al unísono, completamente enamoradas, con el primer gran playboy del fútbol brasileño. Un día marcó un gol de cabeza contra el Fluminense y se sacó un peine del bolsillo para arreglarse el pelo. Genio y figura.

A pesar de su endiablado tren de vida -y hasta caer en la enfermedad- Heleno jamás dejó de nutrir su intelecto. Le encantaba repasar tratados clásicos de filosofía, escuchar jazz o música clásica y mantenerse al día con los grandes de la literatura. Su autor favorito, cómo no, Dostoievski. El de Minas Gerais parecía, de hecho, un tipo en constante candidatura a protagonizar un libro de Fíodor. Según el día podía despertarse cínico, nihilista, intelectual… Si le daba por ahí, se creía Alexei Ivanovich y perdía cuatro sueldos en el casino. Soberbio, ególatra y autodestructivo, seguro que Heleno vivía una extraña y ambivalente relación de empatía con los personajes del novelista ruso.

El maestro Didi, hablando sobre el mito de Heleno y su grandeza como futbolista (POR).

Este carácter díscolo y voluble no pasaba inadvertido para nadie, menos aún para sus rivales, que buscando desestabilizar al genio comenzaron a llamarle ‘Gilda’, el nombre del personaje de Rita Hayworth en la película homónima de 1946. Gilda era una diva de la burguesía rica, seductora, caprichosa y temperamental. De Freitas, que bien notaba las evidentes similitudes, entraba en cólera cada vez que una afición rival (casi siempre la del Flu) le recibía cariñosamente con el apelativo.

La vida de excesos que llevaba, como era esperable, acabaría trayéndole funestas consecuencias. Con 27 años Heleno fue diagnosticado de sífilis, seguramente contraída en algún burdel de Río en uno de sus ocasionales encuentros con prostitutas. Como la penicilina no había llegado a Brasil y el tratamiento con bismuto era bastante agresivo (podía afectarle al rendimiento deportivo o -incluso peor para él- dejarle impotente), decidiría no medicarse, siendo aquella la peor decisión que tomó en su vida.

Para mitigar el dolor que sufría comenzó a aspirar éter, mal remedio para una estrella que desde ese mismo momento necesitaría la eterna compañía de un pañuelo de tela. Húmedo y en el bolsillo de la chaqueta, al lado del corazón. Por contrario a lo que pudiera pensar el atormentado genio, las drogas no hacían sino agravar su delicada enfermedad.

De Freitas, fumador empedernido y eterómano.

La afección iría expandiéndose hasta el cerebro en lo que comenzaba a manifestarse como una neurosífilis o sífilis nerviosa (infección bacteriana mortal del cerebro que contraen las personas con sífilis común que no se han tratado durante diez o más años). Aunque no se la detectaran hasta varios años después, Heleno de Freitas ya exhibía ciertos síntomas de la misma. Parecía más irascible y descontrolado sobre el verde pero, aunque nadie supo o quiso verlo, aquellos irrefrenables actos de locura no eran sino los virulentos trazos de su dolencia.

Siempre han dicho que la demencia y la genialidad van de la mano. ¿Quién sabe si, en aquel Botafogo-Flamengo de 1947, la locura no llevaría de la mano a Heleno en uno de los tantos más celebrados y recordados del ‘Príncipe Maldito’? Así describiría el gol, años después, el maestro uruguayo Eduardo Galeano:

“Heleno estaba de espaldas. La pelota llegó de arriba. Él la paró con el pecho y se dio vuelta sin dejarla caer. Con el cuerpo en arco y la pelota en el pecho, enfrentó la situación. Entre el gol y él, una multitud. En el área de Flamengo había más gente que en todo Brasil. Si la pelota iba al suelo, estaba perdido. Y entonces Heleno se echó a caminar, siempre curvado hacia atrás, y con la pelota en el pecho atravesó tranquilamente las líneas enemigas. Nadie se la podía sacar sin cometer falta, y estaban en la zona de peligro. Cuando llegó a las puertas del arco, Heleno enderezó el cuerpo. La pelota se deslizó hacia sus pies. Y remató”.

El adiós de un símbolo

Aunque dejase momentos como este, únicos en el imaginario colectivo del Botafogo, durante la década en que De Freitas actuó de blanquinegro no lograron adjudicarse ni un Campeonato Carioca. Ademir, el otro gran crack de la época, llegó a contar hasta seis: cinco con el Vasco de Gama y otro con el Fluminense. El único título que obtuvo el genio minero fue el de licenciado en Derecho, aunque nunca llegase a ejercer la abogacía.

El supersticioso Carlito Rocha, recién elegido presidente del club, creía que mientras De Freitas vistiese de blanco y negro nunca serían campeones. El fuerte olor que desprendía Heleno de Freitas a perfume, gomina y éter le delataba al pasar: demasiado amor por sí mismo como para triunfar en un deporte colectivo; demasiado amor por los vicios como para llegar a triunfar en algo. El año que se fue la estrella de O Fogão, el club de la estrella solitaria volvió a ganar el Campeonato Carioca, catorce temporadas después. Minipunto para Carlito.

El montante pagado por Boca Juniors para firmar a la mediática estrella minera rondó los 220.000 pesos, una cifra récord para la época. ‘El futbolista más caro del mundo’ llegaría con gran pompa a Buenos Aires, e incluso la prensa internacional recogería la noticia. El ‘Corriere dello Sport’ titulaba en primer página “Heleno es el nuevo ídolo de las multitudes argentinas” para luego añadir que amenazaba con «oscurecer la fama de Pedernera, Di Stefano y Pontoni”.

Vídeo que resume la llegada del crack brasileño a Buenos Aires.

En uno de sus primeros entrenamientos en Argentina un empleado del club le preguntó a Heleno si necesitaba ayuda para cambiarse. “A mi ningún macho me toca los huevos, amigo”, le espetó cortante De Freitas. Declaración de intenciones, minuto cero de partido: el brasileño no iba a cambiar sus modales por el mero hecho de haber trasladado su residencia.

Aunque Heleno De Freitas encandiló a todos en su debut –anotaría dos goles para dar la victoria a Boca ante Banfield-, poco más ofrecería el carismático delantero al conjunto xeneize durante su medio año de estancia. Al menos deportivamente. Anotó 7 goles en 17 encuentros, fue abandonado por su mujer embarazada, organizó algún que otro asado, tuvo un supuesto romance con Eva Perón... helenadas. Cuando la saudade ya le oprimía el pecho y se cansó de hacer turismo tomaría el camino de vuelta a Brasil. Tenía entre ceja y ceja un Mundial de 1950 que aquel año se celebraba en su país.

Como su amado Botafogo -curado ya de espanto- le había cerrado la puerta en las narices a su retorno, Heleno de Freitas acabaría aceptando -algo enajenado- la propuesta del Vasco de Gama, otro de los gigantes del país, histórico rival de O Fogão. Anotó 19 goles en 24 encuentros para acabar levantando el único título de su trayectoria profesional: el tan anhelado Campeonato Carioca.

Heleno, tercero por la izquierda y agachado justo a la derecha de Ademir Menezes.

No lograría esconder, sin embargo. los angulosos claroscuros de su personalidad. Ni Ademir de Menezes, rutilante estrella del equipo, se libró de las malhumoradas reprimendas de Heleno: “Ni siquiera corrió para tratar de alcanzar el balón –relataba su ex compañero sobre un roce que tuvo con él en su primer entrenamiento-. Se limitó a reprenderme: ‘Mira, no me valen esos balones horrorosos, no les voy a dar. Mejor que te esmeres”.

Obsesionado como estaba por participar en la Copa, los brotes psicóticos de Heleno eran cada vez más virulentos e incontrolables. Un día salió gritando del entrenamiento, tan incomprendido como siempre, “estos dos (Maneca e Ipojucan) no me pasan la pelota porque no quieren. Aquellos dos (Néstor y Mario) no me la pasan porque no saben. No tengo nada que hacer aquí”. Otro, no toleró nada bien las críticas de su entrenador, un tal Flavio Costa con el que ya había chocado en la Seleçao, y lió un pifostio de película. Ese día acabaría para él la historia en São Januário.

Flavio Costa, el día del Maracanazo. (Tierra, trágame)

El técnico lo había expulsado de un entrenamiento tras recriminarle públicamente su falta de actitud y Heleno de Freitas, ni corto ni perezoso, volvió al final del mismo con una pistola para encañonar a su míster. El perturbado ‘nueve’ percutió el cañón de su Colt, pero el arma estaba descargada. Según contó el mismo Flavio Costa, tras desarmar a De Freitas le dio una paliza y lo expulsó para siempre del equipo.

Tumbos y más tumbos

Fue entonces cuando el astro decidió hacer las maletas rumbo a Colombia, país que había hecho una clara apuesta por el fútbol y que, driblando la reglamentación FIFA, había conseguido atraer para su liga a un buen número de estrellas internacionales. Aquel campeonato, que fue comúnmente llamado ‘El Dorado’ o, más despectivamente, ‘La Liga Pirata’, contó con futbolistas de la talla de los argentinos Pedernera, Rossi o Di Stéfano, del peruano Valeriano López, de los brasileños Heleno y Tim o del húngaro Sárosi.

Los hábitos de vida de Heleno de Freitas en Colombia apenas variaron. Seguía teniendo ese aura de divino galán, de genio perturbado, que tanto encandilaba a las damas. Tiempo después se seguía comentando en Barranquilla que las trabajadoras de los prostíbulos locales, prendadas de su figura, le ofrecían gratuitamente sus servicios.

El galán de Minas Gerais también levantó pasiones en Buenos Aires y Barranquilla.

Como era lo único que se le daba bien, en Colombia siguió peleando, follando, tomando y goleando. Gabriel García Márquez, también rendido al personaje, le dedicó la tapa de su revista deportiva y varias columnas en la sección ‘La Jirafa’ del diario El Heraldo, no todas amables. Deportivamente salvó bastante bien el primer año en el Atlético Junior, convirtiéndose en ídolo de masas, pero a él lo que le hubiese encantado es jugar el Mundial de 1950 en Brasil. Atormentado y enfermo, se pulió todo lo ganado en el Casino de Barranquilla y se volvió a Río de Janeiro sin apenas despedirse, con una mano detrás y otra delante.

Al Mundial no hubiese podido ir, de todas maneras, por dos importantes razones. La primera de ellas, porque la polémica liga colombiana no era reconocida por la FIFA, y aquellos que participaron en ella no podían ser convocados para el torneo. La segunda, y prácticamente igual de trascendente, porque el entrenador de Brasil seguiría siendo Flavio Costa. El resto es historia. Maracanazo. Tragedia nacional. Costa saliendo del estadio dos días después disfrazado de señora de la limpieza. Quien sabe, si hubiera estado Heleno…

Arruinado y deprimido, volvió a su país en busca de un nuevo equipo, pero en esta ocasión ni la prensa local acudió a recibirle. Era como el cuento de Heleno y el lobo. Que sí, que esta vez he cambiado. Y mientras tanto su vida se consumía, y Heleno sumaba una nueva adicción (el lanza-perfume) a la larga lista anterior de vicios.

Durante el tiempo que anduvo sin equipo dejó de entrenar y perdió la forma. Nadie confiaba en él. Como guardaba cierto halo de estrella en Barranquilla, decidió volver al Atlético Junior, pero lo que quedaba de Heleno era apenas la sombra del futbolista que fue. También acabaría yéndose por la puerta de atrás de Colombia.

El delantero se retiraría -forzosamente- con la camiseta del América-RJ

Tras una breve e inútil intentona con el Santos, tuvo su última experiencia futbolística con el América-RJ, equipo con el que apenas llegó a disputar 25 minutos. Paradójicamente, esta fue la única vez que Heleno pisó Maracaná, estadio inaugurado para la Copa del 50’. De Freitas anduvo media parte insultando a compañeros y rivales hasta que fue expulsado del encuentro. Heleno se quedaría inmóvil durante un eterno minuto, mirada perdida, en el centro del campo. Sabía en el fondo que, una vez que se marchase, ya no volvería a pisar un terreno de juego como futbolista. Así fue. Agachó la cabeza, apretó la marcha para no ser linchado y se despidió para siempre. Muy a su modo. Sin decir adiós. De camino al túnel de vestuario intentaría agredir a un fotógrafo con una botella.

Lastimoso final

Una vez retirado, y ya completamente trastornado, Heleno intentaría electrocutarse con un tenedor en el vestuario del Botafogo. Ya no le quedaban ni las mujeres a Heleno, pues a consecuencia de la neurosífilis y del abuso con las drogas el ‘Príncipe Maldito’ había perdido todo resto de glamour y belleza.

Contaba Alexandre Alliati en un artículo para Globo Esporte que una de las canciones favoritas del futbolista era “My foolish heart”, compuesta por Ned Washington y Victor Young. “La canción habla de los cuidados que ha de tener un corazón tonto para no romperse. Heleno tenía un corazón tonto. Y fue destrozado por el fútbol. Cuando Heleno ya no tenía la pelota, también perdió la vida ” – apuntaba el periodista.

Murió el 8 de noviembre 1958 con 39 años en el hospital para enfermos psiquiátricos de Barbacena, allí donde había pasado los dementes últimos años de su lastimosa vida. El hombre que fue llamado ‘el atleta más bello de Brasil’ era apenas un guiñapo medio calvo, con poco más de 30 kilos, sin juicio y apenas un diente en la boca. “Una noche, perdió todo su dinero en el casino. Otra noche, perdió no sabe donde todas su ganas de vivir. Y en la última noche murió, delirando, en un hospicio”, resumiría Galeano.

Heleno de Freitas, o craque maldito.

El periodista Armando Nogueira, uno de los que mejor conocía al genio de Minas Gerais, dejó escritas estas palabras al conocer su muerte: “Dicen que Heleno dormía abrazado a una pelota. Ciertamente no era la misma bola de nuestros campos infantiles. Quizá fuese el balón delirante del juego de ayer, el juego de hoy, el juego de mañana; del juego de nunca más. Cuando despertase, bola maldita, Heleno ya habría caído al más atroz sueño”.

El bueno de Nogueira fue uno de los que más sintió su marcha, pues siempre sintió gran ternura y admiración por el incomprendido genio de Minas Gerais, un tipo que fue Pelé antes que Pelé y Maradona antes que Maradona, pero que no pudo llegar ni la mitad de lejos que ellos.

El fútbol, fuente de mis angustias y alegrías, me reveló a Heleno de Freitas, la personalidad más dramática que conocí en los estadios de este mundo

Armando Nogueira, periodista

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