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El once de… los traidores

Esta alineación cuenta con demasiados delanteros, es decir, es excesivamente ofensiva. No en vano, ofende mucho que un jugador se marche de la noche a la mañana a un rival acérrimo del equipo en el que ha sido un símbolo. Este es sólo el once titular, porque se pueden confeccionar unos cuantos más.

Ricardo Zamora. A comienzos de la década de 1920, era el amo de la portería del Barcelona. Entonces aún no existía la Liga, pero sí había sido protagonista de dos Copas del Rey ganadas por los azulgrana. El Divino pidió entonces un aumento de sueldo y, al no serle concedido, ni corto ni perezoso se marchó al eterno rival: el Espanyol. Pero el auténtico antagonista de los culés está en Madrid y viste de blanco. Fue en la capital donde el guardameta vivió su etapa más exitosa, que finalizó pocas semanas antes del estallido de la Guerra Civil. 

Luis Enrique. Después de cinco años en el Madrid, su presidente, Lorenzo Sanz, le dijo que no lo querían ni ver en Chamartín. Lucho se lo tomó muy a pecho y fichó por el Barça. De blaugrana jugó de todo: lateral derecho e izquierdo, extremo o interior por las dos bandas, mediapunta y hasta de delantero (la que era su posición natural cuando empezó en el Sporting). No es que todo le saliera bien, es que se salió: marcó en su primera temporada más goles en Liga que en cinco campañas en la casa blanca. La venganza es un plato que se sirve… caliente.

Sol Campbell. Diez años pasó en el Tottenham disputando el derbi del norte de Londres contra el Arsenal. Pero en 2002, este inglés de origen jamaicano decidió que quería ganar títulos y, por lo visto, tenía claro que no quería moverse de ciudad. No se lo pensó dos veces y siguió jugando el clásico del norte londinense, pero con la camiseta de los gunners. A la afición de los spurs no le hizo mucha gracia el cambio de chaqueta, y se lo recordaba gritándole de todo cada vez que le tocaba regresar a White Hart Lane.

Ashley Cole. Otro que la lió parda en la capital británica. Fue uno de los buques insignia del Arsenal de los Invincibles, aquel que ganó la Premier League de 2004 sin perder un solo partido. Un año después prolongó su contrato con el club, pero en 2006 dijo que no se sentía valorado y se despojó del rojo y blanco gunner para vestir de azul Chelsea, seducido por los petrodólares de Abramovich. Años más tarde, el lateral reconoció que igual había sido «un poco cabezota» al largarse de esa forma de Highbury.

Schuster. El Nibelungo es un experto en dejar a la novia y liarse con otra en su cara. Se lo hizo primero al Barça largándose al Madrid de la Quinta del Buitre y después, para más inri, se quedó en la misma ciudad, pero en el Atleti del Tío Gilito. Se ve que después de ocho años con el Barça, Bernd pasaba de relaciones largas. Que se lo digan a la selección de Alemania Federal, a la que mandó a paseo con apenas 22 años. Nunca volvió con la Mannschaft, es decir, se perdió los mundiales de 1982, 1986 y 1990, esto es, dos subcampeonatos y un título mundial.

Figo. El camino inverso al de Luis Enrique. Cinco temporadas siendo un ídolo en el Camp Nou. Su barcelonismo parecía a prueba de bomba. Especialmente cuando, celebrando en el balcón de Sant Jordi la primera Liga que ganó con el Barça, le dedicó al Madrid un cántico de rima más bien poco lograda: «Blancos, llorones, felicitad a los campeones». Pero fue aparecer Florentino por el Bernabéu y Luis Filipe Madeira le firmó precontrato, contrato y hasta entregarle el carnet del videoclub. Cuentan que entonces circuló un billete verde de diez mil millones de las antiguas pesetas con la cara de Figo.

Mijatovic. En el Valencia estaban que flipaban con Pedja. Se hinchó a meter goles en la temporada 95-96, tantos que el Madrid de Capello se lo llevó por 1.284 millones de pelas, que entonces eran un pastón. En Mestalla fue tal el ataque de cuernos que el montenegrino tenía que viajar allí con escolta cada vez que se enfrentaba a su ex. La ola de antimadridismo que su fuga despertó en la capital del Turia llegó a tanto que, cinco años después, cuando Mendieta dijo que pretendía seguir la misma ruta, acabó en la Lazio, donde ni por asomo quería jugar.  

Laudrup. Mira que tenía cara de buen chaval, pero díselo a los que lo idolatraban en el Barça y vieron cómo acabó triunfando en el eterno rival. Michael fue una pieza clave del Dream Team blaugrana que ganó la primera Copa de Europa para el club. Pero Cruyff empezó a dejarlo mucho en el banquillo (entonces sólo podían jugar tres extranjeros y  también estaban Koeman, Stoitchkov y Romario) y varios meses antes de acabar la Liga de 1994 ya era un secreto a voces su fichaje por el Madrid al final de la campaña. Otro que tomó el puente aéreo.

Joseba Etxeberria. No había cumplido la mayoría de edad y ya apuntaba tales maneras que en la Real Sociedad se frotaban las manos con su joya. Pero poco les duró la alegría a los txuri-urdin. Su cláusula de rescisión estaba fijada en 550 millones de pesetas, que era un montón para un chaval de 17 años, aunque al Athletic le dio igual soltar tantos cuartos. Al que sí le importó el traspaso fue al público de Anoeta, que todavía no se había recuperado de que justo un año antes los leones le hubieran arrebatado a Bittor Alkiza.

Hugo Sánchez. Del Calderón al Bernabéu, a seguir dando volteretas. Eso hacía el mexicano cada vez que marcaba un gol, más de ochenta con la camiseta del Atleti en cuatro temporadas. Pero un día dijo que su etapa con los colchoneros tocaba a su fin y el club, para mitigar el cabreo de la grada ante tamaña traición, traspasó al Manito a los Pumas de la Universidad de México, que acto seguido acordaron su venta al Madrid. Una operación rocambolesca, pero quizá la menos mala para los rojiblancos: un año después, Hugo habría acabado contrato y se habría ido a Concha Espina gratis.

Cruyff. Te llamas Johan y te apellidas Cruyff, con todo lo que ello conlleva. Después de dejar tu huella por todo el planeta fútbol, vuelves a la que es tu casa, el Ajax, con 34 tacos y ganas de colgar las botas allí. Conquistas dos Eredivisie y quieres seguir jugando, pero tu presidente te dice que ya no vales para esto del balón. ¿La respuesta del 14? Ofrecerse al mayor enemigo de los ajacied, el Feyenoord, con el que mantienen una de las rivalidades más duras de Europa. En tu nuevo equipo, encima, le ganas la liga a los que te llaman traidor. Menudo era El Flaco.

Entrenador: Brian Clough. Su caso es más atípico, porque no se marchó directamente al enemigo. Logró una liga inglesa con el Derby County en 1972. Se fue un año después y, tras dirigir, entre otros, al Leeds United durante sólo 44 días, fichó en 1975 por el Nottingham Forest, con el que el Derby se hace honor a sí mismo y mantiene una íntima enemistad. A continuación, las razones para el ataque de histeria del Derby County: en el 77, Clough hizo ascender al Forest a la First Division; en el 78, ganó el campeonato liguero y en el 79 y el 80, la Copa de Europa.  

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