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Heleno de Freitas y el juramento de amor por el fútbol de García Márquez (I)

Al joven García Márquez le aburría bastante el deporte. Sus amigos, en la escuela, le apodaron ‘el Viejo’ por su adelantada madurez, calculada seriedad y escasa apetencia por la actividad física. No obstante, y conocidas por los compañeros sus insuficientes cualidades con la pelota, casi siempre le acababan situando bajo el arco. Como tú y como yo, donde menos estorbabamos. Cierta mañana, ya sustituidas aquellas primeras pelotas de trapo por un funcional –pero mucho más duro- balón de cuero, ‘Gabito’ encajó un severo pelotazo en el bajo vientre que le dejó varios segundos sin respiración. Nunca más, se dijo el genio. Perdió el fútbol y ganaron las letras.

El autor colombiano, como cierta élite literaria de su país, menospreció el deporte y la cultura deportiva en sus primeros años como escritor. Más tarde se daría cuenta de que, para dotar de una mayor autenticidad y trascendencia a su obra, tendría que romper con aquellos y otros erróneos clichés de los que mamó durante los primeros años de su juventud. Se estaba perdiendo grandes cosas.

Heleno de Freitas, guapo, de buena familia y culto, fue probablemente el primer ídolo de masas.

García Márquez abrió su corazón al deporte, entre otras razones, por su buena estima del boxeo –práctica que llegó a comparar con el periodismo– y, sobre todo, gracias a la revelación mística que vivió al observar sobre el verde la controvertida figura de Heleno de Freitas (Minas Gerais, Brasil, 1920), un novelesco personaje que, de cuando en cuando, se vestía de futbolista único. El primer enfant terrible del balompié. Un tipo tan culto, inteligente y carismático como sórdido, autodestructivo y malhumorado. Esta mística de crack –maldito- fue la que sedujo desde un principio a un ‘Gabo’ siempre ávido de historias auténticas.

Gabriel García Márquez y el fútbol

El de Aracataca, que había abandonado sus estudios en Derecho (y las promesas realizadas a su padre) para centrarse de lleno en la escritura, comenzaba ya a adquirir cierta experiencia y relevancia como periodista. En el diario El Heraldo alcanzó algo de fama local con “La Jirafa”, una sección con artículos de temática variable que firmaba con el seudónimo ‘Septimus’. En la primera de las siete columnas que dedicaría en este medio al fútbol, la fechada en el día de su vigésimo tercer cumpleaños, García Márquez alardeaba de su santa ignorancia deportiva, diciéndose “incapaz de descubrir el misterioso secreto del entusiasmo de los hinchas”.

Con cierta ironía, apuntaba que él “respetaba” el tesón con el que la grada, “bajo un sol de justicia que no podía tener nada de deportivo”, aguardaba a que “once caballeros vestidos de niños se empeñen en demostrarle a otros once, igualmente vestidos, que con las extremidades inferiores puede hacerse, en determinadas circunstancias, mucho más de lo que habitualmente se hace con la cabeza”. Igualmente irónico, añadía que tanto más profundo es mi respeto hacia los profesionales de ese fanatismo deportivo cuanto más incapaz me siento de llegar alguna vez a descubrir el misterioso secreto de su entusiasmo”.

Todo ello a pesar de que algunos de sus más allegados se declaraban entusiastas seguidores del foot-ball: “(…)si no fuera, finalmente, porque todos los domingos en la tarde tengo que quedarme deambulando por estas calles del Señor, sólo porque mis más admirados amigos -cuya compostura mental respeto por encima de todo- se han ido a gritar de sincero entusiasmo en unas graderías, con tanta sinceridad como lo hicieron ante un poema de Rilke o una novela de William Faulkner; si no fuera por todos estos factores, digo, creería que los insípidos, los tontos, son los fanáticos deportivos. Sin embargo, después de lo dicho, no me queda un recurso más sensato que el de reconocer que los insípidos y los tontos somos los de este lado, los que nos estremecemos ante un programa de fútbol casi tanto como frente al proceso de una ecuación de segundo grado”.

Si bien el entusiasmo por el fútbol todavía no se había despertado en Gabo, sí que le había florecido cierta curiosidad tras saber de la llegada del brasileño De Freitas a Barranquilla. Todo el mundo hablaba de este antipático poeta del futebol, de un casanova leído y pendenciero que otrora fue “el jugador más caro del mundo”. Eduardo Galeano, que ya lo disfrutó y padeció en Argentina, había descrito al de Minas Gerais como un deportista “con estampa de gitano, cara de Rodolfo Valentino y humor de perro rabioso, pero que en la cancha resplandecía”.

Obregón, Vargas y García Márquez (izquierda), tres de los componentes del Grupo de Barranquilla.

Por todo ello, García Márquez pensó que el atacante sería el personaje idóneo para salir en la primera portada de la revista ‘Crónica’ y, con estos mismos argumentos, convenció a sus colegas cofundadores: los intelectuales Alfonso y José Félix Fuenmayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda. Lo bueno de la decisión fue que se vendieron todos los ejemplares de aquella primera tirada; lo malo: se creó el falso mito de que la publicación era de temática deportiva. Aunque no fuese la intención original de aquella sección del Grupo de Barranquilla, la línea se mantuvo hasta junio de 1951, fecha en que desaparecería la publicación, dado el éxito de ventas del número inicial,.

Portada del número 1 de la revista ‘Crónica’

La primera tapa de ‘Crónica’ (“su mejor week-end”) llegó con una ilustración a toda página del flamante fichaje del Atlético Junior. “El jugador más discutido en Colombia”, rezaba el titular. “Heleno de Freitas, una leyenda, es un hombre ensimismado y áspero”, esgrimía el subtítulo. Cabe recordar (según comenta Armando Benedetti para El Tiempo) que el brasilero, que procedía de un Boca Juniors (el famoso y bonaerense) y debutaba en el país cafetero en la cancha de otro (el de Cali, a la postre ganador de la primera edición de la Copa Colombia), lo haría con bastante más polémica que glamour, de ahí la controvertida portada:

“Ese mismo día se sabría bien quién era (Heleno): no metió ningún gol, los destellos de genialidad fueron tan pobres como los que le imponía un largo viaje que había concluido apenas cuatro horas antes del partido, pero al terminar el primer tiempo se vistió y lanzó una gravísima admonición contra sus compañeros de equipo: Me voy, yo no juego más con esas bestias. Y se fue del hotel”.

El día del flechazo

Con la excusa de acompañar a sus amigos, pero especialmente atraído por lo insólito del nuevo personaje, García Márquez acudió por primera vez al Municipal de Barranquilla (hoy Romelio Martínez) para vivir un encuentro entre el Atlético Junior y el Millonarios de Bogotá de Alfredo Di Stéfano, gran favorito al campeonato. Aquella tarde nacería la inquebrantable relación de ‘Gabito’ con la escuadra atlética. Todo cambiaría para él cuando, cegado por la pasión de los hinchas locales, decidió deshacerse del “sentido del ridículo”, que hasta entonces le encorsetaba. Así comenzaba ‘El Juramento’ [aquí el texto completo], una de las más bellas declaraciones de amor que se han hecho a este deporte, también publicada en ‘La Jirafa’:

Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del Municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo. Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados se sienten como un calamar en su tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.

Gª Márquez pasó a ser el hincha más célebre del equipo de Barranquilla.

Despojado por tanto de todo prejuicio, Gabo se entregó al disfrute “como si la gorrita no fuera sino el uniforme de una nueva personalidad”. Allí observó al equipo local pasando, al menos durante la primera parte, por encima del visitante. De entre todos los protagonistas, y a pesar de la presencia de “la Saeta Rubia” (“que si de algo sabe es de retórica”), Heleno sería la estrella que más brilló aquella jornada sobre el verde.

“Si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía”, escribiría sobre el delantero.

Para Gabriel García Márquez lo de menos fue el resultado de aquel Atlético Junior-Millonarios, aunque ganase su equipo 2-1. El escritor había quedado ligado -ya para siempre- a un sentimiento y eso, para él, era infinitamente más importante.

“No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago -públicamente- a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien”.

Posdata

La temporada siguiente, tras la cobarde marcha –y posterior retorno– de Heleno al Atlético Junior de Barranquilla, comenzó a marchitarse aquel idilio semiadolescente de ‘Gabo’ con el díscolo delantero. Para el colombiano, De Freitas pasaría de ser un genio incomprendido a un incomprensible “payaso”.

Cuando empezó a perder cualidades físicas y, por ende, futbolísticas, comenzaron a emerger a la luz todas sus miserias, aquellas que hasta entonces habían permanecido escondidas bajo una delicada alfombra de talento y carisma. El bueno de Heleno, como reconocía el propio García Márquez, no tuvo término medio jamás. O aparecía abrazado a la excelencia o a la decadencia más absoluta. Fue, desde luego, lo que le permitieron sus circunstancias.

“Estando Heleno en la proa, todo hincha asiste al estadio con un el billete de una lotería que paga por punta. Porque Heleno no tiene términos medios o, al menos, el público no ha querido reconocerlos. O se comporta como un charlatán, en ese caso el público sale librado con la cifra del otro extremo. La apetecida cifra que da oportunidad a los pitos. En ningún caso un partido en el que participe Heleno tiene probabilidad de resultar un chasco, porque rechiflar, también como aplaudir, es una manera colectiva de reconocer públicamente un hecho.

Es la historia de un amor como no hay otro igual.

La hinchada debió observar, por las fotografías que se publicaron en la prensa local, que Heleno no parecía haber hecho en Río de Janeiro nada distinto de engordar. (…) Y el público de Barranquilla, que lo advirtió desde el instante de su llegada, rompió todas las alcancías para darse, otra vez, el gusto de rechiflar a Heleno.

Como me aventuré a pesarlo hace algunas semanas, ahora el Junior está completo. Cuando gane será un equipo admirable, bien acoplado, con una moral de cemento armado. Cuando pierda –ojalá eso acontezca muy pocas veces- Heleno será un farsante, un chapucero del esférico. Y el público feliz, porque en el fútbol se cumple la regla de que cuando el equipo gana, gana también la hinchada, pero cuando pierde, le corresponde sobrellevar solo la hojarasca de la derrota. En este último caso, la hinchada se limita a pagar las apuestas y a decir –en el caso del Junior- que mientras Heleno de Freitas esté en Colombia, las barras rojas y blancas no levantarán cabeza”

(Textos Costeños, obra periodística 1948-52)

(Conoce todos los ángulos de la personalidad única de Heleno de Freitas en este segundo artículo)

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