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Por qué debo preocuparme

La semana pasada rellené una botella de agua en la fuente de mi pueblo. La singular vibración del líquido acariciando el plástico, la suave frescura percolando en dirección a mi piel y la dulce sensación de estar fuera de contexto recargaron mis depósitos creativos. Los rayos tensos del sol de Almería los hicieron hervir con ideas que, mi gozo en un pozo, se evaporaron cuando entré a la zapatería de mis padres, el teléfono se conectó al wifi y las notificaciones comenzaron a llover.

Me preocupa mi sequía creativa.

Cuanto más conectado estoy con el mundo, más distante me siento de la realidad que me rodea. Tanto la mirada crítica como la literaria se me enturbian con el consumo, tanto da si activo o pasivo, de parpadeos ajenos. Siempre he sido despistado por desinterés; ahora lo soy por defecto, porque trato de retener detalles lejanos y dejo pasar inadvertidos los cercanos.

Hoy he pasado el día elucubrando sobre la posibilidad de escribir mi primer artículo para El Revulsivo. He tratado de pensar mientras conducía y sólo he encontrado inquietudes respecto a mi familia; tantas que he puesto la radio para distraer mis neuronas con desventuras ajenas. He mirado el tamiz con los sedimentos de la fuente de mi pueblo y no he sabido distinguir la mena. He caído en las redes y me he entristecido con Catalunya. He leído y no me he concentrado. He querido obligarme a escribir y he acabado revisando estadísticas de Facebook. El desasosiego es tal que no sé por qué debo preocuparme.

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