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La de Basile, última Argentina campeona

Carlos Salvador Bilardo había estirado todo lo que daba el elástico aquella generación campeona del mundo. Precisamente la victoria en México ´86 le permitió salir tranquilamente por la frontera de Brasil tras fracasar en la que sería su tercera y última Copa América, la de 1989. Un año después, el Doctor se presentaría en Italia con jóvenes atacantes como Caniggia, Balbo y Dezotti más el grueso de su vieja orden, exceptuando nuevamente a un Valdano a quien hizo volver a creerse futbolista para acabar descartándolo, incumpliendo así su promesa. Finalmente la derrota contra Alemania Federal en la final de la Copa del Mundo de 1990 acababa con el técnico, con el mejor Maradona y con el grupo que cuatro años antes había llegado a la cima sin que nadie más que el Pelusa lo esperase. Tras de sí, Bilardo dejaba ocho años de dirección, 28 victorias, 23 derrotas y 30 empates, el reciente subcampeonato, el segundo Mundial para la nación y tres mediocres actuaciones en copas de América. Excepto la primera Copa América, todo ello con Maradona.

Alfio Basile tomaba el testigo, asumiendo el difícil reto de recuperar la ilusión en una hinchada tan pasional como la sudamericana, que, afectada por el cetro perdido, no dudaría en castigar el más leve tropiezo. Tarea complicada la que asumía el ex entrenador de Nacional y Racing. Por suerte, para la construcción del combinado a esas alturas aún podría contar con el mejor jugador de todos los tiempos. El Coco haría efectiva posesión del cargo en diciembre de 1990. El 19 de febrero de 1991 se estrenaría en un partido amistoso frente a Hungría, que acabó en victoria por dos goles a cero. En el encuentro no estuvo un Maradona que poco más tarde, el 17 de marzo, daría positivo en cocaína tras un encuentro de Serie A donde el Napoli se midió al Bari.  Por desgracia, a las primeras de cambio Basile se quedaba sin el mejor jugador de todos los tiempos. Y tendría que pensar algo nuevo para la Copa América que prácticamente se le venía encima.

Unos años más tarde, Alfio Basile acabaría su ciclo dejando un récord histórico de 33 victorias consecutivas -dos en partidos no oficiales-, desde su estreno hasta la derrota contra Colombia dos años y medio después, la consecución de dos copas de América, una Copa Artemio Franchi y una Copa Rey Fahd, ambas hoy extinguidas. Aunque bastante olvidada, hasta la actualidad la de Basile fue la última Argentina campeona.

Renovar un plantel ganador e implantar un nuevo estilo

“Esa selección del 91 fue la mejor de la historia de la Copa América” (Alfio Basile)

Sin un Pelusa que estaría fuera más de un año, el Coco cambió de arriba abajo lo que venía siendo la selección desde el bilardismo. El “último sistema del siglo XX”, ese 3-5-2 con líbero, marcadores y todo en torno al número diez, ese “defendíamos con tres, ¡con tres!” que patentó el mismo Bilardo, dio paso a la línea de cuatro zagueros que por aquella época Arrigo Sacchi o Francisco Maturana ponían en órbita. Para la reestructuración, Basile empezó jubilando a varios de los campeones del mundo, ya envejecidos. El lesionado Pumido, Giusti, Batista, Olarticoechea o Burruchaga dejaron su lugar definitivamente a jóvenes que despuntaban en Argentina, formándose un nuevo grupo cuya media de edad pasaba ligeramente la veintena. Como ya hiciesen Menotti y Bilardo en sus primeros compases, la idea era contar con mucho futbolista que jugase en el país a fin de garantizar el compromiso y la entrega, además de poder trabajar con cercanía y continuidad.

Respetando las esencias del futbolista nacional pero teniendo claro que habría de adecuarse a los tiempos, a los integrantes del 4-3-1-2 que implantó en su época inicial, Basile les dio el balón y la libertad ofensiva y les exigió solidaridad en las labores de contención. En su pretensión por construir un ataque vertiginoso e imprevisible para el oponente, apostó por jugadores móviles y descarados, que no tuviesen reparo en aparecer en el área rival una y otra vez. Se trataba de una línea de juego valiente que, como sustento, precisaba de una columna sólida y experimentada. Alfio no dudó en establecerla donde todas las columnas han de establecerse, en esa línea imaginaria que se traza desde el arquero hasta el mediapunta.

Antes incluso de ponerse el chándal de entrenamiento, el técnico ya había manifestado su intención de dar la capitanía al campeón del mundo Óscar Ruggeri. “Ruggeri era un buen defensor, técnicamente limitado. Pero cuando salía al campo se notaba”, manifestaría el entrenador. Tras su buen paso por España, para 1991 el Cabezón regresaba a su país natal para formar parte del Vélez Sarfield. Contaba con 29 años y acabaría la temporada siendo elegido mejor jugador argentino del año.“Yo le decía a Bati que hicieran gol, que lo de atrás lo dejaran a nuestro cargo”, aclararía el capitán.

Otro de los galardonados a finales de 1991 sería el guardameta en quien confió el Coco, un Sergio Goycoechea nombrado segundo mejor portero del mundo tras el mito italiano Walter Zenga. En la selección, Goycoechea se había afianzado a base de parar penaltis. Como tantos arqueros sudamericanos, Sergio daba la de cal y la de arena, siendo un arquero irregular que, como contrapeso, destacaba sobremanera en un aspecto técnico determinado. Su mayor virtud era impedir el gol desde los 11 metros. Así dio el pase a la semifinal y la final de Italia ´90 y así seguiría dándole títulos y clasificaciones al combinado de Basile, frenando primero a Dinamarca en la Artemio Franchi y luego a Brasil y Colombia en la Copa América de 1993.

El ‘parapenales’ Goycoechea, una de cal y otra de arena.

Hasta la irrupción de Redondo en 1992, delante de ellos el espigado Darío Franco fue dueño del pivote, otorgando estabilidad y siendo la toma de tierra de un centro del campo que tendría que soportar los vuelos constates que Basile permitía al alma libre y descarada que todavía encerraba Simeone. Junto al Cholo, la figura del medipaunta que siempre defendió el Coco era la encargada de que el balón conectase con un área rival donde esperaban los voraces delanteros Batistuta y Caniggia. Primero con Leo Rodríguez -que sustituyó a la efímera apuesta por Latorre- y Néstor Gorosito, el hombre enganche era la tercera punta de un tridente afilado, que aparecía en el área tanto sin balón como con él conducido. Ya en los últimos compases de la era Basile, el cambio de sistema aparejó la entrada inicialmente de un revivido Diego Maradona y más tarde de un apagafuegos Ariel Ortega, reflejando ambos ese “10” imaginativo que, además de jugar cerca del área, tiene las misiones claras de gestionar el juego en tres cuartos de campo y, sobre todo, asistir a los atacantes, dando primacía a la precisión sobre la velocidad.

Copa América de Chile 1991: un equipo orquestado

“En el 91 el equipo era un violín. Le hicimos cuatro a Paraguay, le ganamos a una Chile que tenía la base de Colo Colo campeón de la Libertadores y a Zamorano y Rubio en un gran nivel y, en un clima muy complicado, eliminamos a un Brasil fuerte. En el final ganamos a una Colombia con todas sus figuras, como Valderrama, Higuita y Leonel Álvarez” (Leo Rodríguez).

El 6 de julio comenzó la primera competición oficial para los de Basile. El formato de aquella no incluía eliminatorias, sino una primera fase de dos grupos de cinco selecciones y, posteriormente, con las dos primeras de cada uno, un último cuadro con enfrentamientos directos, dando dos puntos cada victoria y uno el empate.

Tras estrenarse el 8 de julio con una contundente goleada por tres a cero frente a Venezuela, los de Basile pasaron por encima de Chile, Paraguay y Perú, acabando primeros de su cuadro con el total de los puntos. Esta primera fase dejó un relevo en el once titular que a la postre fue importante. Diego Latorre, que había sido elegido recientemente mejor jugador del campeonato argentino, dejó su lugar a Leo Rodríguez tras el segundo partido. Una decisión acertada, ya que Leo se acabó convirtiendo en el hombre del torneo. En una entrevista, el propio Latorre reconocería más tarde el porqué de su flojo rendimiento en aquel torneo:»A la Copa América no llegué en las mejores condiciones, tenía problemas físicos y psicológicos, porque había venido un emisario de la Fiorentina a verme los últimos dos meses y me costó, a los 21 años, asimilar todo eso que iba viniendo, futbolística y humanamente».

El cuadrangular del que saldrían campeones lo integraron Argentina, Chile, Colombia y la Brasil del Falcao entrenador y los mundialistas, pasados o futuros, Taffarel, Ricardo Rocha, Branco, Marcio Santos, Mauro Silva, Mazinho o Careca, que había acabado segunda de su lado. El partido con los brasileños abriría la fase final, el día 17. En un duelo tan bronco como emocionante, Darío Franco con dos de sus percusiones en el área a un metro sobre el césped y Batistuta con uno de sus delicados disparos dieron la victoria por 3-2 a Argentina, haciendo inútiles los tantos de Branco y Joao Paulo. Uno de los cinco expulsados del encuentro fue Caniggia, y casualmente el siguiente partido sería el único sin goles.

El único empate cosechado por la Albiceleste llegaría contra la Chile del rematador Zamorano. Un inesperado 0-0 bajo el aguacero daba la posibilidad nuevamente a Brasil de llevarse el campeonato, en el caso de que Basile y los suyos no venciesen a Colombia en el partido definitivo. Pero esos jóvenes no estaban por la labor de desaprovechar la ocasión. Aun así, el olvido del segundón rondaba la mente de uno de los dos únicos subcampeones de Italia ´90 que integraban la plantilla. “Contra Colombia corríamos el riesgo de empatar y salir subcampeones, porque Brasil ya había ganado y nos obligaba a obtener una victoria sí o sí. Fue un partido muy difícil porque llovía mucho y el campo estaba embarrado, por lo que cada ataque era sumamente riesgoso. Por suerte pudimos aguantar el resultado, ganar y consagrarnos campeones”, diría más tarde Sergio Goycoechea.

‘Batigol’ (en primer plano) y el ‘Cholo’ (corriendo justo detrás) fueron dos pilares maestros en la Argentina de Basile (Foto: GettyImages).

Batistuta y Simeone, los dos futbolistas que mejor reflejan la revolución de Basile, fueron los autores de los goles que pondrían el 2-1 en el marcador del estadio Nacional de Chile aquel 21 de julio, cerrando así el primer capítulo de la historia de aquella nueva selección como se merecía. Basile había conseguido la proeza: reflotar a un equipo hundido escasos meses antes y hacer gritar nuevamente a un país que lloraba la ausencia de Maradona. Un campeón sin paliativos, una copa que no se veía en Argentina desde 1959 y que hacía la decimocuarta -aunque las de 1941, 1945 y 1946 generan debate sobre su encuadre como copas de América- en las vitrinas del país.

A aquella copa, Argentina entró sin un referente y salió con una figura para la próxima década: Gabriel Omar Batistuta. Para entonces, Bati era un cañonero de 22 años que, tras estrenarse en Newell´s tres temporadas atrás quedando asombrado con “jugadores como Gamboa y Darío Franco, que ya jugaban como veteranos”, había acabado triunfando en el Boca de Tabárez, donde sus 13 goles contribuyeron a la victoria en el Clausura de 1991. Entre ambas, su paso por River Plate le había hecho ganar experiencias tan agridulces como útiles para crecer, conociendo el banquillo con Passarella o el jugar desubicado con Aimar por efecto de un “Latorre que lo hacía todo bien en el área”. Con solo un amistoso contra Brasil bajo sus botas en el seleccionado, Batistuta, el delantero que no quería ser futbolista y que se considera a sí mismo un trabajador del fútbol, se plantó en Chile para convertirse en Batigol.

Bati explotó y no hubo quien lo parase. Equipazo armado por el Coco, con el sello que más le gusta al DT. Defensa sólida, entrega y buen pie en el medio y una delantera letal. Campeón legítimo y orgulloso  (Redacción de El gráfico)

Un fiasco sub-23 y dos nuevos trofeos en la absoluta

Como campeona de América, Argentina participaría en dos competiciones cortas: la Copa Rey Fahd y la Copa Artemio Franchi. Ambas son consideradas precursoras de la actual Copa Confederaciones. Pero antes, en febrero del 92, la selección sub-23 que disputaba el preolímpico en Paraguay por la clasificación para los JJOO de Barcelona, quedaría eliminada. Aquel seleccionado joven, compuesto por jugadores como Roa, Berizzo, Astrada, Simeone, Mohamed, Latorre, Turu Flores -destacado en las dos victorias de preparación contra Brasil- o Silvani, desarrolló el fútbol alegre propio de Basile, siendo etiquetada por El Gráfico como «La banda del gol y el toque». Pero tras vencer a Bolivia y Ecuador y empatar contra Chile, una derrota contra Uruguay la aparto de la clasificación definitivamente. Como no podía ser de otra manera, una vez eliminada arreciaron las críticas en las mismas voces que antes habían sido halagadoras, y jugadores como Gamboa o Latorre sufrieron las consecuencias, perdiendo todo el peso en la selección adulta.

La Copa Rey Fahd se disputaría entre el 15 y el 20 de octubre de 1992 en Arabia Saudita, selección que a la postre caería derrotada en la final por los argentinos. A la anfitriona se medirían Argentina como campeona de la CONMEBOL, Estados Unidos como ganadora de la CONCACAF y Costa de Marfil de la CAF.

La diferencia de calidad de los de Basile se hizo notar desde el primer minuto del campeonato. El 4-0 frente a los costamarfileños con el que se estrenaron dejó dos tantos de Batistuta, uno del lateral Altamirano, que seguía alternando la parcela izquierda con Enrique y Craviotto, y otro de Alberto Acosta, incansable goleador doméstico que sería un fijo en las convocatorias durante toda la etapa del entrenador. La final volvió a ser un paseo para los albicelestes, llevándose el encuentro por 3-1 con goles de los habituales Leo, Caniggia y Simeone.

Más allá de un título que pese a su escasa importancia sin duda ayudaba a mantener a los argentinos en el tope de confianza cara a la siguiente Copa América, la principal noticia estuvo en la consagración como titular de Fernando Redondo, uno de los mejores “5” argentinos de la historia. Tras haber estado cerca de ser parte del plantel de Italia ´90, el Príncipe venía de arrebatar una liga española al Real Madrid como eje del Tenerife entrenado por Jorge Valdano, e inmediatamente tomó la manija de aquel grupo de compatriotas que aún formaba con tres volantes. A base de posicionamiento y una clarividencia sin parangón, mejoró el conjunto y permitió a los de Basile seguir ganando. Para empezar, Redondo sería nombrado mejor jugador del torneo.

Desde el 92′ el puesto de ‘5’ en la albiceleste quedó reservado para uno de los mejores especialistas de la historia, Fernando Redondo. (Foto: As)

Otras de las antecesoras de la Confederaciones fue la Copa Artemio Franchi, denominación en tributo del presidente UEFA fallecido en 1983, que daba cita a las ganadoras de América y Europa. Solo tuvo dos ediciones oficiales, la de 1985, ganada por la Francia de Platini a la Uruguay de Francescoli, y la de 1993, conquistada por la Argentina dirigida por Alfio Basile y con un parcialmente recuperado Maradona en sus filas.

La sorprendente Dinamarca entrenada por Moller Nielsen fue esta vez la víctima de la engrasada maquinaria argentina, sucumbiendo en la tanda de penaltis aquel 24 de febrero de 1993 bajo el ruido de los enfervorizados hinchas de Mar de Plata. Con un gran Maradona, titular tras la pareja de delanteros, el influjo del pequeño de los Laudrup, único de los hermanos convocado, quedó en nada. Pero el héroe volvió a ser Goycoechea. El autogol de Craviotto y el empate de Caniggia llevaron el encuentro al punto fatídico, donde Goyco detuvo dos, dando otra alegría a los argentinos.

La notable intervención de Maradona como armador de ataques no le sirvió para mantenerse en la élite y asistir a la Copa América. Su mal final de Liga con el Sevilla tras la discusión con Bilardo, el bajón físico que le llevó a firmar en septiembre un contrato con Newell´s y no debutar hasta octubre y el buen papel de Gorosito como capitán del San Lorenzo, lo dejaron al margen de la Albiceleste hasta nueva orden. Reclamo que llegaría meses después con urgencias y al que respondería sin vacilación y con éxito, metiendo a los suyos en el Mundial.

Copa América de Ecuador 1993: la evolución del grupo

“Después de ganar en Chile me vendieron nueve jugadores. En el noventa y tres no los tenía trabajando conmigo. Salimos campeones también, pero no era el mismo equipo que jugaba de memoria. Formamos una selección sin mucho entrenamiento, fue el gran defecto, pero igual ganamos” (Alfio Basile)

Al último trofeo levantado por la selección absoluta hasta día de hoy  -el Oro olímpico de los de Bielsa es con base juvenil- Basile compareció con variaciones sustanciales en la convocatoria. En la zaga, acompañando a Ruggeri se asentó definitivamente Borelli sobre Vázquez, participando también Fernando Cáceres. En la medular, la aportación de Mancuso y Zapata fue más importante si cabe tras la rotura de tibia y peroné de un Darío Franco que recordaba la situación así: “Cuando me di cuenta de la gravedad de la lesión, lo primero que quería era recuperarme pronto para llegar en condiciones al Mundial de Estados Unidos”. Por desgracia, para el del Zaragoza se cumplieron los peores presagios, quedando no solo fuera de USA, sino prácticamente de la selección.

Para la vanguardia Basile recuperó a Néstor Gorosito, quien ya jugase con Bilardo en el 89. Gorosito empezaría en la banqueta, pero el bajo estado físico de un Leo Rodríguez que penaba más que disfrutaba en la Atalanta propició el asalto al puesto tras el segundo partido. El principal contratiempo estuvo precisamente en esa línea de ataque, y no fue el bajón de Leo. Durante su etapa en la Roma, en abril de 1993 Caniggia era suspendido por consumo de cocaína, y se perdería la Copa América. Para paliar su ausencia Basile contaba con dos conocidos que habían estado en las convocatorias desde que tomase posesión. El Beto Acosta, máximo goleador del Apertura´92 con 13 tantos jugando para San Lorenzo, sería el sustituto de Claudio. Medina Bello, eterno artillero de River Plate, con quien conquistaría el siguiente Apertura, aparecería como principal recambio. Dos grandísimos puntas, pero distintos al delantero total que era el Pájaro.

“Teníamos un equipo con mucha solidez defensiva, un equipo que tenía completamente claro lo que hacía. Jugadores de entre 27 y 29 años, una edad ideal, que ya habían ganado la Copa América de Chile jugando de forma excelente. En esta no se jugó tan bien, pero el equipo sabía que a la larga ganaba. Teníamos mucha confianza en nuestras posibilidades” (Néstor Gorosito).

Para aquella Copa América que se extendería entre el 15 de junio y el 4 de julio de 1993, el formato varió. Una fase de tres grupos (A, B y C) con cuatro equipos cada uno y, acto seguido, enfrentamientos directos de cuartos de final, semifinales y final entre los clasificados de cada grupo: los dos primeros y los dos mejores terceros.

A diferencia de en la anterior, la andadura de Argentina hasta la conquista sería errática. Tras la ajustada victoria por un gol a cero en el debut contra Bolivia el 17 de junio de 1993, se darían cuatro empates consecutivos. Los dos primeros, contra México y Colombia con sendos 1-1, permitirían la clasificación como segunda de grupo. La primera fase dejó la citada lesión de Franco y uno de los tres goles que Batistuta sumaría finalmente.

Los cuartos de final depararon nuevamente un jugoso Argentina-Brasil. La Canarinha estaba dirigida por Parreira y contaba con jugadores como Cafú, Roberto Carlos, Zinho, Edmundo o Muller, pero tampoco brillaba ni imponía. El tanto de Muller en el minuto 37 acercó a los brasileños a la clasificación hasta mediada la segunda mitad, cuando saltó al campo Leo Rodríguez y puso unas tablas que, a la postre, permitirían a Goyco volver a destacar.

“En cuartos de final íbamos perdiendo con Brasil uno a cero y quedábamos fuera. Basile me hizo entrar faltando treinta minutos y metí un gol de cabeza, que no era mi mayor virtud. Así fuimos al desempate por penales. Pateé un y convertí. Nuestros pateadores nunca fallaban, la eficacia en la ejecución era grande. Y en el arco teníamos a Goycoechea, sabíamos que al menos uno iba a atajar” (Leo Rodríguez).

En semis esperaba Colombia, que tras liderar su mismo grupo venía de derrotar a Uruguay en penaltis y contaba entre sus filas con Rincón, Valderrama o un naciente Faustino Asprilla. En Argentina, el Beto volvía al once en detrimento de Medina Bello, que tampoco había conseguido dar a Batistuta lo que él tanto apreciaba en Caniggia. Ese “solo correr junto a él y esperar que te la pasase” que Bati había destacado, esa movilidad constante.

Aquel 1 de julio en Guayaquil, el héroe del Monumental volvería a ser Goycoechea. El arquero había dado el pase de ronda atajando un penal al brasileño Boiadeiro, y ahora permitiría que los suyos ganasen 6-5 deteniendo el balón de Aristizábal. Argentina estaba en una nueva final.

El 4 de julio de 1993 la México de Miguel Mejía Barón y Hugo Sánchez sería la otra finalista. Los mejicanos habían dejado en la estacada a la anfitriona, Ecuador. Por el lado argentino, Batistuta llevaba sin marcar desde el estreno, hacía casi un mes. Pero en la final, decidiría aparecer. Fueron diez minutos de locura los que transcurrieron entre el 63 y el 74, donde Batistuta fusilaba primero abajo a la derecha y luego con la zurda a media altura al excéntrico Jorge Campos para poner el 2-1 definitivo y pulverizar así el empate de Galindo. Argentina repetía campeonato, seguía en la cresta. Nadie esperaba que todo se desmoronase en unos cuantos meses.

El fin de la primera era de Basile, su injusto recuerdo

Para la clasificación hacia el Mundial Basile mantuvo la base de jugadores que había participado en la última Copa América. Pero aunque la línea de juego seguía siendo similar, por primera vez el Coco fue variando el esquema para encajar, principalmente, a dos piezas de ataque. La llamada de un Abel Balbo que desde Italia ´90 fuese olvidado y los malos resultados finales que le llevaron a jugar la repesca, propiciaron la variante táctica.

En su dibujo, Basile decidió prescindir de uno de los interiores, retrasando a Simeone para que ocupase lugar junto a Redondo y potenciando el frente de ataque con un tercer delantero centro en posición exterior: el citado Balbo. El 4-2-3-1 se haría aún más palpable cuando Diego Maradona acudiese en auxilio del Coco en la repesca frente a Australia, ya que el mediapunta móvil y vertical que encarnaran Latorre, Leo, Mancuso o Gorosito pasaba ahora a ser más un creador zonal, con un Maradona limitadísimo en lo físico.

La época final de la Argentina de Basile puede resumirse en una caída progresiva que crujió con las derrotas contra Colombia y aguantó hasta USA ´94 y el “me cortaron las piernas” que derruyó todo. Para los argentinos en general, la de Basile fue una etapa más, que no destacó sobre los horizontes y no grabó su nombre en las memorias. Pero quizá los analistas o historiadores pertenecientes a ese conocimiento desligado verán en Alfio Basile un técnico que, pese a no tener una Copa del Mundo en su haber, fue, a base de fútbol y certificado con títulos, el último gran seleccionador argentino y uno de los mejores de la historia de la Albiceleste.

Alfio Basile junto a su segundo, el Mostaza Merlo, poco antes de llegar a su inesperado final en la Albiceleste. (Foto: Getty).

“Yo sabía que tenía un cuadrazo. Yo sabía lo que tenía. Y la desgracia que me tocó después… Me tocó. A otros le toca la varita al revés y salen campeones. Yo estaba convencido de que nosotros éramos campeones. Es jodido decir esto en el fútbol, pero yo tenía una fe enorme en que éramos campeones del mundo” (Alfio Basile).

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