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Sócrates o cómo conseguir la democracia a puntapiés

Estamos acostumbrados a encumbrar ídolos deportivos vacuos y arrogantes, maniquíes de grandes marcas comerciales sin conocimiento alguno sobre la realidad que les circunda. Educados e instalados en la opulencia y el carpe diem, pocos son los que aprovechan su elevada posición mediática para realizar actos de un calado real entre sus semejantes.

Sócrates Brasileiro da Souza era uno de los contados jugadores con ese compromiso. Pintoresco y desgarbado personaje de brazos caídos, barba rala y media melena rizada, el capitán del Brasil de los 80 fue uno de los más inteligentes futbolistas que ha pisado un terreno de juego. No obstante el Doctor, como era llamado por sus torcedores, lo era en medicina y filosofía, amén de un insaciable lector.

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«No hay que jugar para ganar, sino para que no te olviden”. Sócrates porta una de sus reivindicativas cintas para el pelo en el España – Brasil del mundial de México de 1986

Sócrates era un filósofo de piernas largas y pantalones cortos que sentaba cátedra y defensores rivales a partes iguales. De ideología socialista y profundas convicciones moralistas, tuvo que lidiar más de una vez con las consecuencias de su afilada incontinencia verbal. Uno de sus casos más sonados acaeció tras el primer partido del mundial de 1986, en México, precisamente contra España.

Brasil ganó aquel partido por la mínima tras haber sido anulado un gol fantasma de Míchel y haber sido favorecido con otra serie de acciones discutibles. Al ser preguntado Sócrates, autor del único gol, manifestó que “a la FIFA le interesaba que Brasil siguiera adelante”, que seguramente desearían que la final fuese Brasil contra México y que el mismo reconocía que su selección era favorecida por los árbitros.

La educación temprana de Sócrates fue clave para la forja de su personalidad adulta. El talentoso centrocampista recordaba siempre como, con apenas diez años, tuvo que quemar junto a su padre los libros de su biblioteca familiar para evitar represalias de la recién proclamada dictadura militar. El progenitor del genial futbolista, docto funcionario de ideología izquierdista, le bautizó con el nombre del autor clásico que leía cuando nació.

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Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, con cinco años

En el colegio donde empezó sus estudios, el Hermanos Maristas, comenzó a demostrar sus dotes con el balón, pero su familia siempre le apremió a anteponer sus estudios por encima del fútbol. Tal fue el punto de control fraterno que Sócrates hizo una prueba con el Botafogo de Riberão Preto a escondidas y su padre no se enteró hasta que un día, estando en el estadio, observó incrédulo a su hijo en el once inicial del equipo que iba a animar.

Tras acabar los estudios secundarios y ante la insistencia familiar, Socrates se matriculó en Medicina por la Universidad de Sao Paulo, donde acabó de dar forma a su heredada ideología marxista. Durante su época universitaria, aparte de convertirse en el máximo anotador del Campeonato Paulista con el Botafogo, Sócrates ejerció una militancia activa en el Partido de los Trabajadores, donde participó en numerosas protestas en contra de la dictadura gobernante.

Con 23 años y recién doctorado en Pediatría firmó por el equipo más popular de Sao Paulo, el Corinthians, convirtiéndose rápidamente en emblema gracias a su singular carisma. Futbolísticamente, Sócrates mostraba una visión de juego y plasticidad fuera de todo orden lógico. Este gigante de 1,93 m, delgado y flexible como caña de bambú, poseía unas habilidades prodigiosas para el balompié. Con apenas un 37 de calza, destacaba por su prodigiosa técnica, de entre la que brillaba por llamativo su depurado juego de tacón. Gracias a una deformidad en el hueso del talón, Sócrates dominaba el arte de la espuela como pocos jugadores en la historia.

Pero si por algo se distinguió Magrão (conocido así por su delgada y desgarbada silueta) fue por su inteligencia sobre el césped. Su archienemigo con el Flamengo y eterno compañero de selección Zico lo consideró una vez “el futbolista más astuto que jamás había visto”.

El 8 manejaba con gran soltura los tiempos del encuentro y, cuando aparecía por tres cuartos conduciendo el balón, el tiempo se detenía: su cabeza, siempre levantada, iba un segundo antes. Para cuando los defensores se querían haber dado cuenta, el Doctor había anotado o regalado un gol. Nunca tuvo que ser excesivamente rápido para ir por delante del resto.

Esta superioridad innata para el balompié hizo que Sócrates se relajara. Para él lo del fútbol siempre fue un extra, un medio que facilitaba aún más su pretensiones en la vida, por lo que jamás se preocupó de ser un jugador excesivamente profesional.

“El futbol se agota pronto, por lo que le dedico mi tiempo. Ya vendrá mi gran pasión, lo que me gusta por encima de todas las cosas”.

Fumaba, bebía a diario y poco le importaba, como reconoció en varias entrevistas:

“El uso de alcohol no afectó en mi carrera. De hecho, nunca tuve estructura de futbolista (…) El fútbol se tornó una profesión para mí cuando ya había cumplido los 24. Era muy delgado, y tampoco tuve posibilidades de tener una preparación física adecuada”.

A veces, sus maneras podían parecer desganadas, pero jamás dejó de ser comprometido ni elegante. Cuando corría, parecía que lo hacía a cámara lenta, pero sus grandes zancadas le permitían llegar allá donde quería. Tiraba los penaltis sin carrerilla y, alguna vez, repitió una curiosa costumbre: la de chutar a puerta y, sabiendo que el balón entraba, volverse de espaldas y salir caminando como si nada.

La vida de Sócrates da Souza dentro de los terrenos de juego no hacía más que lustrar su enorme figura fuera de ellos. Humilde y sosegado, el de Belem tenía una sensibilidad y empatía incomparable al resto de futbolistas, habiéndose alineado bien pronto muy cerca de las clases desfavorecidas. “Si la gente no tenía el poder de decir las cosas, yo las diré por ellos”. Fiel defensor de la autodeterminación del povo brasileiro, utilizó el futbol como herramienta política, de manera directa o indirecta, pues siempre consideró que “el idioma del fútbol es universal, y no entiende de estratos sociales“.

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Sócrates permaneció ligado al activismo en la mayor parte de su carrera

El inicio de la década de los 80 había sido especialmente convulso para el Corinthians: malos resultados deportivos y una fuerte crisis económica e institucional hicieron dimitir a la directiva en abril de 1982. El recién electo presidente colocó de director deportivo a Atilson Monteiro Alves (ex militante universitario y sociólogo), que vio entonces una oportunidad única para someter al club a una gran revolución administrativa. En ella, todos los integrantes de la entidad -ya fueran utilleros, masajistas, jardineros o jugadores- tendrían igualdad de voz y voto en las decisiones a tomar.

Este transgresor proyecto de autogestión fue llamado Democracia Corinthiana, y bajo el lema “Libertad con responsabilidad” se decidieron desde las alineaciones o fichajes hasta los límites de los jugadores en su tiempo libre. La idea, promovida desde sus inicios por Sócrates, Wladimir y Casagrande, funcionó a la perfección y a finales de 1983 O Timão ya tenía superávit económico y era bicampeón del campeonato estatal.

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Sócrates, Casagrande y Wladimir, los Tres Tenores del equipo alvinegro, puño en alto

Magrão se empeñó en explotar la simbología del movimiento, una demostración en micro de lo realizable en macro.Tenía claro que “la gente le había dado el poder como un futbolista popular”, y quería dirigir “el entusiasmo que se gasta en el fútbol hacia algo positivo”. Para él, lo ideal sería “un socialismo perfecto, donde todos los hombres tuviesen los mismos derechos y los mismos deberes. Una concepción del mundo sin poder”.

Ante la presión popular, el régimen militar decidió celebrar unas elecciones el 15 de noviembre del 82 para elegir al Gobernador de São Paulo. Cuando aún no se prodigaba la esponsorización en las equipaciones, el Corinthians saltó a jugar con sus camisetas serigrafías con la inscripción “Día 15, vote”. El aparato del régimen quiso aplacar dicha publicidad, pero la censura no pudo frenar el poder una imagen que ya había dado la vuelta al mundo.

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Sócrates atiende una entrevista tras un partido. En el reverso de su camiseta se puede leer “Día 15, vote”

El fútbol con el que habían intentado lobotomizar a la población pasó a ser uno de los principales focos de rebelión. La mayoría de los sectores progresistas adhirieron sus apoyos a este movimiento, convirtiendo cada partido del Corinthians en un “cónclave en pos de la democracia”.

El pueblo brasileño, para entonces, no se conformaba con unas dudosas elecciones estaduales, sino que reclamaban el derecho inmediato a elegir a su propio presidente. Se lanzó una campaña llamada “Diretas ja” que pedía la celebración de unas elecciones presidenciales directas, no amortiguadas por la decisión posterior de ningún parlamento. Al movimiento se unieron rápidamente los jugadores de “O Timão”, que comenzaron a llevar en sus camisetas el anagrama “Democracia Corinthiana”.

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La camiseta del Corinthians con el anagrama del movimiento

En plena ebullición social se llegó a la final del Campeonato Paulista de 1983, que enfrentaría al Corinthians con el São Paulo. El fútbol había dejado de ser una excusa y las calles anexas al estadio eran un hervidero de personas sedientas de democracia. Los enardecidos hinchas del equipo, futboleros o no, satisfacían sus ansias de participación y pertenencia bajo la estela del equipo franjinegro.

Era demasiada responsabilidad para un simple equipo de fútbol cargar con el peso de las ilusiones de un pueblo entero, y más aún si dicho estado anímico dependía (aunque fuera simbólicamente) de un banal resultado deportivo. Ante tal tesitura los futbolistas tomaron una actitud valiente, sin miedo a las represalias del régimen y dejando bien claro qué era lo que se jugaban unos y otros en ese partido.

Los jugadores del Corinthians, con el Doctor al frente -puño en alto-, saltaron al terreno de juego con una gran banderola que rezaba “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Las 37.000 personas que abarrotaban el Estadio Pacaembú profirieron una sonora ovación que duró más de cinco minutos, haciendo que aquel legendario equipo ya ganara el partido antes de comenzarse. Anecdóticamente después, el mismo Sócrates anotaría el tanto de la victoria deportiva, asegurando así el segundo título consecutivo para la entidad, pero como el 8 repetía una y otra vez: “ser campiao é detalhe”.

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Los jugadores de O Timao portan el emblema “Ganar o perder, pero siempre con demacracia” en la final de la Copa Paulista de 1983

La gesta corinthiana rápidamente trascendió al resto del globo y la figura del eterno capitán, agigantada por las circunstancias, era reclamo para clubes de todo el mundo. Para entonces empezaron las especulaciones con la marcha de Magrão a la liga italiana, cuestionando su compromiso y coherencia al priorizar –supuestamente- el dinero por encima de sus sentimientos. Entonces Sócrates, que seguía muy unido a “Diretas Já”, profirió un órdago en forma de promesa: si el parlamento aprobaba por enmienda las elecciones presidenciales directas, él se quedaría en el país.

La adhesión popular a la propuesta democrática era prácticamente unánime -la agencia consultora IBOPE cifró la aceptación en un 84% -, y se realizaron manifestaciones especialmente trascendentales en diferentes puntos del país. La marcha de Río congregó a un millón de personas y en Sao Paulo más de un millón setecientas mil quisieron brindar su apoyo a la moción.

Al ser una propuesta de cambio constitucional, la enmienda debía ser aprobada por 2/3 de la cámara. El total de votos necesarios eran 320, y el resultado de la votación aquel 25 de abril de 1984 fueron 298 a favor, 65 en contra, 3 abstenciones y 113 ausencias en el congreso. Aquella negación supuso un mazazo para el pueblo brasileño, que no quedaría totalmente repuesto del golpe hasta la consecución de su plena autodeterminación en noviembre del 86.

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Sócrates con la elástica añil de la Fiore durante su única temporada en Italia

Aquel hecho tuvo consecuencias en la decisión de Sócrates, que haciendo efectiva su palabra y tras acabar su contrato con el Corinthians, aceptó una oferta de la Fiorentina para jugar en Italia. Junto a él se marcharía otro de los ilustres componentes del equipo paulista, Walter Casagrande. El paso por el calcio de Magrão, sin embargo, no fue según lo esperado. El media punta brasileño jamás logró adaptarse al rústico estilo de la liga italiana, por lo que en 1985 decidió emprender el viaje de vuelta para vestir la camiseta del Flamengo durante tres temporadas.

La mayor frustración de Sócrates, no obstante, la supuso siempre su paso por la seleção. El mediapunta paraense participó de uno de los mejores equipos de la historia, la selección brasilera del “jogo bonito”, una escuadra repleta de artistas del balón, muy al estilo de lo que ha venido a representar el Barça de Cruyff y su legado, con jugadores muy virtuosos que tocaban hasta el infinito y defendían con el balón en sus pies. La gran diferencia es que esta memorable caterva de genios (Zico, Junior, Falcao, Eder, Cerezo…) jamás consiguió un título juntos.

Este infinito equipo acudió al mundial de España de 1982 con la clara vitola de favorita, pero una rocosa Italia con un impresionante Rossi (autor de los tres goles azurros en ese partido) logró desvanecer los sueños verdeamarelos. Sócrates, que había anotado un golazo ese mismo encuentro, al ser preguntado por sus sensaciones tras el choque respondió de la siguiente forma: ¿Perdimos? Mala suerte, peor para el fútbol”.

Cuatro años después la historia se repetía en México, ya con un Sócrates maduro que lideró a Brasil en todo momento. El Doctor fue el capitán de una selección que volvió a enamorar con su juego pero, llegados los cuartos de final y, como en 1982, cayó de mala manera. Esta vez, contra Francia y en los penaltisoh, destino cruel. El primero de ellos lo lanzó y falló O Doutor. Aunque Platini erró también el suyo, Julio César mandaría al palo el último lanzamiento.

El ingrato balompié negó el preciado título de campeón del mundo a dos de los mejores centrocampistas de todos los tiempos, como ya hizo y haría con otras leyendas como Di Stefano (ni siquiera llegó a disputar alguno), Cruyff, Van Basten o Maldini. Ese mundial de 1986 sería el último para Zico (33 años por aquel entonces) y Sócrates (32), jefazos de un equipo irrepetible que no supo materializar su infinita superioridad técnica y plástica en resultados tangibles.

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La selección del 82, una de las más talentosas de la historia. Aparecen Falcao, Juninho, Zico, Sócrates, Éder, Serginho y Toninho Cerezo entre otros

De vuelta al campeonato brasileño el centrocampista jugaría una temporada más en el Flamengo, otra en el Santos y una última en su primer equipo, el Botafogo de Riberão Preto, donde se retiró para ejercer de nuevo la medicina en el Medicine Sócrates Center, una clínica para deportistas de alto rendimiento.

Admirador sempiterno del “Che” Guevara y Fidel Castro, homenajeó al líder cubano llamando a su primer hijo con su nombre. El comandante, muy cercano a él, le ofreció ser director técnico de la selección cubana, pero por aquellos entonces  el estado de salud del brasileño era muy precaria. En una eterna exploración de su yo interior Magrão lo había intentado con la pintura y la música pero “no se le daban muy bien”, reconocía. Parece que la única pasión a la que se mantuvo fiel Sócrates fue la que acabaría con él, la bebida.

“Quien bebe habitualmente es un alcohólico, lo se. Pero el vaso de cerveza es mi mejor psicólogo”

Tuvo una hemorragia digestiva severa en agosto de 2011 por la que hubo de ser ingresado en el hospital Albert Einstein de Morumbi, y no fue hasta entonces que reconoció haber tenido un problema con el alcohol durante toda su vida, y que padecía una avanzada cirrosis hepática. Quizá demasiado tarde para cambiar sus hábitos, su deteriorado hígado dijo basta el 4 de diciembre de 2011.

Tiempo antes, el capitán perpetuo de la Democracia Corinthiana tuvo a bien proferir un último deseo: “Quiero morir un domingo que el Corinthians salga campeón”. Dicho y hecho. Aquel domingo de diciembre fallecía el ídolo franjinegro en a las 4 y media de la madrugada. Horas más tarde, O Timão ganaba el Brasileirão (campeonato interestatal brasileño), brindando así el mejor homenaje posible a un futbolista infinito, a un ídolo comprometido, rebelde y cercano. El mejor adiós para el futbolista más inteligente de la historia.

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Los jugadores del Corinthians haciendo un sentido homenaje al Doctor antes de la final del campeonato brasileño (2011)

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