HISTORIAS DEL ALMA
Un pedacito de vida reposa, tranquilo, en nuestra alma. Un rincón solitario y transparente donde se juntan las historias que nos hicieron ser mayores antes de desearlo de verdad: los besos que no pudimos entregar, las caricias que el tacto no sintió, la fragancia suave del recuerdo que extingue la memoria. Es ahí, probablemente, donde Dámaso Ruíz Tintoré entremezcla bufandas y casullas, puchos con estolas, el azul sobre blanco de su equipo con el blanco sobre lila de liturgia.
‘Dámaso Perico’ conoce como pocos el cemento gris oscuro del antiguo Sarría. Allí desarrolló en la década de los 90 una ferviente pasión hacia el Espanyol que tradujo en sombrero de copa y camisesta blanquiazules acompañados por un bombo que percutía al ritmo de los goles de su equipo. Una mística que algunos domingos desbordaba, arrolladora, empujándole a vestir como un torero, un astronauta, un superhéroe. Lo que fuese con tal de animar a su Espanyol.
Hoy la liturgía ya no tiene lugar en Sarriá. Ni en Cornellá. Su voz suena pausada en la Parroquia de San Salvador de Horta, en Poble-Sec, donde los fieles atienden en silencio al Padre Dámaso. Allí, en un barrio de la montaña mágica, el sacerdote pronuncia una homilía casi mística: “Algunos de vosotros sois, igual que yo, aficionados del Español. Ayer la cosa no fue muy bien dada (1 a 5 del Barça). Pero precisamente esta misa puede ayudarnos un poquito a reponernos de lo de ayer. Preparemos y cuidemos nuestras almas para evitar recibir goleadas espirituales”. Pues eso, el alma y su rinconcito solitario y transparente. Dios y el fútbol. ¿Quién da más?



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