Sin nombre

06Sep10

Pensé que debía escribir subyugado el primer arrojo, consciente por completo tras el indómito huracán de emociones consentidas. Locura, placer, éxtasis, deleite, algazara, regocijo, satisfacción. Gozo. Millares de jornadas en las que los sueños lograban eclipsar la realidad, con el sol de verano desdibujándose tras el folio invisible del poniente, o con la lluvia siseando silenciosa entre los andares solitarios del invierno. La piel tersa de la infancia; las negras espinillas ensartadas entre pelos irrisorios de un mostacho adolescente; las canas que luchan por salir. Veintiocho años de bostezos.

Y sin embargo, debo hacerlo ante la imposibilidad de acallar tales recuerdos. Debo escribir porque aquel cuento persigue mi memoria desde entonces. Fueron ocho goles. Villa recibe escorado y comienza una carrera aprendida en Tuilla entre adoquines, eficaz e inconformista, no muy bella. Honduras. Un disparo, un rechace, nuevo gol. Honduras. Y con la zurda, de primeras, encuentra una vía insospechada. Chile. Iniesta golpea con su putt. Chile. Xavi prolonga con la espuela y Villa, siempre Villa, la pega y le rebota. Portugal. Palo, rechace, palo, palo, gol. Paragüay. Soberbio, Puyol. Alemania. Iniesta, sutil y violento al mismo tiempo. Holanda.

Y yo que quieren que les diga. Pues eso, que sigo llorando al recordarlo.


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