La suerte te puede escupir a cualquier hora. Incluso tres años antes de que nazcas. Algo que, sin duda, denota síntomas futuros, esperanzas cortadas de raíz, en ese momento indefinido en el que lo bueno puede acabar siendo malo, y lo malo todavía peor.

Aquella tarde lucía el sol. Digo todo esto por lo que pude llegar a componer más adelante, cuando ya balbucía tres palabras, cuatro gritos y alguna idea atropellada. La jugada aceleró pulso y ritmo al mismo tiempo; el balón cayó destemplado de derecha a izquierda, a un lugar intrascendente, destinado a perderse entre murmullos. No fue así. Santillana, siempre atento, se elevó por encima de los negros centrales brasileños, atlético, poderoso, atemporal, y sirvió con la cabeza sobre la llegada de Cardeñosa. El portero, vencido también por Santillana, no existía. El zurdo sevillano lo tenía todo. Gol de Cardeñosa. El destino debía reservarle ese jodido hueco a un futbolista capaz de renunciar a una millonaria oferta del Barça por seguir a su Betis de Primera a Segunda, y otra vez a Primera. El puto no gol de Cardeñosa. El origen de todo.

Cuatro años después, en casa, de anfitriones, recibimos tan bien a los rivales que a las dos semanas ya apoyaban los pies, descalzos y sucios, sobre la mesa de centro del salón.

Después llegó el gol desgarrado de Señor, en el breve suspiro final de un mal partido. Prórroga y penaltis contra Bélgica. Antes, en octavos, había nacido un mito. Butagreño hizo cuatro y jugó como los ángeles, infinito, invisible pero real. Debió tocar la bola cinco veces. Qué más da.

En el 90, en Italia, dos bostezos y tres goles contra la antigua Yugoslavia. Setenta y ocho; ochenta y tres; noventa y dos. Uno a cero. Uno a uno. Dos a uno. Go home para volver a intentarlo en USA, en el primer mundial publicitario de la historia, contra la Italia de Sacchi, de Baresi, de Baggio… y de Tassoti con su codo, con su ira, con la sangre corriendo entre los labios, una nariz desfigurada, un alma rota, la de cuarenta millones de españoles.

En Francia, Zubizarreta hubiese merecido mejor suerte. Pero aquel centro infantil se escurrió entre sus dedos de la misma forma que el fracaso se adueñaba, palmo a palmo, de nuestra historia de vencidos, redondeada, ya en Corea, por un mal árbitro y once pares de ojos achinados que semejaban correr como el diablo.

Francia fue el último verdugo. A quién le importa. Quizás sólo son recuerdos que se pegan a la memoria como motas de polvo que, tal vez, al agitarlas viajen para siempre hasta el olvido. Una cadena de desencuentros antes de que el destino nos devuelva lo que es nuestro. El 11 de julio. Johannesburgo. No se lo pierdan.         


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