La muerte, como buena hija de perra, aparece casi siempre por sorpresa. De figura luctuosa y cavernaria, muy oscura, imprevisible pero cierta, susurra entre silencios de la vida. Los prolonga. A destiempo, a contrapelo; y sin querer quiere atrapar por cualquier lado un alma que trincar con la guadaña.
Turno para Jarque. Capitán del Espanyol desde hace un mes, la muerte, como buena hija de perra, apareció por sorpresa en la habitación de un hotel cualquiera de Florencia. Sólo, apenas acompañado por el hilo de voz de su novia embarazada que sonaba también sola en el teléfono, Daniel Jarque murió a los 26 de un repentino ataque al corazón. Quizás pensando en la tierra prometida de Cornellá después de tantos años desterrados en Montjuic. O quizás, quien sabe, recordando aquel patadón sin sentido, impropio de un central con tanta clase, que se convirtió en el pase más bello jamás soñado. Un chupinazo que voló sesenta metros hasta caer, tras dos rechaces, en los pies de su amigo Corominas. Gol y Lotina de rodillas, incrédulo tras agarrar con los dedos el milagro de la salvación.
La muerte, como buena hija de perra, prefiere cobrarse pronto a los que más amamos. Por eso, la muy cabrona cerró los ojos de Puerta hace dos años. Y por eso lo intentó con De la Red hace diez meses. Porque ellos, como Jarque, son canteranos, capaces de renunciar a un buen contrato por el club que llevan dentro. Fieles hasta la muerte, paradójico destino que hoy aprieta. No debemos olvidarlo ni olvidarlos.



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