UNA DE NOSTALGIAS
Hablan de la final de los millones el día previo a que el balón con estrellas de la Champions acapare las miradas y los himnos. A un lado, con la impasible marcialidad inglesa de estos tiempos, acelerará cuando crea que ha de hacerlo el United. Al otro, soñando sin vergüenza con alcanzar la perfección, se fijará el Barça.
En resumen, un puñado de famosos superhéroes que, en la soledad del vestuario, cuando el agua de la ducha ahoga las victorias o fracasos, muestran siempre su cara más humana. La de niños todos ellos que crecieron con un padre esforzado y una madre abnegada, llevados por el bendito arrebato de los sueños infantiles. Cristiano, Andrés, Wayne, Carlos, Lionel o Carles dirimirán en Roma el cetro europeo deslumbrados por las luces de los flashes que, durante noventa minutos de esperpento, los convertirán en mitos de nombre más creíble: Ronaldo, Iniesta, Rooney, Tévez, Messi o Puyol.
Quién sabe. Quizás tengan razón. Pero durante todo ese tiempo ellos mantendrán la nostalgia de los suyos, pelearán cada centímetro de césped con una imagen cercana en la retina. Y así, creerán, impacientes, que la llave del éxito se muestra más cercana. Ojalá en medio de todo este arrebato de pasiones no olviden lo más importante: están allí y son lo que son porque el fútbol no es más que un espectáculo. Y sobre todo un espectáculo: “Función o diversión pública celebrada en un teatro, en un circo o en cualquier otro edificio o lugar en que se congrega la gente para presenciarla”.
Yo, no sé ustedes, también siento nostalgia: hacia aquellas finales que mi abuelo susurraba a la vera de una buena lumbre entre el oscuro silencio de las sombras. Siete a dos. Cinco a cuatro. Tres a seis. O lo que quieran. Espero acabar con la nostalgia.



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