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El tenue sonido de la lluvia cayendo sin descanso sobre el patio interior atenuaba, en cierto modo, la soledad de aquella noche. Fuera, la luna brillaba entera y misteriosa, ignorada por los hombres al tiempo que una corte de estrellas recordaba su grandeza. Todo ello resaltado por un cielo negro caído a plomo en la ciudad, sin decencia, pesimista y envolvente. A comienzos de marzo todo recordaba aún al invierno.

Dentro, la habitación. Las doce de la noche. Los analistas radiofónicos, los eternos entrenadores de las ondas, los que más saben de todo sin saber nada, desglosaban sus análisis soberbios. No soberbios en el sentido de magníficos, sino soberbios por carentes de humildad. Ya nada valía. Tal vez. Quién sabe.

Mientras tanto, el hincha comenzó a desnudarse. Primero el jersey verde, doblado con cautela o con dolor antes de perderse en el armario. La camisa a rayas granate oscuro: un botón, y otro, y otro, hasta completar un total de siete. Los pantalones de pana, los calcetines, los calzones. El pijama a cuadros entrando con pereza. La nostalgia de un año más sin resultados.

Poco a poco se introdujo entre las sábanas, notando el frío contraste que deparaban sus desvestidos pies aún calientes por la lycra de la media. Se cobijo alzando el nórdico hasta la altura de los ojos, suficiente para que la vista pudiese seguir perdida en la blanca pintura de aquel techo. Y allí, solo, como la misma luna solitaria, lloró la soledad de la derrota.  


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