POR FAVOR, MATEN AL REY
Un tablero de ajedrez: 64 cuadros perfectos dispuestos simétricamente. Dos estrategas y mil tácticas. Mentes maravillosas. O no. Privilegiadas en cualquier caso. El alfil se desliza en paralelo, cómo una dama sugerente. La torre resulta abrupta, también de movimientos. El rey, siempre el rey, es el eterno deseo, protegido por una reina celosa de lo suyo, libre en sus andares. Karpov, Kasparov o Boby Fischer. Muchos más. Todos hemos crecido con leyendas. ¿Es esto fútbol?
Supongo que no. El fútbol es mucho más. O eso pensamos los ingenuos. Una identificación irracional, un impulso por lo bello, por el arte escondido entre los pies, un maravilloso delirio de domingo. El volar sin ataduras y ser libre. Los problemas que se olvidan o que crecen. Qué gozoso sufrimiento. El grito irracional o los silencios que narran y describen. La locura. El éxtasis. El gol. Lo demás sobra. Hasta que aparece el ajedrez.
Entonces, pese a todo, catorce Copas de Europa suenan a bostezo y mala siesta. Empate a nada. Vacío, inocuidad. De repente aparece Benayoun. Cero a uno. “Qué gran estratega es Benítez. Convirtió el Bernabeu en un tablero de ajedrez hasta ahogar al Real Madrid”. Y al fútbol. Yo sólo vi miedo, no sé ustedes. Miedo a no perder, miedo a recibir, miedo a romper, miedo a imaginar. Los sueños enterrados en sistemas. Juande tampoco aportó más. Otro estratega. Por suerte, en Liverpool las cartas vendrán marcadas de antemano y tal vez el césped recupere su color: el verde, no los cuadros blanquinegros. A fin de cuentas, el rey blanco ya está en jaque. Por favor, que alguien lo mate para que podamos olvidar.



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