CASI SIN QUERER

24Feb09
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Casi sin querer. Como se besa por primera vez cuando la inocencia se escabulle entre unos labios ajenos. O como se enciende, tembloroso, un primer cigarro adolescente. O como el niño ignora los consejos de la madre, que ha de castigarlo, también, casi sin querer. Raúl.
Así, casi sin querer, debutó a los 17 creciendo más rápido de lo que aquel escuálido cuerpo preveía. De juveniles a Primera en pocas horas. Indicativo de fugaz; sinónimo de eterno. Primer gol al Atlético: casi sin querer el balón se acordó de la escuadra rojiblanca. Y así, entre descuidos imprudentes, fueron sumando: diez, veinte, treinta, un centenar. Dos y tres. 308, la cifra mágica. Y don Alfredo ya es historia. “No me puedo detener”. No lo hará. Porque casi sin querer, sin estilo y sin profetas, sin biografía, con nombre castizo y español, con poco de galáctico pero sobrado de cojones, con perdón, ha hecho camino.
Sus críticos, los míos, los de todos, seguirán defendiendo la locura, insensibles a lo único que cuenta: la estadística. Y podrán argumentar que don Alfredo dejó, por lo menos, igual sello empleando la mitad de noches mágicas. Cierto. Tan cierto como que entonces jugaban cinco arriba y el fútbol, romántico y poco comercial, tendía con frecuencia al siete a tres. Hoy son dos bostezos: cero a cero. O Raúl haciendo pillerías entre rocas musculosas. Falto y sobrado de talento al mismo tiempo. Milagroso. Las piernas torcidas, poco estéticas; la cabeza gacha, dando bandazos adelante y atrás, como el caballo de carreras de una feria de paganos; el cuerpo despreciable, intrascendente. Y pese a todo: Raúl. Memoria presente del Madrid.
Digan lo que quieran. Son libres y esa es la grandeza de un deporte en el que todo es opinable y nada, por desgracia, despreciable. Pero respeten al deportista y, sobre todo, al hombre. A ese niño hecho adulto que escribió entre líneas, sutilmente, una de las páginas más brillantes del deporte español. Olviden los homenajes fatuos y atiendan, todavía, a este presente. En él, catorce años después, Raúl sigue triunfando sin querer. O no.   


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