El Calendario
Las bolas van girando, revoloteándose una encima de la otra, asfixiándose entre un jarrón de cristal puro. La mano de un hombre agarra violentamente una de esas bolas de un amarillo solar. La ilusión y el anarquismo vuelven a la realidad. La sorpresa se inmola para adorar al dios ateo del cálculo.
Que las teles mandan, oye, piensan mientras esbozan sonrisas ante los zooms.
Y así el clásico cae año tras año en las mismas fechas, como la rutina amorosa de una pareja sin futuro. Otra pastilla hipnotizadora más que nos inyectan los celestiales del dios ateo del cálculo. Y el calendario apenas esconde escalofríos de horror. Nada de grupo de la muerte. Sólo un largo recorrido insulso por el sol, la noche, la nieve y las flores de primavera.
Que las teles mandan, oye, y en tiempos de crisis, hay que perfilar el blanco del dinero, piensan mientras esbozan sonrisas ante los zooms.
Viva el hombre, sí, pero el hombre no es Dios. Ciegos, la derrota de Babel se va actualizando siempre, que aunque lejos ya en el tiempo, se resiste a desfallecer, como nos gustaría a los mundanos.
Gracias a Dios, porque sólo así es posible que un joven trabajador (no es un obrero, no, es un mediocre mandado de oficina que sólo anhela la jubilación para que sea la enfermedad y su cuerpo desecho quienes le impidan vivir y no la voz insolente y autoritaria del jefe), se levante muy de madrugada para asistir puntual a su cita con el ordenador. Retumba el despertador. De ojos achinados, cabeza dispersa, y un sueño de mejicano en plena siesta, el abnegado joven abre el periódico con el café y se tope con el detalle del nuevo calendario futbolístico.
El camino solitario hacia la estación de tren se transforma en una conversación con un amigo inesperado. Una imaginación, un sueño, un lápiz que escribe un futuro imprevisible, donde su equipo, chiquitito, debutará en la división de plata en un campo de Primera, a la otra punta de la península.
Anhela un resultado fantasma, el David que vence a un Goliat apático, pero después, mientras espera a que el semáforo se ponga verde, retrocede y piensa que un empate a dos goles ya sería bueno. Buenísimo.



James, “telocu” (te lo curras). Debo decir que al principio, fuera de contexto, el inicio del post me ha parecido de lo más exótico… al releerlo y entender que hablabas de un prosaico sorteo… Qué capacidad!