La niebla surge apelmazada, compacta, agarrándose con fuerza a los lindes de la senda en esa zona donde los quitamiedos carecen de sentido. En la montaña de Asturias, las nubes pocas veces ceden el paso a la alegría, al sol que caliente los hogares y complace los espíritus. A esos rayos que nos hacen un pedacito de vida más alegres. Todo surge grisáceo y melancólico, la historia de un pueblo amamantado por las minas.

Tuilla no es una excepción. Muchos son los que han desafiado a la oscuridad con un casco y una linterna intermitente que ilumina dos metros de pared, de cueva, de ruta por andar en la mismas entrañas de la sierra. A fin de cuentas, poco importa ese polvillo que desgarra en silencio los pulmones si tus hijos no tienen que comer. Y de eso, del hambre y la existencia, en Asturias saben mucho. También en Tuilla.

Allí cohabitan 1.500 paisanos que respiran y comparten rutinas, ajetreos y problemas. Mañanas y tardes en la mina. Despedidas de jornada en un buen bar, al calor de los amigos y la sidra buscando desgarrar en cada trago las penas de un mundo de mayores. Los niños, mientras tanto, pelotean en un patio de colegio eternamente mojado por la lluvia. Cemento gris y zapatos desgastados. En el Regino Menéndez, las porterías se pintan en azul y grana sobre las paredes de los fondos. Villa lo sabe bien. En ellas goleó desde pequeño.

Ya adulto sigue igual. Un tanto detrás de otro. Y en cada celebración la misma cara, los mismos ojos sinceros, humildes y tranquilos que destilan una sencillez inusual, aprendida, sin duda, en su infancia del Regino. Volverá tras la Eurocopa. Siempre vuelve. Y una vez más lo hará con la mejor de sus sonrisas. Mientras tanto, allí, en Tuilla, en su casa, seguirán acompañándole en cada acción, en cada instante, en cada gol, aguardando poder gritar con él. Toma, toma, toma.     


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