Las lágrimas

23May08

Llovía en las islas, bajo un cielo de nubes frondosas, gama variopinta de tonos azulados. El chubasco demoró el inicio del acto. El reloj simbolizaba una tortuga, y tropezaba el tiempo. El público buscaba donde no empaparse. El hincha permanecía de pie, en su localidad. Músculos en tensión, alma histérica.

La cámara congeló su imagen. Sólo se fijaba en ella. En ese momento, nítidamente, fue robándole la intimidad. Todo el país vio su rostro. El pelo rubio rizado le caía alegre por sus pechos; se abrigaba con una sudadera de chándal negra de cremallera con tres franjas rojas que descendían como cascadas por sus brazos.  Sus mejillas blancas estaban coloreadas con el azul y blanco, la identidad de su equipo, de sus amores, de su vida. En su muñeca derecha, llevaba atada, como si fueran las manillas de un preso, una bufanda azul y blanco, que se balanceaba en el aire frío.  

Señoras y señoras, el drama está a punto de empezar. ¿O acaso es una comedia? Desconecten sus móviles. El prólogo es sencillo: un silbato del juez de negro, y el balón ya rueda, quema, en los pies de los jugadores. Lejos de casa, en una isla perdida. Dos equipos. El local lucha por conquistar Europa. El visitante, manantial de poder muy añejo, pelea por sobrevivir con los mejores. Sólo vale ganar para no arruinarse en el purgatorio, cuál viaje de Dante, perdido, divagando, sin conocer el regreso con los grandes, tal Ulises en su retorno eterno a Ítaca.

Pero dejo que la historia camine por si sola. Pitó finalmente el colegiado. Rugía la lluvia y se electrizaban las pulsaciones. Cayó pronto un gol en contra, como un balazo. Al descanso, expiraba la esperanza, pero un balón colgado al aire, suave, lo remató la fe, y botó delante del  portero- Goool. Volvían los sueños. 1 a 1. Las cosas en su sitio, el grande que se salvaba. Pero una imprecisión defensiva, y el negro la coló por la escuadra con la frente. 2 a 1. Horror. Sin rumbo, perdidos, derrotados, el equipo se lanzó al ataque.

Y entonces llegó la catarata de impotencia. El llanto arrugado del vacío, las lágrimas que consuelan el escudo del equipo de sus amores que la joven de pelo rubio rizado lleva cosida en su pecho. Un gol a la contra, tres contra tres, pared, pase de la muerte, y toque suave a la red. Una belleza si no fuera porque también significaba el fin de los sueños. Dos astros de ventaja. Imposible. La visita a Caronte. El descenso del azul y blanco a un infierno, con los mediocres.

La cámara difuminó el desastre en el césped y la buscó en la grada. La enfocó, la observó, y compartió con la joven de pelo rubio rizado su calvario. Con la consciencia tranquila, y con su cuerpo empapado de las lágrimas que caían del cielo y las que huían de sus ojos, chilló desesperada a los jugadores que creía, hasta ese momento, suyos:

- ¡Mercenarios! ¡Mercenarios! ¡Mercenarios!


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