UNA NIÑA CAPRICHOSA E INDOLENTE
La niña chapoteaba perezosa en el parque infantil, alumbrado por un sol brumoso de comienzos de verano. Los muelles del caballo chirriaban locamente, adelante y atrás, a un lado y al otro, como un velocista ante la meta, pero estático, siempre estático. Al lado, un pequeño avión privado giraba sobre el eje inmóvil. La niña pasaba de uno a otro indiferente y, a ratos, enfadada, bajaba al suelo. No había arena. No la hay en el siglo XXI. Una falsa goma sintética la recibiría en caso de que en vez de descender por sí misma lo hiciese de forma involuntaria. Nada de sufrimiento. Nada de dolor. Nada de heridas ennegrecidas por la sangre coagulada en la rodilla.
La pequeña caminó hacia el tobogán. Primero descendió de frente. Luego de espaldas. A continuación, cansada e irritada, avanzó unos metros para llegar a la arena y coger un buen puñado de polvo. Lo arrojó sobre el tobogán repitiendo la operación una y otra vez hasta crear un montículo de grava al final de la rampa.
Después sonrió entrañable e inocente, iluminada por la luz matinal que se esparcía sobre el parque. Encantadora. Hasta que decidió empujar a otro rapaz que, al caer sobre una piedra, sintió como la sangre comenzaba a fluir a la altura de su codo. Una herida inapreciable, suficiente para el llanto en la débil conciencia del menor.
A continuación, otra vez el rostro angelical. Aquella adorable mocosa se comportaba como el azar, de una forma caprichosa y admirable, indolente y deliciosa. Como el fútbol.



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