EL HOMBRE QUE SOÑÓ CON LOS PIES
La gente le llamó cola de vaca. Nombre vulgar para un regate esgrimido con la precisión de un cirujano. Una danza con el balón adormecido sobre el interior de la bota, acurrucado, como un gato que juega en el ovillo, como el niño en las faldas de su madre. Una vez más, O Baixinho soñó con los pies.
Siempre lo hizo. En Barcelona o en Eindhoven. En Valencia. En Río mucho antes. En aquellas chabolas de Janeiro donde aprendió a driblar la mala suerte y a esquivar el hambre, donde borracho de desgracias se hizo mayor antes de tiempo. Los pies húmedos, descalzos, el barro que se escurre entre los dedos. Pero también la samba. Y las cinturas desnudas intuidas por la noche, perfiladas. Todo junto dio un futbolista de película. De dibujos animados.
Nunca fue rápido. Pero con ese ritmo de pachanga sumó 1.002 goles. O eso dicen. Qué más da. No lo recordaremos por sus cifras. Lo haremos por su magia, por su arte, por ese no sé qué que devoraba cada palmo de terreno que pisaba.
Ahora nos deja. Se acabó. Es como un final malo de película, uno de esos que se funden hasta el negro sin dar explicaciones. Un corte de meada monstruoso. Se despide como entró. Con su mirada perdida en el olvido. Con su sonrisa de nostalgias ya vividas. Con sus patas abiertas, arqueadas, deformes ya de tanto concebir cómo plasmar con sus botas lo que su mente anhelaba a diario.




Yo tenía un canario (de color amarillo alegre, como Brasil), que lo bauticé como ROMARIO. Lo mimaba mucho y mucho, pero se murió por vivir enjaulado.
Buen nombre para el canario. Ya no quedan futbolistas así.
Era 1994 cuando mi pasión por el fútbol explotó de verdad con aquel mundial de USA en donde el 11 de brasil me hizo vibrar con su futbol espectáculo, y siempre me quedaré con la imagen del Rey del Bálón Romario cogiendo esa copa del Mundo. Qué grande que fue, gracias por habernos dejado unas cuantas perlas¡¡¡¡