LA SOLEDAD EN ANFIELD
La soledad es un desierto de vacío. Polvo, arena, guijarros que se achicharran con el sol. Un horizonte inmenso y olvidado, color magnesio. Eterno. Enorme. Arcos voltaicos proyectados por el sol disfrazando la grava de impresiones. Dicen que es mala y aburrida. Quizás sea bella y elocuente. Casi admirable. Para ello sólo hace falta disfrutarla poniendo a cada instante toda la inteligencia que uno tiene.
Así, Anfield podría ser sinónimo de la soledad descrita. Aunque a ratos alcanza y supera su atractivo. El inmenso truco de un prestidigitador sublime. Una hinchada rendida a la locura, con una sola alma, que empuja y que acompaña. No hay silencio; no hay treguas. Sólo amigos que cantan a la noche buscando caminar al lado de los suyos.
Se apagan los ecos de las voces. Marca el Arsenal. Polvo y arena. Empata Hyppia. Un horizonte inmenso. Torres eleva el gol a la categoría de arte. El horizonte se aproxima al infinito. Walcott corre efervescente: un atracador que escapa por la calle peatonal de la gran urbe, esquivando zancadillas y agarrones. Más polvo; más arena; más silencio. Gerard besa el horizonte y Babel lo expande buscando los límites del mundo.
Entre tanto, una figura que destaca: un reflejo perdido sobre el césped. Pepe Reina celebra siempre solo, abandonado, lejos de la piña roja de los red. Brazos al aire en el primero. Se desliza de rodillas en el segundo. Repite en el tercero. A pesar del júbilo, vacío y nada lo rodean. Sin embargo, cuando Babel marca el cuarto se rompen las barreras y se diluye el miedo a encajar un gol de pillo. Reina, con las venas marcadas en su calva cabellera, atraviesa el campo enfebrecido. Llega y se abalanza sobre el resto. Una guinda naranja entre la unión. Polvo y horizonte que se juntan.



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