EL ARREBATO

31Mar08

Higuaín cambia de look. El mechón alborotado, escurridizo y descuidado, acompasado por una mala barba de tres días, ha trocado en una cabellera engominada. Algo así como una catarata de hebras que concluyen en un amago de coleta. De esta guisa, podría confundirse con la crin de un caballo color ébano. Tal vez mejor, en sintonía con su ágil galopada de potrero, con las ilusiones de ese niño, adolescente aún, que dejó su River para volar en los Madriles.

Pero cuesta. Es buen futbolista el argentino. Para saber eso, como me enseñó un buen amigo, basta con verlo controlar. Perfecto. Rápido, escurridizo y con cuerpo, técnica notable, el derroche generoso de cualquier chico argentino. Lo tiene todo y le falta todo: el gol. El orgasmo del fútbol, con perdón, que escribiera el ilustre Galeano.

La primera vez que encaró ayer se topó con el central. Veloz en el desmarque, confundió el objetivo cuando hubo de encontrar un hueco entre los palos. No es fácil, y menos aún con tan sólo 20 años y en el altar del Bernabéu. Lo resumió Kiko con su gracia andaluza. Existen dos tipos de delanteros: los que cuando encaran sólo ven portero (hay están casi todos, incluido Higuaín); y los que cuando encaran sólo ven portería (Ronaldo, Van Nistelroy y poco más).

En la segunda, agudizó el ingenio. Dejó que el pase se escurriese entre sus piernas, levantó la vista, arrancó con fuerza. Se quedó sólo ante Palop. Y ahí, en ese segundo dinástico que precede al éxtasis, perdió la lucidez. Chutó con fuerza y reventó al muñeco. Le cayó el rechace, como si Dios, el azar, la suerte o el destino quisiesen concederle otra ocasión. Volvió a pegarla, esta vez con la zurda, falto de fe, tal vez cansado de no encontrar el camino hacia el gol. Rechazó Palop y el galgo argentino gritó de impotencia subiendo los laterales de su pantalón hasta la cintura. El Bernabéu, juez soberano de grandes goleadores, empezó a dudar. De un lado, el cariño con que dispensa el sacrificio. De otro, la crítica con que sacude los errores.

No hubo que decidir. Llegó el perdón. Sneijder puso la pelota en el pie de Guti, libre y con espacios para pensar. Terrible flaqueza sevillista. El genial rubio inmaduro sólo pecó en un concepto: lo hizo todo con la izquierda, antinatural. Su decimocuarta asistencia en Liga fue aprovechada por una mala bestia, herida e inflamada, que aprendió a superarse en la Argentina. Entró fuerte, por el medio, convirtiendo en papilla al negro musculoso de Mosquera. Entonces, por encima del alarido histérico de la hinchada, surgió un grito. Como el aullido del lobo en una fría noche siberiana. La boca abierta, la yugular marcando su camino, chapada a fuego lento en la garganta. El arrebato de Higuaín. El gol.      


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