Tac, tac, tac…. Ta-a-a-a-ac. El código Morse de un bastón. El camino que conduce hasta el estadio. Al fondo, comienzan a sentirse los bullicios de la fiesta. La hinchada, impaciente, se consume ante las puertas una hora antes del inicio. Algarabía. Un único color: camisas rojas. 

  

Entran. Poco a poco. Como el ritual de un cerdo llevado al matadero. Todo parece allí previsto. Los pasillos acogen a la gente entre cemento. Cada uno a su sitio. Tac, tac, tac. Hemos llegado. Huele a humanidad: una mezcla de sudor disfrazado de inquietud que viaja por el aire. Cualquiera diría que es Colonia. Dejémoslo en Köln. Se escuchan el crepitar de las cáscaras de pipa, el sorbo apurado a una botella: de cola o de naranja, de limón; tal vez cerveza. El pitido inicial. Y ahora, concentrándose, uno puede hasta sentir las caricias del balón sobre la hierba. Se desliza. 

  

En Colonia ya no queda nada de Schuster. Ni tan siquiera de Podolski. Este año sueñan con volver a la Bundesliga. Un mal menor para un histórico alemán. Eso da igual. ¡Dios, cómo ha sonado esa patada! ¡Qué dolor! Murmullos de miedo. El rival acecha. Ahora hay paz: la grada canta. Peligro. ¡Uy! O como coño se diga en alemán. 

  

Sí, parece que sí. La gente se levanta. Se percibe el susurro de impaciencia del que se come las uñas; el histérico chasquido de la piedra de un mechero; el atronador golpeteo de el del bombo; los gritos nerviosos de las chicas. Y de repente, todo cobra sentido. ¡Gol! Tac, tac, tac. Y el estadio delira y se levanta. Incluso aquella esquina habitada por la gente de ojos como pozas. Allí está Markus. Es ciego. Pero seguro que lo ha visto. 


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