“Es mentira que los reyes son los padres. Es mentira”. Entre los seis y los ocho años, más o menos, descubrimos la trampa. Y aun con todo mostramos interés en no creerlo. Desaparece aquella entrañable emoción de madrugada, esperando impacientes el paso fugaz de cada instante en busca de la mañana de enero. Las cosquillas no forzadas en los pies, el hormigueo en el estómago. Las manos de plomo, paralizadas por la magia de Melchor, Gaspar y Baltasar.
 
Despertamos, aunque ya estábamos despiertos. Y corremos hacia el árbol. Los regalos. Sobran las palabras. Y todo se va al carajo con lo que algunos llaman madurez. Luego nos enseñan que los reyes son los padres. Y, como Sabina, gritamos: “Es mentira”. Queremos seguir creyendo en un mundo en el que la ciencia impregna cada esquina y nos ahoga. Se puede. Síganme.
 
Lo viví estas Navidades. En mi casa, pedí tan sólo dos regalos a los Reyes. Algo capaz de emocionarme. Dos amores de infancia que prometen perdurar toda la vida: la camiseta de España y la del Celta. Lo confieso, crecí entre lágrimas con Luis Enrique, sufriendo como propio aquel puñetazo de cobarde, de Tassoti, que un árbitro cagón no quiso ver. Y lloré también sin lágrimas, como Hierro y Nadal dos años después. Aquellos locos ingleses se escaparon. Otro juez achantado que arruinó la gracia de Kiko y de Salinas sobre Wembley. Siempre igual: llantos que nacen o que mueren.
 
Lo mismo me pasó con el celeste. Ascensos y descensos. Finales de Copa mal paridas. Lágrimas de infancia; amargura en el adulto. Impotencia a fin de cuentas. Un sueño hecho pedazos. Una vez y siempre. ¿Por qué? Qué más da. Lo cierto es que sigo fiel a aquellos dos amores de la infancia.
 
Abrí los regalos y volví a creer. Comos los buenos libros, los acerqué para olerlos. Curiosa fragancia de anhelos por vivir. Cogí la roja y me la puse. Lo sentí todo. Mañana juega España, y eso es grande. Muy grande. En un pedacito de hierba mal cortada, en Málaga, se van a juntar once tíos muy distintos pero conscientes de que les unen muchas más cosas de las que les separan. Estará Puyol, generoso y honesto en el esfuerzo como cualquier catalán. O Xabi Alonso, con la precisión incansable de los vascos. También habrá algún que otro pijo de Madrid, como Casillas, o señoritos andaluces, perezosos y geniales, del estilo de los Ramos y Joaquín. Y muchos otros. El Prado sobre el césped. Lo más grande que ha dado este país. El único capaz de aglutinar a gente tan diversa y tan igual. La nación más vieja de Europa. Quizás no ganemos nunca nada pero, ¿qué sería de nosotros si nos quitasen los sueños? Gracias Melchor. Gracias Gaspar. Gracias Baltasar.       

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2 Responses to “LA NACIÓN MÁS VIEJA DE EUROPA”  

  1. 1 rafael

    Et segueixo, veig el que fas i m’agrada, està bé. Endavant amb la tasca, amunt i crits!!!

  2. 2 Jaume Arxer

    Rafael, moltes gràcies!! Sempre és bon saber que els oncles estan aquí, a prop, controlant-nos… i animant-nos!!
    (Només un petit detall, has comentat a l’article del meu amic i company de bloc, en Javi Presas!! –al final de cada post posa en petit a la dreta l’autor).
    A pesar d’aquest ridícul lapsus, amunt i crits!!!

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