Dicen, incluso afirman, que carece de romanticismo, que ha perdido el añejo sabor de las tardes en blanco y negro vividas en familia. Que ahora es un negocio, un turbio, negro y jodido negocio. Que sólo el dinero importa y ya nadie siente los colores. Murió el tiempo en el que un escudo pesaba lo suficiente como para anclar a alguien en un club. El espectáculo ha muerto. ¡Viva el resultado! Los títulos, el eterno aroma irresistible del triunfo, la gloria efímera. Ya no hay hueco en la memoria para aquellos vencedores que perdieron. Por ejemplo, el Brasil de 1982. No. Ahora en el recuerdo sólo permanece la estadística del título. ¡Mienten! ¡Mienten! ¡Y, por supuesto, mienten!
Se olvidan todos ellos -sin duda atraídos por lo mediático del siglo- de lo único real de todo el circo. El sentimiento. Sin él, el fútbol, a diferencia de la vida, carecería de sentido. El hormigueo en el estómago de la gélida tarde futbolera de un invierno cualquiera de un domingo cualquiera. La agonía del tempranero gol que comienza a provocar las nauseas en un derbi. La alegría, el clamor de la hinchada, las paredes que retumban y el estadio que cobra vida y casi vuela con el tanto del empate. El silencio dinástico que antecede a un penalti: ese segundo en el que el árbitro señala el punto fatídico y uno no sabe qué pensar. ¿Qué coño ha pitado? Y olvidan, por supuesto, el valor de un resultado.
Ayer el Besitkas cayó 8 a 0 en Anfield. En la estadística, en los números, descansará para siempre como la mayor goleada de la historia de la Champions. En el Club, probablemente, se verá como la pérdida del millón de euros que reportan los tres puntos en la máxima competición continental. Tal vez provoque, también, una pequeña crisis deportiva. Que pase el siguiente entrenador. Para el Liverpool apenas sí fueron tres puntos que alivian un poco su camino. Para la afición turca, sin embargo, resultó un puñal tan doloroso que provocó lagrimas de pena, de humillación. El llanto de una hinchada fiel hasta la muerte. Unos ojos vidriosos que nunca olvidarán que aquel 6 de noviembre los suyos perdieron 8 a 0. Un llanto turco que da sentido al fútbol.



Vuelves por fin. Y con mucha fuerza. Apuntando el problema: ya no queda sentimiento ni romanticismo en el fútbol… día a día vamos muriendo un poco más…
Ya se te echaba de menos por esta mirada diferente y sagaz del fútbol y la vida.
jajaja…..
moltes emocions es viuen en el futbol…no creus??? xD
avera demà k tal jugueu….!!
mua**
Oye, voy a hacer mi comentario, pero te advierto que ni me he leído el artículo; y es que hay momentos en que no me resigno que todo mi interés parezca que resida en el fútbol. Bien, si no he leído nada no puedo opinar pero puedo animarte a no dejar de decir lo que piensas. UN ABRAZO GORDO¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡