DOPAJE VERDE Y LILA
Me despierto avergonzado al contemplar la portada: “Dos millones para el Mallorca. Es la prima a terceros más alta de la historia”. Antes de nada, un punto de partida: el futbolista es lo único puro que le queda a este deporte. El resto ya no existe. Murió el romanticismo del club propio con la llegada de las Sociedades Anónimas Deportivas y, adonde no llegaron sus tentáculos, los presidentes multimedia sí lo hicieron (Florentino, Laporta o Calderón). El club no es de los socios, manda la plata.
Y en esta vorágine de negocio y destrucción, en este mundo podrido y vomitado, con un hedor infernal a mierda fresca, uno se puede encontrar todo tipo de detalles antes serios y ahora nimios. Las primas, uno más. Obviemos ya el punto de partida, ese impedimento legal del dinero negro, esos agujeros que al final debemos cubrir millones de españoles con el empeño de nuestro trabajo. Mejor, centrémonos en el romanticismo. Tal vez así se entienda.
Me dirijo en la argumentación al patio de la escuela. Quien no haya sentido ninguna vez la inexcusable sensación de la victoria sin más imperativo que el de amenizar la clase de matemáticas con el recuerdo de los goles; quien no haya corrido y peleado cada palmo de terreno por el deber de ser mejor entre el barro del colegio; quien no haya destrozado mocasines y recibido castigos de sus padres por reventar con la puntera un balón a vida o muerte; o quien no haya notado que aquel partido, aquel minuto final casi olvidado, tenía que ser suyo por el simple escudo de un colegio; esos, excusan seguir con la lectura.
Los demás acompáñenme sólo un poco, la breve exhalación de un mal suspiro. Amigos, para un futbolista vencer es una cuestión de principios, no de dinero. La satisfacción de la labor bien concluida, la posibilidad de mirar al mundo de tú a tú. La guita, al menos en la esencia, es lo de menos, un aliciente impuro y demacrado. La droga del bolsillo. Créanme, si yo jugase en el Mallorca y me ofreciesen esa prima diría no para no sentir que trabajo por dinero. Eso, algunas putas, nada más. Billetes de 100 y de 500 sin más esfuerzo que el que ya de por sí exige mi contrato. Dopaje verde y lila permitido.



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